LISANDRO DE LA TORRE, UN POLÍTICO DE RAZA.

Desde muy joven empieza a participar en la actividad política, encontrando un espacio de discusión y práctica en el marco de la Unión Cívica.
De la Torre se sumó muy pronto a esta naciente fuerza, liderada por Leandro Alem y Aristóbulo Del Valle, en la que también se iniciaron políticamente Hipólito Yrigoyen y Juan B. Justo. La frustrada revolución del Parque lo contó al abogado rosarino entre sus filas.
Años mas tarde, el 30 de julio de 1893, un movimiento revolucionario de similares características se llevo a cabo en Rosario y De la Torre fue uno de sus jefes de milicias. Se logro tomar la ciudad como paso previo a la caída del poder provincial. Si bien el gobierno santafecino de hecho fue tomado el 1 de agosto, la Unión Cívica no permaneció más de 20 días en Santa Fe.
Pronto se vieron en la obligación de renunciar el gobernador, Mariano Candioti, y los miembros de su gabinete, entre los que estaba De la Torre como ministro de Justicia.

POLÏTICA PARALELA.
En septiembre de ese año la “causa” nuevamente intentó arremeter contra las autoridades, particularmente en Tucumán, Corrientes y Catamarca. Lisandro cumplió con las funciones de enlace entre los revolucionarios, interviniendo el telégrafo. Pero con su esfuerzo y el de los milicianos fue en vano porque prontamente fue abortado desde Buenos Aires.
El último lustro del siglo significó para De la Torre una etapa de cambios.
En 1895 fue nombrado en Buenos Aires director de “El Nacional”, el combativo diario de Aristóbulo Del Valle. Pero un año mas tarde, la muerte de Alem y la de Del Valle dejaron en virtual acefalía el partido, agudizándose en su interior los enfrentamientos.
Un pacto entre radicales y mitristas consolidó una alianza que, para algunos, como Yrigoyen, no era más que un acuerdo con el “régimen”. De la Torre, que defendía esta nueva “política paralela”, encaró entonces una personalizada lucha con quien más tarde sería el primer presidente radical.
Las encendidas diatribas los llevaron a enfrentar sus espadas en San Fernando, el 6 de septiembre de 1897, en un breve duelo. Dos días antes De la Torre había presentado su renuncia a la Convención Nacional de la U.C.R.
En 1898 retomo el periodismo, fundando y dirigiendo en su ciudad “La República”, diario que venía a “asumir en la Prensa de Rosario la representación del partido radical de la provincia”.
Un año después emprende dos viajes al exterior: Europa y Estados Unidos.
A su regreso fue elegido presidente de la Sociedad Rural de Rosario. Tiempo después intenta canalizar sus preocupaciones políticas a través de un nuevo partido: la Liga del Sur. Creada en 1908, le permite, después de algunas experiencias fallidas, ocupar una banca como diputado en el Congreso Nacional en 1912.
Tres años después, y con la mira puesta en el recambio presidencial, la liga se subsume en un nuevo espacio político, el Partido Demócrata Progresista (PDP), que lo lleva como candidato frente a la fórmula radical, que triunfa.
Desde la oposición Lisandro intento favorecer el desarrollo del PDP en la provincia, estimulando el proyecto de reforma constitucional de 1921, fuertemente bloqueado por resistencias políticas y sociales. En 1922 acepta la candidatura como diputado nacional, motivo por el que ese año regresa al Congreso, manteniéndose en esa función hasta 1925, en que se retira a Pinas.

LA DÉCADA DEL TREINTA.

La década del treinta le implica enfrentarse a su antiguo correligionario y amigo, José F. Uriburu, a quien rechaza la invitación de formar parte del gobierno instaurado por el golpe del 6 de septiembre. Acelera sus vinculaciones con el socialismo y acepta presentarse con Nicolás Repetto como compañero de fórmula en las elecciones de 1931.
Al acceder a la presidencia el general Agustín P. Justo y no obstante estar convencido de los limites estrechos dentro de los cuales podía desarrollarse la ación parlamentaria, acepta llevar adelante desde el senado, al que había accedido en 1932, una práctica política que ponga en descubierto los alcances del proyecto conservador.
Su actitud de crítica y denuncia no omitió ningún eje de discusión.
Agobiado, aislado, fuertemente afectado por el asesinato de Bordabehere - en un atentado que lo tenía como destinatario – renuncia a su banca en enero de 1937.
Desde entonces resultan muy escasas sus apariciones públicas, ocupando la tribuna sólo como conferencista.
Es justamente en ese período, particularmente en 1937, donde a partir de sus conferencias en el Colegio Libre de Estudios Superiores polemiza con cierto sector de la iglesia, especialmente con monseñor Franceschi.
El 5 de enero de 1939, en la soledad de su departamento de Esmeralda 22, se quita la vida.

Don Lisandro de la Torre.
El olvidado "fiscal de la Nación".


En la Argentina del siglo XXI bien vale la pena recordar la historia de un joven abogado, nieto de vascos, proveniente de la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe. En su tiempo le tocó en suerte ser uno de los máximos referentes de la lucha de este país contra la corrupción, el autoritarismo, el clericalismo como factor de poder y los sucios negociados entre los gobiernos de turno y los grupos económicos internacionales. Don Lisandro de la Torre, abogado, productor agropecuario, político, filósofo, escritor, diputado, senador y frustrado candidato a gobernador y presidente de un país que, insólitamente, supo darse el lujo de enviar al ostracismo histórico a un verdadero hombre ético, ejemplo de conducta cívica, más allá de la comunión con su pensamiento e ideario.
Aquel tórrido verano, unido a la espartana austeridad y decrepitud del viejo departamento arrendado, había terminado por hacer mella en aquel venerable hombre, golpeado por los fracasos políticos, sus frustradas revoluciones, los negociados impunes por él descubiertos, las inequidades que no pudo vencer, las presiones económicas y el fraude electoral. La sombra de su viejo camarada y maestro, el doctor Leandro Alem, máximo referente de aquel incipiente Partido Radical, que se quitara la vida en 1896, se agitó en las penumbras de su cuarto. Había terminado con la correspondencia dirigida a sus entrañables colegas y compañeros de lucha partidaria de su partido Demócrata Progresista: hasta allí reveló su constante y probada amistad, por una parte, y su finisecular ateísmo y anticlericalismo que tantos enemigos y disgustos le deparara. Aquella última carta, sería sorprendentemente el último acto público y político de su dilatada vida. Ya se había despedido de dos amigos que lo habían visitado unos momentos antes: un viejo conocido de Rosario, que abrazó efusivamente, y el doctor Díaz Arana, con quien intercambió algunas palabras respecto del último discurso del presidente norteamericano Roosvelt.
Recordó que le quedaban aún en su billetera unos últimos pesos, los cuales metió en un sobre junto a una nota para que Clotilde, su mujer de servicio, le llevara a la casa de un amigo. Todo estaba arreglado. Ya estaba sobre el mediodía y el calor era intenso. Cerró las ventanas de donde venían los ruidos bulliciosos de la calle y la puerta de su despacho. Un detalle le sorprendió y era que el almanaque tenía la fecha del día anterior. Arrancó entonces el papel del taco apareciendo el correspondiente al día 5 de enero de 1939, el último de su vida. Sentado en el sillón, tomó su revólver y lo encañonó directo a su corazón. Habría recordado, quizás, a sus viejos maestros como Alem y Del Valle, a su compañero de banca Enzo Bordabehere, a su entrañable y perdido campo de las Pinas en Córdoba, donde tantas ilusiones había fundado. Solo Dios, aquel en quien no creía, podría afirmarlo. Apretó con firmeza el gatillo de su arma y destrozó su corazón.
Se suicidó así, en ese departamento del segundo piso de la calle Esmeralda 22 de Buenos Aires, uno de los hombres emblemáticos de la democracia argentina que no pudo ser. Se perdía en la historia la figura del doctor Nicolás Lisandro de la Torre, el gran "Fiscal de la Nación", un verdadero ejemplo de lucha política y cívica, tan devaluada en la Argentina de principios del siglo XXI, vacía de Justicia y plena de conductas miserables por parte de una dirigencia que no termina de tomar conciencia que, sus acciones individuales amorales, terminan inexorablemente afectando la vida normal de los ciudadanos y el destino de las generaciones por venir...
Sus primeros años.
La llegada del apellido "de la Torre" a la Argentina se remonta a los tiempos en que España caía bajo la espada de Napoleón. Tres hermanos, todos vizcaínos, abandonaron sus viejos solares y se embarcaron rumbo a tierras americanas donde el azar les llevó por diferentes caminos. Uno terminó afincándose en las costas de México y tuvo un hijo que llegó a ser obispo (extraño destino...) Otro arribó a las tierras del Perú y, se presume, tuvo entre su descendencia a quien fuera el fundador del partido Aprista, el desaparecido presidente Haya de la Torre. Por último, Lino, el tercero de los hermanos, arribó a las costas de Buenos Aires donde fue empleado de la Real Audiencia bajo el mandato del penúltimo virrey del Plata. Se sabe de su participación en la épica reconquista de Buenos Aires contra los invasores ingleses, perdiéndose luego su rastro para siempre. Luego de las luchas que ensangrentaron la Argentina hasta la decisiva batalla de Caseros en 1853, apareció la figura de un Lisandro de la Torre, hijo de Lino, en el bando antirosista. Dos figuras se perfilaban entonces como máximos referentes de la política argentina, la del caudillo entrerriano Justo José de Urquiza y la del porteño Bartolomé Mitre. De la Torre no pudo evadirse al influjo de este último y se pliega a su bando en forma abierta.
Por aquellos años se establecía con su familia en un campo que adquirió en la provincia de Santa Fe, sobre el arroyo Pavón, donde años mas tarde se plantearía el definitivo combate entre los dos grandes en pugna: don Lisandro se valdría de una novedad traída de Buenos Aires, unos faroles que iluminaban la noche campestre, para enviar señales a sus partidarios mitristas. La suerte inicialmente le fue adversa, al ser reconocido y sentenciado a muerte por los urquicistas pero el destino lo favoreció con la presencia del caudillo López Jordán, un viejo compañero suyo, que intercedió por su vida.
Unos años mas tarde se casó con una porteña, doña Virginia Paganini, descendiente del primer rector de la Universidad de Buenos Aires, llevándolo a decidir su definitiva radicación en la ciudad de Rosario -la "Chicago de Argentina"- como hombre de negocios. Nacía allí, el 6 de diciembre de 1868, un hijo que acompañaría a su primogénita Sara y que tendría, paradójicamente, su primer enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica: el nombre elegido, Lisandro igual que su padre, no aparecía en el martirologio católico por lo cual, el párroco de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, negó su bautizo. Sus padres decidieron agregar como primer nombre el de Nicolás, conservando Lisandro como el segundo: en vano el intento de aquel cura pues la historia reservaría, para aquel nombre rechazado, el privilegio de ser el de permanente asociación con el apellido De la Torre.
Sin ninguna duda, el pequeño Lisandro fue criado en una familia de fuertes tradiciones católicas, claramente influenciado por la presencia intelectual y letrada de su madre, que lo encamina en el hábito de la lectura poética francesa, hecho que tanto extrañaría en el hombre político que finalmente resultó.
Vivió entonces dos hechos que lo marcaron a fuego: la segunda y definitiva crisis personal con la jerarquía eclesiástica católica y el remate por quiebra de su casa paterna de Rosario. Del primero, quiso el destino que, en donde realizaba sus estudios primarios -un aula que regenteaba un tal prelado Jiménez- fuera testigo ocasional de los galanteos de este incorrecto sacerdote con una dama, amiga de su madre. Este acto afectaría notablemente al pequeño, ignorando aquel clérigo que su acción ayudaría a forjar el alma de un empedernido político anti-clerical.

