Su pasión incontenible turbaba mucho
de sus juicios; y cuándo se inflamaba arremetía con
ciega vehemencia contra los hombres, las cosas y los
hechos que le eran hostiles o que creía tales.
Era implacable e irreconciliable
con lo que chocaba a su simpatía y a su sensibilidad.-
Crudamente materialista y ateo.- Al abordar serenamente
con patriotismo, problemas de gobierno, su talento lo
iluminaba en defensa de los intereses del país.
Su ideología era la de un acérrimo
liberal individualista del siglo pasado. Fue un polemista
notable y un elocuente tribuno.
El
20 de noviembre de 1908 un grupo de personas, fieles
exponentes del pensamiento rosarino, se desprenden de
la UCR primer partido político argentino, formando
“ La Liga del Sur”.-
Fue De la Torre quién anunciara el programa de ocho puntos,
aprobado por unanimidad, el que sostenía :
1.
Las
reformas de la Constitución de la provincia
de Santa Fe,
2.
de
la composición del colegio electoral,
3.
del
Senado provincial, y
4.
del
sistema tributario sobre la base de hacer libre
el trabajo,
5.
derecho
de elegir a sus autoridades en cada distrito
rural.-
6.
Autonomía
para Rosario y Casilda, reconocimientos a cada
localidad de un porcentaje de lo recaudado por
sus rentas locales,
7.
anexión
de los departamentos de San Lorenzo y San Martín
a la circunscripción judicial sur de la provincia,
e
8.
inamovilidad de
los jueces.
|
De la Torre tenía 42 años y la
Liga del Sur concurre a los comicios provinciales del
5 de marzo de 1911, signado por irregularidades y conflictos,
a pesar de ello Lisandro se incorporó a la Legislatura
como diputado por la minoría correspondiente al departamento
de San Lorenzo.- Su actuación fue breve debido a la
intervención federal y el consiguiente cierre de la
Legislatura.
Después de la ley Saénz Peña,
De la Torre fue consagrado diputado nacional y se incorporó
a la Cámara en las sesiones preparatorias del 1 de junio
de 1912.- Así a los 44 años, se proyectaba al escenario
parlamentario nacional, destacándose por su dinámica
de trabajo y entre sus proyectos principales, el Régimen
Municipal en las provincias.
En el escenario nacional, un
grupo de caballeros, pertenecientes algunos a distintas
entidades políticas y desvinculados de toda afiliación,
cambiaron opiniones acerca de constituir una unión vigorosa
que participara en las luchas comiciales.
El propósito era el de echar
las bases de un partido permanente que congregara todas
las corrientes políticas afines y dispersas en el panorama
político nacional, los trabajos para concentrar en un
nuevo partido las fuerzas liberales y los independientes
empezaron activamente.
El
14 de diciembre de 1914, en el Hotel Savoy de Buenos
Aires ( ver placa recordatoria en el lobby de dicho
Hotel) se reúnen un grupo de hombres políticos, entre
quienes figuraba Lisandro de la Torre, con el propósito
de fundar un nuevo partido, que llevó el nombre de
“ PARTIDO DEMÓCRATA PROGRESISTA”
El manifiesto redactado por De
la Torre expresaba el anhelo de crear un nuevo partido
que armonice con las exigencias presentes del país,
y continúe acrecentando la obra de engrandecimiento
y de cultura de la Nación.
Este fue el origen y el comienzo
del aporte que este hombre dio a la vida cívica del
país, hombre nuevo verdadero demócrata que iba a renovar
procedimientos, asumir actitudes drásticas contra los
vicios inveterados de la política criolla y las intrigas
palaciegas tejidas en el Congreso y en la Casa Rosada

LISANDRO
DE LA TORRE, UN POLÍTICO DE RAZA.
Desde muy joven empieza
a participar en la actividad política, encontrando
un espacio de discusión y práctica en
el marco de la Unión Cívica.
De la Torre se sumó muy pronto a esta naciente
fuerza, liderada por Leandro Alem y Aristóbulo
Del Valle, en la que también se iniciaron políticamente
Hipólito Yrigoyen y Juan B. Justo. La frustrada
revolución del Parque lo contó al abogado
rosarino entre sus filas.
Años mas tarde, el 30 de julio de 1893, un movimiento
revolucionario de similares características se
llevo a cabo en Rosario y De la Torre fue uno de sus
jefes de milicias. Se logro tomar la ciudad como paso
previo a la caída del poder provincial. Si bien
el gobierno santafecino de hecho fue tomado el 1 de
agosto, la Unión Cívica no permaneció
más de 20 días en Santa Fe.
Pronto se vieron en la obligación de renunciar
el gobernador, Mariano Candioti, y los miembros de su
gabinete, entre los que estaba De la Torre como ministro
de Justicia.
POLÏTICA PARALELA.
En septiembre de ese año la “causa”
nuevamente intentó arremeter contra las autoridades,
particularmente en Tucumán, Corrientes y Catamarca.
Lisandro cumplió con las funciones de enlace
entre los revolucionarios, interviniendo el telégrafo.
Pero con su esfuerzo y el de los milicianos fue en vano
porque prontamente fue abortado desde Buenos Aires.
El último lustro del siglo significó para
De la Torre una etapa de cambios.
En 1895 fue nombrado en Buenos Aires director de “El
Nacional”, el combativo diario de Aristóbulo
Del Valle. Pero un año mas tarde, la muerte de
Alem y la de Del Valle dejaron en virtual acefalía
el partido, agudizándose en su interior los enfrentamientos.
Un pacto entre radicales y mitristas consolidó
una alianza que, para algunos, como Yrigoyen, no era
más que un acuerdo con el “régimen”.
De la Torre, que defendía esta nueva “política
paralela”, encaró entonces una personalizada
lucha con quien más tarde sería el primer
presidente radical.
