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EL
PEQUEÑO HOMBRE Y SU DESTINO
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Dice
Horacio R. Thedy en su comienzo que no puede dejar de filosofar.El
tema del hombre y de su destino pertenece a la cosmología
o a la antropolgía filosófica, pero el parte de la experiencia
y cierto empirismo que domina sus esquemas y conceptos.
La
democracia es el régimen de la convivencia, de la diversidad
ideológica o sea del pluralismo.- Precisamente si algo es
irreconciliable con la democracia es la pretensión de una
verdad absoluta, de un pensamiento único. La democracia
no tiene ideología es aideológica.
La concepción de partido político
está indestructiblemente unida al pluralismo política.
La corrupción es la muerte de la
democracia que, está basad en grandes principios morales,
dignidad de la persona, acatamiento a la ley, tolerancia
y respeto a la opinión ajena, probidad y honradez en el
ejercicio de la función pública y responsabilidad en los
actos.
No concibo a un hombre probo
dedicado a la acción política, sin que esta acción se inspire
en claros ideales, ni tampoco concibo a un hombre político
dedicado a la muda contemplación de un sistema de ideas
que carezcan de la fuerza necesaria para llevarlo a la lucha.
En
política, es tan malo actuar sin que la acción responda
a una ideología, con tener una ideología que no lleve a
la acción.
La lucha por el poder, que es el objetivo primordial del partido,
exige, cada vez más, la eficiencia y el ajustado funcionamiento
del aparato político y de todos los organismos de agitación
y proselitismo.
La
política pese a todas las complicaciones, intenta precisamente
construir el mundo mejor para el hombre.
Como un pensador relativista lo califica a Lisandro
de la Torre que si bien no estructuró una verdadera concepción
metodológica del hombre participó de considerarlo de manera
relativa,,nunca en una actitud que admita la existencia
de valores absolutos, adopta una actitud relativista con
respecto al hombre y a su mundo que solo se concilia con
la democracia. Su idea de la pequeñez del hombre., y que
inspirara toda su filosofía política: democracia, comuna,
descentralización, lucha contra los dogmas, defensa de los
derechos humanos, dirigidos a la protección de la libertad
y la seguridad del pequeño hombre.
La
esencia de la democracia está en la libertad y esta como
corolario del valor de la igualdad.- No la libertad del
anarquismo, ni la libertad de la naturaleza.- Es la libertad
de ciudadanos que crean el orden jurídico a que están sometidos
voluntariamente y que se rige por un sistema de normas acordadas
por los mismos ciudadanos.
Un sistema completo de garantías protege los derechos
humanos relacionados con la libertad y se dan en forma igualitaria
para los demás. De esta manera Libertad e Igualdad se sintetizan
como valores de la democracia, la segunda limitando a la
primera
El
valor esencial de la democracia aparece enraizado con el
sentido profundo del pequeño hombre. En el esquema puro
de la democracia política, integrada por los principios
de elegibilidad, representatividad y garantía de los derechos
humanos, irrumpe cada vez con mas apremios, la necesidad
de resolver los problemas de la miseria, la enfermedad,
la ignorancia y la inseguridad.
El pequeño hombre no es feliz en el reinado de la
democracia , que le asegura libertad y una teórica igualdad
ante la ley, pero que no lo libera de la necesidad, ni del
temor a la inseguridad de la vida material.
Su amor a la libertad no es tan fanático como
para que se resigne en nombre de él a vivir en la miseria
y sin esperanzas. El que siente hambre, el que no sabe leer,
ni siquiera es capaz de comprender cuáles son los beneficios
de la democracia.
La
igualdad ante la ley la desea menos que la igualdad de oportunidades
para mejorar su condición. Es esta aspiración igualitaria
la que domina su mente.
La libertad política, esencia de la democracia, también
se distorsiona. En nombre de ella se ha instalado un liberalismo
que mantiene en vigencia las estructuras de una organización
económica que favorece a unos pocos en detrimento de los
demás.
