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El P.D.P. cumplió 90 años

14 de diciembre de 2004
90º aniversario del Partido Demócrata Progresista

Salón San Martín de la Legislatura
de la Ciudad Autónoma de Bs. As.


José Eduardo
de Cara

Ezequiel Gallo

Carlos Keller Sarmiento

Felix Peña

Rafael Martinez Raymonda

Natalio Botana

Roberto Cortés Conde

Guillermo Jaim Etcheverry
Juan J. LLach
Felipe de la Balze
Alberto Natale
Oscar Moscarielo


El PARTIDO DEMÓCRATA PROGRESISTA
Y SUS FECHAS HISTÓRICAS

En este mes de diciembre y el comienzo del año tiene, para la Democracia Progresista, hay fechas importantes para recordar.-

1. El 6 de diciembre de 1868, la casa de los esposos Lisandro de la Torre y Viginia Paganini en Rosario, antigua capilla del Partido de los Arroyos, Provincia de Santa Fe, recibe el nacimiento de Nicolás Lisandro de la Torre, que luego sería conocido únicamente como Lisandro.

2. El 14 de diciembre de 1914, , en las vísperas de la campaña de renovación presidencial por el período 1916-1922, frente a una Unión Cívica Radical organizada en catorce provincias, a las que Lisandro describe entonces como “reacción gauchesca” frente al Partido Autonomista Nacional, hijo del roquismo desmembrado y reducido a situaciones provinciales agónicas, se funda el Partido Demócrata Progresista en el Hotel Savoy de Buenos Aires, con una plataforma conteniendo principios democráticos y candidatos idóneos.-
Lisandro está entre sus fundadores, con el mismo entusiasmo con que actuara al fundar la “Liga del Sur” en Santa Fe.-
En el lobby de dicho hotel se encuentra plasmado en una placa de bronce ese acontecimiento que vino a transformar la vida política argentina

3. El 5 de enero de 1939, al mediodía, se suicida Lisandro de la Torre en su departamento de la calle Esmeralda 22, de la Ciudad de Buenos Aires, donde hoy está la plaza Roberto Arlt, que tiene una placa en su recuerdo y memoria sobre la acera de la calle mencionada, tras haber escrito, con palabras tan actuales, que:
“Entre los muchos errores que he cometido, con las mejores intenciones, debo colocar el de haber aceptado la dirección de una fuerza política. Yo no era un hombre político, porque en ningún momento subordinaba los procedimientos a las consideraciones y concesiones que son indispensables para llegar al poder”

Una vez mas traemos el recuerdo de estas fechas, tenerlas presentes y hacer lo que está al alcance de cada uno, para lograr aggiornar al Partido y continuar el Camino de Lisandro, como sentimiento de la mayoría de correligionarios que abrazamos sus convicciones.-


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EXPOSICION DE LOS PANELISTAS
QUE INTEGRARON LA JORNADA ACADEMICA

JOSÉ EDUARDO de CARA: La Argentina y el Mundo en 1914

EZEQUIEL GALLO: Santa Fe cuándo nacieron la Liga del Sur y el PDP

CARLOS KELLER SARMIENTO: El concierto de las naciones
después de la Segunda Guerra Mundial.

FELIX PEÑA: Integración y Globalización

RAFAEL MARTINEZ RAYMONDA: Transformaciones
progresistas en el gobierno de Luciano Molinas -

NATALIO BOTANA: El PDP y los partidos programáticos

HORACIO SANGUINETTI: Requerimientos en materia de
educación


ROBERTO CORTES CONDE: Debates económicos
contemporáneos

GUILLERMO JAIM ETCHEVERRY: La educación como
factor de movilidad social.

JUAN J. LLACH: Estrategias del crecimiento en nuestro país

FELIPE DE LA BALZE: La Argentina en el contexto
Universal-

ALBERTO NATALE: El País, nosotros, el siglo que empieza



JOSÉ EDUARDO DE CARA
“ LA ARGENTINA Y EL MUNDO EN 1914”

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Autoridades, Señoras y Señores que nos acompañan en la celebración del noventa aniversario de la fundación del Partido Demócrata Progresista.
Celebro que las autoridades partidarias, al conmemorar este significativo aniversario, hayan decidido realizar esta jornada de meditación y estudio con la participación de distinguidas personalidades que nos honran con su presencia y su aporte intelectual. En esta circunstancia, he de referirme brevemente a los antecedentes históricos que precedieron a la fundación del partido, y a la situación de nuestro país y mundial en 1914.
La República Argentina, que surgió a la vida de los pueblos en 1810, realizó en el período de un siglo la epopeya de su libertad y la formación de un país en marcha, vigoroso y moderno. Superadas las etapas iniciales de la heroica guerra de la Independencia, la anarquía y el despotismo, el país se encontraba al derrocamiento de Rosas en Caseros, desorganizado y sumido en la barbarie. La República era un vasto desierto, poblado por ochocientos mil habitantes, afincados en poblaciones pequeñas y aisladas siguiendo el tipo de colonización urbana realizado por España. Sin caminos ni medios modernos de comunicación, ni puertos, su campaña estaba despoblada y asolada por el indio. Faltaba hacerlo todo, empezando por la población, el capital y el trabajo. Buenos Aires, era aún la Gran Aldea de tenida en el tiempo, maloliente y sucia, aislada del creciente desarrollo de la época, después de veinte años de abandono y dictadura. Dictada la Constitución de 1853, y promulgado el Código Civil, al amparo del sistema liberal, se consolido el Estado y se crearon las condiciones de seguridad jurídica, para un rápido desarrollo económico, social y cultural. La libertad, el capital y el trabajo hicieron fluir en forma ininterrumpida millares de inmigrantes que encontraron en nuestra tierra seguro amparo, patria y porvenir para sus hijos. Entre 1857 y l885 ingresaron a nuestro país 2.139.467 inmigrantes europeos. Este hecho fundamental coincide con la evolución capitalista de la economía mundial. La creciente necesidad de materias primas y la disponibilidad de capitales que buscaban ser invertidos aseguraron la rápida construcción de ferrocarriles y telégrafos, la ocupación del desierto, la consolidación de las fronteras, la educación popular, la fundación de pueblos y ciudades, la instalación de puertos, y las obras de salubridad e higiene que transformaron la República.
En 1857 el país tenía instalado nueve kilómetros de vías férreas, un pequeño ferro carril que partía de la Plaza del Parque - hoy Lavalle - y llegaba hasta Floresta, Hacia l914 se habían construido treinta y cinco mil kilómetros de vías férreas y la población había aumentado a siete millones y medios de personas. Se había combatido el analfabetismo, se habían creado los Colegios Nacionales, las Escuelas Normales y las Industriales y de Artes y Oficios. Se había modernizado el Ejército, fundado el Colegio Militar de la Nación y la Escuela Naval y establecido el servicio militar, Capitalizada la Ciudad de Buenos Aires, se había hecho el esfuerzo supremo de construir en pocos años la magnifica ciudad de La Plata, para dotar de Capital a la Provincia de Buenos Aires.
Diversificada la producción agropecuaria, el país se haba trasformado en uno de los mayores exportadores del mundo. Así, la Nación en marcha pudo celebrar jubilosamente la apoteosis de su centenario, entre los grandes países de la tierra. Joaquín González hizo la síntesis en “El Juicio del Siglo" y Leopoldo Lugones cantó en la “Oda a los ganados y las mieses", los fastos de la Patria.
Era casi un milagro que un país, en un siglo, hubiera logrado conquistar su propia independencia, y dado liberta a dos naciones hermanas, vencido la anarquía, la tiranía, la ignorancia y la desidia. Se había creado un país moderno, fundado en las mejores expresiones del pensamiento libre y en la conducta acrisolada de hombres patriotas y valientes que habían enfrentado el exilio, la persecución y la muerte, para defender la libertad y redimir a los pueblos. Era el sueño de Sarmiento en el discurso de la Bandera: una Nación libre, culta y generosa, abierta a todos los hombres del mundo.
Esa era, en síntesis la Argentina de l914. Su Presidente, Roque Sáenz Peña. Bajo sus auspicios se dictó la ley del sufragio obligatorio, que permitió una amplia evolución política democrática, la plena participación ciudadana en la elección de los gobernantes y la llegada al gobierno de hombres y partidos de honda raíz popular. Sáenz Peña no pudo orientar las nuevas corrientes y transformaciones derivadas de la ley, pues falleció el 9 de agosto de l914. El 1° de agosto, había estallado la Guerra Mundial. Era el fin de una época.
En realidad podemos considerar que el siglo XIX se prolongó hasta 1914. El inicio de la Primera Guerra Mundial concluyó con una era de paz y de esperanza. La humanidad confiaba en que el nuevo siglo, por el incesante progreso de la ciencia y de la técnica y de la ilustración, de los gobernantes llevaría a la humanidad por la senda del progreso político y social,. en el cual los países, por medios pacíficos, solucionarían los conflictos pendientes, no obstante el poderoso y creciente armamento de la naciones en pugna, por situaciones coloniales, competencia comercial y auge nacionalista. Desde la guerra franco prusiana de 1870 y la posterior creación del Imperio Alemán, Bismarck había logrado contener las fuerza irracionales de la violencia, para tratar de perpetuar en Europa un sistema de protecciones mutuas y de alianzas, que impidieran que las Naciones dirimieran los conflictos por la fuerza.
No es del caso analizar puntualmente los hechos que llevaron al mundo a la hecatombe. La paz armada llevaba consigo el riesgo del conflicto, sin que se midieran las consecuencias del Apocalipsis cercano, En la primavera y comienzos del verano de l914, un clima de calma reinaba en Europa. Parecía evidente que había un ánimo de pacificación, tanto en Inglaterra como en Alemania, países que por su poder militar y naval podían contener cualquier desborde, Tan así fue que ya en las vísperas de la guerra, unidades navales inglesas confraternizaban con la armada alemana en la base de Kiel. El Emperador de Alemania, ligado por lazos de parentesco con la Corona de Inglaterra, confraternizo con los marinos británicos y luego partió en un crucero por los países nórdicos.
El 28 de Julio de l914, en la capital de Bosnia, en Sarajevo, que era parte del imperio Austro Húngaro, antigua porción del territorio de Turquía ambicionada por Servia, se produjo el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Habsburgo y su esposa, herederos de la corona de Austria, por el terrorista servio Gavrilo Princip. El Gobierno Austriaco ante asesinato del Archiduque, consideró que las autoridades Serbias, no era n ajena al hecho. En consecuencia fu sometida por Austria a un ultimátum, para concluir con su sometimiento.. Servia, apoyada por Rusia resistió. Ante la presión de Austria, El Zar ordenó la movilización de sus ejércitos, y Alemania procedió a declarar la guerra a Rusia y Francia países unidos por pactos defensivos conjuntamente con Inglaterra, que declaro la guerra a Alemania.
Así quedó conformado el cuadro inicial de los países que se precipitaron en la hoguera de la contienda. Nunca se había visto una conflagración de estas características. Anteriormente los ejércitos se enfrentaban en los campos de batalla sin destruir pueblos, ciudades y seres inocentes. Esta no fue una guerra de ejércitos, sino de pueblos. Se asolaron vastas regiones y se destruyeron ciudades y monumentos, tesoros que la humanidad había logrado a través de los siglos, sucumbieron destruidos por el fuego implacable de la artillería y la aviación Más de treinta millones de hombres, pagaron con su vida el tremendo desborde de una guerra que dejó a media Europa en ruinas y su secuela de mutilados y de miseria.
Al concluir la guerra, el mundo y la sociedad habían experimentado cambios profundos que gravitarían sobre el futuro de la humanidad. La intervención de los Estados Unidos de América aceleró el fin de la guerra. El tratado de Versalles que debía llevar a los pueblos a una paz duradera y definitiva, no fue más que un intervalo entre dos guerras. Con razón el mariscal Foch, ante los errores políticos y económicos en que incurrieron las potencias vencedoras, pudo decir con acierto: “Este no es el fin de la guerra. Esta no es la guerra para terminar con todas las guerras. Esto es nada mas que un armisticio de veinte años”. Tenía razón, porque al no cumplirse los catorce puntos propuestos por el presidente Wilson y establecer la Paz sobre bases justas, se llevó a los pueblos vencidos a sanciones económicas imposibles de cumplir, y al desmembramientos d e antiguas naciones sin respetar orígenes étnicos e idiomas. Se había sembrado nuevamente la semilla del odio, que engendró ideologías políticas perversas que llevaron al fracaso a la Sociedad de las Naciones y a la Segunda Guerra mundial, flagelo de irracionalidad y crueldad sin limites cuyos efectos aún perduran.
Por supuesto que todos estos acontecimientos y teorías políticas extremas han gravitado profundamente en la vida de nuestra República y no se ha podido impedir que ideologías totalitarias se introdujeran en el seno de nuestra sociedad con los resultados conocidos que padecemos.
En este contexto histórico, que acabo brevemente de reseñar, se produjo la fundación del Partido Demócrata Progresista, el 14 de Diciembre de 1914 fecha que conmemoramos en esta jornada de reflexión ciudadana.
El partido surgió bajo los auspicios democráticos de la Ley Sáez Peña Traía el bagaje idealista y romántico de la s heroicas jornadas cívicas del 90 y la bandera Progresista de la Liga de Sur Sus ilustres fundadores, y sus miembros a lo largo del tiempo y de los difíciles acontecimientos y vicisitudes sociales y políticas vividos en la República, han servido con lealtad los principios que le dieron origen. En su manifiesto inicial se había expresado la voluntad de “realizar los anhelos permanentes de orden institucional, de progreso económico, de continuidad en la labor de la cultura morral e intelectual, fundada a costa de tantos sacrificios de las generaciones anteriores,” y se afirmaba: “Estamos convencidos de que a esta persistente conducta, debe nuestra patria la posición que ha alcanzado en el conjunto de las naciones de América y Europa como teatro de concurrencia de hombres, ideas y capitales, con personalidad internacional digna de la fe y del crédito de que actualmente goza por la discreción y lealtad inalterables de sus políticas externas, su amor sincero por la paz fundada en la justicia y en el respeto reciproco, por la honestidad y rectitud en su conducta financiera, por la potencialidad del trabajo nacional y la protección efectiva a la persona y al trabajo del extranjero, y por una invariable demostración de su anhelo por consolidar su paz y orden interior, sin excluir las progresivas expansiones de la libertad civil y política y de las reformas sociales”.
El Partido Demócrata Progresista es una fuerza política programática, republicana, federalista, moderna, moderada y laica, que pretende la transformación evolutiva y racional de la sociedad. Ha estado integrada por una legión de hombres y mujeres formados, según el ideario republicano de Lisandro de la Torre y su vida ejemplar. Si bien los verdes laureles del triunfo no han coronado el esfuerzo desplegado durante tantos años, podemos decir sin soberbia, que la Democracia Progresista siempre ha estado al servicio de la razón, del principio del bien, de la libertad y de los intereses de la Nación. Pensamos que nuestro ideario perdura y supera la dura prueba del tiempo y de los avatares políticos adversos, porque nadie podrá destruir el ideal de libertad y progreso que nos convoca.




EZEQUIEL LUIS GALLO
SANTA FE CUANDO NACIERON LA LIGA DEL SUR Y EL PDP

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Quiero empezar por agradecer al doctor Alberto Natale la gentileza que ha tenido de invitarme a participar con ustedes en este importante acto.
Debo decir que he acompañado de alguna manera a la democracia progresista, y antes a la Liga del Sur, prácticamente desde su fundación, cincuenta años estudiándola y luego de los cuarenta años como observador. Reconozco que siempre la he acompañado con una gran simpatía, basada fundamentalmente en mi respeto por la importantísima tarea que ha hecho la democracia progresista en la defensa de ese gran ejemplo de austeridad republicana que es nuestro laicismo. A partir de allí ha nacido mi interés y mi simpatía por su trayectoria, a cuyos inicios me referiré a continuación.
Quiero recordar una carta que la señora Elvira Aldao de Díaz mandó a Lisandro de la Torre después de los comicios del año 31. En esa carta la señora le dice que no debe sentirse acongojado o triste por la derrota de la Alianza porque si bien la Alianza pudo haber perdido en la elección general ha triunfado en los dos distritos emblemáticos del progreso argentino: la ciudad de Buenos Aires y la provincia de Santa Fe. Y es en consecuencia a uno de esos dos distritos, a la provincia de Santa Fe, a la que me referiré a continuación.
Esta historia comienza en realidad con la fundación de la Liga del Sur, que como ustedes saben fue la predecesora de lo que luego sería el Partido Demócrata Progresista. Creo que sería justo sostener, y que los demócratas progresistas actuales reconozcan, la influencia que en estos primeros momentos tuvieron dos personalidades que no provenían de la democracia cristiana. Me refiero a los doctores Leandro Alem y Aristóbulo del Valle, que tuvieron una influencia definitiva en la formación de las tradiciones que luego darían lugar a la democracia progresista. Basta recordar aquí la participación que sobre todo Alem tuvo en los levantamientos cívicos de 1890 y 1893, donde tanto la ciudad de Rosario como las colonias de Santa Fe jugaron un papel decisivo.
Posiblemente hacia mediados del siglo XIX Santa Fe era una de las provincias argentinas más atrasada. Basta recordar que para aquella época la ciudad de Rosario apenas alcanzaba los tres mil habitantes; la que es hoy la segunda ciudad de la República apenas llegaba a esas dimensiones tan modestas.
A partir de los años 70 y 80 la provincia comienza a tener un proceso de crecimiento económico que la va a dejar cómodamente ubicada en el segundo lugar de la República, pero un segundo lugar que, además, tuvo características muy especiales. Pocos recuerdan que hacia 1880 la Argentina importaba trigo desde los Estados Unidos y Chile, porque la producción local no alcanzaba para satisfacer las necesidades de esa población escasa que habitaba en aquel momento el territorio nacional.
A partir de las colonias agrícolas en la región centro de la provincia, y luego en la región sur, la Argentina llegó en 1891 es decir, solamente en once años a convertirse en el tercer exportador mundial de trigo. Dentro de esa performance, de ese volumen de exportaciones que alcanza la Argentina para los primeros años de la década del 90, más del 50 por ciento de la producción venía de los campos santafecinos.
En consecuencia, las colonias agrícolas santafecinas tuvieron un papel central en este proceso de rápido progreso que caracterizó al país en aquella época. Progreso que no solamente estaba referido al trigo, sino que también fue acompañado por una gran extensión en la producción de lino y maíz, y finalmente en la producción de alfalfa. Esto último dio lugar a la aparición del ganado vacuno quizás más refinado que ocupa el primer lugar en las exportaciones mundiales.
Pero junto con esto Santa Fe también desarrolló ferrocarriles a una velocidad enorme y a partir del gran motor que fue el centro comercial e industrial de Rosario produjo una diversificación en su producción económica sin par en el país, salvo en el caso de la ciudad de Buenos Aires.
Este enorme progreso que tiene la provincia genera al mismo tiempo un fenómeno social que es casi inédito en el mundo: la entrada de miles de inmigrantes extranjeros que se incorporaron a la provincia, inmigrantes que provenían de distintas regiones de Italia, España, Francia, Suiza que tuvieron un papel muy importante en la provincia de Santa Fe , Gran Bretaña y otras regiones del continente europeo.
Hacia el año 1895 el 41 por ciento de la población provincial había nacido en el extranjero, es decir, eran inmigrantes. Esto contando solamente a aquellos que efectivamente habían nacido afuera, porque los hijos de inmigrantes ya eran computados legalmente como ciudadanos argentinos.
Este gran mundo cosmopolita que se crea en la provincia de Santa Fe salvo en la ciudad de Buenos Aires, repito no tuvo igual ni en la Argentina ni en otros países del mundo. Creo que en algunas regiones pudo haber sido similar, como en los Estados Unidos, Australia y Canadá, pero allí no se registraron estos porcentajes tan altos de participación de inmigrantes.
Esos inmigrantes hicieron la provincia, como también hicieron el país. Este país era hijo de la inmigración que llegó en aquella época y que nos proveyó de una cantidad de beneficios, y entre otros, formó a la clase empresaria, rural y urbana que fundamentó ese progreso argentino de la época.
Aquí es interesante señalar de qué manera en primer lugar la Liga del Sur y luego la Democracia Progresista recogieron este proceso y le otorgaron valor institucional. Lo hicieron fundamentalmente a través de dos líneas de acción que resultaron muy importantes y que en algunos aspectos no se completaron satisfactoriamente en el resto de la Argentina.
En primer lugar, la Liga del Sur fue uno de los primeros partidos políticos que planteó en la Argentina la importancia de integrar a los inmigrantes en la vida del país. Ciertamente estos inmigrantes se habían integrado con bastante facilidad en la vida económica y social argentina pero no lo habían hecho de igual manera ni lo hicieron satisfactoriamente después en la vida institucional. Es la democracia progresista la que pidió y obtuvo en algunos casos el voto para los extranjeros, que era la forma más efectiva de poder integrarlos definitivamente a la Argentina. En este campo, entre otras cosas, la provincia de Santa Fe tiene el orgullo de haber sido pionera.
Ligado al pedido de voto se desarrolló algo que estaba totalmente conectado con otra alternativa en la cual Santa Fe, la Liga del Sur y la Democracia Progresista jugaron un papel central: la importancia que se le dio al municipio a partir de experiencias en las colonias agrícolas.
De alguna manera el municipio estuvo siempre marginado, en este país lamentablemente tan centralista. En la provincia de Santa Fe comenzó a nacer desde las primeras épocas de la fundación de Esperanza, en el centro de la provincia por inmigrantes suizos, y luego continuada en el resto de la región. Aquí también la actuación del Partido Demócrata Progresista fue muy importante y de alguna manera planteó por primera vez en el país la discusión de la importancia que debía tener la vida municipal.
La vida municipal y la integración de los inmigrantes fueron dos aspiraciones que si bien surgían espontáneamente en la sociedad argentina y especialmente en aquella sociedad santafecina, fueron trasladadas a un proyecto institucional primero por parte de la Liga del Sur y posteriormente, de la Democracia Progresista.
Son este tipo de aportes los que dejan estelas en la Argentina, por más que nosotros no hayamos sido del todo exitosos en la implementación de estas ideas. Desde ese punto de vista, la vida municipal, la integración de los inmigrantes y la postulación de una política laicista formaron un trípode que ojalá pueda asentarse alguna vez definitivamente en la vida de este país. (Aplausos.)