El segundo hecho, tan doloroso a sus afectos como recordaría después en sus escritos, fue la crisis económica que afectó a su padre. Mitrista acérrimo, no pudo evitar que el Banco provincial, dominado por las autoridades partidarias de Avellaneda, pusieran bandera de remate a su hogar por deudas impagas. Fue un golpe muy duro para aquel niño, ver como todos aquellos muebles y utensilios de uso personal caían bajo el martillo de venta, con la presencia de desconocidos que recorrían su ámbito privado sin ninguna contemplación y respeto. Poco después, el abrazo político entre ambas fracciones en pugna salvarían al viejo Lisandro de la quiebra definitiva pero no borrarían de la memoria de su hijo los dolorosos recuerdos.
Siguió sus estudios en el Colegio Nacional Nº1 de Rosario, mostrándose como un niño no muy amigable, poco comunicativo, pero de una capacidad de concentración y lectura admirables. El gusto por la poesía, inculcado por su madre, y la pasión por la filosofía lo llevan a conocer a dos grandes pensadores que moldearían su mente: Renán y Spinoza. Con ellos abrevará en pensamientos que forjarán su espíritu; se plasmará su enfrentamiento con la Iglesia oficial, llegando a abrazar, más que un ateísmo concreto, un panteísmo alejado de toda postura pagana, viendo al hombre como parte de un cosmos indefinible y desconocido. Al finalizar sus estudios tuvo que decidir su futuro, sintiéndose absolutamente inclinado por la filosofía y las letras, las cuales no contaban aún en Buenos Aires con una casa de estudios a su medida y gusto. Decidió así iniciarse en el Derecho, actividad que nunca llevaría adelante seriamente, más allá de las experiencias que le sirvieron en su actividad pública o algún que otro caso puntual.
El Lisandro "universitario y porteño"...
Llegado a Buenos Aires, el joven Lisandro no pudo alejarse de los influjos de una ciudad que ya aparecía como la gran metrópoli cultural, social y política de Sudamérica. Se instaló en la casa de unas tías y sus estudios eran llevados adelante en una mezcla insospechada en él con la bohemia, las noches de café y las disquisiciones filosóficas. Sin embargo, el apremio de algunos momentos difíciles le llevaron a controlar sus gastos y a imprimir velocidad en la culminación de sus estudios universitarios, tal vez para evitar la desagradable situación de molestar a su padre con pedidos de dinero adicionales. Lo conmovió por entonces, la prédica educativa laicista del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento, ya en sus últimos años de vida. Quizás, sin saberlo, estaba convirtiéndose en el continuador de parte de su obra.
Terminó a los veinte años sus estudios de Derecho y, de toda la promoción, resultó el mas joven y destacado. Junto a Fernando Saguier llegaron a ser los únicos personajes de ese año que no cayeron en el anonimato de la historia. La tesis para su graduación versó sobre "El Régimen Municipal" y se ven plasmadas allí las premisas ideológicas que lo marcarían definitivamente en su pensamiento político. Analizó en sus estudios las instituciones básicas de la República, centrando sus esperanzas para el desarrollo de la sociedad en aquellas células políticas primarias, tan afectas a su origen provinciano pero citadino a la vez. Investigó el sistema comunal inglés, belga y suizo, opuesto abiertamente al centralista francés, altamente burocratizado, negación de las libertades personales. Rememoró la lucha de la Comuna libre en España, ahogada violentamente en Villalar, donde ve la separación concreta del pueblo con el gobierno central por la ausencia definitiva de un factor intermedio llamado "poder comunal".
Algunas otras argumentaciones, producto de su juventud y del contexto histórico (corría el año 1888), fueron utilizadas por sus detractores años mas tarde. Influenciado en las teorías de Stuart Mill, muchas de ellas válidas, también fueron fundamento de otras posiciones que hoy podemos considerar sectarias. Llegó a pensar que el derecho de voto sobre los asuntos públicos debía descansar en aquellos que la sostenían materialmente, o sea en aquellos que contribuían con sus impuestos. Hasta bien entrada las primeras décadas del 1900 mantendría ese pensamiento y que modificaría en forma abrupta y diametralmente opuesta hacia su madurez política e intelectual.
Ascendía aquel mismo año a la presidencia de la República el cordobés Miguel Juárez Celman, concuñado de quien verdaderamente manejaba con maquiavélica capacidad rectora los destinos de la Nación: el general Julio Argentino Roca, "el Zorro". Llegaba al poder de la mano de una Argentina que, como nunca, había aprovechado la coyuntura histórica: una prosperidad económica internacional y la llegada masiva de una inmigración de gran capacidad de trabajo pero también de lucha. La exportación de materia prima como la carne vacuna, pilar de la nueva aristocracia terrateniente, llevó a esta Nación con "aires de imperio" a una situación privilegiada. Sin embargo, las previsiones de Alberdi y Sarmiento respecto de evitar confundir los conceptos de "europeizar" en el sentido de la asimilación de teorías y prácticas políticas europeas útiles a la Argentina, se terminará plasmando en la absoluta dependencia de nuestros intereses a los imperios centrales.
Como nunca empezaba a comprenderse aquella frase despectiva de Sarmiento sobre "una aristocracia argentina con demasiado olor a bosta", evidenciando la falta de capacidad para evolucionar y generar una nueva clase dirigente, pujante y creativa, sobreponiéndose a la estructura ganadera privilegiada. Para colmo de males, la llegada de Celman se hacía con una deuda pública de 300 millones de pesos fuertes, un lastre que se pagaría con un costo social muy grande y una revolución que, también Sarmiento, poco antes de morir, vaticinaría como inexorable...

