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LISANDRO
DE LA TORRE, UN POLÍTICO DE RAZA.
Desde muy joven empieza a participar
en la actividad política, encontrando un espacio de
discusión y práctica en el marco de la Unión
Cívica.
De la Torre se sumó muy pronto a esta naciente fuerza,
liderada por Leandro Alem y Aristóbulo Del Valle, en
la que también se iniciaron políticamente Hipólito
Yrigoyen y Juan B. Justo. La frustrada revolución del
Parque lo contó al abogado rosarino entre sus filas.
Años mas tarde, el 30 de julio de 1893, un movimiento
revolucionario de similares características se llevo
a cabo en Rosario y De la Torre fue uno de sus jefes de milicias.
Se logro tomar la ciudad como paso previo a la caída
del poder provincial. Si bien el gobierno santafecino de hecho
fue tomado el 1 de agosto, la Unión Cívica no
permaneció más de 20 días en Santa Fe.
Pronto se vieron en la obligación de renunciar el gobernador,
Mariano Candioti, y los miembros de su gabinete, entre los
que estaba De la Torre como ministro de Justicia.
POLÏTICA PARALELA.
En septiembre de ese año la “causa” nuevamente
intentó arremeter contra las autoridades, particularmente
en Tucumán, Corrientes y Catamarca. Lisandro cumplió
con las funciones de enlace entre los revolucionarios, interviniendo
el telégrafo. Pero con su esfuerzo y el de los milicianos
fue en vano porque prontamente fue abortado desde Buenos Aires.
El último lustro del siglo significó para De
la Torre una etapa de cambios.
En 1895 fue nombrado en Buenos Aires director de “El
Nacional”, el combativo diario de Aristóbulo
Del Valle. Pero un año mas tarde, la muerte de Alem
y la de Del Valle dejaron en virtual acefalía el partido,
agudizándose en su interior los enfrentamientos.
Un pacto entre radicales y mitristas consolidó una
alianza que, para algunos, como Yrigoyen, no era más
que un acuerdo con el “régimen”. De la
Torre, que defendía esta nueva “política
paralela”, encaró entonces una personalizada
lucha con quien más tarde sería el primer presidente
radical.
Las encendidas diatribas los llevaron a enfrentar sus espadas
en San Fernando, el 6 de septiembre de 1897, en un breve duelo.
Dos días antes De la Torre había presentado
su renuncia a la Convención Nacional de la U.C.R.
En 1898 retomo el periodismo, fundando y dirigiendo en su
ciudad “La República”, diario que venía
a “asumir en la Prensa de Rosario la representación
del partido radical de la provincia”.
Un año después emprende dos viajes al exterior:
Europa y Estados Unidos.
A su regreso fue elegido presidente de la Sociedad Rural de
Rosario. Tiempo después intenta canalizar sus preocupaciones
políticas a través de un nuevo partido: la Liga
del Sur. Creada en 1908, le permite, después de algunas
experiencias fallidas, ocupar una banca como diputado en el
Congreso Nacional en 1912.
Tres años después, y con la mira puesta en el
recambio presidencial, la liga se subsume en un nuevo espacio
político, el Partido Demócrata Progresista (PDP),
que lo lleva como candidato frente a la fórmula radical,
que triunfa.
Desde la oposición Lisandro intento favorecer el desarrollo
del PDP en la provincia, estimulando el proyecto de reforma
constitucional de 1921, fuertemente bloqueado por resistencias
políticas y sociales. En 1922 acepta la candidatura
como diputado nacional, motivo por el que ese año regresa
al Congreso, manteniéndose en esa función hasta
1925, en que se retira a Pinas.
LA DÉCADA DEL
TREINTA.
La década del treinta
le implica enfrentarse a su antiguo correligionario y amigo,
José F. Uriburu, a quien rechaza la invitación
de formar parte del gobierno instaurado por el golpe del 6
de septiembre. Acelera sus vinculaciones con el socialismo
y acepta presentarse con Nicolás Repetto como compañero
de fórmula en las elecciones de 1931.
Al acceder a la presidencia el general Agustín P. Justo
y no obstante estar convencido de los limites estrechos dentro
de los cuales podía desarrollarse la ación parlamentaria,
acepta llevar adelante desde el senado, al que había
accedido en 1932, una práctica política que
ponga en descubierto los alcances del proyecto conservador.
Su actitud de crítica y denuncia no omitió ningún
eje de discusión.
Agobiado, aislado, fuertemente afectado por el asesinato de
Bordabehere - en un atentado que lo tenía como destinatario
– renuncia a su banca en enero de 1937.
Desde entonces resultan muy escasas sus apariciones públicas,
ocupando la tribuna sólo como conferencista.
Es justamente en ese período, particularmente en 1937,
donde a partir de sus conferencias en el Colegio Libre de
Estudios Superiores polemiza con cierto sector de la iglesia,
especialmente con monseñor Franceschi.
El 5 de enero de 1939, en la soledad de su departamento de
Esmeralda 22, se quita la vida.
Don
Lisandro de la Torre.
El olvidado "fiscal de la Nación".
En la Argentina del siglo XXI bien vale la pena recordar la
historia de un joven abogado, nieto de vascos, proveniente
de la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe. En su
tiempo le tocó en suerte ser uno de los máximos
referentes de la lucha de este país contra la corrupción,
el autoritarismo, el clericalismo como factor de poder y los
sucios negociados entre los gobiernos de turno y los grupos
económicos internacionales. Don Lisandro de la Torre,
abogado, productor agropecuario, político, filósofo,
escritor, diputado, senador y frustrado candidato a gobernador
y presidente de un país que, insólitamente,
supo darse el lujo de enviar al ostracismo histórico
a un verdadero hombre ético, ejemplo de conducta cívica,
más allá de la comunión con su pensamiento
e ideario.
Aquel tórrido verano, unido a la espartana austeridad
y decrepitud del viejo departamento arrendado, había
terminado por hacer mella en aquel venerable hombre, golpeado
por los fracasos políticos, sus frustradas revoluciones,
los negociados impunes por él descubiertos, las inequidades
que no pudo vencer, las presiones económicas y el fraude
electoral. La sombra de su viejo camarada y maestro, el doctor
Leandro Alem, máximo referente de aquel incipiente
Partido Radical, que se quitara la vida en 1896, se agitó
en las penumbras de su cuarto. Había terminado con
la correspondencia dirigida a sus entrañables colegas
y compañeros de lucha partidaria de su partido Demócrata
Progresista: hasta allí reveló su constante
y probada amistad, por una parte, y su finisecular ateísmo
y anticlericalismo que tantos enemigos y disgustos le deparara.
Aquella última carta, sería sorprendentemente
el último acto público y político de
su dilatada vida. Ya se había despedido de dos amigos
que lo habían visitado unos momentos antes: un viejo
conocido de Rosario, que abrazó efusivamente, y el
doctor Díaz Arana, con quien intercambió algunas
palabras respecto del último discurso del presidente
norteamericano Roosvelt.
Recordó que le quedaban aún en su billetera
unos últimos pesos, los cuales metió en un sobre
junto a una nota para que Clotilde, su mujer de servicio,
le llevara a la casa de un amigo. Todo estaba arreglado. Ya
estaba sobre el mediodía y el calor era intenso. Cerró
las ventanas de donde venían los ruidos bulliciosos
de la calle y la puerta de su despacho. Un detalle le sorprendió
y era que el almanaque tenía la fecha del día
anterior. Arrancó entonces el papel del taco apareciendo
el correspondiente al día 5 de enero de 1939, el último
de su vida. Sentado en el sillón, tomó su revólver
y lo encañonó directo a su corazón. Habría
recordado, quizás, a sus viejos maestros como Alem
y Del Valle, a su compañero de banca Enzo Bordabehere,
a su entrañable y perdido campo de las Pinas en Córdoba,
donde tantas ilusiones había fundado. Solo Dios, aquel
en quien no creía, podría afirmarlo. Apretó
con firmeza el gatillo de su arma y destrozó su corazón.
Se suicidó así, en ese departamento del segundo
piso de la calle Esmeralda 22 de Buenos Aires, uno de los
hombres emblemáticos de la democracia argentina que
no pudo ser. Se perdía en la historia la figura del
doctor Nicolás Lisandro de la Torre, el gran "Fiscal
de la Nación", un verdadero ejemplo de lucha política
y cívica, tan devaluada en la Argentina de principios
del siglo XXI, vacía de Justicia y plena de conductas
miserables por parte de una dirigencia que no termina de tomar
conciencia que, sus acciones individuales amorales, terminan
inexorablemente afectando la vida normal de los ciudadanos
y el destino de las generaciones por venir...
Sus primeros años.
La llegada del apellido "de la Torre" a la Argentina
se remonta a los tiempos en que España caía
bajo la espada de Napoleón. Tres hermanos, todos vizcaínos,
abandonaron sus viejos solares y se embarcaron rumbo a tierras
americanas donde el azar les llevó por diferentes caminos.