Las encendidas diatribas los llevaron a enfrentar sus
espadas en San Fernando, el 6 de septiembre de 1897,
en un breve duelo. Dos días antes De la Torre
había presentado su renuncia a la Convención
Nacional de la U.C.R.
En 1898 retomo el periodismo, fundando y dirigiendo
en su ciudad “La República”, diario
que venía a “asumir en la Prensa de Rosario
la representación del partido radical de la provincia”.
Un año después emprende dos viajes al
exterior: Europa y Estados Unidos.
A su regreso fue elegido presidente de la Sociedad Rural
de Rosario. Tiempo después intenta canalizar
sus preocupaciones políticas a través
de un nuevo partido: la Liga del Sur. Creada en 1908,
le permite, después de algunas experiencias fallidas,
ocupar una banca como diputado en el Congreso Nacional
en 1912.
Tres años después, y con la mira puesta
en el recambio presidencial, la liga se subsume en un
nuevo espacio político, el Partido Demócrata
Progresista (PDP), que lo lleva como candidato frente
a la fórmula radical, que triunfa.
Desde la oposición Lisandro intento favorecer
el desarrollo del PDP en la provincia, estimulando el
proyecto de reforma constitucional de 1921, fuertemente
bloqueado por resistencias políticas y sociales.
En 1922 acepta la candidatura como diputado nacional,
motivo por el que ese año regresa al Congreso,
manteniéndose en esa función hasta 1925,
en que se retira a Pinas.
LA DÉCADA DEL
TREINTA.
La década del
treinta le implica enfrentarse a su antiguo correligionario
y amigo, José F. Uriburu, a quien rechaza la
invitación de formar parte del gobierno instaurado
por el golpe del 6 de septiembre. Acelera sus vinculaciones
con el socialismo y acepta presentarse con Nicolás
Repetto como compañero de fórmula en las
elecciones de 1931.
Al acceder a la presidencia el general Agustín
P. Justo y no obstante estar convencido de los limites
estrechos dentro de los cuales podía desarrollarse
la ación parlamentaria, acepta llevar adelante
desde el senado, al que había accedido en 1932,
una práctica política que ponga en descubierto
los alcances del proyecto conservador.
Su actitud de crítica y denuncia no omitió
ningún eje de discusión.
Agobiado, aislado, fuertemente afectado por el asesinato
de Bordabehere - en un atentado que lo tenía
como destinatario – renuncia a su banca en enero
de 1937.
Desde entonces resultan muy escasas sus apariciones
públicas, ocupando la tribuna sólo como
conferencista.
Es justamente en ese período, particularmente
en 1937, donde a partir de sus conferencias en el Colegio
Libre de Estudios Superiores polemiza con cierto sector
de la iglesia, especialmente con monseñor Franceschi.
El 5 de enero de 1939, en la soledad de su departamento
de Esmeralda 22, se quita la vida.
Don
Lisandro de la Torre.
El olvidado "fiscal de la Nación".
En la Argentina del siglo XXI bien vale la pena recordar
la historia de un joven abogado, nieto de vascos, proveniente
de la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe.
En su tiempo le tocó en suerte ser uno de los
máximos referentes de la lucha de este país
contra la corrupción, el autoritarismo, el clericalismo
como factor de poder y los sucios negociados entre los
gobiernos de turno y los grupos económicos internacionales.
Don Lisandro de la Torre, abogado, productor agropecuario,
político, filósofo, escritor, diputado,
senador y frustrado candidato a gobernador y presidente
de un país que, insólitamente, supo darse
el lujo de enviar al ostracismo histórico a un
verdadero hombre ético, ejemplo de conducta cívica,
más allá de la comunión con su
pensamiento e ideario.
Aquel tórrido verano, unido a la espartana austeridad
y decrepitud del viejo departamento arrendado, había
terminado por hacer mella en aquel venerable hombre,
golpeado por los fracasos políticos, sus frustradas
revoluciones, los negociados impunes por él descubiertos,
las inequidades que no pudo vencer, las presiones económicas
y el fraude electoral. La sombra de su viejo camarada
y maestro, el doctor Leandro Alem, máximo referente
de aquel incipiente Partido Radical, que se quitara
la vida en 1896, se agitó en las penumbras de
su cuarto. Había terminado con la correspondencia
dirigida a sus entrañables colegas y compañeros
de lucha partidaria de su partido Demócrata Progresista:
hasta allí reveló su constante y probada
amistad, por una parte, y su finisecular ateísmo
y anticlericalismo que tantos enemigos y disgustos le
deparara. Aquella última carta, sería
sorprendentemente el último acto público
y político de su dilatada vida. Ya se había
despedido de dos amigos que lo habían visitado
unos momentos antes: un viejo conocido de Rosario, que
abrazó efusivamente, y el doctor Díaz
Arana, con quien intercambió algunas palabras
respecto del último discurso del presidente norteamericano
Roosvelt.
Recordó que le quedaban aún en su billetera
unos últimos pesos, los cuales metió en
un sobre junto a una nota para que Clotilde, su mujer
de servicio, le llevara a la casa de un amigo. Todo
estaba arreglado. Ya estaba sobre el mediodía
y el calor era intenso. Cerró las ventanas de
donde venían los ruidos bulliciosos de la calle
y la puerta de su despacho. Un detalle le sorprendió
y era que el almanaque tenía la fecha del día
anterior. Arrancó entonces el papel del taco
apareciendo el correspondiente al día 5 de enero
de 1939, el último de su vida. Sentado en el
sillón, tomó su revólver y lo encañonó
directo a su corazón. Habría recordado,
quizás, a sus viejos maestros como Alem y Del
Valle, a su compañero de banca Enzo Bordabehere,
a su entrañable y perdido campo de las Pinas
en Córdoba, donde tantas ilusiones había
fundado. Solo Dios, aquel en quien no creía,
podría afirmarlo. Apretó con firmeza el
gatillo de su arma y destrozó su corazón.