El hombre revolucionario.
En este ambiente enrarecido surge una fuerza popular incontenible y contradictoria: la Unión Cívica. Estaba conformada por una heterogénea masa de activistas de diferentes vertientes: elegantes porteños mitristas, orilleros de la más baja condición, políticos del catolicismo militante como Estrada y Pedro Goyena, etcétera. Quienes los movilizaban eran dos hombres complementarios y opuestos: uno, Leandro Alem, a quien el destino terminará uniendo su final trágico al de nuestro protagonista, y el otro, Aristóbulo del Valle, senador de la Nación y un verdadero inspirador para su futuro político. Lisandro quedó atrapado por sus figuras e ideario desde el primer instante, siendo un entusiasta partícipe en la primera línea de la llamada Revolución del Parque, que terminaría destituyendo en forma definitiva a Juárez Celman por su vicepresidente Carlos Pellegrini. A pesar del fracaso del movimiento en cuanto a sus objetivos, la Unión Cívica había logrado demostrar algo muy importante y era su fuerte presencia en la nueva escena política argentina.
Poco tiempo después de la frustrada revuelta, Alem se apersonó en un mitin que se realizó en la ciudad de Rosario. Allí quedó impresionado de la pasión de aquel joven abogado de la Torre, con un discurso claro y certero, lleno de fervor que movilizaba a los presentes. Era evidente que una nueva era política se avecinaba donde la figura del "Danton rosarino" habría de ocupar un lugar destacado. Pero no habría de ser tan pronto debido a la increíble capacidad del general Roca para dividir a esa nueva masa de cívicos que estaban a punto de tomar el poder: una jugada política terminó dividiendo en facciones separadas al mitrismo, al radicalismo, a los socialistas...
Como si aquello no fuese suficiente, nuevas disidencias dentro de la ya conformada Unión Cívica Radical, llevaron a retrasar su llegada al poder. De la Torre, testigo fiel de las disputas, tomó parte en otra revolución abortada en 1893 poniéndose al frente de las acciones en Rosario. Allí llegó a ser la cabeza visible del movimiento con las brigadas armadas de partidarios y extranjeros, y mientras conservó el control de la situación, durante alrededor de 21 días, fue el virtual ministro del gobierno revolucionario. Sin embargo una nueva derrota lo llevó a abandonar su postura, retirándose a vivir nuevamente a su casa paterna, reconociendo que, ciertamente, el camino de Aristóbulo del Valle, generando una oposición organizada y un plan claro de acción política llevaría a modificar el sistema de privilegio y fraude en que se encontraba la Nación.
El hombre público.
Retirado a su casa familiar, decidió el abandono del ejercicio de su profesión como abogado. Su padre, vislumbrando esta decisión y conforme con ello, le regalaría un pequeño campo en Barrancas, en el corazón mismo de la provincia de Santa Fe. Surgió así la figura de un hombre interesado en la producción, en la economía y las ciencias. Su posición frente a la tenencia de este campo fue la de un hombre interesado en la incorporación de nuevas cosechas, novedosos cultivos y principalmente en la mejora de las razas vacunas que eran, indudablemente, la gran fuente de ingresos para el país. En su tarea se destacó notablemente, llegando a ocupar durante los años 1907, 1909 y 1910 la presidencia de la Sociedad Rural de Rosario, la Comisión local de la Defensa Agrícola y del directorio del primer Mercado de Hacienda, en 1911. En ese ámbito conoció los problemas y desigualdades que debían enfrentar los pequeños y medianos productores agropecuarios, en desventaja frente a los grandes latifundios de terratenientes vinculados con el poder. Propugnó por una serie de medidas con el fin de fomentar el mejoramiento de estos productores, tal como la derogación de los impuestos a los cereales, el pago de las cosechas en oro y la protección de pequeños productores afectados por deudas impagables.
Tampoco rehuyó de su innegable pasión por la literatura y el arte. En ese aspecto, llegó a brindar varias conferencias como la realizada en una sociedad masónica acerca de la obra del francés Emilio Zola. Convertido en asiduo lector del francés, inglés e italiano, incursionó también en el teatro con la lectura de Dostoyewski e Ibsen. Podemos considerar que no ha sido específicamente un autor o poeta pero se destacó por su voluntad y capacidad para la crítica teatral y literaria.
De la política tampoco escapó en forma definitiva. En la proximidad de la visión política de Aristóbulo del Valle, aceptó de éste la propuesta de dirigir el periódico El Argentino. Con gran solvencia, De la Torre se encargó de la divulgación del ideario político de los radicales, inflamando con sus editoriales a la gran cantidad de partidarios que, día a día, se sumaban a las filas de la Unión Cívica. También es cierto que se ganó la enemistad de varios opositores que, eventualmente, le enviaron sus padrinos para resolver ofensas a través del duelo. Era evidente que hacia finales del siglo XIX, Aristóbulo del Valle había reencauzado a las fuerzas de los cívicos por el rumbo que indicaba su inexorable triunfo, acompañado por una presencia masiva de juventud. Allí se encontraba, en la primera línea de campaña el joven Lisandro, con sus veintiocho años, uno de los máximos referentes de los cívicos en la provincia de Santa Fe.
Pero quiso el destino que el año 1896 significara un nuevo golpe de suerte para las ambiciones presidenciales del general Roca. A finales del mes de enero, Aristóbulo del Valle, el inspirador político Lisandro de la Torre, moría sorpresivamente, dejando trunco el magnífico trabajo de acercamiento de los sectores radicales y mitristas. Perdían los cívicos la figura más preclara para la campaña que se avecinaba. Ante ese golpe, Alem nada hizo por recomponer el orden en sus cuadros que, a la espera de una orden o señal del líder, maduraban otra revolución. Solo atinó a tomar su revólver, subir a un carruaje y descerrajarse un tiro, quedando el partido huérfano, primero de un líder y luego de un caudillo. Ninguna figura de prestigio quedó para enfrentar a la oposición conservadora, salvo la de Hipólito Yrigoyen que, por ese entonces, aún actuaba a la sombra, tejiendo obstinadamente sus influencias para la revuelta. Indudablemente era una figura representativa de las masas, envuelto por el misterio, cuya única consigna era continuar con el último legado de su desaparecido tío: la intransigencia. De esa manera y dada la situación, el triunfo electoral de Roca se dio por descontado para el período 1898-1904.
Lisandro de la Torre sintió el golpe por la pérdida sufrida aunque adhirió a la idea de seguir intentando la política de coalición con los distintos sectores opositores al roquismo. En la Convención partidaria se enfrentaron las dos alas en pugna y, a pesar que se preveía el triunfo de los "coalicionistas", la acción contraria del yrigoyenismo y la presencia de matones infiltrados del roquismo, terminó volcando al partido hacia el abstencionismo conspirativo. Sin ninguna duda, de la Torre sintió la infiltración realizada por agentes del gobierno y terminó acusando directamente a Yrigoyen de cómplice por su intransigencia, terminando el acalorado discurso con su famosa frase de "nos merecemos a Roca". La respuesta no se hizo esperar y el 6 de septiembre de 1897 (fecha siniestra para Yrigoyen pues treinta y tres años después sería derrocado en un funesto golpe) ambos líderes se batieron a duelo con espada en los galpones de Las Catalinas. Ninguno de los dos tenían experiencia en esgrima pero el ímpetu de Lisandro le significó una herida en su mejilla izquierda y a Yrigoyen un planazo de sable en su cintura. Aquellos cuarenta segundos de combate representaron la separación definitiva de ambos líderes
El demócrata progresista.
Habiendo quedado el terreno libre para el roquismo y teniendo al Partido Radical en un planteo de abstencionismo conspirativo, Lisandro de la Torre terminó aquel periodo nuevamente frustrado en la actividad política. Decidió realizar entonces un viaje a Europa y a los Estados Unidos. En el Viejo Continente le impactó seguramente todo aquello que a cualquier argentino de entonces; pero fue su recorrido por Norteamérica que lo dejaría absolutamente deslumbrado. Podía ver en la práctica todas aquellas teorías presentadas en su tesis universitaria sobre el poder de las comunas o condados, la absoluta libertad de culto, una burguesía de marcada orientación progresista, un sistema político verdaderamente federal, etcétera. Aquel modelo sería en adelante un permanente referente en los debates, los proyectos de ley y plataformas electorales de cada campaña que se avecinara. Una anécdota por él referida cuenta su experiencia con un labriego norteamericano el cual le pregunta sorprendido del porque de los golpes políticos permanentes en estos países australes. Intentando explicar alguna respuesta, Lisandro de la Torre le interroga si no haría lo mismo él, si la situación política lo requiriese. La respuesta fue:
- Aquí no pueden pasar esas cosas. Ahora, eso sí, haríamos una revolución si al gobernador se le antojara, por ejemplo, elegir a nuestro maestro o nuestro sheriff. ¡Ah, eso sí que no! ¡A nuestro maestro, a nuestro sheriff, lo elegimos nosotros!
A la vuelta de su viaje, encuentra la magnífica oportunidad de llevar a la práctica política ese ideario. Aprovechando las llegadas de las elecciones, Lisandro de la Torre conforma un conglomerado político en su provincia de Santa Fe denominada "Liga del Sur". El rótulo obedecía a la intención, por gran parte de los distritos del sur de la provincia, de obtener condiciones electorales equitativas con el norte que contaban con una cantidad mayor o igual de representantes siendo su población ostensiblemente menor. El 20 de noviembre de 1908 se conformó la agrupación con un programa de gobierno que significó todo un símbolo: reforma amplia de la anticuada Constitución provincial; recomposición equitativa del Colegio Electoral de la provincia; el derecho de elegir por parte de los vecinos contribuyentes a sus intendentes, sus autoridades policiales, la comisión de fomento, la justicia de paz y el Consejo Escolar; la autonomía municipal con autoridad e independencia para recaudar tributos; inamovilidad de los jueces y reforma del sistema tributario sobre la base de hacer libre el trabajo. Su triunfo no resultó, quedando segundo detrás de los conservadores, pero su presencia era a todas luces notoria en la sociedad santafecina. Sumando al resultado el permanente abstencionismo
cercano el cambio del escenario político argentino. Sin embargo, esa actitud de su antiguo partido radical le llevaría a iniciar una crítica feroz, especialmente a partir de la aplicación concreta de la ley Sáenz Peña de sufragio universal.
Intentó Hipólito Yrigoyen llevarlo a su bando nuevamente pero don Lisandro negó la coalición con sus ex correligionarios radicales en su provincia. Por increíble que pareciera, el radicalismo se abstuvo nuevamente de la participación electoral -a pesar de las garantías ofrecidas por la nueva ley- pero solo en la provincia de Santa Fe, donde De la Torre tenía fuerte raigambre, se presentaron con sus candidatos. Esta nueva maniobra política dejó a su partido fuera de una gobernación segura, a pesar de haberle garantizado su banca de diputado nacional. Desde allí inició una campaña despiadada contra sus viejos compañeros radicales que lo llevaron, insólitamente, a despertar las simpatías de sus verdaderos enemigos: los miembros del tradicional partido conservador. En la campaña presidencial de 1916, donde se presentó por fin el radicalismo con Yrigoyen en 14 provincias, Lisandro de la Torre se postuló con su partido Demócrata Progresista, infiltrado por simpatizantes del antiguo régimen, ya convencidos de su pérdida del poder político. Nuevamente el caudillo rosarino perdió la partida cuando, gran parte de sus electores de la línea conservadora, terminaron dando sus votos a la causa radical. Parecía ser que un destino siniestro signaba a este hombre político al fracaso en las contiendas electorales, a no poder plasmar en forma definitiva todo su ideario.
¿Terminó siendo Lisandro de la Torre un hombre de fuertes pensamientos anti-radicales? Era evidente que no pues su posición podría definirse como la de un "radical socialista". Intentó llegar mas allá de la postura que consideraba pasiva en Yrigoyen, quien había llegado al poder con un planteo de ruptura con el régimen anterior pero sin realizar los muy profundos cambios prometidos al electorado. Y a tal punto es así que, cansado del constante acercamiento de políticos conservadores que veían en él la posible figura intelectual y política para oponer a Yrigoyen, les increpa en una categórica carta: "Uds. son conservadores, clericales, armamentistas, antiobreristas, latifundistas, etcétera, etcétera, y nosotros somos demócratas progresistas, de un colorido casi radical-socialista. ¡Vaya Usted a fusionar eso!. Ustedes no son conservadores únicamente de nombre, lo son de espíritu y no quiero que existan dudas al respecto a mis tendencias absolutamente liberales y progresistas". Las lanzas estaban rotas y los grupos quedaban definitivamente marcados, alejándolo claramente del radicalismo partidario