Uno terminó afincándose en las costas de México
y tuvo un hijo que llegó a ser obispo (extraño
destino...) Otro arribó a las tierras del Perú
y, se presume, tuvo entre su descendencia a quien fuera el
fundador del partido Aprista, el desaparecido presidente Haya
de la Torre. Por último, Lino, el tercero de los hermanos,
arribó a las costas de Buenos Aires donde fue empleado
de la Real Audiencia bajo el mandato del penúltimo
virrey del Plata. Se sabe de su participación en la
épica reconquista de Buenos Aires contra los invasores
ingleses, perdiéndose luego su rastro para siempre.
Luego de las luchas que ensangrentaron la Argentina hasta
la decisiva batalla de Caseros en 1853, apareció la
figura de un Lisandro de la Torre, hijo de Lino, en el bando
antirosista. Dos figuras se perfilaban entonces como máximos
referentes de la política argentina, la del caudillo
entrerriano Justo José de Urquiza y la del porteño
Bartolomé Mitre. De la Torre no pudo evadirse al influjo
de este último y se pliega a su bando en forma abierta.
Por aquellos años se establecía con su familia
en un campo que adquirió en la provincia de Santa Fe,
sobre el arroyo Pavón, donde años mas tarde
se plantearía el definitivo combate entre los dos grandes
en pugna: don Lisandro se valdría de una novedad traída
de Buenos Aires, unos faroles que iluminaban la noche campestre,
para enviar señales a sus partidarios mitristas. La
suerte inicialmente le fue adversa, al ser reconocido y sentenciado
a muerte por los urquicistas pero el destino lo favoreció
con la presencia del caudillo López Jordán,
un viejo compañero suyo, que intercedió por
su vida.
Unos años mas tarde se casó con una porteña,
doña Virginia Paganini, descendiente del primer rector
de la Universidad de Buenos Aires, llevándolo a decidir
su definitiva radicación en la ciudad de Rosario -la
"Chicago de Argentina"- como hombre de negocios.
Nacía allí, el 6 de diciembre de 1868, un hijo
que acompañaría a su primogénita Sara
y que tendría, paradójicamente, su primer enfrentamiento
con la jerarquía eclesiástica: el nombre elegido,
Lisandro igual que su padre, no aparecía en el martirologio
católico por lo cual, el párroco de la Basílica
de Nuestra Señora del Rosario, negó su bautizo.
Sus padres decidieron agregar como primer nombre el de Nicolás,
conservando Lisandro como el segundo: en vano el intento de
aquel cura pues la historia reservaría, para aquel
nombre rechazado, el privilegio de ser el de permanente asociación
con el apellido De la Torre.
Sin ninguna duda, el pequeño Lisandro fue criado en
una familia de fuertes tradiciones católicas, claramente
influenciado por la presencia intelectual y letrada de su
madre, que lo encamina en el hábito de la lectura poética
francesa, hecho que tanto extrañaría en el hombre
político que finalmente resultó.
Vivió entonces dos hechos que lo marcaron a fuego:
la segunda y definitiva crisis personal con la jerarquía
eclesiástica católica y el remate por quiebra
de su casa paterna de Rosario. Del primero, quiso el destino
que, en donde realizaba sus estudios primarios -un aula que
regenteaba un tal prelado Jiménez- fuera testigo ocasional
de los galanteos de este incorrecto sacerdote con una dama,
amiga de su madre. Este acto afectaría notablemente
al pequeño, ignorando aquel clérigo que su acción
ayudaría a forjar el alma de un empedernido político
anti-clerical.
El segundo hecho,
tan doloroso a sus afectos como recordaría después
en sus escritos, fue la crisis económica que afectó
a su padre. Mitrista acérrimo, no pudo evitar que el
Banco provincial, dominado por las autoridades partidarias
de Avellaneda, pusieran bandera de remate a su hogar por deudas
impagas. Fue un golpe muy duro para aquel niño, ver
como todos aquellos muebles y utensilios de uso personal caían
bajo el martillo de venta, con la presencia de desconocidos
que recorrían su ámbito privado sin ninguna
contemplación y respeto. Poco después, el abrazo
político entre ambas fracciones en pugna salvarían
al viejo Lisandro de la quiebra definitiva pero no borrarían
de la memoria de su hijo los dolorosos recuerdos.
Siguió sus estudios en el Colegio Nacional Nº1
de Rosario, mostrándose como un niño no muy
amigable, poco comunicativo, pero de una capacidad de concentración
y lectura admirables. El gusto por la poesía, inculcado
por su madre, y la pasión por la filosofía lo
llevan a conocer a dos grandes pensadores que moldearían
su mente: Renán y Spinoza. Con ellos abrevará
en pensamientos que forjarán su espíritu; se
plasmará su enfrentamiento con la Iglesia oficial,
llegando a abrazar, más que un ateísmo concreto,
un panteísmo alejado de toda postura pagana, viendo
al hombre como parte de un cosmos indefinible y desconocido.
Al finalizar sus estudios tuvo que decidir su futuro, sintiéndose
absolutamente inclinado por la filosofía y las letras,
las cuales no contaban aún en Buenos Aires con una
casa de estudios a su medida y gusto. Decidió así
iniciarse en el Derecho, actividad que nunca llevaría
adelante seriamente, más allá de las experiencias
que le sirvieron en su actividad pública o algún
que otro caso puntual.
El Lisandro "universitario y porteño"...
Llegado a Buenos Aires, el joven Lisandro no pudo alejarse
de los influjos de una ciudad que ya aparecía como
la gran metrópoli cultural, social y política
de Sudamérica. Se instaló en la casa de unas
tías y sus estudios eran llevados adelante en una mezcla
insospechada en él con la bohemia, las noches de café
y las disquisiciones filosóficas. Sin embargo, el apremio
de algunos momentos difíciles le llevaron a controlar
sus gastos y a imprimir velocidad en la culminación
de sus estudios universitarios, tal vez para evitar la desagradable
situación de molestar a su padre con pedidos de dinero
adicionales. Lo conmovió por entonces, la prédica
educativa laicista del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento,
ya en sus últimos años de vida. Quizás,
sin saberlo, estaba convirtiéndose en el continuador
de parte de su obra.
Terminó a los veinte años sus estudios de Derecho
y, de toda la promoción, resultó el mas joven
y destacado. Junto a Fernando Saguier llegaron a ser los únicos
personajes de ese año que no cayeron en el anonimato
de la historia. La tesis para su graduación versó
sobre "El Régimen Municipal" y se ven plasmadas
allí las premisas ideológicas que lo marcarían
definitivamente en su pensamiento político. Analizó
en sus estudios las instituciones básicas de la República,
centrando sus esperanzas para el desarrollo de la sociedad
en aquellas células políticas primarias, tan
afectas a su origen provinciano pero citadino a la vez. Investigó
el sistema comunal inglés, belga y suizo, opuesto abiertamente
al centralista francés, altamente burocratizado, negación
de las libertades personales. Rememoró la lucha de
la Comuna libre en España, ahogada violentamente en
Villalar, donde ve la separación concreta del pueblo
con el gobierno central por la ausencia definitiva de un factor
intermedio llamado "poder comunal".
Algunas otras argumentaciones, producto de su juventud y del
contexto histórico (corría el año 1888),
fueron utilizadas por sus detractores años mas tarde.
Influenciado en las teorías de Stuart Mill, muchas
de ellas válidas, también fueron fundamento
de otras posiciones que hoy podemos considerar sectarias.
Llegó a pensar que el derecho de voto sobre los asuntos
públicos debía descansar en aquellos que la
sostenían materialmente, o sea en aquellos que contribuían
con sus impuestos. Hasta bien entrada las primeras décadas
del 1900 mantendría ese pensamiento y que modificaría
en forma abrupta y diametralmente opuesta hacia su madurez
política e intelectual.
Ascendía aquel mismo año a la presidencia de
la República el cordobés Miguel Juárez
Celman, concuñado de quien verdaderamente manejaba
con maquiavélica capacidad rectora los destinos de
la Nación: el general Julio Argentino Roca, "el
Zorro". Llegaba al poder de la mano de una Argentina
que, como nunca, había aprovechado la coyuntura histórica:
una prosperidad económica internacional y la llegada
masiva de una inmigración de gran capacidad de trabajo
pero también de lucha. La exportación de materia
prima como la carne vacuna, pilar de la nueva aristocracia
terrateniente, llevó a esta Nación con "aires
de imperio" a una situación privilegiada. Sin
embargo, las previsiones de Alberdi y Sarmiento respecto de
evitar confundir los conceptos de "europeizar" en
el sentido de la asimilación de teorías y prácticas
políticas europeas útiles a la Argentina, se
terminará plasmando en la absoluta dependencia de nuestros
intereses a los imperios centrales.