CARLOS KÉLLER SARMIENTO
“El concierto de las naciones después de la segunda guerra mundial”
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En primer lugar quiero agradecer la posibilidad de hablar ante gente de un partido político decente e idóneo que si bien todavía no ha tenido influencia preponderante a nivel nacional, tengo la esperanza de que los principios que lo inspiraron, la manera con la cual encaró la vida política del país pueda ser una alternativa promisoria para sacar a nuestra Argentina de donde está en este momento tan difícil. Es un momento complicado y triste, encantadoramente inmune a cualquier sentido común o posibilidad de racionalizar la capacidad de las personas y de la gente sobre caprichos que pueden ser adolescentes o no, ideológicos o no, y que nos han inundado en los últimos años.
Hoy veía con cierta sorpresa que se ha inventado una especie de nueva América del Sur. Yo no sabía que ese era un objetivo nacional ni sé si se ha estudiado bien ni cuál es, pero sí que un dirigente importante que aparentemente se ha quedado rezagado en el concierto de las cosas cotidianas de un partido importante que gobierna hace mucho ha tenido la idea de crear esta América del Sur. No lo sabemos bien. Yo tengo cincuenta y un años de carrera diplomática y he estudiado las relaciones de la Argentina con todos los países del mundo. Ahora tenemos que ver qué va a pasar con estas nuevas iniciativas.
Lo cierto es que la vigencia de personalidades no perfectamente idóneas y aptas en el ámbito de la política argentina ha causado problemas muy grandes en el país. Con lo cual, todo lo que se pensó en los años que pasaron creando instrumentos, carreras y disciplinas, preparando gente para hacer que nuestro país tan lejos de todo, ahí abajo, en el sur, con una distancia enorme pueda tener la presencia que debe tener, considerando su esfuerzo personal y todo lo que sea la relación o la dependencia con los objetos, sujetos y acontecimientos importantes.
Conozco al doctor Natale desde hace mucho tiempo y tuve el honor de trabajar con el doctor Martínez Raymonda en una época muy linda y muy buena en que la Argentina todavía habiendo pasado un gobierno militar tenía gente de primer nivel representando al país. Esas son las cosas que uno no olvida y aprende, dándose cuenta de que eso es lo que uno quiere para sus hijos y los hijos de sus hijos.

Tengo algunos apuntes respecto del tema específico del día de hoy, que no es un tema fácil dado que la interpretación de la Argentina en los momentos actuales depende mucho de lo que sucede en el resto del mundo.
He señalado algunos conceptos que tenemos que tratar de desarrollar o de recordar. En primer lugar, el ámbito global. La Argentina no está lejos de todo ni es un instrumento del deseo individual de regiones, de partes o de gente. Nosotros pertenecemos a un mundo, América, donde rigen ciertas condiciones, pero también hay países protagonistas de primer nivel, como es el caso entre otros de Alemania, Reino Unido, Francia e Italia, que han condicionado la historia de Europa de una manera permanente. Y naturalmente nosotros no podemos olvidarnos de América.
Tenemos que recordar que Estados Unidos de América fue un poco el leading case en el mundo de un país que se hiciera, como el nuestro, en base a la inmigración y a la coincidencia de valores e ideales y que pretendía para sus descendientes un lugar razonable para vivir en paz. Y nuestros abuelos inmigrantes que llegaron el siglo pasado a la Argentina buscaban en esa Europa de Metternich, que se derrumbaba, un lugar para sus familias donde pudieran crecer sus ilusiones y proyectos, y sobre todo, tierra firme, tierra libre y fértil para las ideas y para todo lo que uno quisiera y pudiera plantar en ella.
Quiero decir algunas palabras sobre Europa. El principal sujeto de lo que sucede en este momento en el mundo fue naturalmente Alemania, con sus ámbitos de agresiva reincorporación de tierra bajo un concepto político que Hitler denominó “lebensraum“, es decir, espacio vital. Es cierto que también fueron responsables de ello los acontecimientos previos, como el Tratado de Versalles y la sensación de que en dicho tratado se cometieron agravios innecesarios con Alemania. También influyó la no reacción de los garantes sobre un crecimiento potencial cada vez mayor del señor Hitler, que no solamente conquistó el poder sino que empezó por agredir a los países vecinos, primero con la excusa de recuperar tierras que le habían sido arrebatadas por el Tratado de Versalles y después por considerar que toda la cuestión étnica de Europa debía ser unida. Entonces todos los germano-parlantes tenían una cuota de participación en el proyecto de Hitler.
Es cierto que eso no fue tolerado por muchos países, especialmente por Inglaterra, que había hecho una apuesta importante sobre lo que ellos habían construido, su imperio colonial, en función de otros valores y otros principios. Y además tenían de su lado la idea de que las naciones, como estaban constituidas, conformaban prácticamente un terreno en el que había que trabajar, no con la reivindicación de viejos espacios.
El nuevo escenario del mundo era entonces Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, España, Estados Unidos de América y la Unión Soviética. La creación de la Organización de las Naciones Unidas surge como consecuencia del tratado de Versalles, que llega a la conferencia de Yalta.

El Tratado de Versalles fue un tratado de paz firmado el 28 de junio de 1919 entre los países aliados y Alemania en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles que puso fin oficialmente a la Primera Guerra Mundial y entró en vigencia en enero de 1920.
Los países aliados se reunieron en la Conferencia de Paz de París para acordar los términos de la paz con Alemania, el antiguo Imperio Austro-Húngaro dividido en Hungría y Austria y Bulgaria. Uno de sus resultados fue el llamado Tratado de Versalles. Las discusiones de los términos de la paz empiezan en 1919 y fue presentado ante Alemania como una única alternativa; su rechazo habría implicado la reanudación de las hostilidades.
La delegación y el gobierno alemán consideraron el tratado como un diktat, o sea, un dictamen impuesto a la fuerza sin un mecanismo de consulta. Particularmente molestó el principio incorporado en el tratado sobre la culpa y responsabilidad de Alemania por la guerra y por los daños derivados de esa guerra mundial. Lo cierto es que fue muy difícil cargar con esa culpa durante el resto del tiempo, pero también es cierto que los países comenzaron a tener una posición más flexible con respecto al cumplimiento estricto del Tratado de Versalles.
El tratado también estableció la creación de la Sociedad de las Naciones, que fue el antecedente de las Naciones Unidas y que constituyó el foro adecuado para tratar las grandes temas internacionales, que se estimaba que el mundo debía tener para discutir los grandes problemas políticos y económicos. Con el tiempo, esto se orientó hacia una especie de colaboración y foro de discusión que fue sumamente útil y que continuó siéndolo con las Naciones Unidas.
Otros requerimientos exigían a Alemania la liquidación de sus colonias y otros territorios y también la estructura de las fronteras definitivas, las cláusulas para Europa militares, nacionales y aéreas , la creación de la Organización Internacional del Trabajo y previsiones distintas para tratar de asegurar una cierta jurisdicción en problemas específicos de todos.
La Conferencia de Yalta se celebró en Crimea, antigua Unión Soviética, en febrero de 1945. Se trata de uno de los hechos diplomáticos más célebres del siglo XX. Durante la guerra fría se mantuvo la idea de que en Yalta se había producido una división del mundo entre las potencias occidentales y la Unión Soviética. En realidad, no fue así.
La situación en el momento de la conferencia favorecía claramente a Rusia. Tras las impresionantes ofensivas del Ejército Rojo en 1944, las tropas soviéticas se hallaban a setenta kilómetros de Berlín y ocupaban prácticamente toda la Europa central y oriental. Al mismo tiempo, el mantenimiento del pacto de neutralidad con Japón permitía a Moscú mantener una posición de fuerza en todo lo relacionado con las cuestiones polaca y alemana.
De Gaulle trató que Francia fuera incluida en la conferencia, pero no tuvo éxito. Roosevelt se negó a incluir un país que había sido liberado por anglosajones, que había tenido un gobierno pro alemán y que su líder en aquel momento no había sido elegido por el pueblo.
En esta Conferencia de Yalta se adoptaron cinco medidas importantes:
• En primer lugar, la desmilitarización de Alemania y su división en cuatro zonas de ocupación entre la Unión Soviética, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, (incluida por demanda de Churchill).
• En segundo término, Alemania estaría sujeta a fuertes reparaciones financieras y perdería la Prusia Oriental y parte de Pomerania, quedando su frontera oriental marcada por las líneas de los ríos Oder y Neisse, que tiempo después se convertirían en la frontera del mundo occidental.
• Además se estableció que un tribunal internacional juzgaría los crímenes de guerra, lo que llevó a los juicios de Nuremberg.
• Polonia iba a ser desplazada hacia el oeste anexándose a los territorios que Alemania perdía en el Oriente y cediendo los territorios que habían quedado bajo el dominio soviético tras el pacto de no agresión de 1939. Los comunistas, que integraron un comité que se llamó de Lublin, constituirían el núcleo principal del futuro gobierno polaco, aunque también tendrían presencia los miembros del gobierno provisional polaco prooccidental con sede en Londres.
• Con respecto a las Naciones Unidas, cuya carta había sido ya redactada, se acordó un compromiso sobre la fórmula de voto en el futuro Consejo de Seguridad poniendo énfasis en las variables que hacían preponderante la figura de los países que habían ganado la guerra, sobre todo los tres grandes, con la aprobación de la Declaración sobre la Europa Liberada, que permitió que la reconstrucción de Europa se hiciera por medios democráticos, constituyendo gobiernos democráticos, ampliamente representativos de los elementos no fascistas de cada nación.
Posteriormente la violación de estos acuerdos por parte de los soviéticos llevó a la división de Europa y dos esferas de influencia, la zona soviética y la occidental. En la zona soviética prácticamente rigió sólo la voluntad de Moscú y en la zona occidental los países procuraron establecer razonablemente principios que llevaran a una especie de continuidad democrática de cada una de sus comunidades.
En agosto de 1945 se realizó la conferencia de Potsdam, que iba a definir la suerte del vencido. Pese a la victoria común sobre el Eje y la capitulación incondicional de la Wehrmacht, el ambiente de la conferencia había cambiado con respecto a Teherán o Yalta, tal como habían cambiado sus protagonistas. Stalin seguía, Roosvelt se había muerto y su sucesor, el presidente Truman, fue el que presidió la delegación americana. Churchill asombrosamente perdió las elecciones en Inglaterra y fue Atlee el hombre que tuvo que negociar en nombre del Reino Unido.
Austria fue dividida en cuatro zonas, así como Berlín y Viena, y se definió el plan denominado de las cuatro D: desnazificación, desmilitarización, descartelización (abolición de los grandes carteles económicos germanos) y democratización. Este plan debería ser la base de la reconstrucción de Alemania. Todas las organizaciones nacional socialistas debían ser disueltas; la administración, depurada; los criminales de guerra, castigados por un tribunal en Alemania con sede en Nûremberg; todas las organizaciones militares y paramilitares, disueltas, y los ministros de Asuntos Exteriores quedaron encargados de preparar un tratado de paz definitiva para Alemania.
La Unión Soviética impuso una política de hechos consumados. Ellos anexaron una serie de territorios a favor de Polonia, expulsaron diez millones de alemanes de territorios orientales y hubo amplios desplazamientos de la población de toda Europa Oriental. Como siempre, la ley del más fuerte o del que se cree con mayores derechos tenía una vigencia cada vez mayor.
Quiero también expresar que en ese año se produjeron muchas novedades en el ámbito internacional, sobre todo la creación de las Naciones Unidas y una división distinta a la política, o sea que los factores económicos, regionales, climáticos y estratégicos tenían vigencia sobre la soberanía y el territorio nacional.
En este período fue cuando se produjo el acceso de Hitler al poder; también tuvo lugar la invasión de Italia a Abisinia, el Anschluss de Austria –impensable-, la anexión de Checoslovaquia ( prácticamente su terminación como nación) y una garantía de Gran Bretaña a Polonia, que implica pocos meses más adelante el estallido de la Segunda Guerra Mundial

Cae Viena y los rusos la dividen en zonas. Muere Mussolini, muere Hitler, cae Berlín y hay una rendición incondicional de Alemania.
Lo que sucede después es naturalmente lo que hemos relatado sobre las conferencias de Yalta y de Potsdam. En ambas se procura delimitar las prerrogativas y las posibilidades de una Europa nueva. Lo que no se puede olvidar nunca es que en la Argentina, mientras tanto, acaecía un fenómeno muy importante que todavía hoy no hemos resuelto: la llegada de Perón al poder.
Ese acontecimiento fue un cambio total para la Argentina en lo que era el discurso y los proyectos de los partidos políticos. Se dio una serie de demagogias y discursos que fueron muy importantes en ese entonces porque implicaban la posibilidad de que la gente pensara que a partir de ese momento existía la liberación de las clases sociales, pero en un sentido que cada uno interpretaba de una manera distinta.
Es cierto que la Argentina estaba un poco condicionada a la evolución social y que había un paternalismo muy grande en la sociedad, la cual se manejaba con valores más familiares que absolutos.
En cambio, el discurso de esta nueva demagogia era que había que darle al trabajador todo lo que quería. En consecuencia, se aumentaron notablemente los sueldos de los trabajadores y se abrieron fábricas donde se reclutaban trabajadores. En cuanto a las fábricas, nunca se sabía bien si eran necesarias, si se abrían para que tomaran trabajadores o para que cumplieran una función y un rol en la vida de cada país.
Lo cierto es que fue un fenómeno que todavía estamos disfrutando plenamente porque el partido mayoritario en la Argentina es el partido peronista. Y no logramos despegarnos de ser peronistas. Todos: la oposición, el oficialismo, la pequeña divergencia, la gran divergencia, el kirchnerismo, todos están dentro del gran peronismo.
Así que miren si no era importante para nosotros todo eso que vivimos. Creo que no había otra manera de parar lo que en parte eran sus propias víctimas, lo cual no se hizo. La primera víctima del peronismo fue el mismo Perón. La segunda quiso ser Menem, que no estoy seguro si lo fue. Duhalde está sobreviviendo a ponchazos; nadie sabe por qué, pero sigue sobreviviendo. Y aparecen nuevos pequeños pichones de duches como el presidente de la Cámara de Diputados, personajes que están rodeando el entorno, partidos nuevos desprendidos del justicialismo y nombrados por éste que pretenden autonomía y liberalidad. Todo eso es consecuencia de un peronismo mal entendido, que implicaba beneficio de pocos y todo el beneficio posible para los otros a costa de instituciones y de una clase trabajadora.
Además considero que un país debe tener instituciones que nazcan de sí mismo. No pueden ser creadas por las instituciones políticas.
Hoy tuve una sorpresa muy linda. Ustedes saben que los diarios argentinos están sumamente comprometidos financieramente con el gobierno, con la clase política. Como tienen deudas enormes tienen miedo de publicar cosas que nosotros sabemos que existen pero que se desfiguran delante de talentos literarios como Mariano Grondona, Morales Solá u otros que son observadores pseudoimparciales de la realidad; dicen un poco lo que pueden pero no mucho más.
En cambio, hace unos días en “La Nación”, en el suplemento "Enfoques", se publicó un artículo firmado por Esteban Peicovich, que es un analista, un historiador, un hombre serio que toda su vida ha dicho claramente lo que pensaba por eso lo mandaron a un suplemento en el que creo que ha hecho uno de los diagnósticos más lúcidos que ha habido en nuestro país.
Hoy curiosamente el diario “La Nación” me publicó una carta de lectores que presenté hace un tiempo en donde me refería a ese artículo que me había conmovido intensamente. Me rechazaron diez cartas de lectores por cuzquito ladrador y provocador, pero está bien, las reglas son las reglas y no hay que morder de la mano del que nos da de comer. Espero que no dejen de leer el artículo de Peicovich que les estoy comentando porque es la única manifestación libre y fuerte que me pareció lógica y racional en una Argentina que vive todavía, a pesar de tener destruidas sus instituciones, a pesar de estar totalmente fundida varias veces, a pesar de pensar si van a pagar la deuda o no y cómo, a pesar del estado de sus calles y de la increíble poca esperanza que hay en el mundo sobre nosotros y sobre el momento que estamos viviendo.
Por eso me he permitido transitar un poco por algunos caminos que me parecen más lógicos para un partido como el Demócrata Progresista, por los noventa años que cumple, y ver si podemos salir de esto. (Aplausos.)



FÉLIX PEÑA
“INTEGRACIÓN REGIONAL Y GLOBALIZACIÓN”
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Agradezco la invitación.