Se suicidó así, en ese departamento del
segundo piso de la calle Esmeralda 22 de Buenos Aires,
uno de los hombres emblemáticos de la democracia
argentina que no pudo ser. Se perdía en la historia
la figura del doctor Nicolás Lisandro de la Torre,
el gran "Fiscal de la Nación", un verdadero
ejemplo de lucha política y cívica, tan
devaluada en la Argentina de principios del siglo XXI,
vacía de Justicia y plena de conductas miserables
por parte de una dirigencia que no termina de tomar
conciencia que, sus acciones individuales amorales,
terminan inexorablemente afectando la vida normal de
los ciudadanos y el destino de las generaciones por
venir...
Sus primeros años.
La llegada del apellido "de la Torre" a la
Argentina se remonta a los tiempos en que España
caía bajo la espada de Napoleón. Tres
hermanos, todos vizcaínos, abandonaron sus viejos
solares y se embarcaron rumbo a tierras americanas donde
el azar les llevó por diferentes caminos. Uno
terminó afincándose en las costas de México
y tuvo un hijo que llegó a ser obispo (extraño
destino...) Otro arribó a las tierras del Perú
y, se presume, tuvo entre su descendencia a quien fuera
el fundador del partido Aprista, el desaparecido presidente
Haya de la Torre. Por último, Lino, el tercero
de los hermanos, arribó a las costas de Buenos
Aires donde fue empleado de la Real Audiencia bajo el
mandato del penúltimo virrey del Plata. Se sabe
de su participación en la épica reconquista
de Buenos Aires contra los invasores ingleses, perdiéndose
luego su rastro para siempre. Luego de las luchas que
ensangrentaron la Argentina hasta la decisiva batalla
de Caseros en 1853, apareció la figura de un
Lisandro de la Torre, hijo de Lino, en el bando antirosista.
Dos figuras se perfilaban entonces como máximos
referentes de la política argentina, la del caudillo
entrerriano Justo José de Urquiza y la del porteño
Bartolomé Mitre. De la Torre no pudo evadirse
al influjo de este último y se pliega a su bando
en forma abierta.
Por aquellos años se establecía con su
familia en un campo que adquirió en la provincia
de Santa Fe, sobre el arroyo Pavón, donde años
mas tarde se plantearía el definitivo combate
entre los dos grandes en pugna: don Lisandro se valdría
de una novedad traída de Buenos Aires, unos faroles
que iluminaban la noche campestre, para enviar señales
a sus partidarios mitristas. La suerte inicialmente
le fue adversa, al ser reconocido y sentenciado a muerte
por los urquicistas pero el destino lo favoreció
con la presencia del caudillo López Jordán,
un viejo compañero suyo, que intercedió
por su vida.
Unos años mas tarde se casó con una porteña,
doña Virginia Paganini, descendiente del primer
rector de la Universidad de Buenos Aires, llevándolo
a decidir su definitiva radicación en la ciudad
de Rosario -la "Chicago de Argentina"- como
hombre de negocios. Nacía allí, el 6 de
diciembre de 1868, un hijo que acompañaría
a su primogénita Sara y que tendría, paradójicamente,
su primer enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica:
el nombre elegido, Lisandro igual que su padre, no aparecía
en el martirologio católico por lo cual, el párroco
de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario,
negó su bautizo. Sus padres decidieron agregar
como primer nombre el de Nicolás, conservando
Lisandro como el segundo: en vano el intento de aquel
cura pues la historia reservaría, para aquel
nombre rechazado, el privilegio de ser el de permanente
asociación con el apellido De la Torre.
Sin ninguna duda, el pequeño Lisandro fue criado
en una familia de fuertes tradiciones católicas,
claramente influenciado por la presencia intelectual
y letrada de su madre, que lo encamina en el hábito
de la lectura poética francesa, hecho que tanto
extrañaría en el hombre político
que finalmente resultó.
Vivió entonces dos hechos que lo marcaron a fuego:
la segunda y definitiva crisis personal con la jerarquía
eclesiástica católica y el remate por
quiebra de su casa paterna de Rosario. Del primero,
quiso el destino que, en donde realizaba sus estudios
primarios -un aula que regenteaba un tal prelado Jiménez-
fuera testigo ocasional de los galanteos de este incorrecto
sacerdote con una dama, amiga de su madre. Este acto
afectaría notablemente al pequeño, ignorando
aquel clérigo que su acción ayudaría
a forjar el alma de un empedernido político anti-clerical.
El
segundo hecho, tan doloroso a sus afectos como recordaría
después en sus escritos, fue la crisis económica
que afectó a su padre. Mitrista acérrimo,
no pudo evitar que el Banco provincial, dominado por
las autoridades partidarias de Avellaneda, pusieran
bandera de remate a su hogar por deudas impagas. Fue
un golpe muy duro para aquel niño, ver como todos
aquellos muebles y utensilios de uso personal caían
bajo el martillo de venta, con la presencia de desconocidos
que recorrían su ámbito privado sin ninguna
contemplación y respeto. Poco después,
el abrazo político entre ambas fracciones en
pugna salvarían al viejo Lisandro de la quiebra
definitiva pero no borrarían de la memoria de
su hijo los dolorosos recuerdos.