Como nunca empezaba a comprenderse aquella frase despectiva
de Sarmiento sobre "una aristocracia argentina con demasiado
olor a bosta", evidenciando la falta de capacidad para
evolucionar y generar una nueva clase dirigente, pujante y
creativa, sobreponiéndose a la estructura ganadera
privilegiada. Para colmo de males, la llegada de Celman se
hacía con una deuda pública de 300 millones
de pesos fuertes, un lastre que se pagaría con un costo
social muy grande y una revolución que, también
Sarmiento, poco antes de morir, vaticinaría como inexorable...
El hombre revolucionario.
En este ambiente enrarecido surge una fuerza popular incontenible
y contradictoria: la Unión Cívica. Estaba conformada
por una heterogénea masa de activistas de diferentes
vertientes: elegantes porteños mitristas, orilleros
de la más baja condición, políticos del
catolicismo militante como Estrada y Pedro Goyena, etcétera.
Quienes los movilizaban eran dos hombres complementarios y
opuestos: uno, Leandro Alem, a quien el destino terminará
uniendo su final trágico al de nuestro protagonista,
y el otro, Aristóbulo del Valle, senador de la Nación
y un verdadero inspirador para su futuro político.
Lisandro quedó atrapado por sus figuras e ideario desde
el primer instante, siendo un entusiasta partícipe
en la primera línea de la llamada Revolución
del Parque, que terminaría destituyendo en forma definitiva
a Juárez Celman por su vicepresidente Carlos Pellegrini.
A pesar del fracaso del movimiento en cuanto a sus objetivos,
la Unión Cívica había logrado demostrar
algo muy importante y era su fuerte presencia en la nueva
escena política argentina.
Poco tiempo después de la frustrada revuelta, Alem
se apersonó en un mitin que se realizó en la
ciudad de Rosario. Allí quedó impresionado de
la pasión de aquel joven abogado de la Torre, con un
discurso claro y certero, lleno de fervor que movilizaba a
los presentes. Era evidente que una nueva era política
se avecinaba donde la figura del "Danton rosarino"
habría de ocupar un lugar destacado. Pero no habría
de ser tan pronto debido a la increíble capacidad del
general Roca para dividir a esa nueva masa de cívicos
que estaban a punto de tomar el poder: una jugada política
terminó dividiendo en facciones separadas al mitrismo,
al radicalismo, a los socialistas...
Como si aquello no fuese suficiente, nuevas disidencias dentro
de la ya conformada Unión Cívica Radical, llevaron
a retrasar su llegada al poder. De la Torre, testigo fiel
de las disputas, tomó parte en otra revolución
abortada en 1893 poniéndose al frente de las acciones
en Rosario. Allí llegó a ser la cabeza visible
del movimiento con las brigadas armadas de partidarios y extranjeros,
y mientras conservó el control de la situación,
durante alrededor de 21 días, fue el virtual ministro
del gobierno revolucionario. Sin embargo una nueva derrota
lo llevó a abandonar su postura, retirándose
a vivir nuevamente a su casa paterna, reconociendo que, ciertamente,
el camino de Aristóbulo del Valle, generando una oposición
organizada y un plan claro de acción política
llevaría a modificar el sistema de privilegio y fraude
en que se encontraba la Nación.
El hombre público.
Retirado a su casa familiar, decidió el abandono del
ejercicio de su profesión como abogado. Su padre, vislumbrando
esta decisión y conforme con ello, le regalaría
un pequeño campo en Barrancas, en el corazón
mismo de la provincia de Santa Fe. Surgió así
la figura de un hombre interesado en la producción,
en la economía y las ciencias. Su posición frente
a la tenencia de este campo fue la de un hombre interesado
en la incorporación de nuevas cosechas, novedosos cultivos
y principalmente en la mejora de las razas vacunas que eran,
indudablemente, la gran fuente de ingresos para el país.
En su tarea se destacó notablemente, llegando a ocupar
durante los años 1907, 1909 y 1910 la presidencia de
la Sociedad Rural de Rosario, la Comisión local de
la Defensa Agrícola y del directorio del primer Mercado
de Hacienda, en 1911. En ese ámbito conoció
los problemas y desigualdades que debían enfrentar
los pequeños y medianos productores agropecuarios,
en desventaja frente a los grandes latifundios de terratenientes
vinculados con el poder. Propugnó por una serie de
medidas con el fin de fomentar el mejoramiento de estos productores,
tal como la derogación de los impuestos a los cereales,
el pago de las cosechas en oro y la protección de pequeños
productores afectados por deudas impagables.
Tampoco rehuyó de su innegable pasión por la
literatura y el arte. En ese aspecto, llegó a brindar
varias conferencias como la realizada en una sociedad masónica
acerca de la obra del francés Emilio Zola. Convertido
en asiduo lector del francés, inglés e italiano,
incursionó también en el teatro con la lectura
de Dostoyewski e Ibsen. Podemos considerar que no ha sido
específicamente un autor o poeta pero se destacó
por su voluntad y capacidad para la crítica teatral
y literaria.
De la política tampoco escapó en forma definitiva.
En la proximidad de la visión política de Aristóbulo
del Valle, aceptó de éste la propuesta de dirigir
el periódico El Argentino. Con gran solvencia, De la
Torre se encargó de la divulgación del ideario
político de los radicales, inflamando con sus editoriales
a la gran cantidad de partidarios que, día a día,
se sumaban a las filas de la Unión Cívica. También
es cierto que se ganó la enemistad de varios opositores
que, eventualmente, le enviaron sus padrinos para resolver
ofensas a través del duelo. Era evidente que hacia
finales del siglo XIX, Aristóbulo del Valle había
reencauzado a las fuerzas de los cívicos por el rumbo
que indicaba su inexorable triunfo, acompañado por
una presencia masiva de juventud. Allí se encontraba,
en la primera línea de campaña el joven Lisandro,
con sus veintiocho años, uno de los máximos
referentes de los cívicos en la provincia de Santa
Fe.
Pero quiso el destino que el año 1896 significara un
nuevo golpe de suerte para las ambiciones presidenciales del
general Roca. A finales del mes de enero, Aristóbulo
del Valle, el inspirador político Lisandro de la Torre,
moría sorpresivamente, dejando trunco el magnífico
trabajo de acercamiento de los sectores radicales y mitristas.
Perdían los cívicos la figura más preclara
para la campaña que se avecinaba. Ante ese golpe, Alem
nada hizo por recomponer el orden en sus cuadros que, a la
espera de una orden o señal del líder, maduraban
otra revolución. Solo atinó a tomar su revólver,
subir a un carruaje y descerrajarse un tiro, quedando el partido
huérfano, primero de un líder y luego de un
caudillo. Ninguna figura de prestigio quedó para enfrentar
a la oposición conservadora, salvo la de Hipólito
Yrigoyen que, por ese entonces, aún actuaba a la sombra,
tejiendo obstinadamente sus influencias para la revuelta.
Indudablemente era una figura representativa de las masas,
envuelto por el misterio, cuya única consigna era continuar
con el último legado de su desaparecido tío:
la intransigencia. De esa manera y dada la situación,
el triunfo electoral de Roca se dio por descontado para el
período 1898-1904.
Lisandro de la Torre sintió el golpe por la pérdida
sufrida aunque adhirió a la idea de seguir intentando
la política de coalición con los distintos sectores
opositores al roquismo. En la Convención partidaria
se enfrentaron las dos alas en pugna y, a pesar que se preveía
el triunfo de los "coalicionistas", la acción
contraria del yrigoyenismo y la presencia de matones infiltrados
del roquismo, terminó volcando al partido hacia el
abstencionismo conspirativo. Sin ninguna duda, de la Torre
sintió la infiltración realizada por agentes
del gobierno y terminó acusando directamente a Yrigoyen
de cómplice por su intransigencia, terminando el acalorado
discurso con su famosa frase de "nos merecemos a Roca".
La respuesta no se hizo esperar y el 6 de septiembre de 1897
(fecha siniestra para Yrigoyen pues treinta y tres años
después sería derrocado en un funesto golpe)
ambos líderes se batieron a duelo con espada en los
galpones de Las Catalinas. Ninguno de los dos tenían
experiencia en esgrima pero el ímpetu de Lisandro le
significó una herida en su mejilla izquierda y a Yrigoyen
un planazo de sable en su cintura. Aquellos cuarenta segundos
de combate representaron la separación definitiva de
ambos líderes
El demócrata progresista.
Habiendo quedado el terreno libre para el roquismo y teniendo
al Partido Radical en un planteo de abstencionismo conspirativo,
Lisandro de la Torre terminó aquel periodo nuevamente
frustrado en la actividad política. Decidió
realizar entonces un viaje a Europa y a los Estados Unidos.
En el Viejo Continente le impactó seguramente todo
aquello que a cualquier argentino de entonces; pero fue su
recorrido por Norteamérica que lo dejaría absolutamente
deslumbrado. Podía ver en la práctica todas
aquellas teorías presentadas en su tesis universitaria
sobre el poder de las comunas o condados, la absoluta libertad
de culto, una burguesía de marcada orientación
progresista, un sistema político verdaderamente federal,
etcétera. Aquel modelo sería en adelante un
permanente referente en los debates, los proyectos de ley
y plataformas electorales de cada campaña que se avecinara.