Para mí estar aquí es un honor. Diría, casi un deber, porque siempre he tenido un gran respeto y admiración por el Partido Demócrata Progresista y su trayectoria en la construcción de una democracia pluralista en la Argentina.
Me une, además, una relación muy antigua con varios de sus dirigentes actuales. Además de haber estudiado junto con Alberto Natale, fui testigo del nacimiento de su vocación demócrata progresista. Lo que pasó en ese momento fue que yo me fui para otra opción partidaria. Pero eso no nos apartó de nuestra común vocación por la cosa pública y por la construcción de la democracia en nuestro país. Además, mi abuelo materno fue parte del proceso de creación del partido y fue, luego, senador y convencional de la provincia de Santa Fe.
De alguna manera, todo esto está muy vinculado a mis afectos, por lo que agradezco que se me haya dado la oportunidad de hablar hoy aquí.
Reflexionando sobre cómo comprimir en veinte minutos un tema tan amplio como el de Integración Regional y Globalización, fui analizando los otros temas que se van a tratar en el curso de esta tarde. De allí surgió una primera reflexión: si este misma Jornada se hubiera hecho cuando fue lanzado el Partido Demócrata Progresista, en los años 10 o en los 20 o en los 30, todos los demás temas del Programa podrían haber figurado, pero difícilmente hubiera figurado el de la integración regional y la globalización.
Nos encontramos entonces, frente a un tema que es relativamente nuevo en nuestro debate público, en el debate sobre la Argentina y el mundo, en el propio debate sobre la Argentina. Uno podría decir que el tema de la integración regional ya ha crecido y que tiene cierta edad, ya que llevamos cuarenta o cincuenta años hablando de ella. Y uno también podría decir que globalización es otro nombre de lo que en aquellos años se debatía sobre la Argentina y su vinculación con la principal potencia globalizada del mundo, que era Gran Bretaña. Pero lo cierto es que la fuerza y la intensidad que ha adquirido nuestro tema central – esto es, la relación entre la idea de integración regional y el fenómeno de la globalización durante los últimos años, particularmente en los más recientes, deriva de la tensión dialéctica que ellos existe, que incluso muchas veces lleva a plantearlos, tanto en el debate público como en la acción política, como una antinomia: o nos integramos en la región o nos integramos en el mundo.
Tengo la impresión, sin embargo, de que lo que aparenta ser una contradicción, una fuente de demandas contradictorias para nuestro país y para muchos otros – que son las demandas originadas en nuestra inserción en la región que nos rodea y en el mundo no lo es tanto, si es que tenemos respecto de nuestro país y por cierto, sería el caso también de los demás países, aunque nosotros debamos ocuparnos del nuestro una idea clara de qué queremos hacer, tanto en el mundo como en la región.
Esto me lleva a recordar lo que un viejo amigo, ex canciller de Brasil, Celso Lafer, le gusta utilizar como definición de política exterior: el arte de la conciliación entre necesidades internas y posibilidades externas de una nación. Ahora bien, es muy difícil conciliar posibilidades externas con necesidades internas, si no se tiene en claro cuáles son esas necesidades internas. Pero también se corre el riesgo de que la definición de necesidades internas de una nación, se efectúe en función de un análisis voluntarista de lo que es el mundo que nos rodea.
Esto último nos puede conducir a serios a errores de diagnóstico - que por otra parte hemos cometido muchas veces a través de la historia y no solamente en una u otra ocasión-. Si miramos hacia atrás, por lo menos hasta los años 30, vemos que recurrentemente en la Argentina hemos cometido errores de diagnóstico, en particular, sobre lo que valemos en el mundo, sobre nuestro grado de prescindibilidad –especialmente en la perspectiva de las potencias centrales- o sobre las oportunidades que tenemos tanto en la región como en el mundo.
Esta es la tesis principal que quiero sostener hoy: es en el plano interno de cada sociedad y en nuestro caso concreto, en el de nuestra sociedad, donde se puede terminar de conciliar lo que aparentemente es contradictorio, esto es las demandas que surgen de la integración regional con las que se originan en la globalización. Pero ello es así, a condición de que tengamos una idea clara de qué es lo que necesitamos como país y una idea, más clara aún, de qué es lo que realmente podemos obtener en el entorno externo, sea el regional o el global.
Ahora bien, ¿qué es lo que podemos aprender al respecto, de la experiencia de procesos de democratización relativamente recientes - me refiero a las últimas dos o tres décadas -, sobre todo en el caso de los países europeos como Grecia, España, Portugal, y ahora los de Europa Central y del Este? En mi opinión es, precisamente, el que es una correcta apreciación de lo que se puede hacer y obtener en el entorno externo y, al mismo tiempo, una correcta lectura sobre cuáles son los desafíos que plantea la inserción del respectivo país en su región y en el mundo, lo que permite generar factores que logran cohesionar una sociedad y, por lo tanto, fortalecer el trabajo conjunto en función de tales oportunidades y desafíos. O sea, esa tensión que existe entre lo interno y lo externo puede ser bien aprovechada para terminar de definir una agenda de incorporación positiva del país en el mundo y en su región que, a su vez, genere efectos de cohesión nacional, fortaleciendo la posibilidad de construir una democracia pluralista, asentada en una economía moderna y competitiva que eleve el grado de bienestar de la población. Lo que se observa en estos casos, es que su propia identidad como nación y su proyecto de vida en común, resultan fortalecidos con una correcta apreciación de lo que se necesita del entorno externo y de lo que efectivamente puede lograrse en él.
Permítanme avanzar ahora, algunas reflexiones sobre el tema de la globalización primero, para hablar luego de la integración regional, siempre en una perspectiva de nuestra Argentina actual.
Comenzando con el tema de la globalización, voy a tratar de hacer lo recomendable en estos casos. Es decir, intentaré rescatar algunos elementos que son centrales, desde la perspectiva de un país como la Argentina en su proyección hacia el futuro. O sea, ¿qué es lo que nos está diciendo la lectura de lo que está pasando en el mundo cuando utilizamos la palabra globalización y qué es lo que ello significa para la Argentina?
Indudablemente, en esencia significa lo mismo que para los ciento ochenta países con quienes competimos en el mundo, y esto ya es un primer dato a tener en cuenta: el crecimiento demográfico de la competencia política y económica global. Esta nueva realidad del mapa de la competencia global, significa que lo que antes era distante, ahora es cercano, pero no sólo por razones del progreso tecnológico aplicado a los movimientos financieros, al transporte, al flujo de información. Es mucho más que eso. Se han reducido las distancias económicas, por cierto, pero también las ideológicas. Había cantidades de cosas que hasta hace quince años no se podían hacer porque el mundo de la guerra fría estaba dividido en dos compartimentos estancos. De repente, las distancias se acortaron y estamos empezando a movernos en un tablero con protagonistas que están cambiando constantemente de posición de poder relativo, a veces en forma medio anárquica, pero sobre todo muy dinámica.
Entonces, si hay una palabra que surge claramente cuando uno habla de globalización es “dinamismo”. El de hoy es un mundo de arenas movedizas. Se observa una dinámica de cambio de tal intensidad, que si no se tiene una aptitud mental de cazador de blanco móvil puede traer serios problemas para entender la realidad, mucho más si se comete el error de desarrollar una actitud de dinosaurio, es decir, quedándose pegado al pasado y, peor aún, tratando de idealizar y de reconstruir pasados que ya fueron. A veces uno tiene la sensación que en nuestras latitudes, hasta el progresismo tiene una clara dimensión conservadora, por no decir, reaccionaria en términos históricos. Predomina la tendencia a intentar recuperar pasados –para colmo distintos pasados según los protagonistas- que por lo demás quizás se han idealizado.
Esa dinámica del mundo de hoy, requiere entender cuáles son los factores que producen los cambios. Y requiere, en especial, reflejos rápidos respecto de cómo moverse para aprovecharlos y defenderse de aquello que puede producir efectos negativos, en función de lo que queremos como sociedad. Estoy asumiendo por cierto, el que tengamos una cierta idea de qué es lo que queremos y podemos hacer, considerando a la vez, nuestras necesidades y preferencias sociales, y lo que el mundo en el que nos movemos nos permite aspirar.
Eso plantea demandas muy fuertes de lo que podemos llamar en líneas generales inteligencia competitiva. Normalmente se aplica el concepto, a la competencia de entre las empresas. Pero también se puede aplicar a la competencia entre países, sea en el plano del acceso a recursos de poder, sea en el plano del acceso a recursos de bienestar. La inteligencia competitiva implica el procesamiento y la decodificación de la información sobre lo que está pasando en el mundo y, fundamentalmente, sobre cuáles son los factores que están desplazando ventajas competitivas e importancias relativas, es decir, qué es lo que está haciendo que allí donde determinados factores nos hacían relevantes para los otros países ya no lo sean más. A veces, por estar muy concentrados en otros temas, no nos damos cuenta de lo que está ocurriendo alrededor nuestro y de los desplazamientos de valor relativo que continuamente se están produciendo entre las naciones.
La globalización, con su dinámica, plantea entonces requerimientos fuertes de inteligencia competitiva. Esto es todo un desafío para la gente del mundo académico, para los empresarios y, sobre todo, para aquellos que tienen la responsabilidad de liderar y de proponer estrategias y formular políticas públicas.
En este fenómeno llamado globalización, se observan tres tendencias que se han manifestado con bastante claridad en los últimos años. Se siguen presentando hoy y se están manifestando cada vez en forma más aguda, al tiempo que nada nos indica que van a dejar de intensificarse en los próximos diez años. Nos guste o no la globalización, desde el punto de vista de nuestro país, ello implica administrar a nuestro favor esas tendencias. Ese es un gran desafío que tenemos como sociedad.
La primera tendencia que se está acentuando dramáticamente en los últimos meses y días que como cada tendencia y fuerza profunda, viene de bastante antes pero ahora empieza a aflorar en toda su magnitud es lo que con un título periodístico podemos denominar “el despertar de las ballenas”. George Kennan, diplomático americano en los años de la última post-guerra y destacado especialista en relaciones internacionales, hablaba de monsters countries, esto es los países monstruos, enormes. Dos o tres de ellos, de larga tradición histórica, de repente han despertado. Han optado por modelos de eficiencia económica y por pautas de gobernabilidad democrática o predemocrática. Claramente me estoy refiriendo a los casos de China, India y, de alguna manera, a Rusia.
Kim Clark, decano de la Harvard Business School, decía hace pocos días citado en un diario algo que es importante retener. El decía que no nos hemos dado cuenta todavía lo que significa que 2.500 millones de individuos se incorporen a la competencia económica global. No es que no existían, no es que no consumían, sino que no estaban incorporados plenamente sea como productores, trabajadores o consumidores a la competencia económica global.
Ahora bien, si sumamos a China, India y Rusia e incluimos a algunos otros países como algunos del Sudeste Asiático, de Europa Central, incluso del África y de nuestra América Latina, se trata de unas 2.500 millones de personas. Es mucha gente que empieza a demandar, no solamente bienes de consumo final cada vez más sofisticados y de calidad, sino también insumos para producir bienes de consumo final. Sólo un ejemplo: la revista francesa “Express” señalaba recientemente que en China, en los próximos años – la estimación es hasta el 2020 -, se van a construir anualmente 500 millones de metros cuadrados de viviendas residenciales. ¿Qué significan estos datos –que se pueden reproducir en muchos otros sectores- en términos de demanda de insumos y de incorporación de inteligencia a los procesos productivos de materiales de construcción y al desarrollo de tecnologías organizativas? Es un cambio revolucionario, en el sentido histórico de la palabra. Es un cambio que nosotros no podemos desconocer ni sobre todo banalizar ni tomar a la ligera.

Lozano
PDP

Eso lleva a la segunda tendencia profunda, que está operando hace varios años y que se acentúa, tornándose hoy cada vez más fuerte. Me refiero a la internalización de flujos, comercio, inversión y financiamiento dentro de grandes redes multinacionales que, hasta hace unos años, cuando las llamábamos corporaciones transnacionales o empresas multinacionales –por ejemplo, en la literatura económica de los años 70 y 80 , tenían sus casas centrales en ocho o diez países altamente industrializados. Hoy se miden por miles y tienen sus epicentros o sedes centrales cada vez en más países. En este momento, hay una emergencia de redes de producción transnacionales con epicentro en China, incluso muchas de ellas producto directo de las inversiones de Taiwan en China. Este es, precisamente, otro elemento del cambio revolucionario que está ocurriendo en el escenario internacional, que muchas veces nuestras diplomacias no han terminado de asimilar: el que Taiwan sea una de las usinas de capacidad empresaria más significativa de la China continental.
Esta tendencia ha introducido nuevas palabras código para entender la realidad internacional, que en la política de muchos de países se han transformado en parte del debate electoral, como se ha observado recientemente en las elecciones americanas o se observa en la política francesa. Son ellas, el outsourcing, la tercerización dentro de la propia red o con terceros, la deslocalización de facilidades productivas -esto es: levantar una planta y llevarla a otro lugar, lo que se observa hoy en muchos países, como por ejemplo, en México con respecto a China-. Y esto está produciendo tensiones internas muy fuertes, pero al mismo tiempo también genera oportunidades extraordinarias para quienes pueden o saben aprovecharlo. En el fondo lo que está ocurriendo es la acentuación de la estrategia de fragmentación de las cadenas de valor por parte de las redes multinacionales que operan a escala global y también, regional.
La tercera tendencia profunda y de esta manera haré puente con el segundo tema de nuestra presentación, que es el de la integración regional es la tendencia a los clubes privados de comercio internacional. Lo que en la literatura, la jerga técnica, se llama regionalismo preferencial.
Todos los acuerdos de libre comercio, cualquiera sea su denominación y formato, cualquiera sea su extensión -bilaterales, plurilaterales, multilaterales-, todos, son, desde el punto de vista del club global del comercio internacional esto es, la Organización Mundial del Comercio , discriminatorios. Es decir, todos establecen, sea a través de aranceles diferenciales o de reglas de origen selectivas, formas de discriminar con respecto a terceros. Y ello está generando una suerte de tensión en el sistema internacional global que se acentúa cuando se empieza a vincular, como de hecho pasa, la agenda del comercio global y preferencial y la agenda de seguridad. Es decir, cuando un país empieza a utilizar los acuerdos preferenciales como instrumentos tácticos como decía un especialista americano en estos temas refiriéndose a la estrategia de los Estados Unidos después del 11 de septiembre en función de objetivos estratégicos en el plano de la seguridad, que son ajenos al comercio internacional.
Estos clubes preferenciales, que son parte de la realidad actual, son discriminatorios, difíciles de disciplinar, pero en todo el mundo se están construyendo y es muy difícil imaginar que dejen de existir.
Se podría afirmar que sería deseable que no existan las tres tendencias profundas que estoy hoy señalando. Pero lo que sería una irresponsabilidad, incluso ética, sería no señalar claramente que vamos a tener que convivir con ellas. Entonces, debemos ver cómo vamos a aprovecharlas en función de lo que puede ser o es nuestra definición de lo que necesitamos como país, del entorno global y del regional.Eso me lleva a decir algo que está más centrado en el segundo componente de mi intervención, que es la integración regional, que también se presta a muchos ejercicios de tipo intelectual y político.
El de la integración regional, es un tema que, dada la aceptación que tiene en la opinión pública en general de nuestras latitudes, se presta mucho a algo que está muy de moda en todos los países del mundo: la diplomacia mediática, la diplomacia de efectos especiales, los anuncios para la prensa del día siguiente y no necesariamente para penetrar en la realidad. Esto se observa en todo el mundo y no es algo en lo cual nosotros tengamos exclusividad. En todas partes del mundo, se observa constantemente en la lectura de la prensa – del mundo, de la región y local – el anuncio de reuniones y acuerdos que sus protagonistas califican de históricos. Podríamos decir, que estamos rodeados de historicidad en la construcción de la integración regional!
La palabra integración evoca, desde el punto de vista argentino y de nuestra región, la idea de construir un barrio de calidad que facilite la consolidación de la democracia, la transformación productiva, la cohesión social y la inserción competitiva de cada uno de nuestros países. Esto es, un contexto contiguo -un barrio-, dominado por la lógica de la integración y no por la lógica de la fragmentación. Y la historia nos indica que lo que ha predominado más entre vecinos es la lógica de la fragmentación que la lógica de la integración. En su libro “Guerra Civil”, Hans Magnus Enzensberger, nos recuerda con razón que, en el fondo, el fenómeno de la guerra -que muchos de mi generación hemos conocido como guerras internacionales-, en la perspectiva de tiempos históricos largos, se ha manifestado en realidad como guerras civiles entre vecinos, entre hermanos. Es en los contextos contiguos donde, a través de la historia, se han producido más conflictos violentos.
La integración regional, evoca entonces la idea de construir un barrio de calidad para nuestro país y para aquellos con los cuales compartimos una región geográfica y, por ende, una historia común. Lo que sucede es que normalmente se comienza por el contexto contiguo, por los vecinos. En nuestra región – América del Sur el concepto de vecinos difiere según sea en que país nos situamos. Por muchos años, América Latina como dimensión regional no existió. Si esta Jornada Académica se hubiera realizado en los años y décadas siguientes a la creación del Partido Demócrata Progresista, se habría hablado de América del Sur –probablemente, se habría invitado a Alejandro Bunge para que hablara de la Unión Sudamericana, y la Unión Sudamericana desde la perspectiva argentina era el Cono Sur-. Cuando se creó la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, la iniciativa original estaba orientada a organizar el Cono Sur. Cuando Arturo Frondizi – como presidente electo recorre Brasil, Chile y Uruguay, con una serie de discursos muy buenos, lo que plantea es trabajar juntos en el Sur Americano. Cuando los Presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney lanzan el programa de integración bilateral entre la Argentina y el Brasil, la idea básica era generar un núcleo duro de democracias en el Cono Sur, que de alguna manera contribuiría a la estabilidad de América del Sur, además de satisfacer las demandas internas que teníamos de crear condiciones apropiadas para iniciar una transición democrática compleja.
Cuando se creó el Mercado Común del Sur – el Mercosur , me tocó participar como negociador. El último día, ya casi cerrada la instancia negociadora, se discute el último artículo de lo que sería el Tratado de Asunción –en realidad, su artículo primero-. Era el del nombre detallado de lo que ya estaba instalado como Mercosur, expresión que entiendo originara el entonces Subsecretario de Comercio Exterior, Raúl Ochoa, y que había pegado en la opinión pública. En la prensa estaba instalada la idea de que tal palabra se refería al Mercado Común del Cono Sur. Precisamente el borrador que teníamos en la mesa de negociación decía “Mercado Común del Cono Sur”. La delegación del Brasil -presidida por el actual canciller Celso Amorío-, nos hizo ver que, desde el punto de vista de Brasil, la expresión Cono Sur –tan normal para nosotros- implicaba dejar de lado todo lo que era el Noreste brasileño. Pero en el fondo, lo que nos hizo ver era que América del Sur, en la perspectiva del Brasil- es prácticamente “toda” América del Sur y no sólo el Cono Sur, porque se trata precisamente de su contexto contiguo. Cuando años después, el Presidente Fernando Henrique Cardoso lanza la idea de la primera cumbre sudamericana, estaba pensando legítimamente -desde la óptica brasilera- en que ciertos temas no podían ser plenamente resueltos por el Brasil sino a escala sudamericana, por ejemplo la energía, el transporte, la infraestructura física. Esto quiere decir que, al igual que lo que pasa en el espacio europeo, el espacio sudamericano es la resultante de distintas ópticas y aproximaciones que, como están precisamente determinadas por la posición geográfica de cada miembro del tablero regional, dan lugar a una concepción multi-espacial que, por momentos, puede parecer como contradictoria con la perspectiva más amplia de la América del Sur en su totalidad. Nosotros, los argentinos, tendemos naturalmente a verlo más con la óptica del Cono Sur y es natural que Brasil –por su posición geográfica- tienda a verlo atendiendo a todo el espacio sudamericano.
Pero yo diría que la dimensión espacial no es lo más complejo. Lo más complejo en materia de integración regional, no es tanto saber si hay voluntad política de trabajar juntos, como conocer exactamente qué significa trabajar juntos. Es decir, cuál es la esencia del fenómeno que, decodificado por un político, un ciudadano, un empresario, un trabajador europeo, da lugar al concepto de integración, y que le permite diferenciarse y tener identidad en un mundo mundializado o globalizado.
Entiendo que la esencia del fenómeno, en esta perspectiva metodológica, está constituida por tres elementos básicos. Hasta que no lo tengamos totalmente en claro, vamos a estar confundidos en el debate sobre cómo trabajar juntos en el ámbito sudamericano e, incluso, en el más acotado del Mercosur.
Una vez decidido que como naciones, preferimos trabajar juntos, compartiendo objetivos y esfuerzos, y no separados; una vez decidido que es más inteligente trabajar con una óptica de integración y no con una de fragmentación sobre todo cuando no hay motivos serios para pelearse , el primer elemento que define el fenómeno denominado integración regional - y que lo diferencia de otros, como puede ser simplemente expandir el comercio exterior o tener relaciones de buena vecindad- es una preferencia, especialmente económica, entre los socios. Es decir, la distinción entre nosotros y ellos, en el plano de las relaciones internacionales.
El cómo de la preferencia es algo que se puede discutir y va a depender mucho de las circunstancias: puede ser una unión aduanera, una zona de libre comercio… pero esto no es lo esencial. Lo esencial es si estamos dispuestos a tener entre nosotros un trato distinto al que damos a los terceros y que de alguna manera, además, se corresponda a una identidad común que no anula, sino que refuerza, la identidad nacional.
El punto de partida es que cada uno participa de este tipo de asociación entre naciones, en función de su interés nacional. Porque entiende que así le conviene. Es a partir de lo nacional que vamos a lo regional, para que lo regional permita fortalecer lo nacional.
Visto de esa manera, la cuestión de las preferencias, especialmente las económicas, es central. Si se diluye la preferencia, si da lo mismo ser socio que no serlo, es obvio que se va a erosionar el affectio societatis y se va, finalmente, a dejar de ser un club. En tal caso el club puede ser que no desaparezca. Pero queda sólo en los papeles.
Por otro lado, siempre hay asimetrías de dimensión económica, de grado de desarrollo y aún, de poder relativo entre países vecinos. El segundo elemento esencial es, entonces, saber cómo y quién protege las preferencias económicas que se otorgaron los socios, ya que sería muy nocivo el que tal protección dependa solamente de la voluntad nacional de un socio, por ejemplo el o los de mayor dimensión o poder relativo. Algo así como que la protección de las preferencias dependiera del humor de quién la otorgó, el día que tiene que aceptar el producto originado en otro socio. En este sentido, un empresario de Las Parejas, provincia de Santa Fé, me decía un día cuando era funcionario público a cargo de estos temas y le explicaba que el Mercosur era un incentivo a las transformación productiva, gracias al acceso asegurado a un mercado de doscientos millones de consumidores: “¿Cómo quiere que invierta en aumentar la producción de maquinaria agrícola, si cada vez que llego con mi producto y soy competitivo en el mercado brasileño me sacan del mercado? Además, ustedes en Buenos Aires se la pasan discutiendo sobre si el Mercosur existe o no existe”. Y me encontré con un empresario pequeño que estaba actuando con una racionalidad económica impecable. Quizás exageraba algo. Pero en el fondo me señalaba que no había correspondencia entre el discurso y la realidad, porque nadie le decía quién protegía las preferencias que le habían prometido y en función de la cual le decíamos que invirtiera ya, porque había 200 millones de consumidores al alcance de su mano.
Debemos entender que eso es absolutamente esencial, que eso es lo más político del Mercosur; porque ello tiene directa relación con las inversiones productivas y la creación de empleo. Al hablar de inversión y de empleo estamos tocando el núcleo duro de la agenda política de cualquier país hoy en día y, en especial, del nuestro.
El tercer elemento es el de la disciplina colectiva. Esto lo destacaba, hace pocos años, en un seminario un destacado diplomático europeo que conocía bien el paño y que había estado acá y en Brasil. Se encontraban presentes los cancilleres de entonces de Brasil y de la Argentina y después de un debate formuló una sola pregunta: “Quisiera saber cuándo Argentina y Brasil estarán dispuestos realmente a someterse a disciplinas colectivas, tal como nosotros las hemos aceptado en Europa –incluso países del poder y la dimensión de Alemania y Francia- y tal como los Estados Unidos las han aceptado en el marco del NAFTA”.
Fue una pregunta fuerte. Me di cuenta de que ahí estaba la esencia de la cuestión. Si un grupo de países crean un club preferencial, particularmente de naciones desiguales, pero no cumplen con sus reglas si no les conviene y cada vez que tienen un problema las dejan de lado, es difícil que se pueda tornar creíble ese club ante terceros países, inversores o ciudadanos.
En conclusión, estos tres elementos esenciales tienen que ver entonces, sobre si tenemos claro que de eso se trata cuando se afirma la voluntad de encarar un proceso de integración regional, para así afirmar la identidad nacional y navegar mejor en un escenario mundial globalizado. Se trata de saber, además, si como sociedades estamos dispuestos a trabajar sobre la base de tales elementos esenciales. Si es así, habría que determinar si estamos dispuestos a poner esta energía colectiva en el espacio que nos rodea – Sudamérica en función de nuestra estrategia de inserción en el mundo globalizado, en el cual no hay casi ninguna tolerancia para inhóspitos e ineficientes, sobre todo si el inhóspito e ineficiente tiene un poder relativo bajo.