Siguió sus estudios en el Colegio Nacional Nº1
de Rosario, mostrándose como un niño no
muy amigable, poco comunicativo, pero de una capacidad
de concentración y lectura admirables. El gusto
por la poesía, inculcado por su madre, y la pasión
por la filosofía lo llevan a conocer a dos grandes
pensadores que moldearían su mente: Renán
y Spinoza. Con ellos abrevará en pensamientos
que forjarán su espíritu; se plasmará
su enfrentamiento con la Iglesia oficial, llegando a
abrazar, más que un ateísmo concreto,
un panteísmo alejado de toda postura pagana,
viendo al hombre como parte de un cosmos indefinible
y desconocido. Al finalizar sus estudios tuvo que decidir
su futuro, sintiéndose absolutamente inclinado
por la filosofía y las letras, las cuales no
contaban aún en Buenos Aires con una casa de
estudios a su medida y gusto. Decidió así
iniciarse en el Derecho, actividad que nunca llevaría
adelante seriamente, más allá de las experiencias
que le sirvieron en su actividad pública o algún
que otro caso puntual.
El Lisandro "universitario y porteño"...
Llegado a Buenos Aires, el joven Lisandro no pudo alejarse
de los influjos de una ciudad que ya aparecía
como la gran metrópoli cultural, social y política
de Sudamérica. Se instaló en la casa de
unas tías y sus estudios eran llevados adelante
en una mezcla insospechada en él con la bohemia,
las noches de café y las disquisiciones filosóficas.
Sin embargo, el apremio de algunos momentos difíciles
le llevaron a controlar sus gastos y a imprimir velocidad
en la culminación de sus estudios universitarios,
tal vez para evitar la desagradable situación
de molestar a su padre con pedidos de dinero adicionales.
Lo conmovió por entonces, la prédica educativa
laicista del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento,
ya en sus últimos años de vida. Quizás,
sin saberlo, estaba convirtiéndose en el continuador
de parte de su obra.
Terminó a los veinte años sus estudios
de Derecho y, de toda la promoción, resultó
el mas joven y destacado. Junto a Fernando Saguier llegaron
a ser los únicos personajes de ese año
que no cayeron en el anonimato de la historia. La tesis
para su graduación versó sobre "El
Régimen Municipal" y se ven plasmadas allí
las premisas ideológicas que lo marcarían
definitivamente en su pensamiento político. Analizó
en sus estudios las instituciones básicas de
la República, centrando sus esperanzas para el
desarrollo de la sociedad en aquellas células
políticas primarias, tan afectas a su origen
provinciano pero citadino a la vez. Investigó
el sistema comunal inglés, belga y suizo, opuesto
abiertamente al centralista francés, altamente
burocratizado, negación de las libertades personales.
Rememoró la lucha de la Comuna libre en España,
ahogada violentamente en Villalar, donde ve la separación
concreta del pueblo con el gobierno central por la ausencia
definitiva de un factor intermedio llamado "poder
comunal".
Algunas otras argumentaciones, producto de su juventud
y del contexto histórico (corría el año
1888), fueron utilizadas por sus detractores años
mas tarde. Influenciado en las teorías de Stuart
Mill, muchas de ellas válidas, también
fueron fundamento de otras posiciones que hoy podemos
considerar sectarias. Llegó a pensar que el derecho
de voto sobre los asuntos públicos debía
descansar en aquellos que la sostenían materialmente,
o sea en aquellos que contribuían con sus impuestos.
Hasta bien entrada las primeras décadas del 1900
mantendría ese pensamiento y que modificaría
en forma abrupta y diametralmente opuesta hacia su madurez
política e intelectual.
Ascendía aquel mismo año a la presidencia
de la República el cordobés Miguel Juárez
Celman, concuñado de quien verdaderamente manejaba
con maquiavélica capacidad rectora los destinos
de la Nación: el general Julio Argentino Roca,
"el Zorro". Llegaba al poder de la mano de
una Argentina que, como nunca, había aprovechado
la coyuntura histórica: una prosperidad económica
internacional y la llegada masiva de una inmigración
de gran capacidad de trabajo pero también de
lucha. La exportación de materia prima como la
carne vacuna, pilar de la nueva aristocracia terrateniente,
llevó a esta Nación con "aires de
imperio" a una situación privilegiada. Sin
embargo, las previsiones de Alberdi y Sarmiento respecto
de evitar confundir los conceptos de "europeizar"
en el sentido de la asimilación de teorías
y prácticas políticas europeas útiles
a la Argentina, se terminará plasmando en la
absoluta dependencia de nuestros intereses a los imperios
centrales.
Como nunca empezaba a comprenderse aquella frase despectiva
de Sarmiento sobre "una aristocracia argentina
con demasiado olor a bosta", evidenciando la falta
de capacidad para evolucionar y generar una nueva clase
dirigente, pujante y creativa, sobreponiéndose
a la estructura ganadera privilegiada. Para colmo de
males, la llegada de Celman se hacía con una
deuda pública de 300 millones de pesos fuertes,
un lastre que se pagaría con un costo social
muy grande y una revolución que, también
Sarmiento, poco antes de morir, vaticinaría como
inexorable...
El
hombre revolucionario.
En este ambiente enrarecido surge una fuerza popular
incontenible y contradictoria: la Unión Cívica.
Estaba conformada por una heterogénea masa de
activistas de diferentes vertientes: elegantes porteños
mitristas, orilleros de la más baja condición,
políticos del catolicismo militante como Estrada
y Pedro Goyena, etcétera. Quienes los movilizaban
eran dos hombres complementarios y opuestos: uno, Leandro
Alem, a quien el destino terminará uniendo su
final trágico al de nuestro protagonista, y el
otro, Aristóbulo del Valle, senador de la Nación
y un verdadero inspirador para su futuro político.
Lisandro quedó atrapado por sus figuras e ideario
desde el primer instante, siendo un entusiasta partícipe
en la primera línea de la llamada Revolución
del Parque, que terminaría destituyendo en forma
definitiva a Juárez Celman por su vicepresidente
Carlos Pellegrini. A pesar del fracaso del movimiento
en cuanto a sus objetivos, la Unión Cívica
había logrado demostrar algo muy importante y
era su fuerte presencia en la nueva escena política
argentina.