Una anécdota por él referida cuenta su experiencia
con un labriego norteamericano el cual le pregunta sorprendido
del porque de los golpes políticos permanentes en estos
países australes. Intentando explicar alguna respuesta,
Lisandro de la Torre le interroga si no haría lo mismo
él, si la situación política lo requiriese.
La respuesta fue:
- Aquí no pueden pasar esas cosas. Ahora, eso sí,
haríamos una revolución si al gobernador se
le antojara, por ejemplo, elegir a nuestro maestro o nuestro
sheriff. ¡Ah, eso sí que no! ¡A nuestro
maestro, a nuestro sheriff, lo elegimos nosotros!
A la vuelta de su viaje, encuentra la magnífica oportunidad
de llevar a la práctica política ese ideario.
Aprovechando las llegadas de las elecciones, Lisandro de la
Torre conforma un conglomerado político en su provincia
de Santa Fe denominada "Liga del Sur". El rótulo
obedecía a la intención, por gran parte de los
distritos del sur de la provincia, de obtener condiciones
electorales equitativas con el norte que contaban con una
cantidad mayor o igual de representantes siendo su población
ostensiblemente menor. El 20 de noviembre de 1908 se conformó
la agrupación con un programa de gobierno que significó
todo un símbolo: reforma amplia de la anticuada Constitución
provincial; recomposición equitativa del Colegio Electoral
de la provincia; el derecho de elegir por parte de los vecinos
contribuyentes a sus intendentes, sus autoridades policiales,
la comisión de fomento, la justicia de paz y el Consejo
Escolar; la autonomía municipal con autoridad e independencia
para recaudar tributos; inamovilidad de los jueces y reforma
del sistema tributario sobre la base de hacer libre el trabajo.
Su triunfo no resultó, quedando segundo detrás
de los conservadores, pero su presencia era a todas luces
notoria en la sociedad santafecina. Sumando al resultado el
permanente abstencionismo
cercano el cambio del escenario político argentino.
Sin embargo, esa actitud de su antiguo partido radical le
llevaría a iniciar una crítica feroz, especialmente
a partir de la aplicación concreta de la ley Sáenz
Peña de sufragio universal.
Intentó Hipólito Yrigoyen llevarlo a su bando
nuevamente pero don Lisandro negó la coalición
con sus ex correligionarios radicales en su provincia. Por
increíble que pareciera, el radicalismo se abstuvo
nuevamente de la participación electoral -a pesar de
las garantías ofrecidas por la nueva ley- pero solo
en la provincia de Santa Fe, donde De la Torre tenía
fuerte raigambre, se presentaron con sus candidatos. Esta
nueva maniobra política dejó a su partido fuera
de una gobernación segura, a pesar de haberle garantizado
su banca de diputado nacional. Desde allí inició
una campaña despiadada contra sus viejos compañeros
radicales que lo llevaron, insólitamente, a despertar
las simpatías de sus verdaderos enemigos: los miembros
del tradicional partido conservador. En la campaña
presidencial de 1916, donde se presentó por fin el
radicalismo con Yrigoyen en 14 provincias, Lisandro de la
Torre se postuló con su partido Demócrata Progresista,
infiltrado por simpatizantes del antiguo régimen, ya
convencidos de su pérdida del poder político.
Nuevamente el caudillo rosarino perdió la partida cuando,
gran parte de sus electores de la línea conservadora,
terminaron dando sus votos a la causa radical. Parecía
ser que un destino siniestro signaba a este hombre político
al fracaso en las contiendas electorales, a no poder plasmar
en forma definitiva todo su ideario.
¿Terminó siendo Lisandro de la Torre un hombre
de fuertes pensamientos anti-radicales? Era evidente que no
pues su posición podría definirse como la de
un "radical socialista". Intentó llegar mas
allá de la postura que consideraba pasiva en Yrigoyen,
quien había llegado al poder con un planteo de ruptura
con el régimen anterior pero sin realizar los muy profundos
cambios prometidos al electorado. Y a tal punto es así
que, cansado del constante acercamiento de políticos
conservadores que veían en él la posible figura
intelectual y política para oponer a Yrigoyen, les
increpa en una categórica carta: "Uds. son conservadores,
clericales, armamentistas, antiobreristas, latifundistas,
etcétera, etcétera, y nosotros somos demócratas
progresistas, de un colorido casi radical-socialista. ¡Vaya
Usted a fusionar eso!. Ustedes no son conservadores únicamente
de nombre, lo son de espíritu y no quiero que existan
dudas al respecto a mis tendencias absolutamente liberales
y progresistas". Las lanzas estaban rotas y los grupos
quedaban definitivamente marcados, alejándolo claramente
del radicalismo partidario
Nuevamente el clericalismo.
Hacia 1920, Lisandro de la Torre repartió su tiempo
entre la actividad política y un proyecto rural que
sería su permanente obsesión: el campo de las
Pinas. Referente máximo de los demócratas progresistas,
participó nuevamente en elecciones para gobernador
en su provincia donde, a pesar de perderlas nuevamente, demuestra
a las claras que su partido está encaminado a convertirse
en poder. A tal punto es así que el nuevo gobierno
radical convocó a una Asamblea Constituyente para modificar
la Constitución provincial, tal como lo planteó
en la campaña proselitista. El nuevo texto constitucional,
avanzado para su tiempo y lugar, era el producto final del
ideario del "Dantón rosarino": inamovilidad
de los jueces, supresión del secreto en los sumarios,
aumento de los representantes del Senado para los departamentos
mas ampliación de las facultades administrativas e
impositivas de las municipalidades, establecimiento de la
jornada máxima de trabajo y salarios mínimos,
abolición de los impuestos sobre los artículos
de primera necesidad, gravamen al latifundio, etcétera.
Dicha Constitución fue aprobada, evidenciando el descontento
de los sectores del poder económico que veían
sus antiguos privilegios acotados. Sin embargo, una cláusula
no esperada terminó siendo el detonante para la intervención
del gobernador, anulando el texto votado: se había
establecido la neutralidad religiosa del Estado. El clero,
azuzado por los intereses económicos afectados, atacó
en forma conjunta y sistemática a la nueva Constitución,
se presentaron ante el gobernador radical Mosca y finalmente
ante el mismo presidente Yrigoyen. Este, presionado por los
grupos clericales y no deseando ver afectada su posición
con la Iglesia, emplazó a su correligionario santafecino
a anular la promulgación final.
Lisandro de la Torre no dudó un instante de la tarea
a seguir: defender y recuperar los derechos adquiridos por
su provincia a través de los nuevos fueros votados.
Su voz se dejó oír firmemente en el Congreso
Nacional, que fue testigo de tremendos debates entre los reformistas
y conservadores. No había jamás actuado hasta
la fecha en ninguna actividad proselitista ni legislativa
contra la Iglesia Católica pero se sentía defraudado
y traicionado nuevamente por ella: "Esto lo pongo ante
los ojos de la Cámara: ¡una Constitución
argentina está en peligro de ser anulada por una conjura
clerical!". Fue el diputado católico Bas con quien
mantuvo una fuerte discusión parlamentaria que, visto
hoy día, mostraba la capacidad intelectual y legislativa
de aquellos miembros del Congreso. Se habían incluido
en el debate argumentos del muy prestigioso constitucionalista
Montes de Oca, que eran rebatidos por el fogoso rosarino.
Y la discusión continuó en los periódicos,
a través de las notas y cartas que se dirigían
los contendientes. ¡Todo en vano! Nunca más se
pondría aquella Constitución a la práctica
efectiva, siendo remitida a las Universidades para el análisis
por parte de las futuras generaciones de estudiantes que llegarían
a la política abrevando en sus páginas de Derecho
Constitucional.
Casi ochenta años después, la misma Iglesia
acepta mayoritariamente la posición neutral del Estado
en materia religiosa. Nadie pondría el grito en el
cielo o movilizaría las fuerzas del clero con tal ímpetu
como se hizo con aquella Constitución santafecina.
Sin embargo, por una falsa valoración hecha por la
jerarquía eclesiástica, se perdieron largos
años de evolución en las instituciones democráticas
y republicanas de la Argentina.
Como en otras oportunidades, la conjura derrotó a un
Lisandro de la Torre. Ya empezaba a sentirse cansado y vencido
de tantas infructuosas luchas por dotar a su país de
lo que consideraba necesario para su progreso y desarrollo.
Su postura se volvió hacia la izquierda, en abierta
confrontación con el gobierno radical. Ya en la segunda
presidencia de Yrigoyen, sus dardos eran lanzados hacia un
oficialismo al cual acusó de no quebrar el estado de
privilegio que consideraba pernicioso y una rémora
del antiguo régimen. Violentas frases lanzó
contra ellos que, consternados, veían en su viejo correligionario
a uno de los más feroces críticos de su gobierno.
Las revueltas obreras de la Patagonia, las huelgas en los
cordones urbanos, el grupo de personajes que rodean a un Yrigoyen
encerrado en una falsa realidad, terminaron siendo violentos
de su acción.