Muchas gracias.


RAFAEL MARTÍNEZ RAYMONDA
“TRANSFORMACIONES PROGRESISTAS EN EL GOBIERNO
DE LUCIANO MOLINAS”

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El doctor de Cara, correligionario, ha hecho la presentación, y luego tres distinguidos ciudadanos que no son militantes de la democracia progresista exaltaron desde su punto de vista lo que fue el partido en esa etapa de su fundación y desarrollo. Ellos han hecho una descripción y análisis con pinceladas muy lindas que agradezco en nombre del partido.
Me toca la obligación moral y espiritual, magnífica obligación, de tener que referirme a lo que fue el Partido Demócrata Progresista.
El espíritu de la fundación nos impulsaba; hubo vocación, capacidad, decisión, voluntad y coraje para llevarlo a cabo. Fue una época difícil; pocas veces se levantó dos veces al proyecto, al modelo y a la realización que entonces representaba el gobierno de Luciano Molinas y su base fundamental, su hoja de ruta, en su gobierno.
Luciano Molinas asumió el gobierno de Santa Fe el 20 de febrero de 1932. Pero su gobierno fue pergeñado, concebido, diseñado y orientado nueve años antes, el 13 de agosto de 1921, cuando la Asamblea Constituyente de Santa Fe la Convención Reformadora, para ser más precisos sancionó la reforma de la Constitución de la provincia.
La simbiosis entre el gobierno de Molinas y la Constitución del 21 es tal, que son inescindibles. Pocas veces un gobierno que se había soñado tener se había pergeñado nueve años antes y a pesar que parecía haberse frustrado en su mismo nacimiento.
¿Qué era esta Constitución del 21? Voy a repasar el mensaje que Luciano Molinas envía a la Legislatura acompañando el proyecto de ley poniéndola en vigencia y en el que dice que la Constitución del 21 no fue la obra de un partido sino que colaboraron en ella el Partido Demócrata Progresista, sin concretar todas sus ilusiones y aspiraciones; lo fue por la mayoría de los convencionales que la dictaron y establecieron, miembros de distintas fracciones del Partido Radical.
Es decir, no era nuestra Constitución pero habíamos tenido gravitante participación en ella y se había conformado y diseñado con un espíritu que pensemos en ochenta y tres años antes proyectaba una Constitución progresista y con contenido social, como el mundo apenas había tenido con la de Weimar en Alemania y la de México.
Era la tercera Constitución en el mundo que incorporaba los derechos sociales, la condena de la tortura, y todo lo que ustedes van a escuchar en esta brevísima síntesis de lo que presupone esta monstruosa obra jurídica, política y social que fue la Constitución del 21.
Tenía una característica muy particular, sobre todo para los tiempos que corren en que todos los gobiernos piden más y más poder. Cuando Luciano Molinas elevaba el mensaje decía: "Con este acto el Poder Ejecutivo cree dar prueba fehaciente de la sinceridad de sus promesas y de la altura de sus propósitos. Voluntariamente se somete a una Constitución que restringe sus facultades y le crea controles en el orden político, administrativo y financiero. La mayor descentralización, la autonomía legislativa, la independencia judicial, la extensión del régimen municipal y la participación creciente del pueblo en el gobierno se realiza principalmente a expensas del Poder Ejecutivo."
¡Qué vientos soplaban entonces, los que hoy ni siquiera es brisa! Realmente, aquellos hombres venían de gobiernos centralizantes y con actitudes concentradas. Pero la Constitución del 21 las descentralizaba a favor del poder al pueblo. ¿Cómo lo hacía? Daba autonomía al Poder Legislativo para autoconvocarse en la iniciación de las sesiones, en su prórroga y en la convocatoria a sesiones extraordinarias; creaba la investigación parlamentaria irrestricta y establecía la inamovilidad de los jueces. La Constitución anterior a la del 21, establecía un período a los camaristas de seis años, y a los jueces por cuatro años, para luego ser sometidos a nuevo acuerdo, es decir, todos mansos corderos en la mano de los Ejecutivos para conseguir la prórroga de sus mandatos.
Establecía el control de los comicios por juntas constituidas por los partidos, incluyendo la oposición; daba el voto a la mujer, ¡en 1921!, en las elecciones locales, y por supuesto a los extranjeros, como dijo Ezequiel Gallo en su presentación; se suprimía el secreto del sumario en materia penal; se creaban impuestos al latifundio, al ausentismo y al mayor valor de la tierra libre de mejoras. Con respecto a este último punto, el latifundio y el ausentismo se sancionaron por ley inmediatamente, pero respecto del mayor valor de la tierra libre de mejoras fue algo apasionante y no sé si hoy, en el año 2004, se puede volver a pensar.
Este mecanismo impositivo generó la riqueza de la llanura Padana del norte de Italia bajo la égida de María Teresa, emperatriz de Austria. ¿En qué consistía? Era muy simple. Se establecía cuánto ganaba el productor agropecuario, el chacarero o el propietario en su cosecha. Supongamos que fueran diez mil de la moneda de ese entonces, es decir que durante cinco años él iba a pagar impuestos sobre diez mil, pero todo lo que produjera de más era libre de impuestos, o sea que el productor no pagaba a medida que acrecentaba sus ingresos. En cambio, ahora, con los regímenes impositivos actuales, al que incrementa sus ingresos lo agarra la trituradora de las escalas altas y lo desalienta, y entonces vende en negro y evade. Antes no tenía que evadir nada, ya tenía fijado los diez mil y pagaba por ese monto, lo que hacía de más era de él libre de impuestos; este sistema hizo la riqueza de la llanura Padana, el desarrollo agrícola de Australia y de otros países. Este sistema estaba incluido en esa Constitución pero no alcanzó el tiempo para ponerlo en marcha.
En la Constitución de 1921 se establecía en materia laboral una jornada de ocho horas, el descanso dominical y la tarde del sábado. Se hizo efectivo en el ejercicio del gobierno el arbitraje obligatorio entre patrones y obreros, es decir, el sistema de conciliación obligatoria que se creó en el derecho del trabajo argentino recién después de la década del 40. Todo esto figuraba en esa Constitución y fue hecho realidad durante el ejercicio del gobierno de Molinas.
También se incluyó en la Constitución el voto femenino, se instituyó el habeas corpus, el recurso de amparo frente a arbitrariedades inconstitucionales de funcionarios, la inamovilidad del personal y la protección a las cooperativas sindicales. Ustedes saben que Santa Fe es la provincia que tuvo el más fuerte movimiento cooperativo en materia agropecuaria, de créditos y mutuales financieras. Todo esto se consiguió y se fomentó desde allí. Se estableció la protección al trabajo de mujeres y menores, se creó el Instituto de Investigación Agrícola; el INTA de hoy es calcado del concebido treinta años antes. Este es un hecho que tenemos que remarcar para mostrar cómo los fundamentalismos y las cerrazones en materia ideológica y sobre todo en materia religiosa han generado y están generando permanentes contrastes y choques en las sociedades mundiales, incluida la argentina aunque en menor proporción era que la Constitución de Santa Fe de 1921 establecía la neutralidad religiosa del Estado, que recién en 1994 lo toma la Constitución Nacional eliminando la condición religiosa para ser presidente de la República y modifica el sistema del juramento.
¿Qué decía el artículo 6° de la Constitución de Santa Fe? Luciano Molinas tenía formación y creencias religiosas. No se trató de un acto de agnosticismo combatiente sino de filosofía de vida, del respeto del derecho de los demás. “La Legislatura no podrá dictar leyes que restrinjan o protejan culto alguno. Es inviolable en el territorio de la provincia el derecho que todo hombre tiene para profesar su culto libre y públicamente, según los dictados de su conciencia sin más limitaciones que las impuestas por la moral, las buenas costumbres y el orden público”. Esto sucedía en 1921 y la Argentina todavía hoy sigue con actitudes de fundamentalismo que chocan y entrecruzan a la sociedad.
Un párrafo aparte merece el tema del manejo de la deuda externa. Ahora que está de moda el tema de la deuda externa. Era 1932. Llega Molinas al gobierno y se encuentra en caja con la fabulosa suma de 23 mil pesos. La provincia había tenido veinte años consecutivos de déficit. Sí, veinte años consecutivos, salvo 1920, que dio un superávit de 39.296 pesos. Los sueldos de los maestros y de los empleados públicos tenían tres o cuatro meses de atraso y los compromisos financieros con el exterior habían tenido una consolidación en 1918 por 8 millones de pesos y en 1925 otra por 11 millones de pesos.
Además había un crédito de 5 millones de dólares de corto plazo del Technical Bank de Nueva York. Todos en mora y en cesación de pago.-
La situación en la provincia era de falencia total y absoluta. Había compromisos inmediatos de sueldos, a una hora o a dos horas de pago por 2 millones de pesos, y tenía 23 mil pesos en caja.
Planteado el tema, lo analizó, advirtió la realidad y elevó a la Legislatura un proyecto que se transformó en la ley 2.185, por la cual la Legislatura de la provincia lo autoriza a suspender el pago de los servicios de la deuda externa. Hizo saber a los bancos, y a algunos particulares acreedores, esta necesaria pero dramática medida que adoptó, sin provocar el estallido tipo barra brava del fútbol para gritar “¡Argentina, Argentina!” como si fuera un gol de los tiempos recientes, sino diciendo sensatamente cuál era la realidad económica y social de la provincia, la voluntad de pagar en el marco de lo posible, la puesta en marcha de una negociación que paso por paso y tema por tema fue sometida a la Legislatura para su análisis, concesión y autorización.
Cada uno de los acuerdos con los bancos se consolidaba por una ley de la Legislatura, es decir, a cielo abierto, con conocimiento popular, y con el respaldo legislativo fue marcando los hitos. La ley lo autorizaba por tres años, vencía en julio de 1935, y en diciembre de 1934 desde Melincué San Urbano, se la llamaba entonces hizo su anuncio manifestando que había logrado esto con la contribución de un banquero argentino que él nombró, Alejandro Shaw, quien gratuita y voluntariamente había negociado en nombre de la provincia. No pagó un centavo de comisión y consiguió 9.400.000 pesos de quita y prórrogas que iban hasta el año 1973, es decir, cuatro décadas de prórroga. Lo hizo a cara descubierta, con seriedad, responsabilidad y soporte legislativo.
En cada emisión de la deuda externa argentina de los últimos quince años se dictaban decretos del Poder Ejecutivo Nacional –soslayando al Congreso Nacional- donde se incluía siempre una cláusula de este tenor (en el caso era una deuda de marcos alemanes): “Autorízase la inclusión en las operaciones referidas ...a establecer cláusulas que prorroguen la jurisdicción a favor de los tribunales federales de la ciudad de Frankfurt del Main en la República Federal de Alemania, pudiendo extender la prórroga de jurisdicción a los tribunales estaduales y federales de la ciudad de Nueva York...” aquí viene lo importante “...y asimismo se autoriza renunciar a oponer la defensa de la inmunidad soberana de la Nación en la documentación que se firme con los acreedores.”
Si Luciano Molinas hubiera llevado a la Legislatura un texto de esta naturaleza no habría prosperado, y si hoy el Presidente de la Argentina llevara esta iniciativa al Congreso de la Nación por más que sea un Congreso genuflexo , esta atadura de los derechos de la Nación Argentina frente a los acreedores externos no sería aprobada. Con Luciano Molinas la deuda externa no tendría estos papelones que estamos haciendo y, seriamente, sin dudas, estaríamos encauzando por el camino de la responsabilidad los intereses del Estado argentino.
Cuando pronunció el discurso del 5 de agosto de 1932 y esta es otra novedad en la historia financiera argentina , en el cual anunció el pedido de suspensión de la deuda mediante la cadena de radio del interior, solicitó al Poder Ejecutivo Nacional por primera vez, la coparticipación impositiva, con las provincias.
Se había creado en esos días el impuesto a los réditos. Por supuesto que era por tiempo provisorio, aunque ese impuesto ya lleva setenta y dos años de vida, y además existen los gravámenes de coparticipación actual que en aquel entonces no existían.
No había Banco Central. No había prestamista interior de última instancia. No tenía un gobierno amigo en el orden nacional. Y los impuestos federales se cobraban todos para la Nación.
La idea de la coparticipación la lanza la provincia de Santa Fe en oportunidad de este planteo. Luego fue evolucionando hasta el día de hoy, pero todo apuntaba a dar real importancia a los beneficios concretos y la defensa de los intereses comunes de toda la provincia de Santa Fe.
En la convocatoria a elecciones en 1931 el partido llevaba en su programa partidario -lo había hecho ya en el año 24 después de la sanción- como primer punto de la plataforma partidaria la sanción, reincorporación, vigencia o saneamiento -o como se lo quiera denominar- de la Constitución de 1921.
El pueblo fue convocado a votar y el partido llevaba como primer punto de su plataforma la puesta en vigencia de esta reforma constitucional. Lo dice el mensaje cuando se pide a la Legislatura que dicte la ley 2.160, que es la que pone en vigencia la reforma constitucional. En la elección de renovación del Poder Ejecutivo de la provincia de 1924 los partidos que habían apoyado la Constitución del 21 habían sacado más votos que los que la habían vetado, y en la del 1931 quienes sostenían y apoyaban legítimamente y por la voluntad popular el principio, habían sumado 98 mil votos -la cifra más alta en la historia de la provincia. Es cierto que desde el punto de vista de la técnica jurídica y constitucional no se resuelve por plebiscito, pero tenía el respaldo de la gente.
Se manda el proyecto, se sanciona, y la provincia comienza a funcionar. Y se dictan unas 300 leyes, entre ellas una que en mi relato anterior omití recordar y que a mi criterio es muy trascendente desde el punto de vista de lo que es la coparticipación popular. El régimen de la educación estaba a cargo del Consejo Nacional de Educación en la parte pedagógica, pero la administración de la escuela, la designación de los maestros y la construcción de los edificios la tenían los consejos escolares electivos. Llegó a haber más de 300 consejos escolares electivos de los pueblos o barrios de las grandes ciudades Rosario, Santa Fe y las ciudades medianas. Esos consejos tenían la facultad de imponer y percibir impuestos llegó a haber un impuesto de 5 centavos a la entrada de los espectáculos públicos y con ese y otros recursos construyeron 250 escuelas en el transcurso de los tres años del gobierno de Luciano Molinas.
Es decir que el pueblo integraba la vida administrativa de la provincia no de fraseología sino con una directa y concreta participación en el manejo y el funcionamiento.
Otro de los grandes logros que también fue causa de algunos incidentes policiales fue la autonomía de los municipios, que en los de primera categoría Santa Fe y Rosario dictaron su propia carta orgánica municipal.
La Constitución del 21 fue vetada –más que vetada, desconocida- por el gobernador Mosca. En el año 1924 el Concejo Deliberante de Rosario, con mayoría demócrata progresista -no había llegado aún Molinas- convocó a una elección para elegir los convencionales constituyentes para dictar la Carta Orgánica que prevía la Constitución. Fue un gran escándalo, la policía llevó presos a los convencionales elegidos. Era el gobierno continuador del que la había vetado. Entre los afectados estuvo el entonces diputado de la Nación Francisco Correa de la democracia progresista, que plantea en la Cámara una cuestión de privilegio de la que deriva el debate sobre la vigencia de la Constitución del 21, sin perjuicio del más sonado y trascendente, que después veremos, de Lisandro de la Torre en 1922.
Todo esto fue conformando un gobierno de trascendencia. Ya estábamos en vísperas de la elección para renovar el mandato de Molinas, que vencía el 20 de febrero de 1936 –cuando se cumplían los cuatro años y se tenía que convocar a la ciudadanía de Santa Fe para noviembre o diciembre de 1935 para la renovación de su gobierno.
Ya había proclamación definitiva lo dice el propio de la Torre en algún debate que luego vamos a ver de él mismo como candidato a gobernador de la provincia.
Era una arrolladora victoria, absolutamente previsible, para de la Torre. El partido había ganado todas las elecciones intermedias. Sobre diecinueve departamentos había ganado en diecisiete y no había razón ni posibilidad de que no fuera así. Además, al Partido Radical se le había levantado la proscripción que tenía en el resto del país.
Por otra parte –y esto es una anécdota menor en 1933 o 1934 hubo una revolución radical contra el gobierno de Justo. Como en Santa Fe se les daba libertad, tomaron una comisaría de Luciano Molinas para hacerle una revolución a Justo en la ciudad de Buenos Aires. La libertad estaba hasta para hacer revoluciones por temas ajenos a la propia provincia.