Nuevamente el clericalismo.
Hacia 1920, Lisandro de la Torre repartió su tiempo entre la actividad política y un proyecto rural que sería su permanente obsesión: el campo de las Pinas. Referente máximo de los demócratas progresistas, participó nuevamente en elecciones para gobernador en su provincia donde, a pesar de perderlas nuevamente, demuestra a las claras que su partido está encaminado a convertirse en poder. A tal punto es así que el nuevo gobierno radical convocó a una Asamblea Constituyente para modificar la Constitución provincial, tal como lo planteó en la campaña proselitista. El nuevo texto constitucional, avanzado para su tiempo y lugar, era el producto final del ideario del "Dantón rosarino": inamovilidad de los jueces, supresión del secreto en los sumarios, aumento de los representantes del Senado para los departamentos mas ampliación de las facultades administrativas e impositivas de las municipalidades, establecimiento de la jornada máxima de trabajo y salarios mínimos, abolición de los impuestos sobre los artículos de primera necesidad, gravamen al latifundio, etcétera. Dicha Constitución fue aprobada, evidenciando el descontento de los sectores del poder económico que veían sus antiguos privilegios acotados. Sin embargo, una cláusula no esperada terminó siendo el detonante para la intervención del gobernador, anulando el texto votado: se había establecido la neutralidad religiosa del Estado. El clero, azuzado por los intereses económicos afectados, atacó en forma conjunta y sistemática a la nueva Constitución, se presentaron ante el gobernador radical Mosca y finalmente ante el mismo presidente Yrigoyen. Este, presionado por los grupos clericales y no deseando ver afectada su posición con la Iglesia, emplazó a su correligionario santafecino a anular la promulgación final.
Lisandro de la Torre no dudó un instante de la tarea a seguir: defender y recuperar los derechos adquiridos por su provincia a través de los nuevos fueros votados. Su voz se dejó oír firmemente en el Congreso Nacional, que fue testigo de tremendos debates entre los reformistas y conservadores. No había jamás actuado hasta la fecha en ninguna actividad proselitista ni legislativa contra la Iglesia Católica pero se sentía defraudado y traicionado nuevamente por ella: "Esto lo pongo ante los ojos de la Cámara: ¡una Constitución argentina está en peligro de ser anulada por una conjura clerical!". Fue el diputado católico Bas con quien mantuvo una fuerte discusión parlamentaria que, visto hoy día, mostraba la capacidad intelectual y legislativa de aquellos miembros del Congreso. Se habían incluido en el debate argumentos del muy prestigioso constitucionalista Montes de Oca, que eran rebatidos por el fogoso rosarino. Y la discusión continuó en los periódicos, a través de las notas y cartas que se dirigían los contendientes. ¡Todo en vano! Nunca más se pondría aquella Constitución a la práctica efectiva, siendo remitida a las Universidades para el análisis por parte de las futuras generaciones de estudiantes que llegarían a la política abrevando en sus páginas de Derecho Constitucional.
Casi ochenta años después, la misma Iglesia acepta mayoritariamente la posición neutral del Estado en materia religiosa. Nadie pondría el grito en el cielo o movilizaría las fuerzas del clero con tal ímpetu como se hizo con aquella Constitución santafecina. Sin embargo, por una falsa valoración hecha por la jerarquía eclesiástica, se perdieron largos años de evolución en las instituciones democráticas y republicanas de la Argentina.
Como en otras oportunidades, la conjura derrotó a un Lisandro de la Torre. Ya empezaba a sentirse cansado y vencido de tantas infructuosas luchas por dotar a su país de lo que consideraba necesario para su progreso y desarrollo. Su postura se volvió hacia la izquierda, en abierta confrontación con el gobierno radical. Ya en la segunda presidencia de Yrigoyen, sus dardos eran lanzados hacia un oficialismo al cual acusó de no quebrar el estado de privilegio que consideraba pernicioso y una rémora del antiguo régimen. Violentas frases lanzó contra ellos que, consternados, veían en su viejo correligionario a uno de los más feroces críticos de su gobierno. Las revueltas obreras de la Patagonia, las huelgas en los cordones urbanos, el grupo de personajes que rodean a un Yrigoyen encerrado en una falsa realidad, terminaron siendo violentos de su acción.
Tras el desgraciado golpe del general Uriburu (amigo personal de Lisandro desde la revolución del Parque) en 1930, creyó este ver en el aguerrido santafecino la figura política para la salida institucional del país. Sin embargo, Lisandro de la Torre se apartaría absolutamente del general, perdiendo su amistad y poniéndose en la postura opuesta de su pensamiento político. Nada tenían ya que ver los ideales compartidos desde la revolución del Parque: eran evidentes las simpatías del general con los pensamientos de Benito Mussolini y Primo de Rivera. Corrían tiempos de la crisis del ´30 y el fraude asomaba nuevamente en la política argentina. Con un radicalismo nuevamente en el abstencionismo, la fórmula presentada por la Alianza Civil con Lisandro de la Torre y el socialista Nicolás Repetto, parecía una alternativa para aquellos radicales que no se resignaban a perder sus derechos electorales. Era, tal vez, una última oportunidad de producir un cambio en las estructuras políticas y sociales de la República Argentina. En las elecciones realizadas el 8 de noviembre de 1931, el binomio de la Concordancia, del general Agustín Pedro Justo y Julio Argentino Roca (hijo), triunfaron con mas de 600.000 votos contra 487.955 de la Alianza. No se recuerda elecciones en este siglo que tuviera las proporciones de escandalosas y fraudulentas como las del ´31: voto sin cuarto oscuro, secuestros de libretas de identidad, robos de urnas. Argentina involucionaba hasta los años previos a la ley Sáenz Peña de 1912, para no volver posiblemente nunca mas a los carrilles políticos normales hasta el año 1983...
El fin del Fiscal de la Nación.
Perdidas las ilusiones de una salida electoral limpia para la Nación, terminó de hundirse en la desilusión por la desgraciada quiebra de su querido emprendimiento agrícola de las Pinas. Muchos años de esforzado trabajo de investigación, de atrevidas y novedosas plantaciones que daban sus frutos magníficamente, a pesar de las burlas de sus coetáneos, fueron instantáneamente terminadas por la pertinaz sequía que afectó a la zona. Quebrado anímica y económicamente, Lisandro de la Torre fue inducido por sus partidarios a una nueva puja electoral por una banca en el Senado, por considerar su voz como la más apropiada para la denuncia pública de la corrupción imperante en los círculos más altos del gobierno. Obtuvo su banca senatorial nuevamente e inició al instante una campaña de divulgación de los negociados que involucraban, entre otros, a ministros de la Nación. Los privilegios formados, las prebendas a privados, los monopolios favorecidos por leyes vergonzosas, eran ahora los blancos preferidos del virtual fiscal de la Nación. Estaba prácticamente solo en la Cámara de Senadores, con poca repercusión en los medios que callaban su voz o divulgaban parcialmente su lucha.
Fue el pacto Roca - Ruciman otra muestra de las presiones del gobierno británico sobre los intereses de la República Argentina. Nuevamente la voz de Lisandro de la Torre se dejó oír en el Senado, denunciando la virtual entrega del comercio exterior argentino a los intereses exclusivos de Gran Bretaña. Negociados con los cupos de exportación de carnes, evasión de impuestos y cohecho, son puestos en evidencia, llegando a tener que estar presente en una interpelación el mismo Ministro de Agricultura, Luis Dahau. Rodeado de toda una bancada que le era adversa, se lo miraba amenazadoramente en el recinto de debates. Para colmo de males, su compañero de bancada Pancho Correa, cayó enfermo y su reemplazo, un joven de futuro promisorio dentro del Bordabehere, no terminaba de recibir el diploma senatorial, demorado adrede.
El debate estaba en su punto más álgido. Ante los argumentos irrefutables de senador por Santa Fe, el Ministro solo atinaba a insultar y amenazar. Ante esa situación, la presidencia llamó al orden. Parecía que todo volvía a sus carriles normales cuando, el ministro interpelado, se levantó sorpresivamente de su pupitre y lanzó una serie de improperios hacia su interlocutor. Este, si bien había conservado la calma ante situaciones similares, ya no pudo contenerse. Don Lisandro, de pié y amenazador, cayó sorpresivamente hacia atrás, tal vez producto del cansancio y los nervios. Su colega Bordabehere, quien asistía con sumo respeto y admiración a su maestro a un costado del recinto, se lanzó inmediatamente en su ayuda cuando sonó un fuerte disparo que reverberó en la grandiosa cúpula de la Cámara. Al terminar la confusión, el joven discípulo, a quien tanto estimaba, agonizaba en sus brazos con un disparo en la espalda, dejándolo en una congoja de la cual no pudo salir. El responsable era un matón a sueldo, Ramón Valdés Cora, un ex - policía y guardaespaldas de un importante dirigente conservador, el cual se desconocía que hacía en el recinto. Lisandro de la Torre jamás se habría imaginado que aquellos adversarios le temieran tanto como para llevar esbirros a sueldo al recinto del Congreso de la Nación.
Años mas tarde, vencido absolutamente, terminó renunciando de su bancada, sin el apoyo de ninguna agrupación política o social que escuchara sus denuncias. La prensa casi no difundió su prédica, acallándola o fraccionando sus argumentaciones, incluso llevando la voz de la crítica por su actitud de retiro. Mas tarde se quitaría la vida, silenciando para siempre su voz.
Quizás, y como ejemplo hacia las futuras generaciones políticas, queda su ejemplo de permanente lucha y crítica contra el poder establecido y sus privilegios: su enfrentamiento contra el roquismo en su máximo esplendor, la oposición al fuerte y cada vez más influyente clericalismo, su ataque al radicalismo en medio de su multitudinario apoyo, su violenta y solitaria acción legislativa contra los grupos extranjeros involucrados en negociados. Todo un símbolo para una Argentina que quedó en el imposible y el olvido.
Eduardo Rodríguez Leirado