Poco tiempo después de la frustrada revuelta,
Alem se apersonó en un mitin que se realizó
en la ciudad de Rosario. Allí quedó impresionado
de la pasión de aquel joven abogado de la Torre,
con un discurso claro y certero, lleno de fervor que
movilizaba a los presentes. Era evidente que una nueva
era política se avecinaba donde la figura del
"Danton rosarino" habría de ocupar
un lugar destacado. Pero no habría de ser tan
pronto debido a la increíble capacidad del general
Roca para dividir a esa nueva masa de cívicos
que estaban a punto de tomar el poder: una jugada política
terminó dividiendo en facciones separadas al
mitrismo, al radicalismo, a los socialistas...
Como si aquello no fuese suficiente, nuevas disidencias
dentro de la ya conformada Unión Cívica
Radical, llevaron a retrasar su llegada al poder. De
la Torre, testigo fiel de las disputas, tomó
parte en otra revolución abortada en 1893 poniéndose
al frente de las acciones en Rosario. Allí llegó
a ser la cabeza visible del movimiento con las brigadas
armadas de partidarios y extranjeros, y mientras conservó
el control de la situación, durante alrededor
de 21 días, fue el virtual ministro del gobierno
revolucionario. Sin embargo una nueva derrota lo llevó
a abandonar su postura, retirándose a vivir nuevamente
a su casa paterna, reconociendo que, ciertamente, el
camino de Aristóbulo del Valle, generando una
oposición organizada y un plan claro de acción
política llevaría a modificar el sistema
de privilegio y fraude en que se encontraba la Nación.
El hombre público.
Retirado a su casa familiar, decidió el abandono
del ejercicio de su profesión como abogado. Su
padre, vislumbrando esta decisión y conforme
con ello, le regalaría un pequeño campo
en Barrancas, en el corazón mismo de la provincia
de Santa Fe. Surgió así la figura de un
hombre interesado en la producción, en la economía
y las ciencias. Su posición frente a la tenencia
de este campo fue la de un hombre interesado en la incorporación
de nuevas cosechas, novedosos cultivos y principalmente
en la mejora de las razas vacunas que eran, indudablemente,
la gran fuente de ingresos para el país. En su
tarea se destacó notablemente, llegando a ocupar
durante los años 1907, 1909 y 1910 la presidencia
de la Sociedad Rural de Rosario, la Comisión
local de la Defensa Agrícola y del directorio
del primer Mercado de Hacienda, en 1911. En ese ámbito
conoció los problemas y desigualdades que debían
enfrentar los pequeños y medianos productores
agropecuarios, en desventaja frente a los grandes latifundios
de terratenientes vinculados con el poder. Propugnó
por una serie de medidas con el fin de fomentar el mejoramiento
de estos productores, tal como la derogación
de los impuestos a los cereales, el pago de las cosechas
en oro y la protección de pequeños productores
afectados por deudas impagables.
Tampoco rehuyó de su innegable pasión
por la literatura y el arte. En ese aspecto, llegó
a brindar varias conferencias como la realizada en una
sociedad masónica acerca de la obra del francés
Emilio Zola. Convertido en asiduo lector del francés,
inglés e italiano, incursionó también
en el teatro con la lectura de Dostoyewski e Ibsen.
Podemos considerar que no ha sido específicamente
un autor o poeta pero se destacó por su voluntad
y capacidad para la crítica teatral y literaria.
De la política tampoco escapó en forma
definitiva. En la proximidad de la visión política
de Aristóbulo del Valle, aceptó de éste
la propuesta de dirigir el periódico El Argentino.
Con gran solvencia, De la Torre se encargó de
la divulgación del ideario político de
los radicales, inflamando con sus editoriales a la gran
cantidad de partidarios que, día a día,
se sumaban a las filas de la Unión Cívica.
También es cierto que se ganó la enemistad
de varios opositores que, eventualmente, le enviaron
sus padrinos para resolver ofensas a través del
duelo. Era evidente que hacia finales del siglo XIX,
Aristóbulo del Valle había reencauzado
a las fuerzas de los cívicos por el rumbo que
indicaba su inexorable triunfo, acompañado por
una presencia masiva de juventud. Allí se encontraba,
en la primera línea de campaña el joven
Lisandro, con sus veintiocho años, uno de los
máximos referentes de los cívicos en la
provincia de Santa Fe.
Pero quiso el destino que el año 1896 significara
un nuevo golpe de suerte para las ambiciones presidenciales
del general Roca. A finales del mes de enero, Aristóbulo
del Valle, el inspirador político Lisandro de
la Torre, moría sorpresivamente, dejando trunco
el magnífico trabajo de acercamiento de los sectores
radicales y mitristas. Perdían los cívicos
la figura más preclara para la campaña
que se avecinaba. Ante ese golpe, Alem nada hizo por
recomponer el orden en sus cuadros que, a la espera
de una orden o señal del líder, maduraban
otra revolución. Solo atinó a tomar su
revólver, subir a un carruaje y descerrajarse
un tiro, quedando el partido huérfano, primero
de un líder y luego de un caudillo. Ninguna figura
de prestigio quedó para enfrentar a la oposición
conservadora, salvo la de Hipólito Yrigoyen que,
por ese entonces, aún actuaba a la sombra, tejiendo
obstinadamente sus influencias para la revuelta. Indudablemente
era una figura representativa de las masas, envuelto
por el misterio, cuya única consigna era continuar
con el último legado de su desaparecido tío:
la intransigencia. De esa manera y dada la situación,
el triunfo electoral de Roca se dio por descontado para
el período 1898-1904.