Así llegaban las cosas y estábamos sobre un final de gobierno exitoso. Entonces vino lo que para mí fue el intento de matarlo en su génesis y la decisión de destruirlo en su ejecución. Este gobierno había garantizado las libertades públicas y no había tenido un solo incidente ni observación en todos los procesos electorales que, como dije, eran manejados por juntas electorales constituidas por los partidos y no por los funcionarios del Poder Judicial o de alguna manera influidos por el oficialismo. Todo este gobierno había desarrollado su actividad, había saneado su deuda, estaba en marcha y con progreso constante y había logrado la colonización usando los fondos del impuesto al latifundio, al ausentismo. Los campos se compraron por licitación pública y se adjudicaron a las mejoras propuestas. Todo estaba hecho sin posibilidad alguna de la influencia, clientelismo o favoritismo político. Para esa provincia que estaba siendo un peligrosísimo ejemplo positivo para las demás provincias argentinas, llegan los episodios que hacen culminar aquel intento de aborto con uno de ejecución final.
¿Qué le había pasado a la Constitución del 21? La ley 2.003 de la Legislatura de Santa Fe convoca al pueblo a la reforma de toda la Constitución, menos del artículo 4°, que era el que establecía la sede del gobierno en la ciudad de Santa Fe; o sea que se convocaba a la reforma total de la Constitución. Y se fija un plazo de noventa días para el cumplimiento de sus funciones. Se demora un tiempo en la iniciación y hecha que fue, la Legislatura, que tenía que vencer el 1° de junio, prorroga su mandato por sesenta días más para terminar su sanción.
Todo esto se desarrolla con la más absoluta paz y armonía de todos los miembros de la Convención y con unanimidad para la prórroga. La Convención estaba constituida, entre otros, por dos ministros del gobierno del señor Enrique Mosca y diputados de su partido. Todos votan por unanimidad la prórroga.
En el período en el que se está en vigencia la prórroga, el gobernador Mosca asiste a actos oficiales de la Convención Constituyente ceremonias públicas, actos solemnes de ceremonial , y también, al fallecer un convencional por el departamento de San Martín. El gobernador Mosca dicta el decreto de honores al convencional en ejercicio por tres días, poniendo luto y la bandera a media asta por duelo, y presta la policía a requerimiento de la Convención para conminar a la concurrencia a algún convencional remiso a asistir a las sucesiones.
Es decir, se desenvolvía en la más absoluta y tranquila de las circunstancias y se sanciona el 13 de agosto de 1921, firmando los señores convencionales.
El 27 de agosto, a raíz de una orden que venía de Buenos Aires, el señor gobernador, asesorado por el doctor Montes de Oca un destacado constitucionalista y desconociendo las funciones de la convención, dicta un decreto que establece que sus sanciones son nulas e inexistentes.
Luego se producen los episodios que conté. El partido hace planteos nuevamente en los años 1924 y 1931 hasta que llega el momento en que la Legislatura de la Provincia de Santa Fe sanciona la ley 2.160, que se declara que el plazo de noventa días fijado a la Convención Constituyente no era perentorio y que la Constitución reformada debía ser tenida como ley suprema de la provincia.
Esto suscita un gran debate, y quiero destacar que los dos discursos que pronunció de la Torre sobre los poderes de las convenciones constituyentes han integrado durante años la bibliografía utilizada por las universidades argentinas para el dictado de la materia Derecho Constitucional.
¿Por qué el gobernador Mosca declaró nulas o inexistentes las sanciones de la Convención Constituyente? Porque ésta había prorrogado su mandato más allá de los noventa días fijados por la Legislatura.
En el famoso debate sobre los poderes implícitos de las convenciones constituyentes Lisandro de la Torre sostiene que la tradición argentina y norteamericana no admite ¡cómo iba a admitirlo! la soberanía absoluta de las convenciones constituyentes, pero tampoco las despoja de las facultades implícitas necesarias para asegurar su propia existencia.
¿Qué son las facultades implícitas? Respecto de la reforma constitucional hay dos poderes: el preconstituyente, conformado por la Legislatura o por el Congreso si hablamos del orden nacional , y el constituyente, representado por el órgano encargado de llevar adelante la reforma.
Entre las facultades del poder preconstituyente, que están incluidas expresamente en la Constitución, se encuentra la de declarar qué asuntos deben reformarse, lo que tiene que ser aprobado con los dos tercios de los votos. La Constitución de la Provincia de Santa Fe no establecía, y no establece, la atribución de fijar el término dentro del cual la convención debe expedirse; la Constitución Nacional tampoco, pero sí lo hacen las constituciones de cuatro provincias que no viene al caso mencionar.
La decisión de fijar la fecha, al no ser una facultad expresa, se transforma en un acto indicativo que si no obsta al funcionamiento de la Convención Constituyente no acarrea problema alguno, pero que si obsta ésta tiene no sólo el derecho, sino la obligación de prorrogar el plazo de sus sesiones para cumplir con su cometido.
En su libro, donde cita una gran cantidad de constituciones, Lisandro de la Torre se pregunta: si prevalece la facultad que salva la existencia del cuerpo y el cumplimiento de la voluntad popular, ¿cede ante la que lo llevaría al fracaso? Su respuesta es que prevalece la que sirve para su funcionamiento.
El doctor Montes de Oca, quien lo contradice en sus argumentos, en una clara alusión a Pascal –un destacado constitucionalista francés sostiene que cuando los poderes implícitos o medios utilizados llegan a ponerse en contradicción con los poderes implícitos del otro poder, la elección es que el menos importante ceda ante el más importante, lo conveniente ante lo útil y ambos a la salud y la seguridad del pueblo.
Esto es lo que manifiesta el doctor Montes de Oca, en trabajo anterior, pero que luego, olvidando ese argumento, aconseja al gobernador de la provincia de Santa Fe que anule la Constitución, lo que finalmente ocurre.
Era una Constitución absolutamente legítima y funcional; tanto es así que entra en vigencia con el gobierno de Molinas y lo acompaña exitosamente en toda su gestión, avanzando hasta llegar, como lo señalé, a las vísperas de la renovación gubernativa.
Aquí es cuando entran a jugar los grandes intereses políticos, ya que estaba próxima la renovación de las autoridades del gobierno nacional y Santa Fe era una pieza clave. En la ciudad de Buenos Aires no se podía hacer fraude; por su parte, Entre Ríos y Córdoba estaban en manos radicales. Entonces, si no se conseguía el triunfo en Santa Fe iba a ser muy difícil alcanzar una mayoría en el colegio electoral a elegirse en 1937.
Apenas iniciado el mandato de Molinas y puesta en vigencia la Constitución de 1921 –en virtud de aquella ley sancionada en 1932 , es presentado en la Cámara de Senadores de la Nación un proyecto de intervención a la provincia de Santa Fe; pero queda ahí, en un cajón. ¿Por qué? Por la simple razón de que era absolutamente inviable que el Congreso se metiera con las constituciones provinciales.
La Constitución de 1853 establecía que las constituciones de las provincias debían ser elevadas al Congreso Nacional para su aprobación; pero con la reforma del año 1860 –que se produce cuando la provincia de Buenos Aires se incorpora a la Confederación no sólo se elimina esa cláusula sino que se adopta el criterio contrario, al disponerse que las provincias dictarán sus propias constituciones y elegirán a sus gobernadores sin intervención alguna del poder central. Es decir que el Congreso no podía juzgar las constituciones locales.
Cuando Francisco Correa fallece en 1934 es reemplazado por Enzo Bordabehere, elegido por la legislatura de Santa Fe. En aquel entonces estaba en plena efervescencia el “debate de las carnes” y Bordabehere, sentadito en una silla, esperaba que se considerara su diploma. Con su muerte se cierra el capítulo del tratamiento del diploma, y la Legislatura de la Provincia de Santa Fe –constituida de acuerdo con el régimen de la Constitución de 1921 elige como reemplazante de Bordabehere a Gregorio Parera.
Cuando Parera presenta su diploma, a los legisladores oficialistas se les enciende una lucecita y dicen: no podemos juzgar una Constitución porque nuestra propia Constitución lo prohíbe. Pero por otro lado pensaron que, como son los jueces de los títulos de sus miembros en cuanto a su validez, si rechazaban el diploma de Parera porque provenía de una Constitución nula, podían introducir el debate sobre la Convención Constituyente de 1921.
Ello ocurrió el 29 de septiembre de 1935, el anteúltimo día del período de sesiones ordinarias recordemos que en aquel entonces éste se extendía desde mayo hasta septiembre , y cuando, además, ya se había anunciado que no habría sesiones extraordinarias.
Los senadores de la mayoría pretendían tratar sobre tablas el diploma de Gregorio Parera. Advertidos de la situación, no sé si de la Torre o el propio Parera, éste presenta ese mismo día su renuncia indeclinable al cargo de senador electo. Hubo, como decimos los abogados, sustracción de materia porque el tema central había desaparecido.
Ante esta situación los senadores oficialistas comienzan a argumentar que el diploma debía ser tratado lo mismo, porque un senador no podía renunciar ante el Senado sino que debía hacerlo ante la Legislatura que lo designó. La sesión pasa a un cuarto intermedio en un clima de gran nerviosismo, mientras Parera envía un telegrama a la Legislatura de la Provincia de Santa Fe comunicando su renuncia. El presidente de ese cuerpo, el señor Caraza, manda un telegrama al Senado informando que había recibido la renuncia de Parera. Así es como se les cae el plan que se habían trazado. Para los estudiosos del tema, este debate se encuentra en el Diario de Sesiones del Senado de la Nación de los días 29 y 30 de septiembre de 1935, tomo II del período de sesiones ordinarias.
Luego que los legisladores advierten que el diploma de Parera no podía se tratado, pasan a cuarto intermedio y llega el telegrama de Caraza, a las 22 y 55 del día 29 de septiembre se declara abierta la sesión con la presentación sobre tablas de un proyecto de ley por el que se declara intervenida la provincia de Santa Fe a los efectos de lo dispuesto en los artículos 5° y 6° de la Constitución Nacional, aclarándose además que el gasto correspondiente a dicha intervención se haría por Tesorería de la Nación.
Era tan grotesca la situación que en determinado momento el senador Arancibia Rodríguez fundamenta la intervención y el presidente del cuerpo le contesta:
“Advierto a los señores senadores que el proyecto de ley de intervención a la provincia de Santa Fe acaba de fundarse pero no está en discusión”. Claro, no se había abierto el debate, lo habían presentado media hora antes y entonces hubo una moción de orden para tratarlo sobre tablas. De la Torre dijo que hacía cuatro años que existía esa situación, “¿Se les ocurre ahora?” Esto es dramáticamente gracioso. Arancibia Rodríguez dijo: “Insisto, señor presidente, para evitar que este debate quede frustrado y este proyecto quede sin efecto, así como quedó frustrado el propósito del Senado de tratar el diploma del senador electo por Santa Fe...”, o sea, Parera. "¡Ah!..." dice de la Torre “...un proyecto de esta gravedad que se quiere tratar sobre tablas está demostrando que la consideración del diploma era un pretexto”. Y Arancibia Rodríguez dice: “Estoy demostrando los fines que ha tenido la renuncia del senador electo por Santa Fe...vamos derecho al asunto, que es de fondo y que realmente está en discusión, que es la situación institucional de la provincia de Santa Fe y no estoy dispuesto a aceptar nada que se proponga con el fin de hacernos fracasar”. Y allí comienza el gran debate y de la Torre los despedaza.
Quiero leer un solo párrafo como expresión real del dramatismo del debate y lo que estaba en juego. Es realmente increíble, porque se buscó la argucia del tratamiento del diploma, y cuando eso falló, saltó una actitud realmente inicua. De la Torre dijo: “Santa Fe debe ser avasallada porque su partido mayoritario me ha proclamado a mí, candidato a gobernador de la provincia. Santa Fe debe ser avasallada en revancha del debate sobre la investigación del comercio de carnes. No bastaba con dejar en pie todos los vicios revelados en la investigación más lozanos que nunca. No bastaba con que el monopolio mantenga su predominio imperturbable en detrimento de la riqueza del país. No bastaba que la sangre de un senador por Santa Fe haya manchado este recinto, cobardemente asesinado. No bastaba con que se le niegue a la madre del muerto el derecho de querellar. No bastaba con que la Justicia no se interese en recibir los testimonios formidables que yo revelé en esta Cámara. No bastaba todo eso. Era necesario todavía la venganza”. Y así se sancionó no todavía, porque faltaba la última felonía- en el Senado la ley que declaraba la intervención de Santa Fe. Pero las sesiones terminaban el 30 de septiembre, no había prórroga, no se sabía si iban a obtener en la Cámara de Diputados la mayoría necesaria y el ministro del Interior, Leopoldo Melo lo cuenta Molinas en el mensaje que da con motivo de la intervención-, le había hecho saber porque además se cita en el debate- que al asumir Justo -con la firma de él y del ministro- enviaron una ley reglamentando las intervenciones diciendo: ”Hay que terminar con este vicio que ya ha dado 131 intervenciones en las provincias argentinas”. Y expresa: “Ya le he dicho a los hombres del partido que intenta avasallar la autonomía de Santa Fe que no insistan porque ésta no saldrá”. Pese a ello, el 3 de octubre, apenas cerradas las sesiones del Congreso, se dictó el decreto de intervención, que por supuesto firmó el Ministro Leopoldo Melo.
Luciano Molinas, en un mensaje por radio, decía: “El señor comandante de la Tercera Región Militar ha tomado hoy posesión del gobierno de la provincia, quedando en este momento allanada la autonomía. Necesito decir aquí ciudadanos en esta hora qué pienso de este momento y las consecuencias que tendrá”. Tanques de guerra rodearon la Jefatura de Policía de la ciudad de Rosario, se hizo un paro general, los sectores obreros pararon, los sectores empresarios cerraron los comercios, pero no hubo un juez federal que resolviera revocar, frenar o detener una maniobra de esta naturaleza. No había existido en la provincia el menor incidente, no hubo ningún hecho que alterara la paz constitucional, no estaban dadas las condiciones del artículo 6° de la Constitución Nacional, que habla de grave desorden institucional. Era para juzgar una Constitución que el Congreso no tiene facultades para juzgar, es decir que había que abortar el proyecto progresista. Fue lo que primero se intentó con el veto del 21, y se ejecutó definitivamente con la intervención del 35, el final de la obra del Partido Demócrata Progresista en Santa Fe.
Para finalizar quiero formular una pregunta que para mí es fundamental, y la voy a expresar tal cual la pensé esta mañana: ¿importa hoy, a ochenta y tres años del desconocimiento espurio de la Constitución de 1921, y a sesenta y nueve del avasallamiento salvaje de la autonomía de Santa Fe, que arrasó a un gobierno ejemplar, ocuparnos de esto? ¡Claro que importa! Importa porque esta es la prueba concreta de por qué la Argentina no está como debería estar. Cuando tenía en sus manos un ejemplo que realmente iba a contagiar a la República, de progresismo social, de respeto a las libertades públicas, de neutralidad religiosa, de paz y progreso, hubo que abortarlo, no dejarlo nacer. Esos fueron los vientos que sembraron las tempestades que vinieron después. E importa porque este partido, malgré lo que nos ocurrió disculpen la expresión francesa , a pesar de todo lo que sucedió a lo largo de estos años tan azarosos de la vida argentina, sigue sintiendo y sigue empujado por los vientos de este espíritu para sostener que hay que darle a la Argentina la coincidencia, el acuerdo, la búsqueda de las soluciones.
Los argentinos debemos usar todos los recursos que tenemos para conseguir un programa común de nacionalidad. Hay que romper con los hegemonismos, hay que plantarse frente a los crecientes desbordes de la concentración del poder y usar la razón, la voluntad, el diálogo y el esfuerzo para ponerse a buscar caminos comunes.
Se pudo hacer esto hace setenta años. Es realmente lamentable que el país haya perdido un modelo de gobierno que hubiera sido no sólo en la Argentina sino también en América latina una expresión de progreso y modernidad.
No se puede reconstruir la historia sobre la base de lo que no pasó, pero sí se puede tomar de ella la fuerza para seguir luchando. Esa es la que nos tiene hoy aquí. (Aplausos.)