Última carta mecanografiada por Lisandro de la Torre antes de suicidarse...

LISANDRO DE LA TORRE
La presencia de Lisandro de la Torre en el escenario político argentino tiene la magnitud de una continuidad histórica con la perspectiva que advirtieron los presidentes fundacionales de la organización: Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda. Ellos fueron quienes posibilitaron una vigencia liberal y progresista en los actos constitutivos de la República nutriéndose de sus pensamientos, el tribuno rosarino para conformar su propio ideario político, que defendería con un valor cívico y una honestidad intelectual reconocida más allá de toda diferencia conceptual.

De la Torre es el heredero directo de aquella visión ya que esos tres presidentes marcan a fuego la concepción liberal que luego desestima Julio Roca convirtiéndose en el primer presidente conservador. Entendemos que aquí, en esta transferencia del poder comienza a tomar cuerpo la gran confusión que adosa al liberalismo la significación de conservador, ya que algunas de las medidas adoptadas por el militar - presidente - son, generalmente, liberales desde el punto de vista social, como la institución del matrimonio civil, pero que desde el punto de vista económico pierden toda relación con esta doctrina ya que amparándose en la posible vigencia de la ley natural de la que habla David Hume propone la desnaturalización del Estado como mediador de la fuerzas centrípetas que conforman el correlato de la sociedad en una República.

El gobierno de Roca no fue liberal. Todo lo contrario. Por eso de la Torre declara puntualmente en una carta a Elvira Aldao, que siempre estuvo enfrentado a Roca, Juárez Celman y aún a Carlos Pellegrini. Ve con beneplácito la figura de Mitre en momentos en que el traductor de la "Divina Comedia" adhiere a la creación de la Unión Cívica.