Debemos comprender que la miseria, la enfermedad
y la ignorancia, son los agentes corrosivos de los grandes
pilares de la libertad, de la existencia de los derechos
humanos, del gobierno del pueblo, del respeto a la ley,
sobre las que descansa el sistema democrático.
El principio de igualdad ante la ley, que figura
en todas las constituciones democráticas, le quiso dar al
hombre la certeza de la uniformidad del derecho aplicable
a todos en idénticas circunstancias, sin discriminación
alguna.
Los
hechos prueban que la distribución de los bienes y servicios
puestos a disposición del hombre en el seno de la sociedad,
no solo no es igualitaria ni justa, sino que ha provocado
fuertes desniveles y escalas bien pronunciadas, entre la
pobreza y la riqueza, la ignorancia y la cultura, la enfermedad
y la salud.
Son
precisamente estas desigualdades las que impiden a los sectores
desposeídos el goce pleno de los derechos políticos de la
democracia.
Esta realidad importa reconocer que el armazón jurídico
político creado por la democracia liberal e individualista
no es suficiente para preservar la dignidad de la persona
humana y que debemos extender hacia el campo económico y
social el sistema de derechos y garantías con el fin de
fortalecer ese objetivo esencial del sistema democrático.
La democracia, sistema ideológico y estructura abierta
al cambio y a la readaptación de las continuas variaciones
de las condiciones de vida, no puede identificarse con ninguna
escuela económica.
Por
eso es absurdo identificar a la democracia con el liberalismo
económico, o sea,” en la libre empresa, con la iniciativa
privada, o con la economía de mercado.”
Es que la democracia no es solo un sistema de libertad,
referido exclusivamente a los individuos, sino también al
contenido ideológico variable que cabe en su estructura.
El pueblo, solamente en la democracia, puede decidir tener
un gobierno de derecha, centro, o de izquierda sin que esta
variación de ideologías que se turnan en el poder afecte
la esencia ni la vigencia del sistema.
La renovación o periodicidad de las personas y en
consecuencia, de las ideologías que ejercen el poder, se
consubstancia con el sentido íntimo y definitorio del sistema
democrático.
Los grandes principios de Libertad y de Igualdad,
han roto su viejo molde y buscan una revitalización que
les permita también ser pilares y tutores de las nuevas
aspiraciones y necesidades del hombre.
Los datos de la realidad nos señalan el deber de
obrar y los objetivos a alcanzar.
El
sentido social va imponiéndose en el ámbito individual.
¿Cómo detenernos, entonces, en esquemas individualistas
cuando se trata de resolver los tremendos problemas del
hambre, de la desnutrición, de la mortalidad infantil, del
analfabetismo, de la falta de techo o de espacios para
trabajar, o en resumen, de sacar del atraso y del estancamiento
a un país subdesarrollado y a un pueblo de pésimo estándar
de vida?
El hombre libre, señor de la democracia, necesita
ahora satisfacer anhelos y necesidades económicas y sociales.
Conservando su libertad debemos asegurarle su bienestar
y sus esperanzas de mejorar, en un mundo que se rebela contra
su conducción. La imagen del hombre libre no puede vivir
ya sin el complemento del hombre social.
Mientras los derechos clásicos garantizan al hombre
una igualdad teórica ante la ley, los nuevos derechos tienden
a establecer una igualdad de hecho, corrigiendo las desigualdades
derivadas de los azares de la vida o de estructuras económicas
concebidas para un capitalismo egoísta y ausente de sentido
social.
Todo
esto significa un deber de acción del Estado, que ya no
puede ser neutral frente al destino social del hombre. Los
derechos humanos clásicos se traducían como ya se ha dicho,
en un deber pasivo de abstenerse de violarlos. Estos derechos
sociales generan, por el contrario, la necesidad de una
acción dinámica del Estado tendientes a consagrarlos en
los hechos.