NATALIO BOTANA
“ EL PDP Y LOS PARTIDOS PROGRAMÁTICOS”

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Agradezco el aplauso anticipado. Espero merecerlo al final.
Antes de hilvanar las ideas que he preparado para esta tarde quiero compartir la dicha de estar con tantos amigos celebrando los noventa años del Partido Demócrata Progresista.
Es importante recordar, aunque no necesariamente el recuerdo nos traiga el eco de los éxitos. Muchas veces el eco de los fracasos sirve de lección para las nuevas generaciones y para entender lo que vendrá y, sobre todo, lo que hay que hacer y lo que se debe hacer. En parte esta es la historia del Partido Demócrata Progresista.
Les propongo regresar siete u ocho años antes de 1921, y situarnos entre los años 1913 y 1914 en un lugar de Buenos Aires, no muy lejos de aquí; tenemos pues que trasladarnos desde la Plaza de Mayo a la Plaza del Congreso y al Hotel Savoy. Allí, como ustedes saben, en una reunión de destacados dirigentes se fundó un partido político: el Partido Demócrata Progresista.
¿Cuál era el clima de la época con relación a los partidos políticos? En realidad la Argentina estaba viviendo una transición la denomino una primera transición a la democracia que no había comenzado con Sáenz Peña sino con el proyecto de reforma electoral del ministro del Interior de Julio A. Roca, Joaquín V. González.
Fue un proyecto fallido. Si bien no tengo por qué ocuparme específicamente ahora de este tema, sí me importa destacar que hay un clima de cambio muy acentuado en la Argentina del Centenario. Esta atmósfera impregna muchos campos: desde las concepciones de reforma social de Joaquín V. González que luego de su proyecto de reforma electoral intenta hacer votar por el Congreso el primer proyecto de código nacional de trabajo hasta las expresiones de los movimientos de impugnación algunos con una carga de violencia , anclados en los conflictos sociales de la época.
El primer centenario, por consiguiente, no sólo es una época de balance sino también una época signada por el cambio. La palabra cambio tenía entonces un sabor propio. Es difícil encontrar hacia el año 1914 países que hubiesen experimentado cambios tan profundos como los de aquella Argentina, que había trazado un arco de transformación entre 1853 cuando se sanciona nuestra Constitución Nacional en Santa Fe y 1914.
Quiero recordarles –no los voy a abrumar con números el hecho de que entre 1853 y 1900 la Argentina multiplicó su población por cuatro, y que entre 1900 y 1930, el gran momento protagónico de Lisandro de la Torre, la multiplicó de nuevo por tres. Para darles una idea, los 14 millones de argentinos de 1947 en el año 2000 tendrían que haber sido 56 millones. Y no quiero proyectar y multiplicar los 56 millones por tres porque ya exageraríamos mucho: estaríamos en 168 millones hacia el año 2030. Desde luego, se trata de órdenes de magnitud mucho menores pues la Argentina de 1853 era una comarca pequeña en torno al millón y medio de habitantes; números más, números menos.
Un mundo en vertiginoso cambio. Ninguna sociedad que aumenta su población del modo en que lo hizo la Argentina es una sociedad estática. Y vale la pena recordar que la ciudad paradigmática de ese cambio no es la ciudad de Buenos Aires; es Rosario, la ciudad del Partido Demócrata Progresista. En 1853 Rosario era una aldea tradicional. En 1914, Rosario es una ciudad formidable desde todo punto de vista y sin oligarquías tradicionales, lo cual es un dato no menor.
El problema que se plantea en el Centenario no es tanto el cambio, como tendría que plantearse y no se plantea en la Argentina actual, próxima al Segundo Centenario, una Argentina, va de suyo, estancada y declinante. Lo que se planteaba en aquel momento —creo yo— era formular respuestas a la pregunta de cómo encauzar el cambio; qué hacer, en suma, en lo político, social, cultural y económico con una sociedad que había pegado ese fantástico salto hacia delante.
La convocatoria del Partido Demócrata Progresista, esa convocatoria del Hotel Savoy, rezuma esa voluntad de otear el horizonte para proponer un rumbo. Y ese rumbo se centraba en la idea de programa, es decir, una doctrina o conjunto de ideas ligadas a la acción y. cono tales, volcadas a la circunstancia pública para generar determinadas reformas.
Tengo la suerte de hablar luego del doctor Martínez Raymonda, porque su elocuente exposición sobre la Constitución santafecina de 1921 me exime de contarles en qué consistía la idea programática de los demócratas progresistas.
Yo rescataría dos puntos centrales. El primero de ellos es la neutralidad del Estado en materia religiosa y el segundo, el principio federalista de la descentralización. Fíjense qué interesante. Martínez Raymonda leyó textualmente el artículo de la Constitución de 1921 referido a la neutralidad del Estado. La leyenda dice que los demócratas progresistas eran unos laicistas de corte francés que querían imponer a rajatabla una concepción atea u agnóstica del Estado. Es falso. Ese primer artículo traduce uno de los conceptos centrales del pensamiento político del siglo XVIII inspirado por James Madison, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, para incorporarlo al First Amendment de la Constitución de Filadelfia. Es el concepto de libertad negativa, según lo designará más tarde Isaiah Berlin, filósofo del siglo XX. Dice así: el Estado no protegerá ni beneficiará a ningún culto en particular, y por consiguiente, al no beneficiar a ninguno, todos los cultos tienen equivalente dignidad y equivalente derecho a hacer conocer sus ideas, creencias y morales. Por lo tanto, tengamos cuidado con las leyendas porque lo primero que se impone en la historia es distinguir.
El segundo principio del programa demócrata progresista en el plano político es, evidentemente, la descentralización. Aquí hay una filiación muy interesante, que analizaremos más adelante y que tiene que ver con los orígenes de de la Torre. Como es sabido, Lisandro de la Torre es un político muy próximo a Leandro N. Alem. La división se produce después, en la década del 90. Los alemnistas, una vez muerto su líder, siguen derroteros diferentes: uno es el del radicalismo participacionista, con Bernardo de Irigoyen y Francisco Barroetaveña, y el otro es el de Lisandro de la Torre, quien funda la Liga del Sur en el sur de la provincia de Santa Fe.
En 1880, con motivo de la federalización de Buenos Aires, Alem pronunció un discurso magistral en el cual sostuvo que la victoria del gobierno nacional sobre Buenos Aires conducía al país a practicar lo que he llamado en algunos escritos el “federalismo hegemónico”, es decir, un federalismo impuesto bajo la férula del Poder Ejecutivo Nacional. En alguna medida, eso fue el perfil del roquismo triunfante de la década del 80 y del roquismo más moderado y consolidado de la década del 90 del siglo XIX.
Creo que De la Torre fue más lejos que Alem, porque mientras éste defendía con energía el principio de autonomía de las provincias aquél ponía la pica en Flandes al señalar que el federalismo no se agotaba en la autonomía de las provincias sino que alcanzaba su plenitud a través de la autonomía municipal. Por supuesto, un municipio con capacidad para educar, para garantizar la propia seguridad mediante policía propia, etcétera. Este esquema se aproximaba mucho más a los de Estados Unidos y la Confederación Helvética que al federalismo argentino, cuyo legado consiste en el predominio de la provincia sobre el municipio. En este sentido, el federalismo argentino retoma en parte los modelos confederativos anteriores a la Constitución de 1853. En la Argentina quien manda es el gobernador, y como prueba basta hacer alguna reflexión sobre las circunstancias actuales.
Desde luego que había una visión muy clara de parte de la democracia progresista sobre qué hacer con la sociedad y la economía. Martínez Raymonda evocó no podía no hacerlo la figura de Luciano Molinas, quien a mi entender es uno de los ejemplos más terminantes en la Argentina acerca del rigor que deben tener una política monetaria y un Estado con disciplina fiscal. Ojalá se le hubiera llevado el apunte durante las décadas que siguieron al ocaso de su vida.
A continuación de estas consideraciones me gustaría destacar una circunstancia que, en perspectiva histórica, configura un importante problema.
Lisandro de la Torre, un legislador sobresaliente elegido poco antes, se reúne con un grupo de dirigentes en el Hotel Savoy. Me atrevería a decir que el Hotel Savoy fue, en aquel momento, el lugar donde se originó el proyecto de una gran coalición política, porque junto a De la Torre estaban presentes Joaquín V. González, Indalecio Gómez, Carlos Ibarguren y Gustavo Martínez Zuviría, por citar a los que a mí más me interesa destacar en esta breve remembranza. Los imagino sentados en un salón del hotel tal vez en un día tan cálido como el de hoy y sin refrigeración.
Como puede observarse, en ese encuentro confluyeron muchas vertientes que después terminarían dividiéndose. Carlos Ibarguren y Gustavo Martínez Zuviría se transformarían luego en los arquetipos de lo que los historiadores denominamos “nacionalismo católico”. Ibarguren se destaca a partir de 1930, cuando se produce el golpe de Estado de Uriburu, y Martínez Zuviría en los años 1930 y 1940, sobre todo como novelista popular. Esto planteaba una primera tensión, una posible primera división importante, porque a De la Torre lo podríamos situar en las antípodas de ese pensamiento.
Pero había otro problema, que en mi opinión es quizás más significativo porque lo arrastramos tras el carro de nuestros desaciertos durante prácticamente todo el siglo XX, un carro que sería conveniente no seguir arrastrando a lo largo de este siglo. Como dije antes, también intervinieron en aquella reunión Indalecio Gómez y Joaquín V. González. Así como De la Torre provenía del viejo tronco alemnista y antiyrigoyenista del radicalismo, tanto Joaquín V. González como Indalecio Gómez descendían de diversas vertientes que confluían en torno del roquismo ya normalizado.
Joaquín V. González tenía una perspectiva laica y estrictamente reformista. Recordemos su proyecto de reforma de la ley electoral, aquel sobre código del trabajo y lo que constituyó su otro gran proyecto: la reforma universitaria a través de la Universidad Nacional de La Plata. Por su parte Indalecio Gómez, perteneciente a la tradición católica, defendía una concepción mucho más democrática en comparación con la que más tarde habrían de sostener Ibarguren y Martínez Zuviría.
Para Joaquín V. González, tal como lo expresara en 1902 siendo ministro del Interior en su discurso ante el Senado con motivo de la reforma de la ley electoral, lo que necesitaba la sociedad argentina eran reformas. Creía que, pese a los cambios, el país no estaba bien; no tenía buenos hábitos políticos y aunque había avanzado con éxito en materia educativa, el tramo que le restaba recorrer estaba plagado de escollos y dificultades.
Si tuviera que presentar al prototipo del reformista del Centenario elegiría a Joaquín V. González. La cabeza de ese hombre era una producción permanente de arquitectura política. Algunas veces acertaba y otras no; personalmente creo que sus proyectos sobre educación patriótica no fueron todo lo felices y constructivos que debieron ser, pero ese es otro tema.
Ahora bien, imaginemos el pensamiento de Indalecio Gómez en aquellos días. Sabemos que Indalecio Gómez fue, junto con Roque Sáenz Peña, la gran figura de la llamada “ley Sáenz Peña”, porque, como se recordará, él es quien escribió y defendió como ministro del Interior ante ambas Cámaras del Congreso el proyecto de ley de reforma electoral.
La teoría de Indalecio Gómez puede resumirse en el siguiente postulado: la Argentina cuenta con una sociedad sana, una sociedad que funciona bien pero que está oprimida por una corteza de corrupción política debida al fraude y la venalidad electoral. Entonces, aduce Indalecio Gómez, rompamos esa corteza y la sociedad argentina espontáneamente se regenerará y producirá los partidos orgánicos —palabra típica de aquella época que necesita.
Este contrapunto entre un pueblo bueno y una política mala no tiene filiación francesa, como los autores que solía frecuentar De la Torre, ni tampoco filiación anglosajona (uno de los autores relevantes para De la Torre, al igual que para Joaquín V. González, es John Stuart Mill), sino que dicho contrapunto tiene una clara filiación hispánica. Es la idea del regeneracionismo español, tan de moda en aquella época, que consiste precisamente en llevar hasta las últimas consecuencias lo que el concepto de regeneracionismo supone. Regenerar es poner un tejido que anda mal nuevamente a punto. Por consiguiente, para el regeneracionismo argentino todo se circunscribía a volver a la Constitución de 1853-1860 que había sido conculcada por las malas prácticas políticas.
En términos de una interpretación whig de la historia (me refiero a los historiadores británicos que hicieron una interpretación análoga en la Inglaterra del siglo XIX), la fórmula sería: “volvamos a los orígenes y todo lo demás vendrá por añadidura”. Esta tesitura no conformaba a De la Torre. Para él volver a los orígenes significaba tomar el punto de partida de la Constitución de 1853-1860 para perfeccionarlo. La Constitución de Santa Fe de 1921, en tal sentido, significaba una línea de perfeccionamiento.
Como ustedes saben, Indalecio Gómez se alejó de la actividad pública después de 1914; terminó su ministerio cuando Roque Sáenz Peña por razones de salud tuvo que renunciar a la Presidencia de la República y asumió su vicepresidente, Victorino de la Plaza. Hubo una suerte de ocaso de este personaje, de ese salteño tan interesante y sugestivo.
Pero el regeneracionismo habrá de tener en aquel momento su punto culminante no dudo un instante en decir esto en Hipólito Yrigoyen. Creo que tuvo razón Octavio Amadeo cuando dijo, refiriéndose al radicalismo yrigoyenista, que era la parte española de la política argentina.
Hacia 1910 un maestro español del derecho político, Adolfo Posada, visitó la Argentina y cuando asistió a los prolegómenos del debate sobre la reforma electoral advirtió que esas ideas tenían aire de familia con las reformas electorales que había hecho votar Antonio Maura la península en 1907. En aquel período Antonio Maura creía que liberando el régimen político español del fraude producido por el "caciquismo" (llamaban así al caudillismo electoral) la sociedad se expresaría lozana, en plenitud.
Yrigoyen trajo a la política argentina un mensaje parecido. Introdujo en el debate dos cosas estratégicamente muy importantes. En primer lugar sostuvo que el programa de la Unión Cívica Radical era la Constitución. Por consiguiente, había que regenerar la sociedad argentina volviendo a los orígenes. Los orígenes no debían ser tocados, estaban allí, brillaban con luz propia”. En segundo término y como consecuencia de lo anterior, si el programa de la Unión Cívica Radical se condensaba en la Constitución, todas las tendencias, todos los pensamientos, todas las corrientes de opinión tenían cabida en su seno. De modo tal que el partido, merced a una admirable simbiosis estratégica, se convertía en un movimiento que englobaba a la Nación entera. El partido era, en definitiva, la propia Nación.
La pregunta que se deriva de este planteo es interesante: si el partido es la propia Nación, ¿qué papel les cabe a los partidos? Porque, por definición, los partidos son una parte que posteriormente, a través de coaliciones o simplemente por la regla de la mayoría que no es una regla permanente sino cambiante estarán en condiciones de ejercer el gobierno de la Nación.
La posición de De la Torre en 1914 se situó en las antípodas del movimientismo y coincidió, aunque con diferentes contenidos programáticos, con la de Juan B. Justo. Cuando Justo organizó el Partido Socialista en el año 1896 lo fundó precisamente como un partido. Pero como se trataba de un partido socialista añadió un concepto que De la Torre no compartía: afirmó que era un partido de clase, que iba a representar, o pretendía representar, los intereses específicos de una clase social a través de un programa mínimo que suponía plena lealtad al régimen parlamentario.
Ahora bien: lo significativo del caso es que en aquel momento el éxito no era un atributo propio de los partidos programáticos. El éxito estaba a punto de ser alcanzado por aquel partido con vocación movimientista, generoso e inclusivo. La conciliación de intereses y el agregado de valores no se generarían a través de un sistema político interpartidario sino a través de un sistema político intrapartidario. Cualquier cosa que imaginen ustedes con respecto a la actualidad es pura coincidencia.
A partir de 1914, se abrieron pues dos grandes líneas en la Argentina: la línea de los partidos programáticos y la línea de los partidos movimientistas. Partido programático es aquel que hace al electorado una oferta programática porque pretende realizar ese programa en el gobierno. Nosotros, en el tormentoso decurso del siglo XX hemos tenido partidos programáticos, que han tenido en general la característica de que el programa lo realizan desde el gobierno contraviniendo sistemáticamente lo que han dicho en la campaña electoral, lo cual es uno de los factores que generan la brecha de credibilidad que existe entre los argentinos y su dirigencia.
Aun así habría que preguntarse, sin embargo, si aquella asamblea fundadora de 1914 en el Hotel Savoy hizo todo lo que tenía que hacer, porque poco tiempo después habrá de surgir otra de las grandes dificultades que desde entonces padece la política argentina. La política argentina no practica ni ha perfeccionado lo que Tocqueville un autor también influyente en De la Torre llamaba el arte de la asociación voluntaria, el cual prolongado a un esquema de gobernabilidad es el arte de la coalición.
El Partido Demócrata Progresista se quebró desde el inicio, en 1914. Y uno se pregunta qué habría sido de ese partido si, en una primera instancia, la candidatura a la presidencia, en las elecciones de 1916, no hubiese recaído en De la Torre sino en Joaquín V. González. Es una pregunta acaso intrascendente, que hacemos los historiadores, porque mucha capacidad para cambiar la realidad no tenemos. Es la típica pregunta de la historia que no fue. Hoy se la llama en los medios académicos historia virtual.
Lo cierto es que ese conjunto de dirigentes lentamente se va desagregando y, debido a la impericia para forjar coaliciones, se produce la gran victoria movimientista de 1916. Dejemos un poco en la penumbra las fallas y errores y recordemos ese momento del Primer Centenario que procuró afianzar la calidad programática de los partidos. (Aplausos.)