Mucho se ha escrito sobre las cuasi legendarias maniobras de Roca para imposibilitar la segunda presidencia de Sarmiento y el rentré en la Casa Rosada de don Bartolo, pero la verdadera intención no estaba marcada tan solo por ambiciones personales o disputas entre casas. Existían fundamentales diferencias que se tornaban insalvables sobre planes de gobierno.
Sarmiento fue duro critico - como cabía a su inmenso coraje cívico - de su ejercicio de la primera magistratura y expuso con claridad las cosas que pretendía enmendar para lo que consideraba la necesaria consolidación de una República.
Por otra parte, Mitre, con sus acercamientos a Leandro Alem y Aristóbulo del Valle, amen de su predica a través de las paginas de La Nación, apuntaba claramente en dirección de una óptica que no era del agrado del aniquilador de indios, los auténticos dueños de la tierra, anteponiendo los esquemas del roquismo, planteos de neto corte liberal.
La supuesta conjunción de una continuidad institucional ha dado motivo a la confusión. La denominación común de "Generación del ´80" ha servido para embarullar la actitud y aptitud pensante de los protagonistas de aquel tiempo, como si Mitre, Sarmiento, Roca y Pellegrini fueran lo mismo.
El roquismo no era liberal sin que esto fuera peyorativo para la cualidad de su proyección histórica. Porque no era liberal maniobra para que los liberales no puedan volver a presidir los destinos de la Nación. Pero, ¿Qué es el liberalismo?
El liberalismo político constituyó en sus orígenes una adaptación y reivindicación de la autonomía del individuo frente al criterio autoritario. Adaptación reducida y limitada a sus derechos políticos y civiles bajo un gobierno legal y constitucional basado en el libre consentimiento de los gobernados.
Este concepto fue magníficamente expresado por Jeremiah Bentham en los principios del siglo XIX. Su error, a nuestro entender, estaba en tomar como base la bondad natural del hombre y dedujo conforme a la idea hedonista del placer y del dolor, que el mejor gobierno es el que proporciona la mayor felicidad al mayor número posible de individuos. Ello se conseguiría, siempre según Bentham permitiendo que cada individuo elija su propia felicidad dentro de un régimen de libertad.
Desde nuestra óptica apreciamos dos errores: el sentido hedonista de la vida es la mascarada más trágica que se le pueda adosar al egoísmo y segundo, el hombre no es naturalmente bueno. Si lo fuera, no hubiera necesitado Dios darle a Moisés las Tablas de la Ley. Tampoco Caín hubiera sentido bullir en su sangre el fluido viscoso de la envidia y el desprecio que lo llevaría al crimen.
Entendemos que la representación más acabada del liberalismo se impuso con la "Reform Act" en 1932 en Inglaterra que alcanzo su momento más brillante bajo la dirección de William Gladstone. Fue una época en que se favoreció una legislación cada vez más avanzada y se lucho por un gobierno representativo y popular en oposición a los intereses más tradicionales y conservadores.
Pero regresemos a nuestros lares. Esta disgresión la hemos querido puntualizar sin animo polémico. Encierran la causa basal de una gran confusión al no diferenciar liberalismo de conservadorismo. También tenemos que apurarnos a reconocer que no es lo mismo el liberalismo del siglo pasado que el actual, cuando ya casi, y sin casi, estamos insertos en el siglo XXI. Y si bien la libertad económica es una clara expresión del liberalismo no lo es menos que considerar al fundamentalismo de mercado como conservador.
El liberalismo para serlo, debe tener en cuenta los sectores más desprotegidos de la sociedad. Aquellos que por su propia falta de poder económico y de recursos para la dignificación humana, carecen de las defensas imprescindibles para lograr una existencia de lucha, si, pero decorosa.
Esto nada tiene que ver con la demagogia, fruto maldito de la mentira, quienes más necesidades tienen, más deben ser protegidos desde el poder y esa es la razón de ser de un gobierno liberal. De no proceder de esta manera se convierte automáticamente en un gobierno conservador. Si la economía es el manejo de la escases, el liberalismo social es el resguardo de los más débiles. En este filo de la navaja radica la diferenciación entre las dos concepciones.
Alguien que nos escucha o nos lee, acotara entonces que el liberalismo que escenificamos es populismo. No. Populismo es crear presupuestos de acción - más ligado a lo emocional que a lo racional - sin medir las reales posibilidades de obtener frutos. Aquello de que "hagamos tal cosa que Dios proveerá" es fatal porque Dios no provee nada. Las cosas las deben proveer los hombres y las mujeres que conforman la sociedad en todos sus estamentos.
Por eso el liberalismo debe entresacar de la economía los requerimientos de los más débiles. Esa es la función de un gobierno liberal. El gobierno actual - como el de la Década Infame - vive pendiente de los zarandeos de los poderosos de adentro y de afuera. Por eso entendemos que es un gobierno conservador. No por las transformaciones que ha hecho, sino por las omisiones. Ha convertido la libertad de mercado en fundamentalismo de mercado. Y todo fundamentalismo es oprobioso y nefasto.
Resumiendo y recalcando: si el Estado no asume el papel de mediador entre los múltiples intereses de una comunidad y abroquela su acción en procura de un orden que permita el desarrollo de los grandes intereses pero busque canalizar las rentas hacia los pequeños intereses, se convierte en un Estado elitista, retrogrado, obsecuente del poder económico y déspota con los excluidos. Entonces crecerán la desocupación, la destrucción de la clase media, el desquicio de la pequeña y mediana empresa, el desarraigo de los sectores rurales, la agonía de la educación pública. Mientras esto ocurre, la salud entrara en estado vegetativo y los jubilados, formaran fila en los umbrales de las fosas comunes sin otra esperanza que no conocer el momento de traspasarlos.
Ese es el liberalismo que entendió y proclamó Lisandro de la Torre.
Pero hay que tener cuidado. Ya hablamos del filo de la navaja. Si por contrario el liberalismo es netamente político, se agota en si mismo.

Concretamente: si la libertad es económica y no política. Si se ignora a los que no alcanzan a integrarse por falta de conocimientos, por falta de medios o por falta de oportunidades, el gobierno es conservador y nada tiene que ver con el liberalismo aunque declame libertad.
Pero si el liberalismo es netamente político, ocurre lo que fulminó la vigencia de la Unión Liberal española cuando fue gobierno. Su organizador fue el general O´Donnell y asomó en el denominado "bienio progresista" entre 1854 y 1856. Pero el partido liberal carecía de una política definida y representaba un equilibrio inestable ente la extrema derecha y la extrema izquierda, ya que estaba integrado por el ala izquierda de los moderados del partido izquierdista. Durante el tiempo que estuvo en el poder, - 1858 a 1863 - el país conoció una época de prosperidad y orden.
El liberalismo español respeto el régimen parlamentario pero no hizo ninguna reforma de otro carácter y se fue agotando en si mismo.
Y con esta evocación de un liberalismo que parecía ahogado en su propio alcohol a semejanza del poeta Dylan Thomas, volvamos a de la Torre y su configuración de personaje liberal reconocido respetuosamente por autores tan disímiles como Jorge Abelardo Ramos, Alberto Ciria o Bernardo González Arrili para citar unos pocos.