La pasividad o indiferencia del Estado sólo ha traído
grandes sectores marginales sumergidos que se confrontan
con pequeños sectores de muy alta capitalización. Este desnivel
de la balanza tiene muy peligrosas consecuencias, no sólo
económicas, sino políticas.
Por cierto que el ideal sería que la prosperidad
y la justicia fueran el resultado natural de un proceso
económico producido mediante el libre juego de las fuerzas
económicas y sociales, pero esto no pasa de ser una vana
ilusión.
No
olvidemos que el consumidor no sólo sirve para comer. También
cree, ama, odia, sueña, llora canta y se equivoca, y nada
de esto está en las estadísticas.
Los países ricos, como los hombres ricos. comprenderán
que la verdadera fuerza no proviene de la posesión de la
riqueza, sino del bienestar que de ella se derive para los
desposeídos.
Sin
duda un Estado moderno debe trazar su política económica
y social sobre la base de una planificación.- En países
como el nuestro, de zonas tan diferentes en su desarrollo,
donde no existe un verdadero mercado competitivo, es absurdo
pretender aplicar una planificación meramente indicativa,
al estilo de la francesa, que tampoco se desentiende, tanto
como dicen, del proceso económico.
Asimismo, es posible que el Estado no necesite dirigir
la actividad privada cuándo actúan en el mercado el movimiento
de los precios como regulador de la conducta económica de
los individuos. Pero si los factores de distorsión intervienen
par impedir el juego de la competencia, no hay otro medio
que la acción del Estado para enmendarlos. Lo mismo cabe
decir en otras áreas de la actividad económica en las que
la iniciativa privada no actúa, o que por razones políticas
o de seguridad, no conviene que actúe libremente.
La
programación debe significar primordialmente el programa
de la transformación de la democracia política en democracia
social. El Estado puede y debe alentar o desalentar la iniciativa
o el interés individual. Mediante el uso del impuesto y
del crédito puede hacer mucho, pero también puede expropiar
por razones de utilidad pública y aplicar las leyes penales
a los delincuentes económicos,
La
miseria, la enfermedad y la ignorancia, constituyen la oscura
trilogía desencadenante del caos o de la catástrofe. Debemos
usar, para combatirla, los instrumentos mas eficientes,
sin detenernos en discusiones académicas sobre ”estatismo”,
“libre empresa”, o individualismo”.Debemos usar lo que mas
convenga a la rapidez y eficiencia de la solución, pensando
siempre en el logro del bienestar general.
Debemos impulsar y promover la expansión y el desarrollo,
pero con el objetivo principal de la mejor distribución,
como meta decisiva del plan de acción. El desarrollo sin
el complemento de una justa distribución de la riqueza,
puede acentuar el desequilibrio entre los sectores mas ricos
y el de los pobres.
Es decir, contra lo que postulaba el liberalismo
económico, al Estado le cabe un papel cada vez más importante
en la regulación o programación del proceso económico y
social. Esto no es empecinamiento ideológico, sino readaptación
a la realidad, mediante un PROGRESISTA PRAGMATISMO.
Es
que la verdad, como siempre huye de los absolutos.
Esto
en materia política y económica es aún mas evidente. Ni
“estatismo”, ni”libre empresa”, son instrumentos excluyentes.
Uno y otro pueden ser aptos para emplearse de acuerdo a
la oportunidad y a las características del problema a resolver.
Un sano e inteligente “pragmatismo”debe substituir a los
estériles y anacrónicos enfrentamientos entre los ideólogos
capitalistas y los estatistas, que intentan meter al mundo
en uno de los dos casilleros.
Sólo
la democracia, que no es una fórmula política, sino una
realización de antropología filosófica, admite al hombre
“responsable”y “libre”, como principal protagonista. El
hombre tuvo y tiene hambre, miedo,amor, odio, ilusiones
y deseperanzas. A veces lo invade, hoy como antes, la angiustia
del “para qué”y el “porqué”de su existencia.
Nota de la redacción:
10–2-1965- recordamos la fecha de
este documento notable, que parece realizado hoy.