Tras el desgraciado golpe del general Uriburu (amigo personal
de Lisandro desde la revolución del Parque) en 1930,
creyó este ver en el aguerrido santafecino la figura
política para la salida institucional del país.
Sin embargo, Lisandro de la Torre se apartaría absolutamente
del general, perdiendo su amistad y poniéndose en la
postura opuesta de su pensamiento político. Nada tenían
ya que ver los ideales compartidos desde la revolución
del Parque: eran evidentes las simpatías del general
con los pensamientos de Benito Mussolini y Primo de Rivera.
Corrían tiempos de la crisis del ´30 y el fraude
asomaba nuevamente en la política argentina. Con un
radicalismo nuevamente en el abstencionismo, la fórmula
presentada por la Alianza Civil con Lisandro de la Torre y
el socialista Nicolás Repetto, parecía una alternativa
para aquellos radicales que no se resignaban a perder sus
derechos electorales. Era, tal vez, una última oportunidad
de producir un cambio en las estructuras políticas
y sociales de la República Argentina. En las elecciones
realizadas el 8 de noviembre de 1931, el binomio de la Concordancia,
del general Agustín Pedro Justo y Julio Argentino Roca
(hijo), triunfaron con mas de 600.000 votos contra 487.955
de la Alianza. No se recuerda elecciones en este siglo que
tuviera las proporciones de escandalosas y fraudulentas como
las del ´31: voto sin cuarto oscuro, secuestros de libretas
de identidad, robos de urnas. Argentina involucionaba hasta
los años previos a la ley Sáenz Peña
de 1912, para no volver posiblemente nunca mas a los carrilles
políticos normales hasta el año 1983...
El fin del Fiscal de la Nación.
Perdidas las ilusiones de una salida electoral limpia para
la Nación, terminó de hundirse en la desilusión
por la desgraciada quiebra de su querido emprendimiento agrícola
de las Pinas. Muchos años de esforzado trabajo de investigación,
de atrevidas y novedosas plantaciones que daban sus frutos
magníficamente, a pesar de las burlas de sus coetáneos,
fueron instantáneamente terminadas por la pertinaz
sequía que afectó a la zona. Quebrado anímica
y económicamente, Lisandro de la Torre fue inducido
por sus partidarios a una nueva puja electoral por una banca
en el Senado, por considerar su voz como la más apropiada
para la denuncia pública de la corrupción imperante
en los círculos más altos del gobierno. Obtuvo
su banca senatorial nuevamente e inició al instante
una campaña de divulgación de los negociados
que involucraban, entre otros, a ministros de la Nación.
Los privilegios formados, las prebendas a privados, los monopolios
favorecidos por leyes vergonzosas, eran ahora los blancos
preferidos del virtual fiscal de la Nación. Estaba
prácticamente solo en la Cámara de Senadores,
con poca repercusión en los medios que callaban su
voz o divulgaban parcialmente su lucha.
Fue el pacto Roca - Ruciman otra muestra de las presiones
del gobierno británico sobre los intereses de la República
Argentina. Nuevamente la voz de Lisandro de la Torre se dejó
oír en el Senado, denunciando la virtual entrega del
comercio exterior argentino a los intereses exclusivos de
Gran Bretaña. Negociados con los cupos de exportación
de carnes, evasión de impuestos y cohecho, son puestos
en evidencia, llegando a tener que estar presente en una interpelación
el mismo Ministro de Agricultura, Luis Dahau. Rodeado de toda
una bancada que le era adversa, se lo miraba amenazadoramente
en el recinto de debates. Para colmo de males, su compañero
de bancada Pancho Correa, cayó enfermo y su reemplazo,
un joven de futuro promisorio dentro del Bordabehere, no terminaba
de recibir el diploma senatorial, demorado adrede.
El debate estaba en su punto más álgido. Ante
los argumentos irrefutables de senador por Santa Fe, el Ministro
solo atinaba a insultar y amenazar. Ante esa situación,
la presidencia llamó al orden. Parecía que todo
volvía a sus carriles normales cuando, el ministro
interpelado, se levantó sorpresivamente de su pupitre
y lanzó una serie de improperios hacia su interlocutor.
Este, si bien había conservado la calma ante situaciones
similares, ya no pudo contenerse. Don Lisandro, de pié
y amenazador, cayó sorpresivamente hacia atrás,
tal vez producto del cansancio y los nervios. Su colega Bordabehere,
quien asistía con sumo respeto y admiración
a su maestro a un costado del recinto, se lanzó inmediatamente
en su ayuda cuando sonó un fuerte disparo que reverberó
en la grandiosa cúpula de la Cámara. Al terminar
la confusión, el joven discípulo, a quien tanto
estimaba, agonizaba en sus brazos con un disparo en la espalda,
dejándolo en una congoja de la cual no pudo salir.
El responsable era un matón a sueldo, Ramón
Valdés Cora, un ex - policía y guardaespaldas
de un importante dirigente conservador, el cual se desconocía
que hacía en el recinto. Lisandro de la Torre jamás
se habría imaginado que aquellos adversarios le temieran
tanto como para llevar esbirros a sueldo al recinto del Congreso
de la Nación.
Años mas tarde, vencido absolutamente, terminó
renunciando de su bancada, sin el apoyo de ninguna agrupación
política o social que escuchara sus denuncias. La prensa
casi no difundió su prédica, acallándola
o fraccionando sus argumentaciones, incluso llevando la voz
de la crítica por su actitud de retiro. Mas tarde se
quitaría la vida, silenciando para siempre su voz.
Quizás, y como ejemplo hacia las futuras generaciones
políticas, queda su ejemplo de permanente lucha y crítica
contra el poder establecido y sus privilegios: su enfrentamiento
contra el roquismo en su máximo esplendor, la oposición
al fuerte y cada vez más influyente clericalismo, su
ataque al radicalismo en medio de su multitudinario apoyo,
su violenta y solitaria acción legislativa contra los
grupos extranjeros involucrados en negociados. Todo un símbolo
para una Argentina que quedó en el imposible y el olvido.
Eduardo Rodríguez Leirado
Última carta mecanografiada por Lisandro de la Torre
antes de suicidarse...
LISANDRO
DE LA TORRE
La
presencia de Lisandro de la Torre en el escenario político
argentino tiene la magnitud de una continuidad histórica
con la perspectiva que advirtieron los presidentes fundacionales
de la organización: Bartolomé Mitre, Domingo
Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda. Ellos fueron
quienes posibilitaron una vigencia liberal y progresista en
los actos constitutivos de la República nutriéndose
de sus pensamientos, el tribuno rosarino para conformar su
propio ideario político, que defendería con
un valor cívico y una honestidad intelectual reconocida
más allá de toda diferencia conceptual.
De la Torre es el heredero directo de aquella visión
ya que esos tres presidentes marcan a fuego la concepción
liberal que luego desestima Julio Roca convirtiéndose
en el primer presidente conservador. Entendemos que aquí,
en esta transferencia del poder comienza a tomar cuerpo la
gran confusión que adosa al liberalismo la significación
de conservador, ya que algunas de las medidas adoptadas por
el militar - presidente - son, generalmente, liberales desde
el punto de vista social, como la institución del matrimonio
civil, pero que desde el punto de vista económico pierden
toda relación con esta doctrina ya que amparándose
en la posible vigencia de la ley natural de la que habla David
Hume propone la desnaturalización del Estado como mediador
de la fuerzas centrípetas que conforman el correlato
de la sociedad en una República.
El gobierno de Roca no fue liberal. Todo lo contrario. Por
eso de la Torre declara puntualmente en una carta a Elvira
Aldao, que siempre estuvo enfrentado a Roca, Juárez
Celman y aún a Carlos Pellegrini. Ve con beneplácito
la figura de Mitre en momentos en que el traductor de la "Divina
Comedia" adhiere a la creación de la Unión
Cívica.
Mucho se ha escrito sobre las cuasi legendarias maniobras
de Roca para imposibilitar la segunda presidencia de Sarmiento
y el rentré en la Casa Rosada de don Bartolo, pero
la verdadera intención no estaba marcada tan solo por
ambiciones personales o disputas entre casas. Existían
fundamentales diferencias que se tornaban insalvables sobre
planes de gobierno.
Sarmiento fue duro critico - como cabía a su inmenso
coraje cívico - de su ejercicio de la primera magistratura
y expuso con claridad las cosas que pretendía enmendar
para lo que consideraba la necesaria consolidación
de una República.
Por otra parte, Mitre, con sus acercamientos a Leandro Alem
y Aristóbulo del Valle, amen de su predica a través
de las paginas de La Nación, apuntaba claramente en
dirección de una óptica que no era del agrado
del aniquilador de indios, los auténticos dueños
de la tierra, anteponiendo los esquemas del roquismo, planteos
de neto corte liberal.