Las fuentes de su pensamiento:
Dueño de una cultura que superaba en mucho a la media de los dirigentes políticos - en una época en que los dirigentes políticos eran personalidades de sólidas concepciones culturales, ni que hablar de la paupérrima formación de la dirigencia actual, con las naturales excepciones que justifican la regla - el Solitario de Pinas fue forjando un diseño político que tenía sus cimientos en los grandes pensadores liberales de Francia e Inglaterra.
Locke y Montesquieu le dieron asentamiento a su sentir republicano y leía a los poetas franceses y a los españoles del siglo de oro con devota atención. Memora poemas de Verlaine con absoluta fidelidad. Sus contemporáneos recordaban, ante nuestro joven asombro, sus continuas referencias a "Romanses sans Paroles" y "Saguesse".
Escribir sobre el autor de "arte Poética" fue una de sus asignaturas pendientes. El ingeniero Julio Noble, recuerda en su libro "Un siglo, dos vidas" que pocos días antes de su muerte, Don Lisandro se reprochó frente al amigo y discípulo que no había escrito sobre Verlaine como era una de las tares que se autoimpuso. Noble le sugirió que lo hiciera, pero el tribuno le respondió: "Hágalo usted, yo ya no tengo tiempo".
En cierta oportunidad esperó a otro dilecto amigo: don Alberto Gerchunoff a las puertas del diario La Nación, donde el autor de "Los Gauchos Judíos" trabajaba. Fueron juntos a cenar y durante tres horas hablaron de literatura y arte. Al despedirse, el periodista le puso una mano sobre el hombro y le anticipó un pálido éxito en la política, ya que no conocía, y conocía a casi todos, un dirigente político que pudiera mantener tres horas de conversación sobre esos temas, abordados con profundidad y conocimientos.
En lo que hace al paisaje del pensamiento argentino de la Torre es el continuador del bosquejo intelectual de Manuel Belgrano y Mariano Moreno. Sabía, como el secretario de la Primera Junta que "si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe; nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar a tiranos sin destruir la tiranía".
También Echeverría y Alberdi solidifican su apostura mental. Como consecuencia de esta formación se acerca a Leandro Alem y a Aristóbulo del Valle - no olvidar que ya citamos a Mitre, Sarmiento y Avellaneda - y está junto a ellos en los aconteceres políticos de los 90. Del Valle le otorga la dirección del periódico principista que editan para comunicar los alcances del pensamiento que los desvela.
Pero tanto Alem como Del Valle, mueren en el término de seis meses, el fatal año de 1896. El caudillo de multitudes, por su mano; el intelectual, el pensador, por una rápida enfermedad. Ambos en plena madurez dejando a Lisandro en una impiadosa soledad de diálogo a los 28 años. Esas muertes dejan también al flamante partido radical sin concepciones políticas claras. Hay historiadores que reconocer que la muerte de estas dos personalidades y el inmediato alejamiento del rosarino produce un profundo bache ideológico del que tardara varios lustros en recuperarse.
Ante este descarnado presente se refugia en el estudio y el análisis de la situación nacional. Avanza en el pensamiento republicano más allá de los dirigentes de su tiempo y tal vez mas allá de la madurez de la sociedad. Es esta una de las vallas que recién franqueará en los altos años de su existencia. El trabaja para el pueblo, pero no lo adula. Hay una anécdota reveladora de esa postura, que conocimos por primera vez allá en los momentos iniciales de nuestra presencia en Buenos Aires.
Estabamos trabajando en un diario por esos tiempos, como todos excepto La Prensa y La Nación, respondían al oficialismo que a partir de 1946 manejaba al país. En una de las habituales charlas de redacción, enfrentábamos una de las comunes discusiones políticas. Ese día el tema estaba centrado en José Antonio Primo de Rivera y Federico García Lorca. Creo que es innecesario decir que defendíamos al autor de "Doña Rosita, la soltera". Era uno contra varios.
De pronto, a nuestras espaldas dice una voz tonante: "Claro, todos contra un recién venido del desierto" (por nuestro origen pampeano). Era el director del diario, el periodista León Bouché, acompañado por un morocho de físico imponente. Este último nos miró - seguramente había escuchado nuestra defensa vertida unos segundos antes - y nos dijo: "No les haga caso, joven, como los patoteros se sienten machos cuando son varios frente a uno sólo".
Y de inmediato - ante el respetuoso silencio que su figura provocaba - nos entregó su tarjeta para que lo visitáramos. Al poco tiempo concurrimos a sus oficinas en la zona de Tribunales y José Luis Torres nos recibió con "La Década Infame", su obra más difundida calurosamente dedicada.
En la charla, hubo un momento en el que le preguntamos por quien sentía admiración o respeto en la Argentina de los últimos años y nos marco - ante nuestra sorpresa -, dos hombres absolutamente disimiles: el primero Leopoldo Lugones, porque era hombre de afinidad conceptual, después de sus giros de ideología.
El segundo fue Lisandro de la Torre. Extrañados le preguntamos el porque e esta elección nos narró esta anécdota: invitado don Lisandro por un estanciero a un asado en su predio, concurre y es recibido por hombres de prestigio en la comarca. El dueño de casa le dice que en "la enramada" estaban los peones y le preguntó si los quería saludar. De la Torre le responde que no tiene sentido, pues no tiene nada para ofrecerles. "Si les digo algo les miento. Yo trabajo con el objetivo de que ellos estén cada día mejor pero no debo mentirles".
Torres no terminaba de asombrarse por el espíritu antidemagógico de alguien que había demostrado su simpatía por los trabajadores rurales, hasta con la partición de sus propios campos. Es que era realmente incapaz de acercarse a ellos con otras intenciones que no fueran las claras y transparentes de su conducta y su visión de la realidad.
Lisandro de la Torre fue enemigo de la adulación secundaria de la opinión pública. Porque creyó en si mismo y le otorgó igual rango a la opinión pública, no la alabó si no que le habló con la fuerza de la razón. La opinión pública es femenina y no quiso hacerle la corte. Trabajó para ella, sin ella saberlo, como esos enamorados que cuidan el bienestar de la amada y desde la sombra procuran protegerla. No la quiso seducir, porque entendió con el diccionario de la Real Academia, que seducir es engañar y nunca quiso trastocar ese significado.
De la Torre fue un repúblico en el más amplio sentido del término. Diríamos más; que el gran repúblico de la política argentina del siglo. Fue el más raigal. Otra anécdota lo pinta de cuerpo entero en este aspecto. El presidente Yrigoyen pasaba en su carroza por la Avenida de Mayo. Se trasladaba del Congreso a la Casa de Gobierno. Nuestro hombre estaba con algunos amigos observando desde la vereda el paso presidencial. Uno de los jóvenes que lo acompañaba, sabedor del duro enfrentamiento entre los dos hombres públicos, y pretendiendo halagarlo se expreso con groseros improperios sobre el Jefe de Estado. Don Lisandro miró con severidad a su seguidor y joven amigo - le espeto enérgico -: "Cállese la boca y sáquese el sombrero que pasa el Presidente de la República".
En otra oportunidad, ante severas palabras críticas a la situación militar, alguien del público grita: "abajo los militares". Desde la tribuna don Lisandro responde: "Ni arriba ni abajo: en su lugar". Es decidido defensor de las instituciones y de la civilidad. Sabe lo que quiere y sabe expresarlo.
Su dilecto amigo, al que atendía con mayor atención en momentos de conciliábulos, Francisco Correa, lo define de esta manera: "Es hombre de pensamiento, pero más que todo hombre de realizaciones como necesitamos en esta hora difícil. Es rápido en la determinación y sabe mandar. Este si habría sido un militar si no fuera tan civil". Sus esfuerzos están siempre dirigidos a defender las instituciones y la democracia.
Es elocuente su carta a Elvira Aldao de 1933 hablándole de la candidatura de la Alianza Civil: "Se me ofrecía en realidad, una candidatura en derrota. Uriburu no era hombre de retroceder ante ningún exceso y si alguien lo sabía bien, era yo que tanto y tan íntimamente lo conocía. Por eso acepte, porque prestaba un servicio a la opinión civil y democrática, con entero desinterés y porque complacía a mis viejos amigos de Santa Fe, que veían acrecentadas sus fuerzas electorales al vincularse a un movimiento nacional".
Pero, ¿qué es lo que le ocurre a Lisandro de la Torre en el paisaje político que lo tiene por principal protagonista y en el que o consigue enhebrar un sentido mayoritario que lo conduzca a las más altas posiciones y reanudar el diálogo con el progreso y la consolidación de la balbuceante república?.
Es larga la pregunta, si. Pero ella encierra todo el desencuentro de las masas con su destino y la aniquilación de una esperanza que contrasta con la realidad. Nunca es triste la verdad, canta Serrat, lo que no tiene es remedio.
Desasido don Lisandro de las posibilidades concretas de desarrollarse en el partido radical "por incompatibilidades con los que no piensan" deambula como un cóndor sin nido, presumiendo ya que su destino, pese a la excepcional superficie de sus alas, que le permite alcanzar alturas insospechadas, estará ligado a la ceguera, para estrellarse en su carrera final contra las rocas, contra la piedra.
Pero la ceguera de la que hablamos no fue suya. Fue la ceguera de los otros que por mezquindades, por vaciedad intelectual y moral y por temor a la pérdida de posiciones, buscan cortar sus alas para desquiciarlo en el fondo de los desfiladeros.
Cuando de la Torre arma el partido Demócrata Progresista en aquella tarde de diciembre de 1914, está sentando las bases de una estructura con aspiraciones definidas, con programa concreto y con la firmeza de cumplirlo.
Se asustan los retrógrados y comienzan una labor de lijamiento de las estructuras regionales que se adhirieron a los principios de aquel alambramiento. No obstante su lucha con denuedo e inclaudicable valor cívico. "La garantía de que el programa se cumplirá, reside en que por otros caminos se iría directamente a la derrota" le dice a la juventud en julio de 1915.