HORACIO SANGUINETTI
“LOS VALORES Y LA TRANSFORMACIÓN DE LA EDUCACIÓN”
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Nadie discute la evidencia de nuestra caída en materia educativa. Espasmódicamente, algún desastroso informe internacional, alguna aterradora evaluación, sacude la opinión pública y preocupa a la generalidad.
Pero esas alarmas no son necesarias para quien esté cerca de la experiencia escolar. Se pueden diagnosticar sin esfuerzo tales situaciones, tanto más penosas porque supimos tener un admirable sistema --y en especial, una gran escuela media--, que contribuyó a la unión nacional y a la antigua prosperidad, de cuyos restos aún sobrevivimos.
Nuestra patria reconoce antecedentes históricos a los cuales es imperativo regresar para encontrar el modelo que nos inspire. Imaginemos la Argentina de 1853, salida de la tiranía, inmersa aún en la locura fratricida que signó buena parte de nuestra evolución, acosada por el desierto, la ignorancia, la barbarie.
Un proyecto nacional se conformó entonces, el que las generaciones inmediatas, no siempre reconocidas, llevaron a cabo: consolidación de los elementos básicos del estado o sea territorio, población, derecho; y ordenamiento nacional de un maremagnum de gentes, pasiones e intereses contrapuestos que distaban de facilitar que se constituyese una nación.
Como herramienta esencial, la educación popular, inexistente o al menos muy descuidada en los años previos. Y fue a través de ella, del programa sarmientino, que el país creció vertiginosamente hasta lograr un esplendor que prolijamente hemos dilapidado, pero cuyos reflejos todavía alumbran.
No creo demasiado en las teorías conspirativas, pero sí en la insidia y la desidia de muchos que –cualesquiera fuesen sus intenciones--, han logrado aniquilar una estructura educativa ejemplar. La familia frecuentemente deserta de su misión y –llena de exigencias--, le tira el niño o el joven a la escuela, fuera de lo elemental.
Una legislación penosa, las Leyes Federal de Educación, la de Educación Superior, el decreto 1276/96 y en decisiones del fantasmal Consejo Federal de Educación--, suman desaciertos.
El traspaso --desfinanciado-- de las escuelas a las provincias –muchas de las cuales no tienen mayor interés pedagógico--, ha pulverizado la unidad y la equidad de nuestra enseñanza. Por diversas razones, atribuibles a las jurisdicciones mismas, no siempre atentas o interesadas por lo educativo, tal transferencia fracasó. El Estado nacional, eje de la política sarmientina, ha quedado hoy casi inerme para recomponer ese caos.
Todo esto invita a pensar que los poderosos no siempre privilegian lo educativo y hasta prefieren, en verdad, la ignorancia de un pueblo que merecería mejor formación, más cultura, más lucidez.
Los contenidos de los nuevos planes, son asimismo, desafortunados --por ejemplo, desaparece la Historia en su autonomía científica--, los profesores especializados en una asignatura son forzados a dictar otras; la capacitación docente es falsa; el maestro está degradado, los directivos desautorizados; el reunionismo, las planificaciones y los controles inútiles florecen; cualquier advenedizo puede ingresar a la universidad si cuenta más de veinticinco años de edad, aunque carezca de estudios previos (artículo 7 de la Ley de Educación Superior, Nº 24.521, que desmorona todo esfuerzo sistemático); los alumnos en vez de cursar dos años más, suelen abandonar en 6º “grado”, y todavía se debaten los beneficios de los colegios universitarios, que esa ley denomina así, aunque los define incoherentemente como de nivel superior “no universitario” (sic).
Se postula que la escuela debe retener a cualquier precio, su misión no es en modo alguno pedagógica sino alimentaria; el alumno promueve a veces por decreto, es casi imposible aplazarlo en marzo, no debe pasar al frente para no traumarse, los mecanismos de aprendizaje de la lecto escritura son, por lo menos... originalísimos.
La especialización prematura --obligatoria en primer año del polimodal--, el horror al sentido propedéutico tildado de “enciclopedismo”, como si el joven no debiera recibir un panorama básico sí, pero totalizador del conocimiento humano, y así de seguido, son algunos de los males post modernos que nos llevan a ese desastre que bien caracteriza Guillermo Jaim Etcheverry.
Por fin, están las teorías que desarman la sagrada relación maestro alumno y la ecuación enseñanza aprendizaje, potenciando sólo el segundo término y reduciendo el primero a una mera función auxiliar y supletoria. Para ellas, enseñar es un acto autoritario. Tampoco ha sido aprovechada la experiencia de los institutos que mejor funcionan, tal como el medio centenar de Colegios de las Universidades nacionales que en general, funcionan bien. Aunque se los programe experimentales, jamás se los ha tomado de modelo.
Hay hacia ellos un extendido prejuicio. Por mi parte, considero mi mayor obra educativa, haber contribuido a la compleja creación –excepcional--, del Colegio Nacional de Ushuaia, inspirado en el Nacional de Buenos Aires, que al cabo de una década no sólo es en sí mismo, una realidad fecunda, sino que ha inspirado por emulación, una mejora evidente de la enseñanza secundaria en Tierra del Fuego.
Mucho de malo sucede hoy en la escuela argentina. ¡Pero un cambio legislativo y de mentalidad es posible, necesario! Esa instancia debe habilitarse cuanto antes, porque si costó tanto tiempo y tan prolijo esfuerzo, destruir el correcto sistema que conocimos, reconstruirlo será más largo y difícil. Algunos pasos para rescatar los principios fundamentales deben iniciarse ya. Este es un buen momento. Argentina provee una asombrosa cantidad de “materia gris”, y aunque los mejores, desalentados , suelen emigrar, siempre aparecen detrás, valores equivalentes. ¿Hasta cuándo?
Hace falta coraje y destreza para desarticular erróneos hábitos y leyes. Con todo, no es imposible. Mucha gente de bien ha tomado conciencia de estos males.
Inclusive, los políticos –o el partido-- que tuviese el valor de promover cambios, recibiría un buen rédito, un amplio apoyo de cuantos, aquí y ahora, anhelan una buena educación. Por eso mismo –por ese anhelo--, aunque racionalmente seamos pesimistas y escépticos, tenemos, visceralmente, expectativa.
El país tiene enormes reservas creadoras, que es necesario reconocer, traer a la superficie, exaltar y publicar.
Una fuerte vocación masoquista, de exhibir sólo nuestras lacras, nos lleva a exagerar nuestra condición de víctimas, destruir a nuestros próceres so pretexto de hallar la verdad histórica, crear antihéroes, imitar arquetipos deleznables, como un futbolista drogadicto o un boxeador uxoricida. Al menos, es lo que mucha gente, incluso gente poderosa, hace. Los “medios” generalmente publican lo feo, lo estúpido, lucen sin pudor la ignorancia como una virtud, bromean sobre el maestro. La velocidad se usa como un inhibidor de la inteligencia en calma. Éxito, dinero, belleza física de quirófano, son endiosados. La virtud raramente se muestra, lo que es correcto no interesa. La grosería y el lenguaje procaz “visten bien”, causan hilaridad, están en auge. Cedemos a la presión de una a-cultura externa que nos trae su música bárbara, su comida plástica, su violencia, su ropa desaliñada, sus deplorables hábitos familiares...
Creo que sin incurrir en narcisismo colectivo –o sea en un nacionalismo cerril--, debemos restaurar los valores esenciales que alguna vez honramos: el saber, la ciencia, la tolerancia, el respeto, el esfuerzo, la justicia, el trabajo, la solidaridad, la austeridad, la conducta, el patriotismo, lo institucional. La estrategia más inmediata para eso es potenciar la educación, fortalecer al director y al maestro, apoyar con un impulso real, en lo material y espiritual, el proceso educativo –sobre lo cual todos coinciden en el discurso pero poco en los hechos--, limitar la arrasadora competencia de las “cajas bobas” –T.V y “jueguitos”--, actuar cada uno con un mínimo de ética y de grandeza.
Por eso invitamos a vigorizar la escuela, el rigor obstinado, la autoridad justa. La escuela es un lugar para aprender, no un mero aguantadero. La autoridad no es autoritarismo. La severidad y la seriedad resultan indispensables.
¿Estamos dispuestos a hacerlo, cada uno en su vitrina y todos en la res-publica? Si así fuese, hay esperanzas, aunque no será fácil, ni rápido. Aun si comenzamos ya, sólo abriremos apenas, un lento proceso regenerativo que restañe heridas y reponga los valores que nunca debimos perder. Pero vale la pena. Amén.
ROBERTO CORTES CONDE
“Debates Económicos Contemporáneos”
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Es una gran satisfacción y un gran honor para mí estar en esta reunión del Partido Demócrata Progresista, no sólo por la importancia que tuvo en la historia de nuestro país sino por la tesonera labor que siguen desarrollando y
cumpliendo los muchos amigos que aqui tengo.
El tema que se plantea es muy importante, y lamentablemente es difícil resumirlo en esta corta exposición . Voy a dejar de lado muchas cosas, pero trataré de apuntar a lo que considero que son los aspectos más relevantes de la evolución que sufrió la economía de nuestro país durante la vigencia del Partido Demócrata Progresista y los debates que sobre dicha economía se realizaron en distintos momentos. Ellos no fueron presentaron en términos teóricos, y más que sobre economía fueron debates sobre políticas económicas imbuidos de las preferencias e influencias políticas y sobre todo de los intereses concretos de distintos grupos de presión que se fueron desarrollando a partir de la Primera Guerra y con mucha más fuerza a partir de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando en 1914 se creó el Partido Demócrata Progresista estalla la Primera Guerra Mundial, que cambia el mundo mucho más que cualquier otro acontecimiento del siglo XX, y planteando nuevos problemas, desafíos, ideas y enfoques.
No se puede entender la poderosa intervención del Estado que se va desarrollando a lo largo del siglo XX sin tener en cuenta que una economía de guerra es una economía fundamentalmente estatista. En estado de guerra todo se subordina a ella, tal como se la comprende en el siglo XX, es decir, a la guerra total . Todas las fuerzas económicas no sólo los soldados y los ciudadanos tienen que someterse a esos objetivos.
La inflación –que fue otro fenómeno del siglo XX nunca tuvo la magnitud ni la importancia que adquirió después de la guerra. Ello se debió a que en el pasado los ejércitos eran pequeños, las guerras eran cortas y el financiamiento limitado, y en general se resolvía como en la época de Napoleón haciéndole pagar al derrotado los costos de la guerra. Así sucedió por última vez con la guerra franco-prusiana.
Pero la situación cambió y se dislocó completamente ya que no se pudo hacer cargar al derrotado con costos de guerra enormes y Alemania terminó no pagando las reparaciones, lo que fue recomendado en el famoso libro de Lord Keynes.
Más allá de ello, la Primera Guerra Mundial dividió al mundo, estalló la revolución bolchevique y aparecieron fuerzas totalitarias en reacción al bolchevismo que cuestionaron a la sociedad liberal a la que estábamos habituados. Se decía que el mundo liberal no era posible si se tenía que detener la amenaza bolchevique. Esto puso límites enormes al Estado liberal que duraron por lo menos hasta la Segunda Guerra y que en alguna medida se mantuvieron durante la guerra fría. Las limitaciones que se aceptaron para contrarrestar la amenaza bolchevique hicieron renunciar a principios que habían sido muy caros y que en nuestro país había defendido precisamente el Partido Demócrata Progresista.
En la Argentina la guerra no se vivió como un conflicto militar, pero afectó profundamente a la economía en la medida en que por primera vez se suspendió la caja de conversión y la convertibilidad, y el Estado tomó activas disposiciones respecto de la economía
Algunas no hicieron efecto inmediatamente; como las leyes de redescuento, que se postergaron hasta 1930.
La guerra provocó el primer ataque a las ideas liberales prevalecientes en aquel entonces acerca de si era cierto que lo más conveniente para la Argentina consistía en abrirse al mundo, integrarse y recibir capitales e inmigrantes brindándoles garantías constitucionales, en lugar de tener un país cerrado, más protectivo y más cuidadoso de lo propio.
Esto, pese a la fuerte recuperación que experimentó la Argentina en los años 20, tuvo una gran incidencia en los debates de la época sobre la necesidad del proteccionismo que promovieron algunos círculos industriales significativos.
Si a esto agregamos, , la reacción nacionalista y autoritaria que por esa misma década se desarrolló en el mundo, podemos advertir aquella paradoja señalada por Halperín de que en la época de mayor crecimiento de la Argentina había cierta desilusión sobre lo que en ella pasaba.
Por lo tanto, no se sabía si esa desilusión era parte de un debate importado. Durante la presidencia de Alvear el país atravesaba una etapa de extraordinario progreso y, al mismo tiempo, un fenómeno increíble que defendió el Partido Demócrata Progresista mediante la valorización de su moneda se había logrado el mayor aumento de salarios reales en el mundo occidental.
En esa época se produjo un aumento de salarios tal que estos quedaron ubicados en un nivel más alto que los de Gran Bretaña y otros países europeos. Curiosamente Italia, donde gobernaba el fascismo, era un país más competitivo –es lo que luego se conoció como “el ser competitivo” porque había logrado mantener los salarios bajos pese a tener un tipo de cambio alto. Un historiador económico italiano decía que ese resultado se obtuvo a partir de un medio conocido por el fascismo: haciendo bebe aceite de ricino a opositores y sindicalistas. Obviamente no era un procedimiento democrático y la Argentina, cuyos gobiernos se habían caracterizado por respetar las garantías constitucionales y desde el año 1916 eran elegidos por la “Ley Sáenz Peña”, no podían actuar como Italia.
Más adelante, hacia los años 30, hubo otros países que lograron crecer; por ejemplo, la Alemania nazi y la Rusia soviética. ¿De qué modo? Extrayendo recursos mediante ahorro forzoso. Un país puede crecer si tiene un sistema suficientemente autoritario como el de Stalin, que extrajo los excedentes a los campesinos, o como el de Hitler, que adoptó igual criterio no sólo con la población local sino con la de los países ocupados. Pero la Argentina no era igual.
En definitiva, en los años 30 se produjo un cambio en todos los planteos económicos. En nuestro país, el shock ideológico fue muy grande.
Las crisis que se extendieron entre 1914 y 1917 y desde 1930 hasta 1932 fueron causadas por shocks externos; la situación del país no tuvo nada que ver. La Argentina atravesó muchas crisis como consecuencia de cosas que se hicieron mal, pero en estos dos casos las causas fueron externas.
Si el país estaba sometido a fuerzas exteriores que hacían peligrar su economía, se tornaba necesario intentar aislarla, separarla. En el curso de los años 30 esta teoría fue bastante aceptada por la mayor parte de la sociedad, que comenzaba a ver que la relación con el resto del mundo tenía sus ventajas pero también sus riesgos. Dicha concepción impactó muy fuerte en la cultura económica argentina, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando entré a la Facultad de Derecho en los años 50 pude advertir que la gente todavía tenía las ideas de los 30, ideas que parecían indiscutibles. Creían que era mejor aislarse y que debíamos cuidarnos ya que exponernos al mundo externo era algo dificilísimo especialmente porque en los años 30, en virtud de un manejo prudente pero estatista, dirigista e intervencionista que comenzó en la época de Uriburu con el primer plan de reforma económica del subsecretario Prebisch y continuó con la reforma cambiaria de Pinedo de 1933, de alguna manera el país empezó a recuperarse rápidamente.
Si bien en los años 20 los salarios reales habían subido, evidentemente la devaluación de 1933 trajo como consecuencia la disminución de su poder de compra. Esta es una constante de las devaluaciones. En el debate sobre la reforma cambiaria de 1933 que tuvo lugar en la Cámara de Diputados, los legisladores Dickmann del Partido Socialista y Correa del Partido Demócrata Progresista alegaron que toda devaluación era perjudicial para el nivel de vida de los asalariados. Por su parte, Dickmann le recuerda a Pinedo que cuando en 1913 se suspendieron los pagos de la Caja de Conversión lo que implicaba una devaluación , el doctor Justo le había encomendado representar al bloque socialista para defender una posición que era diferente a la que en ese momento tenía como ministro.
En los años 30 se impone el control de cambios, una experiencia iniciada por la Alemania totalitaria que países como Francia y Estados Unidos se niegan a seguir por considerar que no es democrática. Sin embargo la Argentina la adopta y el , sistema continuaría por muchísimos años.
A ello debemos agregar que a partir de la reforma de 1933 se establecen los tipos diferenciales de cambio, lo que implicaría un mecanismo importantísimo para la redistribución de los ingresos. No sólo se fija un tipo de cambio más alto sino que éste era más bajo para los exportadores, que de esa manera cobraban menos pesos por cada divisa, y distinto para los importadores para que pudieran comprar más barato.
A partir de entonces el sector exportador, en la suposición de que estaba recibiendo una renta de devaluación, tiene que pagar esa diferencia que al gobierno le servía –en este punto fueron muy inteligentes para obtener en divisas los fondos necesarios para pagar la deuda externa.
En este sentido el gobierno fue muy prudente todas las acciones llevadas adelante por los gobiernos de la década del 30 estuvieron caracterizadas por una gran prudencia ; pensó que si tenía una deuda podía pagarla sacando parte de sus divisas a los exportadores. Ello permitió llegar al arreglo de las libras bloqueadas, que fue parte del vilipendiado pero tan importante convenio bilateral de pagos conocido como tratado Roca Runciman.
Otro hecho importante está relacionado con el Banco Central. Con esta institución nos apartábamos totalmente del régimen del patrón oro. Sin embargo, nuevamente se establecieron límites muy precisos y se dispuso que el redescuento sólo podía efectuarse en circunstancias de tipo transitorio.
Los años de la Segunda Guerra mundial llevaron a otro cambio importante. El Banco Central dejó de esterilizar la entrada de oro y debido a que la Argentina exportó en los años de guerra y no pudo importar, existió una importante creación monetaria sobre la base de dichas reservas. En momentos previos se mostró cómo el Banco Central era muy exitoso y aplaudido en otros lados y cómo podía evitarse una expansión monetaria exagerada por este medio, cuando se sabía que, vueltas a la normalidad, las divisas que entraron había que gastarlas y que si se gastaban había que contraer la moneda. Esta era la verdadera política anticíclica. Sin embargo, el gobierno no lo hizo y empezó la primera inflación importante en la Argentina, porque la inflación de la Primera Guerra Mundial fue menor que la internacional. La inflación se cuenta como un diferencial entre la internacional y la del país.
El otro elemento ideológico va a aparecer en 1943 con el gobierno militar. Yo creo que nunca la Argentina estuvo más cerca de un proyecto totalitario que con el del gobierno de 1943, que luego se derivó hacia un gobierno populista con Perón. La gente se olvida de algunas cosas cuando dice que Perón no fue fascista]; efectivamente terminó no siéndolo, pero el grupo político que toma el poder en 1943 quería realizar un experimento totalitario o franquista –diría- para poner al ejército, armarlo, producir armamento y tener autarquía y eso pesó mucho también en las ideas subsiguientes. La diferencia fue Perón. ¿En qué consistió la diferencia?
Los militares estaban preocupados hacia el final de la guerra porque nuevamente, como pasó en la Primera Guerra Mundial en Europa, vendría una irremediable marcha hacia la izquierda. Recuerden que no sólo la Unión Soviética fue la segunda potencia que entró en Alemania sino que los partidos comunistas aprovecharon los gobiernos de Francia y de Italia –también estaba el Frente Popular en Chile- y la gente estaba bastante cansada del gobierno militar. Parecía que el mundo se iba a la izquierda y los militares si algo no querían era eso.
La salida de Perón les aseguraba que él tenía una forma no represiva, que empezó a usar al principio, con un tipo de paternalismo populista con el cual iba a dotar a dirigentes sindicales e iba a asegurar el principio de pleno empleo que era, fue y siguió siendo en todos los gobiernos militares el principio básico que se sostuvo. Además quería aumentar las remuneraciones reales de los trabajadores. Y por otro lado tenía un proyecto muy ambicioso de reforma del país, de industrialización con sustitución de importaciones, el avance en una serie de áreas: obras públicas, infraestructura, etcétera.
El problema de Perón o el del populismo consiste en dos cosas muy simples. En primer lugar, salvo que exista la magia, no hay lugar en el mundo en el que se puedan aumentar las remuneraciones reales de los trabajadores si no se incrementa la productividad. Las formas en las que el peronismo logró aumentar los salarios reales tuvo consecuencias muy negativas, por ejemplo haciendo baratos los alimentos, pagándole poco a los exportadores, controlando los precios de los servicios públicos, provocando el déficit de las empresas públicas y congelando los alquileres. Esos elementos hacían que los costos fueran más bajos y se podía pagar. Los industriales protegidos que no tenían productividad suficiente para pagar los salarios nominales correspondientes podían pagar esos salarios pero el salario real era alto.
Pero esto no duró todo el tiempo. Los déficit permanentes de las empresas públicas llevaron a problemas que todos conocemos. El gravamen a los exportadores provocó el estancamiento de las exportaciones y, finalmente, las necesidades de devaluaciónes reiteradas.
El segundo hecho eran los ambiciosos proyectos de transformación. El problema es cómo se financiaban. Todo quisiéramos hacer muchas cosas, el problema es encontrar los recursos para hacerlo.
No había mercado de capitales en el mundo después de la guerra y los que había no eran tampoco proclives a colocarlos en la Argentina a pesar de que en ese momento tenía muy buenos antecedentes.
Entonces Perón usó el Banco Central. Su gran descubrimiento fue que el Banco Central iba a ser la fuente de todos los proyectos, y que los redescuentos iban a ser dados de forma irrestricta. Eso estaba lejos de lo que se había pensado. Pero qué gran ventaja tenía llamar al presidente del Banco Central y pedirle que redescuente el documento que le iba a traer el Banco Nación o el Banco Provincia, que recibía del IAPI, para financiar entes privados y públicos, cuando estos documentos no se pagarían nunca.
Cuando cayó el gobierno de Perón, el gobierno de la Revolución del 55 tuvo que colocar un bono en el banco por las pérdidas que existían por un equivalente al 20 por ciento del producto bruto, aparte de las otras fuentes de financiamiento, porque no se financió y eso es lo que engaña mucho colocando títulos en el Banco Central; los títulos de la Tesorería los colocó la Caja de Previsión. Y eso fue entre el 3 y el 4 por ciento del producto. Así el déficit no pareció tan grande; pero si uno lo toma incluyendo todos los factores es enorme.
Perón llevó al populismo, es decir, a la creencia generalizada de que los límites no existían. Si algo no se podía hacer era porque había gente mala. No era posible el debate económico racional Esto entró en una cultura argentina enormemente voluntarista que en el caso de Perón terminó en una situación muy difícil.
Además, el otro grave problema con Perón fue que la Argentina entre 1900 y 1930 había producido un proceso de inversión enorme. En varios años de la década de 1900 a 1910 la inversión respecto del PBI fue de más del 30 por ciento.
En los años de la crisis del 30 la inversión declinó pero no se paró y en los seis años de la guerra no hubo inversión. ¿Qué pasó? Cuando todo el mundo decía que Perón tuvo la gran ventaja de tener las reservas, la gente pensaba que la Argentina de golpe se había vuelto rica, y no era cierto. Lo que pasaba era que la Argentina era pobre; no podía gastar porque se había ido descapitalizando durante los años de guerra y para mantener sus equipos industriales necesitaba urgentemente la reposición de maquinarias y equipos.
En los dos primeros años del gobierno de Perón aumentó la inversión en importaciones de bienes de capital, pero ya en 1948 no se pudo importar más porque se arregló el pago de la deuda y de los ferrocarriles obsoletos con Gran Bretaña. Esto nos llevó a la primera crisis del balance de pagos y a la incapacidad de importar en los años subsiguientes.
De este modo, a fines de 1955 nos encontramos con que en realidad el peronismo no es que había combatido el capital sino que lo había consumido. Y esto quedó pendiente para que todos los procesos posteriores se plantearan la necesidad de enfrentar los problemas que había dejado el peronismo. Tuvieron poco éxito en hacerlo. Había grupos de interés, grupos de presión, que se habían formado en esos años, que defendían la protección , los procesos inflacionarios y la devaluación porque así bajaban los salarios. Es entonces que en medio de este debate económico, en realidad hay toda una lucha de intereses que ha perdurado y ha hecho fracasar los buenos, malos o medianos proyectos de reforma.


GUILLERMO JAIM ETCHEVERRY
“LA EDUCACIÓN COMO FACTOR DE MOVILIDAD SOCIAL”