La supuesta conjunción de una continuidad institucional
ha dado motivo a la confusión. La denominación
común de "Generación del ´80"
ha servido para embarullar la actitud y aptitud pensante de
los protagonistas de aquel tiempo, como si Mitre, Sarmiento,
Roca y Pellegrini fueran lo mismo.
El roquismo no era liberal sin que esto fuera peyorativo para
la cualidad de su proyección histórica. Porque
no era liberal maniobra para que los liberales no puedan volver
a presidir los destinos de la Nación. Pero, ¿Qué
es el liberalismo?
El liberalismo político constituyó en sus orígenes
una adaptación y reivindicación de la autonomía
del individuo frente al criterio autoritario. Adaptación
reducida y limitada a sus derechos políticos y civiles
bajo un gobierno legal y constitucional basado en el libre
consentimiento de los gobernados.
Este concepto fue magníficamente expresado por Jeremiah
Bentham en los principios del siglo XIX. Su error, a nuestro
entender, estaba en tomar como base la bondad natural del
hombre y dedujo conforme a la idea hedonista del placer y
del dolor, que el mejor gobierno es el que proporciona la
mayor felicidad al mayor número posible de individuos.
Ello se conseguiría, siempre según Bentham permitiendo
que cada individuo elija su propia felicidad dentro de un
régimen de libertad.
Desde nuestra óptica apreciamos dos errores: el sentido
hedonista de la vida es la mascarada más trágica
que se le pueda adosar al egoísmo y segundo, el hombre
no es naturalmente bueno. Si lo fuera, no hubiera necesitado
Dios darle a Moisés las Tablas de la Ley. Tampoco Caín
hubiera sentido bullir en su sangre el fluido viscoso de la
envidia y el desprecio que lo llevaría al crimen.
Entendemos que la representación más acabada
del liberalismo se impuso con la "Reform Act" en
1932 en Inglaterra que alcanzo su momento más brillante
bajo la dirección de William Gladstone. Fue una época
en que se favoreció una legislación cada vez
más avanzada y se lucho por un gobierno representativo
y popular en oposición a los intereses más tradicionales
y conservadores.
Pero regresemos a nuestros lares. Esta disgresión la
hemos querido puntualizar sin animo polémico. Encierran
la causa basal de una gran confusión al no diferenciar
liberalismo de conservadorismo. También tenemos que
apurarnos a reconocer que no es lo mismo el liberalismo del
siglo pasado que el actual, cuando ya casi, y sin casi, estamos
insertos en el siglo XXI. Y si bien la libertad económica
es una clara expresión del liberalismo no lo es menos
que considerar al fundamentalismo de mercado como conservador.
El liberalismo para serlo, debe tener en cuenta los sectores
más desprotegidos de la sociedad. Aquellos que por
su propia falta de poder económico y de recursos para
la dignificación humana, carecen de las defensas imprescindibles
para lograr una existencia de lucha, si, pero decorosa.
Esto nada tiene que ver con la demagogia, fruto maldito de
la mentira, quienes más necesidades tienen, más
deben ser protegidos desde el poder y esa es la razón
de ser de un gobierno liberal. De no proceder de esta manera
se convierte automáticamente en un gobierno conservador.
Si la economía es el manejo de la escases, el liberalismo
social es el resguardo de los más débiles. En
este filo de la navaja radica la diferenciación entre
las dos concepciones.
Alguien que nos escucha o nos lee, acotara entonces que el
liberalismo que escenificamos es populismo. No. Populismo
es crear presupuestos de acción - más ligado
a lo emocional que a lo racional - sin medir las reales posibilidades
de obtener frutos. Aquello de que "hagamos tal cosa que
Dios proveerá" es fatal porque Dios no provee
nada. Las cosas las deben proveer los hombres y las mujeres
que conforman la sociedad en todos sus estamentos.
Por eso el liberalismo debe entresacar de la economía
los requerimientos de los más débiles. Esa es
la función de un gobierno liberal. El gobierno actual
- como el de la Década Infame - vive pendiente de los
zarandeos de los poderosos de adentro y de afuera. Por eso
entendemos que es un gobierno conservador. No por las transformaciones
que ha hecho, sino por las omisiones. Ha convertido la libertad
de mercado en fundamentalismo de mercado. Y todo fundamentalismo
es oprobioso y nefasto.
Resumiendo y recalcando: si el Estado no asume el papel de
mediador entre los múltiples intereses de una comunidad
y abroquela su acción en procura de un orden que permita
el desarrollo de los grandes intereses pero busque canalizar
las rentas hacia los pequeños intereses, se convierte
en un Estado elitista, retrogrado, obsecuente del poder económico
y déspota con los excluidos. Entonces crecerán
la desocupación, la destrucción de la clase
media, el desquicio de la pequeña y mediana empresa,
el desarraigo de los sectores rurales, la agonía de
la educación pública. Mientras esto ocurre,
la salud entrara en estado vegetativo y los jubilados, formaran
fila en los umbrales de las fosas comunes sin otra esperanza
que no conocer el momento de traspasarlos.
Ese es el liberalismo que entendió y proclamó
Lisandro de la Torre.
Pero hay que tener cuidado. Ya hablamos del filo de la navaja.
Si por contrario el liberalismo es netamente político,
se agota en si mismo.
Concretamente: si la libertad es económica y no política.
Si se ignora a los que no alcanzan a integrarse por falta
de conocimientos, por falta de medios o por falta de oportunidades,
el gobierno es conservador y nada tiene que ver con el liberalismo
aunque declame libertad.
Pero si el liberalismo es netamente político, ocurre
lo que fulminó la vigencia de la Unión Liberal
española cuando fue gobierno. Su organizador fue el
general O´Donnell y asomó en el denominado "bienio
progresista" entre 1854 y 1856. Pero el partido liberal
carecía de una política definida y representaba
un equilibrio inestable ente la extrema derecha y la extrema
izquierda, ya que estaba integrado por el ala izquierda de
los moderados del partido izquierdista. Durante el tiempo
que estuvo en el poder, - 1858 a 1863 - el país conoció
una época de prosperidad y orden.
El liberalismo español respeto el régimen parlamentario
pero no hizo ninguna reforma de otro carácter y se
fue agotando en si mismo.
Y con esta evocación de un liberalismo que parecía
ahogado en su propio alcohol a semejanza del poeta Dylan Thomas,
volvamos a de la Torre y su configuración de personaje
liberal reconocido respetuosamente por autores tan disímiles
como Jorge Abelardo Ramos, Alberto Ciria o Bernardo González
Arrili para citar unos pocos.
Las
fuentes de su pensamiento:
Dueño de una cultura que superaba en mucho a la media
de los dirigentes políticos - en una época en
que los dirigentes políticos eran personalidades de
sólidas concepciones culturales, ni que hablar de la
paupérrima formación de la dirigencia actual,
con las naturales excepciones que justifican la regla - el
Solitario de Pinas fue forjando un diseño político
que tenía sus cimientos en los grandes pensadores liberales
de Francia e Inglaterra.
Locke y Montesquieu le dieron asentamiento a su sentir republicano
y leía a los poetas franceses y a los españoles
del siglo de oro con devota atención. Memora poemas
de Verlaine con absoluta fidelidad. Sus contemporáneos
recordaban, ante nuestro joven asombro, sus continuas referencias
a "Romanses sans Paroles" y "Saguesse".
Escribir sobre el autor de "arte Poética"
fue una de sus asignaturas pendientes. El ingeniero Julio
Noble, recuerda en su libro "Un siglo, dos vidas"
que pocos días antes de su muerte, Don Lisandro se
reprochó frente al amigo y discípulo que no
había escrito sobre Verlaine como era una de las tares
que se autoimpuso. Noble le sugirió que lo hiciera,
pero el tribuno le respondió: "Hágalo usted,
yo ya no tengo tiempo".
En cierta oportunidad esperó a otro dilecto amigo:
don Alberto Gerchunoff a las puertas del diario La Nación,
donde el autor de "Los Gauchos Judíos" trabajaba.
Fueron juntos a cenar y durante tres horas hablaron de literatura
y arte. Al despedirse, el periodista le puso una mano sobre
el hombro y le anticipó un pálido éxito
en la política, ya que no conocía, y conocía
a casi todos, un dirigente político que pudiera mantener
tres horas de conversación sobre esos temas, abordados
con profundidad y conocimientos.
En lo que hace al paisaje del pensamiento argentino de la
Torre es el continuador del bosquejo intelectual de Manuel
Belgrano y Mariano Moreno. Sabía, como el secretario
de la Primera Junta que "si los pueblos no se ilustran,
si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce
lo que vale, lo que puede y lo que se le debe; nuevas ilusiones
sucederán a las antiguas y después de vacilar
algún tiempo entre mil incertidumbres, será
tal vez nuestra suerte mudar a tiranos sin destruir la tiranía".
También Echeverría y Alberdi solidifican su
apostura mental. Como consecuencia de esta formación
se acerca a Leandro Alem y a Aristóbulo del Valle -
no olvidar que ya citamos a Mitre, Sarmiento y Avellaneda
- y está junto a ellos en los aconteceres políticos
de los 90. Del Valle le otorga la dirección del periódico
principista que editan para comunicar los alcances del pensamiento
que los desvela.