Lisandro de la Torre sintió el golpe por la pérdida
sufrida aunque adhirió a la idea de seguir intentando
la política de coalición con los distintos
sectores opositores al roquismo. En la Convención
partidaria se enfrentaron las dos alas en pugna y, a
pesar que se preveía el triunfo de los "coalicionistas",
la acción contraria del yrigoyenismo y la presencia
de matones infiltrados del roquismo, terminó
volcando al partido hacia el abstencionismo conspirativo.
Sin ninguna duda, de la Torre sintió la infiltración
realizada por agentes del gobierno y terminó
acusando directamente a Yrigoyen de cómplice
por su intransigencia, terminando el acalorado discurso
con su famosa frase de "nos merecemos a Roca".
La respuesta no se hizo esperar y el 6 de septiembre
de 1897 (fecha siniestra para Yrigoyen pues treinta
y tres años después sería derrocado
en un funesto golpe) ambos líderes se batieron
a duelo con espada en los galpones de Las Catalinas.
Ninguno de los dos tenían experiencia en esgrima
pero el ímpetu de Lisandro le significó
una herida en su mejilla izquierda y a Yrigoyen un planazo
de sable en su cintura. Aquellos cuarenta segundos de
combate representaron la separación definitiva
de ambos líderes
El demócrata progresista.
Habiendo quedado el terreno libre para el roquismo y
teniendo al Partido Radical en un planteo de abstencionismo
conspirativo, Lisandro de la Torre terminó aquel
periodo nuevamente frustrado en la actividad política.
Decidió realizar entonces un viaje a Europa y
a los Estados Unidos. En el Viejo Continente le impactó
seguramente todo aquello que a cualquier argentino de
entonces; pero fue su recorrido por Norteamérica
que lo dejaría absolutamente deslumbrado. Podía
ver en la práctica todas aquellas teorías
presentadas en su tesis universitaria sobre el poder
de las comunas o condados, la absoluta libertad de culto,
una burguesía de marcada orientación progresista,
un sistema político verdaderamente federal, etcétera.
Aquel modelo sería en adelante un permanente
referente en los debates, los proyectos de ley y plataformas
electorales de cada campaña que se avecinara.
Una anécdota por él referida cuenta su
experiencia con un labriego norteamericano el cual le
pregunta sorprendido del porque de los golpes políticos
permanentes en estos países australes. Intentando
explicar alguna respuesta, Lisandro de la Torre le interroga
si no haría lo mismo él, si la situación
política lo requiriese. La respuesta fue:
- Aquí no pueden pasar esas cosas. Ahora, eso
sí, haríamos una revolución si
al gobernador se le antojara, por ejemplo, elegir a
nuestro maestro o nuestro sheriff. ¡Ah, eso sí
que no! ¡A nuestro maestro, a nuestro sheriff,
lo elegimos nosotros!
A la vuelta de su viaje, encuentra la magnífica
oportunidad de llevar a la práctica política
ese ideario. Aprovechando las llegadas de las elecciones,
Lisandro de la Torre conforma un conglomerado político
en su provincia de Santa Fe denominada "Liga del
Sur". El rótulo obedecía a la intención,
por gran parte de los distritos del sur de la provincia,
de obtener condiciones electorales equitativas con el
norte que contaban con una cantidad mayor o igual de
representantes siendo su población ostensiblemente
menor. El 20 de noviembre de 1908 se conformó
la agrupación con un programa de gobierno que
significó todo un símbolo: reforma amplia
de la anticuada Constitución provincial; recomposición
equitativa del Colegio Electoral de la provincia; el
derecho de elegir por parte de los vecinos contribuyentes
a sus intendentes, sus autoridades policiales, la comisión
de fomento, la justicia de paz y el Consejo Escolar;
la autonomía municipal con autoridad e independencia
para recaudar tributos; inamovilidad de los jueces y
reforma del sistema tributario sobre la base de hacer
libre el trabajo. Su triunfo no resultó, quedando
segundo detrás de los conservadores, pero su
presencia era a todas luces notoria en la sociedad santafecina.
Sumando al resultado el permanente abstencionismo
cercano el cambio del escenario político argentino.
Sin embargo, esa actitud de su antiguo partido radical
le llevaría a iniciar una crítica feroz,
especialmente a partir de la aplicación concreta
de la ley Sáenz Peña de sufragio universal.
Intentó Hipólito Yrigoyen llevarlo a su
bando nuevamente pero don Lisandro negó la coalición
con sus ex correligionarios radicales en su provincia.
Por increíble que pareciera, el radicalismo se
abstuvo nuevamente de la participación electoral
-a pesar de las garantías ofrecidas por la nueva
ley- pero solo en la provincia de Santa Fe, donde De
la Torre tenía fuerte raigambre, se presentaron
con sus candidatos. Esta nueva maniobra política
dejó a su partido fuera de una gobernación
segura, a pesar de haberle garantizado su banca de diputado
nacional. Desde allí inició una campaña
despiadada contra sus viejos compañeros radicales
que lo llevaron, insólitamente, a despertar las
simpatías de sus verdaderos enemigos: los miembros
del tradicional partido conservador. En la campaña
presidencial de 1916, donde se presentó por fin
el radicalismo con Yrigoyen en 14 provincias, Lisandro
de la Torre se postuló con su partido Demócrata
Progresista, infiltrado por simpatizantes del antiguo
régimen, ya convencidos de su pérdida
del poder político. Nuevamente el caudillo rosarino
perdió la partida cuando, gran parte de sus electores
de la línea conservadora, terminaron dando sus
votos a la causa radical. Parecía ser que un
destino siniestro signaba a este hombre político
al fracaso en las contiendas electorales, a no poder
plasmar en forma definitiva todo su ideario.