Y agrega: "Afirmo entonces que a menos de decretar la derrota conscientemente, no podría la dirección individual o colectiva de un partido, que quiere con tanta decisión como el Demócrata Progresista seguir procedimientos claros y democráticos, sustituirlos por procedimientos artificiosos".
La polémica con Villanueva, la acción de esté para impedir la formula demócrata progresista y la orfandad del gobernador bonaerense Marcelino Ugarte marcan exactamente que las fuerzas conservadoras no querían la irrupción de don Lisandro a la primera magistratura. Sabedor que no era un conservador como ellos, sino un transformador, - lo realmente peligroso - se empecinan en poner barreras. Preferían el triunfo de Yrigoyen que a la postre, sabían, no iba a transformar nada sino a maquillar con aires nuevos el viejo status quo.
Porque esa es situación de los transformadores los que sienten la vigencia republicana y la retroalimentación propia del liberalismo que justifica aquello que dijimos antes de que no es lo mismo el liberalismo del siglo XIX que el actual, y que perfectamente estudia y explica Karl Popper, quien se explícita que cada vez que la idea liberal se transformo en ideología dejo de ser.
De la Torre tiene casi como un dogma - aunque esta expresión no cabe en un liberal - que para asegurar la libertad el hombre debe sujetarse al imperio de la ley algo en lo que ya había abundado Mariano Moreno.
Por eso y ante el desprecio de los conservadores, o de la derecha de aquellos tiempos por miedo a perder sus cuantiosas ventajas, Lisandro da la impresión de acercarse a la izquierda, fundamentalmente cuando la reacción que asola los años ´30 empuja a las demás fuerzas políticas hacia parámetros opuestos.
El politólogo Enrique Zuleta Pucceiro, sostiene que los partidos denominados chicos y especialmente principistas cuando gobierna la derecha se inclinan hacia la izquierda; y cuando lo hace esta giran a la derecha. Este no es un cambio oportunista ni mucho menos es una cuestión lógica de la controversia política.
Por eso el transformador que es Lisandro es tratado de revolucionario por los conservadores y de reaccionario por los izquierdistas que recién al final de su vida, merced al negociado de las carnes, al asesinato de Bordabehere, y a la no buscada polémica con Franceschi arrean agua para su molino y lo aplauden.
Don Lisandro sabe que los revolucionarios son los burgueses del mañana - la historia es aleccionadora en este punto - quieren el poder por el poder mismo. Destruyen sin construir primero. Y sabe que los reaccionarios son incapaces de mirar a otro lado que no sea su propio ombligo. Además sabe que "dejar librados en absoluto a la oferta y la demanda las condiciones de reparto significa renunciar a toda idea de equidad". Como expone convencido Juan Alvarez y que Alberto Natale recuerda en una pormenorizada conferencia que pronuncio años atrás.
Cuando Lisandro de la Torre funda el partido Demócrata Progresista, lo hace acompañado por hombres de alta jerarquía de aquel momento en el ambiente intelectual y político, como el riojano Joaquín V. González, el Dr. Indalecio Gómez, que fuera ministro del interior de Roque Saenz Peña, considerado como uno de los más notables tribunos del siglo y protagonista principal de un enjundioso debate en el Congreso Nacional, al informar sobre la ley del voto secreto.
Otros nombres son los de Carlos Ibarburen, José María Rosa (padre), Mariano Demaría, Rodríguez Larreta, solo para citar algunos, que decidieron constituir un partido político moderno y profundamente reformador de las estructuras ya herrumbradas del periodo anterior de la República.
Dos años más tarde enfrentaron a Hipólito Yrigoyen con la fórmula Lisandro de la Torre - Alejandro Carbó, que fuera derrotada por el radicalismo. A esta derrota contribuyeron profundamente las decisiones de Marcelino Ugarte y Victorino de la Plaza de boicotear al naciente partido, preocupados por las profundas reformas sociales y políticas que propugnaba en su plataforma y conocedores de la personalidad del político rosarino, que bajo ningún concepto hubiera llegado al poder para no cumplir lo prometido.
Es así que junto a estos dos integrantes del conservadorismo se va uniendo otra serie de personajes preocupados por el sentido revolucionario de los postulados de los demócratas progresistas y van destejiendo lenta pero prolijamente los andamiajes de la textura concretada en aquella tarde en el hotel Savoy de Buenos Aires.
De la Torre había conseguido convocar a once partidos provinciales para unirlos bajo la denominación común de un nombre que significara las bases instrumentales de la República y la mirada puesta en el futuro. Cuentan las pequeñas historias internas que junto a Joaquín V. González encontraron la nominación adecuada: demócrata progresista.
El primer termino todavía no estaba bastardeado ni vituperado por las escamas reaccionarias y representaba eso precisamente: democracia, que incluía la libertad, la división de los poderes, la vigencia de la voluntad popular a través de sus representantes, en resumen la vigencia de las instituciones que hacen a la esencia misma de la República, y progresista por todo lo que significa el constante avance técnico, mental, cultural y vivencial del hombre, la permanente evolución del acontecer que se llama existir y que no es estático sino que se halla en continuo movimiento.
En algún lado leímos hace años sobre la designación y el bautismo de los partidos políticos y el autor sostenía que el nombre más exacto, el de mayor significación con sólo nombrarlo era el Partido Demócrata Progresista, más allá de cualquier otra consideración sobre sus actitudes y aptitudes políticas.
Es que evidentemente Lisandro de la Torre es la bisagra que sirve de transporte, de comunicación, de movimiento, a dos etapas del acontecer republicano. Aquel que elaboraron Urquiza, Mitre, Sarmiento y Avellaneda con el que se avizora en el nuevo siglo y que el tribuno santafesino advierte con nitidez. Por eso su desprecio hacia las actitudes de Ugarte y Victorino de la Plaza.
Por eso su inquebrantable voluntad de que la rueda de la vida siga en movimiento sin los palos que éstos pretenden ponerle. Don Lisandro es un transformador, que es mucho más que un revolucionario. Por eso le temen, porque saben que no habrá un status quo, que todo será dinámico.
Casualmente se da el caso - podríamos decir fundacional - de que es en América Latina, en esta parte sur del continente más lejano del mundo, donde se producen los pronunciamientos ligados a esa transformación. Es el Perú con el Apra de Víctor Raúl Haya de la Torre y en el Uruguay de José Batlle y Ordóñez donde se configuran dos de los ángulos fundamentales de esa nueva figura geométrica que es la transformación.
El tercero es don Lisandro con su esquema profundamente ligado al quehacer nacional. De los tres el único que llega al gobierno es el uruguayo que convierte por largo tiempo a su país en el ejemplo de republicanismo. Tal vez de haber conseguido injertar los tres lideres una acción común muy otro sería el destino de este Cono Sur tan vilipendiado.
El reformismo de los tres asusta tanto a los conservadores como a los revolucionarios porque en última instancia ambos son la misma cosa. El de la Torre arquitectónico al que se refiere tan asiduamente Alberto Natale es el que intuye el destino de la Nación que pregonaron los presidentes fundacionales. El fracaso político de don Lisandro conduce al país a una oquedad de la que aun no ha salido a pesar de la posición humanista, civil y reformadora del Solitario de Pinas.
Hay otro hecho coincidente que enmarca el alto concepto de avanzada del fundador del Partido Demócrata Progresista. Tres Constituciones que tienen un entretejido común se producen en el termino de un lustro en distintos lugares del mundo.
En 1917 se sanciona la Constitución mexicana, que más allá de cualquier consideración sobre los gobiernos que dieron origen a las políticas en el país de los aztecas, marca en la letra un acontecimiento de alta jerarquía progresista. En 1919 en Weimar, la antigua capital del Estado de Turingia, se sanciona la Constitución de la República Alemana que conduce a Federico Ebert a la presidencia de la naciente democracia y cuya prematura muerte, en 1925, facilita el andamiaje esquizofrénico del nazismo.
En 1921, en Santa Fe, se sanciona la Constitución provincial con el sello indeleble del Partido Demócrata Progresista y que, por ese temor, el gobierno central de Yrigoyen indica al Gobernador Mosca que la vete, impidiendo el sano y progresista pronunciamiento del pueblo.
Las tres Constituciones tiene un denominador común: la factibilidad de las transformaciones continuas, la agilización de los métodos conducentes al bienestar general y la posibilidad popular de entender por distintos mecanismos las desviaciones de los mandatarios, haciendo posible la rápida acción, el urgente pronunciamiento de los mandantes ante las posibles desviaciones de quienes tenían una misión determinada y la olvidaban o la obviaban. Estaba llegando el constitucionalismo social de la mano de los demoprogresista.
Entendemos que éste es el esquema de los cimientos del Partido Demócrata Progresista y que los azarosos aconteceres políticos impidieron concretar. Más allá de la critica a un determinado momento del quehacer cotidiano de la vida política, está la vigencia de aquel sueño del viejo luchador, que amasado en una profunda cultura humanística quiso potenciar el deslizamiento de la Argentina del siglo XX y quedo varado en los bancos de la mezquindad humana y de los sectores quedantistas porque, como bien dijera uno de sus distinguidos seguidores, el Dr. Camilo Muniagurria, "un gran silencio se produjo a su muerte en la República".

LISANDRO
DE LA TORRE

Un político de Raza

 

Don Lisandro de la Torre.
El olvidado "fiscal de la Nación".
por Eduardo Rodriguez Leirado

 


 

Última carta mecanografiada por Lisandro de la Torre antes de suicidarse...