Pero tanto Alem como Del Valle, mueren en el término
de seis meses, el fatal año de 1896. El caudillo de
multitudes, por su mano; el intelectual, el pensador, por
una rápida enfermedad. Ambos en plena madurez dejando
a Lisandro en una impiadosa soledad de diálogo a los
28 años. Esas muertes dejan también al flamante
partido radical sin concepciones políticas claras.
Hay historiadores que reconocer que la muerte de estas dos
personalidades y el inmediato alejamiento del rosarino produce
un profundo bache ideológico del que tardara varios
lustros en recuperarse.
Ante este descarnado presente se refugia en el estudio y el
análisis de la situación nacional. Avanza en
el pensamiento republicano más allá de los dirigentes
de su tiempo y tal vez mas allá de la madurez de la
sociedad. Es esta una de las vallas que recién franqueará
en los altos años de su existencia. El trabaja para
el pueblo, pero no lo adula. Hay una anécdota reveladora
de esa postura, que conocimos por primera vez allá
en los momentos iniciales de nuestra presencia en Buenos Aires.
Estabamos trabajando en un diario por esos tiempos, como todos
excepto La Prensa y La Nación, respondían al
oficialismo que a partir de 1946 manejaba al país.
En una de las habituales charlas de redacción, enfrentábamos
una de las comunes discusiones políticas. Ese día
el tema estaba centrado en José Antonio Primo de Rivera
y Federico García Lorca. Creo que es innecesario decir
que defendíamos al autor de "Doña Rosita,
la soltera". Era uno contra varios.
De pronto, a nuestras espaldas dice una voz tonante: "Claro,
todos contra un recién venido del desierto" (por
nuestro origen pampeano). Era el director del diario, el periodista
León Bouché, acompañado por un morocho
de físico imponente. Este último nos miró
- seguramente había escuchado nuestra defensa vertida
unos segundos antes - y nos dijo: "No les haga caso,
joven, como los patoteros se sienten machos cuando son varios
frente a uno sólo".
Y de inmediato - ante el respetuoso silencio que su figura
provocaba - nos entregó su tarjeta para que lo visitáramos.
Al poco tiempo concurrimos a sus oficinas en la zona de Tribunales
y José Luis Torres nos recibió con "La
Década Infame", su obra más difundida calurosamente
dedicada.
En la charla, hubo un momento en el que le preguntamos por
quien sentía admiración o respeto en la Argentina
de los últimos años y nos marco - ante nuestra
sorpresa -, dos hombres absolutamente disimiles: el primero
Leopoldo Lugones, porque era hombre de afinidad conceptual,
después de sus giros de ideología.
El segundo fue Lisandro de la Torre. Extrañados le
preguntamos el porque e esta elección nos narró
esta anécdota: invitado don Lisandro por un estanciero
a un asado en su predio, concurre y es recibido por hombres
de prestigio en la comarca. El dueño de casa le dice
que en "la enramada" estaban los peones y le preguntó
si los quería saludar. De la Torre le responde que
no tiene sentido, pues no tiene nada para ofrecerles. "Si
les digo algo les miento. Yo trabajo con el objetivo de que
ellos estén cada día mejor pero no debo mentirles".
Torres no terminaba de asombrarse por el espíritu antidemagógico
de alguien que había demostrado su simpatía
por los trabajadores rurales, hasta con la partición
de sus propios campos. Es que era realmente incapaz de acercarse
a ellos con otras intenciones que no fueran las claras y transparentes
de su conducta y su visión de la realidad.
Lisandro de la Torre fue enemigo de la adulación secundaria
de la opinión pública. Porque creyó en
si mismo y le otorgó igual rango a la opinión
pública, no la alabó si no que le habló
con la fuerza de la razón. La opinión pública
es femenina y no quiso hacerle la corte. Trabajó para
ella, sin ella saberlo, como esos enamorados que cuidan el
bienestar de la amada y desde la sombra procuran protegerla.
No la quiso seducir, porque entendió con el diccionario
de la Real Academia, que seducir es engañar y nunca
quiso trastocar ese significado.
De la Torre fue un repúblico en el más amplio
sentido del término. Diríamos más; que
el gran repúblico de la política argentina del
siglo. Fue el más raigal. Otra anécdota lo pinta
de cuerpo entero en este aspecto. El presidente Yrigoyen pasaba
en su carroza por la Avenida de Mayo. Se trasladaba del Congreso
a la Casa de Gobierno. Nuestro hombre estaba con algunos amigos
observando desde la vereda el paso presidencial. Uno de los
jóvenes que lo acompañaba, sabedor del duro
enfrentamiento entre los dos hombres públicos, y pretendiendo
halagarlo se expreso con groseros improperios sobre el Jefe
de Estado. Don Lisandro miró con severidad a su seguidor
y joven amigo - le espeto enérgico -: "Cállese
la boca y sáquese el sombrero que pasa el Presidente
de la República".
En otra oportunidad, ante severas palabras críticas
a la situación militar, alguien del público
grita: "abajo los militares". Desde la tribuna don
Lisandro responde: "Ni arriba ni abajo: en su lugar".
Es decidido defensor de las instituciones y de la civilidad.
Sabe lo que quiere y sabe expresarlo.
Su dilecto amigo, al que atendía con mayor atención
en momentos de conciliábulos, Francisco Correa, lo
define de esta manera: "Es hombre de pensamiento, pero
más que todo hombre de realizaciones como necesitamos
en esta hora difícil. Es rápido en la determinación
y sabe mandar. Este si habría sido un militar si no
fuera tan civil". Sus esfuerzos están siempre
dirigidos a defender las instituciones y la democracia.
Es elocuente su carta a Elvira Aldao de 1933 hablándole
de la candidatura de la Alianza Civil: "Se me ofrecía
en realidad, una candidatura en derrota. Uriburu no era hombre
de retroceder ante ningún exceso y si alguien lo sabía
bien, era yo que tanto y tan íntimamente lo conocía.
Por eso acepte, porque prestaba un servicio a la opinión
civil y democrática, con entero desinterés y
porque complacía a mis viejos amigos de Santa Fe, que
veían acrecentadas sus fuerzas electorales al vincularse
a un movimiento nacional".
Pero, ¿qué es lo que le ocurre a Lisandro de
la Torre en el paisaje político que lo tiene por principal
protagonista y en el que o consigue enhebrar un sentido mayoritario
que lo conduzca a las más altas posiciones y reanudar
el diálogo con el progreso y la consolidación
de la balbuceante república?.
Es larga la pregunta, si. Pero ella encierra todo el desencuentro
de las masas con su destino y la aniquilación de una
esperanza que contrasta con la realidad. Nunca es triste la
verdad, canta Serrat, lo que no tiene es remedio.
Desasido don Lisandro de las posibilidades concretas de desarrollarse
en el partido radical "por incompatibilidades con los
que no piensan" deambula como un cóndor sin nido,
presumiendo ya que su destino, pese a la excepcional superficie
de sus alas, que le permite alcanzar alturas insospechadas,
estará ligado a la ceguera, para estrellarse en su
carrera final contra las rocas, contra la piedra.
Pero la ceguera de la que hablamos no fue suya. Fue la ceguera
de los otros que por mezquindades, por vaciedad intelectual
y moral y por temor a la pérdida de posiciones, buscan
cortar sus alas para desquiciarlo en el fondo de los desfiladeros.
Cuando de la Torre arma el partido Demócrata Progresista
en aquella tarde de diciembre de 1914, está sentando
las bases de una estructura con aspiraciones definidas, con
programa concreto y con la firmeza de cumplirlo.
Se asustan los retrógrados y comienzan una labor de
lijamiento de las estructuras regionales que se adhirieron
a los principios de aquel alambramiento. No obstante su lucha
con denuedo e inclaudicable valor cívico. "La
garantía de que el programa se cumplirá, reside
en que por otros caminos se iría directamente a la
derrota" le dice a la juventud en julio de 1915.
Y agrega: "Afirmo entonces que a menos de decretar la
derrota conscientemente, no podría la dirección
individual o colectiva de un partido, que quiere con tanta
decisión como el Demócrata Progresista seguir
procedimientos claros y democráticos, sustituirlos
por procedimientos artificiosos".
La polémica con Villanueva, la acción de esté
para impedir la formula demócrata progresista y la
orfandad del gobernador bonaerense Marcelino Ugarte marcan
exactamente que las fuerzas conservadoras no querían
la irrupción de don Lisandro a la primera magistratura.
Sabedor que no era un conservador como ellos, sino un transformador,
- lo realmente peligroso - se empecinan en poner barreras.
Preferían el triunfo de Yrigoyen que a la postre, sabían,
no iba a transformar nada sino a maquillar con aires nuevos
el viejo status quo.