¿Terminó siendo Lisandro de la Torre un
hombre de fuertes pensamientos anti-radicales? Era evidente
que no pues su posición podría definirse
como la de un "radical socialista". Intentó
llegar mas allá de la postura que consideraba
pasiva en Yrigoyen, quien había llegado al poder
con un planteo de ruptura con el régimen anterior
pero sin realizar los muy profundos cambios prometidos
al electorado. Y a tal punto es así que, cansado
del constante acercamiento de políticos conservadores
que veían en él la posible figura intelectual
y política para oponer a Yrigoyen, les increpa
en una categórica carta: "Uds. son conservadores,
clericales, armamentistas, antiobreristas, latifundistas,
etcétera, etcétera, y nosotros somos demócratas
progresistas, de un colorido casi radical-socialista.
¡Vaya Usted a fusionar eso!. Ustedes no son conservadores
únicamente de nombre, lo son de espíritu
y no quiero que existan dudas al respecto a mis tendencias
absolutamente liberales y progresistas". Las lanzas
estaban rotas y los grupos quedaban definitivamente
marcados, alejándolo claramente del radicalismo
partidario
Nuevamente el clericalismo.
Hacia 1920, Lisandro de la Torre repartió su
tiempo entre la actividad política y un proyecto
rural que sería su permanente obsesión:
el campo de las Pinas. Referente máximo de los
demócratas progresistas, participó nuevamente
en elecciones para gobernador en su provincia donde,
a pesar de perderlas nuevamente, demuestra a las claras
que su partido está encaminado a convertirse
en poder. A tal punto es así que el nuevo gobierno
radical convocó a una Asamblea Constituyente
para modificar la Constitución provincial, tal
como lo planteó en la campaña proselitista.
El nuevo texto constitucional, avanzado para su tiempo
y lugar, era el producto final del ideario del "Dantón
rosarino": inamovilidad de los jueces, supresión
del secreto en los sumarios, aumento de los representantes
del Senado para los departamentos mas ampliación
de las facultades administrativas e impositivas de las
municipalidades, establecimiento de la jornada máxima
de trabajo y salarios mínimos, abolición
de los impuestos sobre los artículos de primera
necesidad, gravamen al latifundio, etcétera.
Dicha Constitución fue aprobada, evidenciando
el descontento de los sectores del poder económico
que veían sus antiguos privilegios acotados.
Sin embargo, una cláusula no esperada terminó
siendo el detonante para la intervención del
gobernador, anulando el texto votado: se había
establecido la neutralidad religiosa del Estado. El
clero, azuzado por los intereses económicos afectados,
atacó en forma conjunta y sistemática
a la nueva Constitución, se presentaron ante
el gobernador radical Mosca y finalmente ante el mismo
presidente Yrigoyen. Este, presionado por los grupos
clericales y no deseando ver afectada su posición
con la Iglesia, emplazó a su correligionario
santafecino a anular la promulgación final.
Lisandro de la Torre no dudó un instante de la
tarea a seguir: defender y recuperar los derechos adquiridos
por su provincia a través de los nuevos fueros
votados. Su voz se dejó oír firmemente
en el Congreso Nacional, que fue testigo de tremendos
debates entre los reformistas y conservadores. No había
jamás actuado hasta la fecha en ninguna actividad
proselitista ni legislativa contra la Iglesia Católica
pero se sentía defraudado y traicionado nuevamente
por ella: "Esto lo pongo ante los ojos de la Cámara:
¡una Constitución argentina está
en peligro de ser anulada por una conjura clerical!".
Fue el diputado católico Bas con quien mantuvo
una fuerte discusión parlamentaria que, visto
hoy día, mostraba la capacidad intelectual y
legislativa de aquellos miembros del Congreso. Se habían
incluido en el debate argumentos del muy prestigioso
constitucionalista Montes de Oca, que eran rebatidos
por el fogoso rosarino. Y la discusión continuó
en los periódicos, a través de las notas
y cartas que se dirigían los contendientes. ¡Todo
en vano! Nunca más se pondría aquella
Constitución a la práctica efectiva, siendo
remitida a las Universidades para el análisis
por parte de las futuras generaciones de estudiantes
que llegarían a la política abrevando
en sus páginas de Derecho Constitucional.
Casi ochenta años después, la misma Iglesia
acepta mayoritariamente la posición neutral del
Estado en materia religiosa. Nadie pondría el
grito en el cielo o movilizaría las fuerzas del
clero con tal ímpetu como se hizo con aquella
Constitución santafecina. Sin embargo, por una
falsa valoración hecha por la jerarquía
eclesiástica, se perdieron largos años
de evolución en las instituciones democráticas
y republicanas de la Argentina.
Como en otras oportunidades, la conjura derrotó
a un Lisandro de la Torre. Ya empezaba a sentirse cansado
y vencido de tantas infructuosas luchas por dotar a
su país de lo que consideraba necesario para
su progreso y desarrollo. Su postura se volvió
hacia la izquierda, en abierta confrontación
con el gobierno radical. Ya en la segunda presidencia
de Yrigoyen, sus dardos eran lanzados hacia un oficialismo
al cual acusó de no quebrar el estado de privilegio
que consideraba pernicioso y una rémora del antiguo
régimen. Violentas frases lanzó contra
ellos que, consternados, veían en su viejo correligionario
a uno de los más feroces críticos de su
gobierno. Las revueltas obreras de la Patagonia, las
huelgas en los cordones urbanos, el grupo de personajes
que rodean a un Yrigoyen encerrado en una falsa realidad,
terminaron siendo violentos de su acción.