Porque esa es situación de los transformadores los
que sienten la vigencia republicana y la retroalimentación
propia del liberalismo que justifica aquello que dijimos antes
de que no es lo mismo el liberalismo del siglo XIX que el
actual, y que perfectamente estudia y explica Karl Popper,
quien se explícita que cada vez que la idea liberal
se transformo en ideología dejo de ser.
De la Torre tiene casi como un dogma - aunque esta expresión
no cabe en un liberal - que para asegurar la libertad el hombre
debe sujetarse al imperio de la ley algo en lo que ya había
abundado Mariano Moreno.
Por eso y ante el desprecio de los conservadores, o de la
derecha de aquellos tiempos por miedo a perder sus cuantiosas
ventajas, Lisandro da la impresión de acercarse a la
izquierda, fundamentalmente cuando la reacción que
asola los años ´30 empuja a las demás
fuerzas políticas hacia parámetros opuestos.
El politólogo Enrique Zuleta Pucceiro, sostiene que
los partidos denominados chicos y especialmente principistas
cuando gobierna la derecha se inclinan hacia la izquierda;
y cuando lo hace esta giran a la derecha. Este no es un cambio
oportunista ni mucho menos es una cuestión lógica
de la controversia política.
Por eso el transformador que es Lisandro es tratado de revolucionario
por los conservadores y de reaccionario por los izquierdistas
que recién al final de su vida, merced al negociado
de las carnes, al asesinato de Bordabehere, y a la no buscada
polémica con Franceschi arrean agua para su molino
y lo aplauden.
Don Lisandro sabe que los revolucionarios son los burgueses
del mañana - la historia es aleccionadora en este punto
- quieren el poder por el poder mismo. Destruyen sin construir
primero. Y sabe que los reaccionarios son incapaces de mirar
a otro lado que no sea su propio ombligo. Además sabe
que "dejar librados en absoluto a la oferta y la demanda
las condiciones de reparto significa renunciar a toda idea
de equidad". Como expone convencido Juan Alvarez y que
Alberto Natale recuerda en una pormenorizada conferencia que
pronuncio años atrás.
Cuando Lisandro de la Torre funda el partido Demócrata
Progresista, lo hace acompañado por hombres de alta
jerarquía de aquel momento en el ambiente intelectual
y político, como el riojano Joaquín V. González,
el Dr. Indalecio Gómez, que fuera ministro del interior
de Roque Saenz Peña, considerado como uno de los más
notables tribunos del siglo y protagonista principal de un
enjundioso debate en el Congreso Nacional, al informar sobre
la ley del voto secreto.
Otros nombres son los de Carlos Ibarburen, José María
Rosa (padre), Mariano Demaría, Rodríguez Larreta,
solo para citar algunos, que decidieron constituir un partido
político moderno y profundamente reformador de las
estructuras ya herrumbradas del periodo anterior de la República.
Dos años más tarde enfrentaron a Hipólito
Yrigoyen con la fórmula Lisandro de la Torre - Alejandro
Carbó, que fuera derrotada por el radicalismo. A esta
derrota contribuyeron profundamente las decisiones de Marcelino
Ugarte y Victorino de la Plaza de boicotear al naciente partido,
preocupados por las profundas reformas sociales y políticas
que propugnaba en su plataforma y conocedores de la personalidad
del político rosarino, que bajo ningún concepto
hubiera llegado al poder para no cumplir lo prometido.
Es así que junto a estos dos integrantes del conservadorismo
se va uniendo otra serie de personajes preocupados por el
sentido revolucionario de los postulados de los demócratas
progresistas y van destejiendo lenta pero prolijamente los
andamiajes de la textura concretada en aquella tarde en el
hotel Savoy de Buenos Aires.
De la Torre había conseguido convocar a once partidos
provinciales para unirlos bajo la denominación común
de un nombre que significara las bases instrumentales de la
República y la mirada puesta en el futuro. Cuentan
las pequeñas historias internas que junto a Joaquín
V. González encontraron la nominación adecuada:
demócrata progresista.
El primer termino todavía no estaba bastardeado ni
vituperado por las escamas reaccionarias y representaba eso
precisamente: democracia, que incluía la libertad,
la división de los poderes, la vigencia de la voluntad
popular a través de sus representantes, en resumen
la vigencia de las instituciones que hacen a la esencia misma
de la República, y progresista por todo lo que significa
el constante avance técnico, mental, cultural y vivencial
del hombre, la permanente evolución del acontecer que
se llama existir y que no es estático sino que se halla
en continuo movimiento.
En algún lado leímos hace años sobre
la designación y el bautismo de los partidos políticos
y el autor sostenía que el nombre más exacto,
el de mayor significación con sólo nombrarlo
era el Partido Demócrata Progresista, más allá
de cualquier otra consideración sobre sus actitudes
y aptitudes políticas.
Es que evidentemente Lisandro de la Torre es la bisagra que
sirve de transporte, de comunicación, de movimiento,
a dos etapas del acontecer republicano. Aquel que elaboraron
Urquiza, Mitre, Sarmiento y Avellaneda con el que se avizora
en el nuevo siglo y que el tribuno santafesino advierte con
nitidez. Por eso su desprecio hacia las actitudes de Ugarte
y Victorino de la Plaza.
Por eso su inquebrantable voluntad de que la rueda de la vida
siga en movimiento sin los palos que éstos pretenden
ponerle. Don Lisandro es un transformador, que es mucho más
que un revolucionario. Por eso le temen, porque saben que
no habrá un status quo, que todo será dinámico.
Casualmente se da el caso - podríamos decir fundacional
- de que es en América Latina, en esta parte sur del
continente más lejano del mundo, donde se producen
los pronunciamientos ligados a esa transformación.
Es el Perú con el Apra de Víctor Raúl
Haya de la Torre y en el Uruguay de José Batlle y Ordóñez
donde se configuran dos de los ángulos fundamentales
de esa nueva figura geométrica que es la transformación.
El tercero es don Lisandro con su esquema profundamente ligado
al quehacer nacional. De los tres el único que llega
al gobierno es el uruguayo que convierte por largo tiempo
a su país en el ejemplo de republicanismo. Tal vez
de haber conseguido injertar los tres lideres una acción
común muy otro sería el destino de este Cono
Sur tan vilipendiado.
El reformismo de los tres asusta tanto a los conservadores
como a los revolucionarios porque en última instancia
ambos son la misma cosa. El de la Torre arquitectónico
al que se refiere tan asiduamente Alberto Natale es el que
intuye el destino de la Nación que pregonaron los presidentes
fundacionales. El fracaso político de don Lisandro
conduce al país a una oquedad de la que aun no ha salido
a pesar de la posición humanista, civil y reformadora
del Solitario de Pinas.
Hay otro hecho coincidente que enmarca el alto concepto de
avanzada del fundador del Partido Demócrata Progresista.
Tres Constituciones que tienen un entretejido común
se producen en el termino de un lustro en distintos lugares
del mundo.
En 1917 se sanciona la Constitución mexicana, que más
allá de cualquier consideración sobre los gobiernos
que dieron origen a las políticas en el país
de los aztecas, marca en la letra un acontecimiento de alta
jerarquía progresista. En 1919 en Weimar, la antigua
capital del Estado de Turingia, se sanciona la Constitución
de la República Alemana que conduce a Federico Ebert
a la presidencia de la naciente democracia y cuya prematura
muerte, en 1925, facilita el andamiaje esquizofrénico
del nazismo.
En 1921, en Santa Fe, se sanciona la Constitución provincial
con el sello indeleble del Partido Demócrata Progresista
y que, por ese temor, el gobierno central de Yrigoyen indica
al Gobernador Mosca que la vete, impidiendo el sano y progresista
pronunciamiento del pueblo.
Las tres Constituciones tiene un denominador común:
la factibilidad de las transformaciones continuas, la agilización
de los métodos conducentes al bienestar general y la
posibilidad popular de entender por distintos mecanismos las
desviaciones de los mandatarios, haciendo posible la rápida
acción, el urgente pronunciamiento de los mandantes
ante las posibles desviaciones de quienes tenían una
misión determinada y la olvidaban o la obviaban. Estaba
llegando el constitucionalismo social de la mano de los demoprogresista.
Entendemos que éste es el esquema de los cimientos
del Partido Demócrata Progresista y que los azarosos
aconteceres políticos impidieron concretar. Más
allá de la critica a un determinado momento del quehacer
cotidiano de la vida política, está la vigencia
de aquel sueño del viejo luchador, que amasado en una
profunda cultura humanística quiso potenciar el deslizamiento
de la Argentina del siglo XX y quedo varado en los bancos
de la mezquindad humana y de los sectores quedantistas porque,
como bien dijera uno de sus distinguidos seguidores, el Dr.
Camilo Muniagurria, "un gran silencio se produjo a su
muerte en la República".
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LISANDRO
DE LA TORRE
Un político de Raza
Don
Lisandro de la Torre.
El olvidado "fiscal de la Nación".
por
Eduardo Rodriguez Leirado



Última carta mecanografiada por Lisandro
de la Torre antes de suicidarse...
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