Tras el desgraciado golpe del general Uriburu (amigo
personal de Lisandro desde la revolución del
Parque) en 1930, creyó este ver en el aguerrido
santafecino la figura política para la salida
institucional del país. Sin embargo, Lisandro
de la Torre se apartaría absolutamente del general,
perdiendo su amistad y poniéndose en la postura
opuesta de su pensamiento político. Nada tenían
ya que ver los ideales compartidos desde la revolución
del Parque: eran evidentes las simpatías del
general con los pensamientos de Benito Mussolini y Primo
de Rivera. Corrían tiempos de la crisis del ´30
y el fraude asomaba nuevamente en la política
argentina. Con un radicalismo nuevamente en el abstencionismo,
la fórmula presentada por la Alianza Civil con
Lisandro de la Torre y el socialista Nicolás
Repetto, parecía una alternativa para aquellos
radicales que no se resignaban a perder sus derechos
electorales. Era, tal vez, una última oportunidad
de producir un cambio en las estructuras políticas
y sociales de la República Argentina. En las
elecciones realizadas el 8 de noviembre de 1931, el
binomio de la Concordancia, del general Agustín
Pedro Justo y Julio Argentino Roca (hijo), triunfaron
con mas de 600.000 votos contra 487.955 de la Alianza.
No se recuerda elecciones en este siglo que tuviera
las proporciones de escandalosas y fraudulentas como
las del ´31: voto sin cuarto oscuro, secuestros
de libretas de identidad, robos de urnas. Argentina
involucionaba hasta los años previos a la ley
Sáenz Peña de 1912, para no volver posiblemente
nunca mas a los carrilles políticos normales
hasta el año 1983...
El fin del Fiscal de la Nación.
Perdidas las ilusiones de una salida electoral limpia
para la Nación, terminó de hundirse en
la desilusión por la desgraciada quiebra de su
querido emprendimiento agrícola de las Pinas.
Muchos años de esforzado trabajo de investigación,
de atrevidas y novedosas plantaciones que daban sus
frutos magníficamente, a pesar de las burlas
de sus coetáneos, fueron instantáneamente
terminadas por la pertinaz sequía que afectó
a la zona. Quebrado anímica y económicamente,
Lisandro de la Torre fue inducido por sus partidarios
a una nueva puja electoral por una banca en el Senado,
por considerar su voz como la más apropiada para
la denuncia pública de la corrupción imperante
en los círculos más altos del gobierno.
Obtuvo su banca senatorial nuevamente e inició
al instante una campaña de divulgación
de los negociados que involucraban, entre otros, a ministros
de la Nación. Los privilegios formados, las prebendas
a privados, los monopolios favorecidos por leyes vergonzosas,
eran ahora los blancos preferidos del virtual fiscal
de la Nación. Estaba prácticamente solo
en la Cámara de Senadores, con poca repercusión
en los medios que callaban su voz o divulgaban parcialmente
su lucha.
Fue el pacto Roca - Ruciman otra muestra de las presiones
del gobierno británico sobre los intereses de
la República Argentina. Nuevamente la voz de
Lisandro de la Torre se dejó oír en el
Senado, denunciando la virtual entrega del comercio
exterior argentino a los intereses exclusivos de Gran
Bretaña. Negociados con los cupos de exportación
de carnes, evasión de impuestos y cohecho, son
puestos en evidencia, llegando a tener que estar presente
en una interpelación el mismo Ministro de Agricultura,
Luis Dahau. Rodeado de toda una bancada que le era adversa,
se lo miraba amenazadoramente en el recinto de debates.
Para colmo de males, su compañero de bancada
Pancho Correa, cayó enfermo y su reemplazo, un
joven de futuro promisorio dentro del Bordabehere, no
terminaba de recibir el diploma senatorial, demorado
adrede.
El debate estaba en su punto más álgido.
Ante los argumentos irrefutables de senador por Santa
Fe, el Ministro solo atinaba a insultar y amenazar.
Ante esa situación, la presidencia llamó
al orden. Parecía que todo volvía a sus
carriles normales cuando, el ministro interpelado, se
levantó sorpresivamente de su pupitre y lanzó
una serie de improperios hacia su interlocutor. Este,
si bien había conservado la calma ante situaciones
similares, ya no pudo contenerse. Don Lisandro, de pié
y amenazador, cayó sorpresivamente hacia atrás,
tal vez producto del cansancio y los nervios. Su colega
Bordabehere, quien asistía con sumo respeto y
admiración a su maestro a un costado del recinto,
se lanzó inmediatamente en su ayuda cuando sonó
un fuerte disparo que reverberó en la grandiosa
cúpula de la Cámara. Al terminar la confusión,
el joven discípulo, a quien tanto estimaba, agonizaba
en sus brazos con un disparo en la espalda, dejándolo
en una congoja de la cual no pudo salir. El responsable
era un matón a sueldo, Ramón Valdés
Cora, un ex - policía y guardaespaldas de un
importante dirigente conservador, el cual se desconocía
que hacía en el recinto. Lisandro de la Torre
jamás se habría imaginado que aquellos
adversarios le temieran tanto como para llevar esbirros
a sueldo al recinto del Congreso de la Nación.
Años mas tarde, vencido absolutamente, terminó
renunciando de su bancada, sin el apoyo de ninguna agrupación
política o social que escuchara sus denuncias.
La prensa casi no difundió su prédica,
acallándola o fraccionando sus argumentaciones,
incluso llevando la voz de la crítica por su
actitud de retiro. Mas tarde se quitaría la vida,
silenciando para siempre su voz.
Quizás, y como ejemplo hacia las futuras generaciones
políticas, queda su ejemplo de permanente lucha
y crítica contra el poder establecido y sus privilegios:
su enfrentamiento contra el roquismo en su máximo
esplendor, la oposición al fuerte y cada vez
más influyente clericalismo, su ataque al radicalismo
en medio de su multitudinario apoyo, su violenta y solitaria
acción legislativa contra los grupos extranjeros
involucrados en negociados. Todo un símbolo para
una Argentina que quedó en el imposible y el
olvido.
Eduardo Rodríguez Leirado
Última carta mecanografiada por Lisandro de la
Torre antes de suicidarse...
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