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Constituye para mí una particular satisfacción el acompañarlos en esta circunstancia en la que se celebran los noventa años de existencia de un partido político. En momentos en los que se tiende a desprestigiar la política, resulta esencial reafirmar la vigencia de esa actividad. Hoy vivimos en una sociedad en la que se acentúa la tendencia a la resignación, en la que parecería que ya no hay nada por hacer, que el destino de las cosas es inevitable y que poco podemos influir nosotros en ese destino. Precisamente la política constituye la reafirmación de que podemos hacerlo, es una apuesta al futuro. De allí que considere tan importante esta celebración en la que se recuerda a quienes se encuentran entre los fundadores de nuestra nacionalidad y los sostenedores de esta visión de futuro. Lo que hoy nos falta es, precisamente, comprometernos con el porvenir. Lo que va a venir es el resultado de nuestra propia acción, aunque no lo creamos así o, mejor aún, aunque traten de convencernos de que no es así, de que el aparato del poder internacional tomará las riendas de nuestras actividades bajo el manto justificador del inevitable progreso científico-tecnológico.
Es preciso advertir que aún queda mucho espacio para que nosotros, como personas, digamos algo. Es este decir algo lo que está íntimamente ligado a la actividad política, que no es sino una reafirmación de nuestra posibilidad de torcer el destino de las cosas, de cambiarlo, de influir en él. Es por esto que considero tan trascendente esta posibilidad de recordar a un movimiento que ha tenido tan positiva influencia en el país. Este recuerdo es muy importante también por lo que implica como compromiso con el pasado y apuesta por el futuro. Es reunirnos para demostrar que podemos y que debemos influir para cambiar el curso de las cosas. Esta es una de las razones principales por las que me siento tan honrado por la invitación a compartir esta celebración.
Me han convocado para reflexionar junto a Ustedes acerca de la cuestión educativa en la Argentina. Desde hace tiempo intento llamar la atención del país sobre este tema porque creo que es uno de sus problemas centrales. Si no emprendemos, otra vez, un vigoroso esfuerzo para tratar de educar mejor a la mayor cantidad de gente posible, comprometeremos seriamente el futuro de la Argentina.
En estos momentos se está generando, además de la exclusión – no ya la pobreza, sino la exclusión, es decir, la imposibilidad de incorporarse a la sociedad – una exclusión cultural, que es sumamente grave y peligrosa para su destino. Quienes trabajan en contacto con jóvenes delincuentes en el Gran Buenos Aires a menudo señalan la dificultad que tienen para comunicarse con ellos. Esto se explica porque ya no enseñamos más a los jóvenes la manera de comunicarse, lo que denota nuestro desinterés por educar lo mejor posible a la mayor cantidad de gente posible, lo que compromete nuestra posibilidad de desarrollo futuro. Por esa razón, al igual que a fines del siglo XIX, debemos encarar un vigoroso esfuerzo para educar mejor – como acabo de sostener – a la mayor cantidad de gente posible.
Enseñar y aprender son actividades que implican un esfuerzo, una concepción que ha ido empalideciendo rápidamente en el repertorio de ideas que prevalecen en la Argentina. Aprender algo implica esforzarse. Cualquiera de nosotros sabe que, cuando quiso aprender algo, debió hacer un esfuerzo, comprometer en la tarea a toda su persona. Aunque se cuente con el interés, el entusiasmo y la ayuda de los maestros, para aprender algo hay que comprometerse personalmente. Es esta la idea que está desapareciendo de nuestra sociedad y, fundamentalmente, de nuestro sistema educativo. Hoy parecería ser que este se ha fijado como objetivo el de “entretener” a los jóvenes, haciéndoles más fácil, más liviano, más irresponsable, el tránsito por esa etapa de la vida. Como se suele decir, la educación busca “contenerlos”. Seguramente habrán advertido el predominio de esta concepción de contener a los jóvenes en la escuela, en detrimento del énfasis previo en la educación. Esto encierra un grave peligro: la escuela está dejando de ser un lugar de educación para transformarse en un sitio de entretenimiento entre las personas más favorecidas y de asistencia social entre aquellos más necesitados. Es cierto que, felizmente, la escuela ha sido el único brazo del Estado que llegó a todos lados porque se encuentra en la frontera de la sociedad y se aproxima a la intimidad de las casas. Es loable que la institución cumpla esa función de asistencia social, pero no se debe olvidar que la mejor función asistencial que presta la escuela es precisamente la de enseñar, es decir, lograr que niños y jóvenes adquieran las herramientas intelectuales que les permitan comprender el mundo para intentar cambiarlo. Deberíamos intentar reconquistar esta visión de la escuela como constructora de la persona.
En la actualidad se hace frecuente referencia a la formación para el trabajo. Parecería ser que el único tipo de educación que tiene sentido es aquel que apunta a que la gente logre hacer algo de inmediato. Es esta una visión muy limitada de la educación. La educación debería proponerse formar personas que, además, puedan trabajar, tener un empleo. No hay que olvidar que el objetivo central de la educación es dar a cada persona una visión de sus propias posibilidades. Esto es lo que debe dejar en cada ser humano: una idea de lo que es capaz de ser. Si bien es esta la misión más trascendente de la educación, en los últimos tiempos este concepto también ha caído en desgracia. Es necesario realizar un esfuerzo para reconquistar esa dimensión de la educación.
Detrás de esta crisis se esconden numerosos signos que se vinculan con algunas de las grandes tendencias que se insinúan en la sociedad actual. Una de ellas, ya mencionada, es el horror al esfuerzo, una idea claramente contemporánea. Hoy todo debe ser fácil, liviano.
A ella debemos agregar otra que, a mi juicio, se encuentra en el centro de esta cuestión: es la sensación de que vivimos en un presente permanente. El mundo parece comenzar con la incorporación de cada nueva generación. No proporcionamos a los jóvenes la dimensión histórica de su existencia, no les mostramos que están involucrados en un tránsito durante el que se heredan cosas y se dejan otras para quienes siguen. No les explicamos que, precisamente porque tenemos un pasado, la tarea que hacemos hoy tiene trascendencia porque impactará en el futuro. Tampoco les decimos que si hoy no valoramos lo que es pasado, en el futuro no se apreciará lo que hagamos hoy porque nadie lo considerará como pasado valioso. Esa percepción de la dimensión del tiempo tiene estrecha relación con la crisis que estamos atravesando.
Vivimos también en un mundo deslumbrado por los avances tecnológicos. Pero no debemos olvidar que, aunque dichos avances sean asombrosos, no constituyen la única dimensión de lo humano. Es preciso advertir que, por ejemplo, el ser humano, es capaz de desarrollar otras acciones además de hacer aparatos muy eficientes. Se sigue necesitando mayor capacidad intelectual para escribir un poema que para programar una videocasetera. Si bien no piensan así ni sus padres ni sus abuelos, el hecho de que los chicos estén familiarizados con un mundo tecnológico, no significa que tengan mayores habilidades intelectuales que las que tenían los chicos de épocas anteriores. No se debería perder de vista esta dimensión.
Dentro de la transmisión cultural – no otra cosa es la educación – existen aspectos vinculados con lo permanente. No necesariamente todo lo que se debe transmitir está en la frontera del conocimiento ya que hay cosas que pertenecen a lo permanente. Esta es la dimensión que se está perdiendo, la que está ligada a la trascendencia de lo humano, una perspectiva que estamos transmitiendo cada vez menos a nuestros chicos y jóvenes.
Detengámonos en este último término: “transmitiendo”. La educación está íntimamente relacionada con la transmisión: en última instancia se trata de pasar a otros una herencia que, a su vez, otros nos transmitieron. Los jóvenes tienen derecho a incorporar esa herencia cultural por la única razón de ser humanos.
En este aspecto estamos en falta porque cada vez enseñamos menos y tenemos menor confianza en la importancia que la transmisión de esa herencia tiene en la formación de los jóvenes. Deberíamos regresar a los principios básicos para lo que es preciso reconocer que los jóvenes no lo saben todo, como habitualmente pensamos y sostenemos. Posiblemente posean otro tipo de conocimiento, pero es mucho lo que ignoran y lo que nosotros estamos en condiciones de enseñarles.
A propósito de esta cuestión, recurro a menudo al relato de una anécdota. En Viena, Austria, vivía un profesor de violín muy apreciado como maestro por los violinistas de la época. En una ocasión, un joven instrumentista peregrina desde Alemania hasta Viena para ser escuchado por el profesor con la intención de ser admitido en su clase. Cuando el joven termina su ejecución, el profesor dice: “Disculpe pero no lo tomaré como alumno”. Los discípulos del profesor, que habían presenciado la prueba, se extrañan: “¡Pero cómo, si es uno de los mejores violinistas que hemos escuchado, un talento pocas veces visto!” Entonces el profesor responde dice: “Sí, pero para ser alumno le falta algo. Le falta inexperiencia.”
Asumir que los jóvenes ya poseen la experiencia anula toda posibilidad de educarlos. Si pensamos que ya lo saben todo, que no tenemos nada para enseñarles o si renegamos de nuestras diferencias generacionales – hoy todos queremos ser jóvenes y más que padres o maestros queremos transformarnos en los amigos canosos de nuestros hijos o alumnos – dejando de dar testimonio de que existe otra realidad, estaremos comprometiendo seriamente la posibilidad de que se desarrollen intelectualmente.
Por otro lado, hoy la juventud es considerada como una categoría cerrada en sí misma. Se habla de “los jóvenes”, cuando en realidad se trata de una etapa evolutiva dentro de un proceso que conduce a la formación de la persona. Los jóvenes no son un grupo en sí mismo, algo que está terminado, sino que constituyen una etapa de tránsito. Esta visión es esencial para la educación porque si carecemos de ella nos será muy difícil educar a alguien ya que siempre pensaremos que estamos frente a un grupo que tiene sus propias leyes cuya violación no se justifica.
Por el contrario, no solo se justifica sino que se debe entrar en ese mundo – muchas veces construido artificialmente como resultado de intereses comerciales – ya que algún día los jóvenes nos reclamarán por haberles ocultado las posibilidades de ser que da la educación. Por eso debemos encarar el esfuerzo de volver a enseñar, prestigiando la actividad de enseñar. Significativamente, en Francia se ha constituido un grupo de profesores bajo el título “Osar enseñar”, porque hoy hace falta valor para intentar enseñar algo.
En realidad, esta visión del mundo cuyos rasgos centrales hemos sobrevolado – velocidad, novedad, utilidad, liviandad – ha sido acompañada por el desarrollo de una pedagogía que tiende a no enseñar prácticamente nada, lo que resulta sumamente preocupante. Las consignas en el campo educativo no hacen más que repetir lo que siempre se hizo, como la idea de “aprender a aprender”, propósito de la educación que no resulta en absoluto novedoso.
A este respecto resulta ilustrativo un breve escrito que define muy bien lo que está pasando. Se titula Jesús y la educación y dice así:
“En aquel tiempo Jesús llegó a la montaña, se sentó sobre una piedra y dejó que sus discípulos y seguidores se acercaran. Dijo: 'En verdad os digo bienaventurados los que tengan hambre de sed y justicia porque serán saciados; bienaventurados los misericordiosos porque tendrán misericordia; bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielos'. Fue entonces que Pedro lo interrumpió para decirle: '¿Tenemos que aprender eso de memoria?' Y Andrés dijo: '¿Tenemos que escribirlo?' Y Santiago dijo: '¿Nos vas a evaluar por esto?' Y Marcos dijo: 'Hoy no traje papiro.' Y Tomás dijo: '¿Tenemos que hacer una monografía?' Y Juan dijo: '¿Y esto para qué sirve?'
Entonces, uno de los tantos fariseos presentes pidió ver la planificación de Jesús y ante el asombro del Maestro le inquirió en estos términos: '¿Cuál es el nombre del proyecto áulico? ¿Cuáles son las expectativas de logro? ¿Tiene el abordaje del área en forma globalizada? ¿Ha seleccionado y jerarquizado los contenidos? ¿Cuáles son las estrategias? ¿Responde a las necesidades del grupo para asegurar la significatividad del proceso educativo? ¿Ha proporcionado espacios de encuentro a fin de coordinar acciones transversales? ¿Cuáles son los contenidos conceptuales? ¿Cuáles los procedimentales? ¿Cuáles los actitudinales?'
Entonces, a Jesús se le llenaron los ojos de lágrimas, los elevó al Cielo y allí fue cuando en verdad dijo: 'Padre, ¿por qué me has abandonado?'”.
Este párrafo enfatiza el punto que me proponía señalar: la idea de la tecnificación exagerada y, en mi opinión, vacua, de no pocos aspectos de la docencia actual. Hoy se presta una gran atención a la técnica docente y muchos de nuestros docentes son expertos en metodología aunque a veces ignoran lo que enseñan. Es muy difícil transmitir algún conocimiento significativo cuando se carece de ese conocimiento. Es preciso poner un nuevo énfasis en la tarea del docente, humilde pero que sigue siendo siempre igualmente trascendente.
Hoy lo que hace el docente interesa poco. En general los docentes son vistos como los cuidadores de la gran guardería en la que se está convirtiendo la escuela, pero valoramos poco la actividad intelectual así como el capital cultural que los docentes llevan al aula. Esto claramente se está manifestando en los pobres resultados que obtenemos de nuestro esfuerzo educativo. Esto se manifiesta en todos los niveles: no solamente en las escuelas de los lugares más desfavorecidos – a las que obviamente afecta dramáticamente – sino que también se advierte en los establecimientos escolares a los que tienen acceso muchos chicos y jóvenes de grupos medianamente acomodados e instruidos.
Resulta esencial desarrollar un nuevo interés por el logro académico y para ello debemos volver a instalar su importancia en la discusión pública. La Argentina no privilegia el logro académico. La tendencia que se observa en general entre los padres luego de un año en el que no hubo clases – obviamente en estos temas es muy difícil hacer afirmaciones globales – no es reclamar la recuperación del conocimiento perdido sino conseguir que por un decreto los chicos aprueben el curso. Es esta una clara demostración de lo que intento decir con palabras más elaboradas: en realidad la educación importa poco. Debemos reconocer que, más allá de lo que decimos en los discursos o en nuestras intervenciones públicas, en los hechos concretos no es un tema que preocupe, ni individual ni socialmente.
A este respecto resultan ilustrativas algunas comparaciones presupuestarias, por ejemplo, en el área de las universidades. Una sola universidad del Brasil, la de San Pablo, cuenta con un presupuesto que equivale al 75 por ciento del presupuesto total de las treinta y ocho universidades argentinas. No es preciso ir más lejos para poner en evidencia la dimensión de la importancia que las respectivas sociedades adjudican a la educación. Más allá de los discursos, hay que mirar esos indicadores que señalan claramente lo que está sucediendo.
Volviendo a las cifras presupuestarias, nuestra universidad, que cuenta con alrededor de 290 mil estudiantes activos, según el censo que acabamos de realizar y más de 60 mil estudiantes que se han inscripto para iniciar sus estudios, cuenta con un presupuesto anual de 125 millones de dólares. La Universidad de San Pablo tiene un presupuesto anual de 600 millones de dólares, con una cantidad de estudiantes cuatro veces menor. Por su parte, la Universidad Nacional Autónoma de México, recibe 1.500 millones de dólares y es equivalente en tamaño a la nuestra. Aquí se revela la progresión de nuestro retraso: 120, 600 y 1.500, un ejemplo de nuestro desinterés. Es cierto que el dinero se podría gastar mejor, pero para gastarlo hay que tenerlo. Cuando alcanzamos niveles en los que las instituciones educativas se mantienen con el subsidio que hacen los docentes, en realidad más que instituciones educativas son redes solidarias. Es muy difícil que un esfuerzo educativo serio se base solamente en la solidaridad.
Es la educación una cuestión sumamente compleja en la que influyen numerosos factores de muy diversa índole. Pero es posible concluir que debemos hacer un esfuerzo por volver a fortalecer el interés social en la educación, sobre todo, volver a creer y a generar en la gente la convicción de que la importancia de la educación reside en el hecho de que tiene que ver con el desarrollo intelectual de las personas y no se limita a preparar para el trabajo. Con un intelecto desarrollado, lógicamente resultará más fácil trabajar.
El punto central reside en que hemos perdido nuestra fe en esas ideas básicas lo que nos ha llevado a la situación en la que nos encontramos. Contemplemos, por ejemplo, los edificios que nuestros pioneros construían para dedicar a la educación. Hoy ni siquiera podemos mantener esos edificios y, lo que es peor, ni nos interesa mantenerlos. Este es el reflejo de la decadencia que, a diferencia de otros países, vive la Argentina.
Venimos de un pasado en el que, alguna vez, hemos contado con una dirigencia preocupada por estas cuestiones. Deberíamos hacer hoy un esfuerzo para volver a generar esa preocupación. Lo que hagamos hoy en el terreno educativo determinará lo que mañana será el país. Si no hacemos ese esfuerzo, dentro de veinte o treinta años – algunos opinan que tal vez antes – resultará difícil vivir en esta sociedad ya que no nos bastarán los perros, los policías, los custodios, los muros.
Debemos hacer un esfuerzo para resolver ahora este problema. Lo ilustra una frase de Sarmiento, quien en 1848, dirigiéndose a la sociedad de su época, decía: "Si no los queréis educar por caridad, al menos hacedlo por miedo”. Se trata de una frase con profundas resonancias en el siglo XXI. Lamentablemente hoy, como clase dirigente que somos, también deberíamos preocuparnos, si no por caridad, al menos por miedo, para dejar un país en el que se pueda vivir. Este es nuestro nuevo desafío. Se trata de una propuesta sencilla de encarar, ya que deberíamos volver a centrar la educación en los aspectos básicos, elementales, esos que hoy se ignoran.
El problema más grave hoy no es el problema del desconocimiento de la física cuántica por parte de nuestros estudiantes. El problema de hoy es la comprensión de lo que se lee. Ustedes saben que casi la mitad de los jóvenes que concluyen la escuela media enfrentan graves dificultades para comprender lo que leen porque ya nadie les enseña a hacerlo, se trata de algo que ha caído en un total desprestigio. Hoy se enseñan muchas otras cosas, pero los elementos básicos para acceder al conocimiento cada vez son menos cultivados. Antes se sentaba a los chicos y se les enseñaba su lengua, pero esta hoy ya no se enseña más, se actúa. Esa es la razón por la cual tenemos la lengua pública que caracteriza a esta época cuando ha desaparecido la distinción entre lengua pública y lengua privada. Hoy se enseñorea la grosería no ya por el afán de provocar sino porque se desconoce la lengua porque no se la enseña más. Quienes actúan en escuelas bilingües coinciden en señalar que los chicos manejan mejor la estructura de la segunda lengua que la de la propia, porque aquella la estudian, mientras que la de la propia no se estudia más.
Hay que volver a confiar en que la matemática no sólo sirve para hacer operaciones sino que desarrolla mecanismos intelectuales que tienen que ver con la abstracción, con la capacidad de razonamiento. Por eso hay que insistir en estos temas, hoy un tanto olvidados.
Insensiblemente nos van convenciendo que el conocimiento no sirve para nada. A pesar de que declaramos y declamamos permanentemente que vivimos en la sociedad del saber y del conocimiento, cada vez hacemos menos esfuerzo para que nuestros chicos participen de ese saber y de ese conocimiento. Pero para participar hay que saber algo, y ese saber algo implica hacer el esfuerzo de aprenderlo. Hoy, deslumbrados por las máquinas, decimos: "¿Para qué, si está todo en la computadora? Si uno necesita algo va y lo busca." Es cierto, antes el conocimiento estaba en los libros y a nadie se le ocurría decir que no había que adquirirlo porque estaba en esos libros. Los chicos merecen que hagamos el esfuerzo de volver a imponer la idea de que es preciso atesorar un capital cultural.
Al concluir las reflexiones sobre el estado de la educación, habitualmente señalo que cuando los ecologistas se refieren al estado en que está el mundo, muestran las imágenes de la lluvia ácida, de los ríos contaminados, de los bosques destruidos, y para impactar a la audiencia la interrogan: "¿Qué mundo dejaremos a nuestros hijos?" Al referirse a la educación, esa pregunta se puede reformular diciendo: “De continuar así, ¿a qué niños dejaremos este mundo?”.

JUAN J. LLACH
“ESTRATEGIAS DE CRECIMIENTO EN NUESTRO PAÍS”

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Es para mí un honor que me hayan invitado a participar en este nonagésimo aniversario del Partido Demócrata Progresista. Realmente me siento muy honrado y es un gusto estar con ustedes compartiendo esta sucesión de exposiciones.
El lugar que me ha tocado no es tan cómodo, porque después de la exposición de mi colega Guillermo Jaim Etcheverry va a ser muy difícil emularlo, sobre todo siendo un tema tan apasionante el que él ha tratado. El asunto al que me voy a referir yo es un poco más aburrido: el crecimiento y desarrollo económico en la Argentina, que evidentemente no representa una historia de éxito.
Lamentablemente, si uno mira el siglo XX, la Argentina es el país que peor desempeño económico ha tenido. Es muy difícil encontrar otro país comparable al que le haya ido tan mal en materia económica a lo largo del siglo XX.
Lo que voy a hacer en primer término es recorrer muy rápidamente dos grandes momentos. Podemos partir el siglo XX en dos mitades poco menos que iguales, con las dos grandes estrategias de desarrollo que tuvo la Argentina a lo largo de ese siglo. Y voy a terminar compartiendo con ustedes la pregunta sobre cuál es la tercera opción posible para el desarrollo en la Argentina y si dicha opción es la que estamos viviendo en este momento. Vamos a razonar un poco sobre el presente y, lo que es más difícil, a tratar de avizorar un poco el futuro.
La primera estrategia de desarrollo que tuvo la Argentina es muy conocida. Simbólicamente su fecha de inicio se ubica en 1880 por supuesto, no comenzó un día determinado y yo diría que se extiende hasta la Segunda Guerra Mundial.
¿Cuáles fueron las características centrales de esa estrategia? La primera fue la integración al mundo. Esto es lo más notorio y distintivo, ya que la Argentina se integra al mundo y a la globalización de entonces, porque no es como algunos creen que ella comenzó a partir de 1990. La globalización ha sido el estado normal de la humanidad, pero como hubo una gran excepción en el período de entreguerras y más adelante, cuando los grandes bloques se encerraron, se habla de la globalización como algo nuevo, pero en realidad es algo muy viejo.
Lo más distintivo de esta etapa fue entonces la integración de la economía argentina al mundo, produciendo lo que podía producir más o menos eficientemente, que eran principalmente bienes agropecuarios con algún grado de industrialización.
Una segunda característica fue que a lo largo de ese período no desde el comienzo la Argentina supo construir instituciones políticas republicanas y gradualmente democráticas.
La tercera característica es que las instituciones fiscales se manejaron razonablemente. No fue un período en el que nuestro país incurrió en déficit excesivos o en un endeudamiento fenomenal. El primer default de la Argentina moderna tuvo lugar en 1890, ¡y vaya crisis que hubo! Entonces, como puede observarse, también en este aspecto encontramos excepciones. A partir de ese momento, de la crisis del 90, la Argentina tiene instituciones fiscales más o menos responsables.
Incluso podríamos decir que este camino de desarrollo tuvo una virtud, y es que cuando se produce la crisis mundial del 30 supo dirigirse hacia un modelo donde había más lugar para la industria manufacturera. En realidad ese modelo ya había empezado a funcionar en la década del 20 porque en la presidencia de Alvear, con el establecimiento del arancel Herrera Vegas se produce una señal de industrialización. Algunos sostienen que Alvear fue el primer desarrollista, y algo de verdad hay en esa afirmación. Durante la década del 30 este proceso se acentúa. Como dije antes, el modelo tenía aptitud para adecuarse a los tiempos que corrían.
¿Cuál fue la gran falencia de esta etapa? Mi opinión personal es que radicó en el quiebre de las instituciones políticas. No estuvo en los factores económicos sino en el quiebre de las instituciones políticas.
Claro que podemos polemizar eternamente respecto de esta cuestión. Hay quienes piensan que todos los males de la Argentina empezaron con el peronismo pero, aunque esto fuera cierto, también deberíamos preguntarnos cuáles fueron las razones por las que surgió el peronismo. A mi juicio, reitero, el año 1930 es significativo para la Argentina no tanto o no sólo por la crisis mundial que fue importantísima y empezó en 1929 sino por el quiebre de la institucionalidad política. Es un hecho que marcó a fuego el resto de la historia de nuestro país de prácticamente todo el siglo XX. Pienso que aquel modelo, aquella estrategia de desarrollo, falló no por razones económicas o sociales sino por cuestiones políticas.
Aquí es donde aparece la segunda estrategia: la industrialización sustitutiva de importaciones para el mercado interno. Fíjense ustedes que en el medio de ambas estrategias hay algo muy interesante, que es lo que ocurre mientras se desarrolla la Segunda Guerra Mundial. Había una gran discusión acerca de qué haría la Argentina después de la guerra; casi cinco años estuvo el país debatiendo qué haría cuando llegara ese momento. Esta discusión se origina centralmente en el puntapié inicial que da Federico Pinedo en 1940 cuando presenta ante el Senado de la Nación su plan de reactivación económica. Creía que el país había cometido un error al mirar solamente al sector agropecuario y que había que darle un papel a la industria manufacturera orientándola hacia la exportación. Además, su opinión era que había que formar una especie de Mercosur; claro que no habló de Mercosur, pero sí de lograr la integración con Chile y Brasil. Es decir que el proyecto del “Mercosur” ya estaba en aquel momento, a lo que se sumaba la idea de un plan de obras públicas de tipo keynesiano tendiente a reactivar una economía que había sido golpeada por todos los problemas suscitados por el transporte de cosechas.
¿Por qué es interesante el plan Pinedo y por qué me da una parte de la razón cuando digo que la clave del fracaso de esta estrategia está en el plano político y no en el económico? El plan Pinedo tampoco fracasó por motivos económicos; fracasó por razones políticas. Una vez aprobado por el Senado, donde el oficialismo tenía la mayoría, Pinedo advirtió que en la Cámara de Diputados no ocurriría lo mismo. Entonces decide tomar un avión hacia Mar del Plata –miren qué moderno para aquella época para encontrarse con Alvear y tratar de negociar políticamente. Esto trae como consecuencia una gran reacción dentro del conservadorismo, sobre todo de la provincia de Buenos Aires, y al poco tiempo renuncia Pinedo y también Cantilo, el ministro de Relaciones Exteriores. Este giro del gobierno, ahora encabezado por Castillo, tiene un doble significado. Por un lado, se empuja a la Argentina hacia la neutralidad –con una simpatía no tan neutral y, por el otro, se la encamina hacia una economía cerrada.
Durante cinco años se siguió discutiendo sobre el tema. Cuando surge el peronismo, el propio Perón tenía dudas. En sus primeros escritos manifiesta que no se podían mantener todas las industrias artificiales que se habían creado durante la guerra y que era preciso elegir a aquellas que eran eficientes para poder exportar. Sin embargo después, con su política hacia los sindicatos, los aumentos salariales, etcétera, decide cerrar la economía, lo que evidentemente le dio un muy mal resultado a la Argentina.
Esta segunda etapa del desarrollo económico argentino, con esta nueva orientación, se caracterizó por el establecimiento de un modelo de economía cerrada que gradualmente dejó de respetar a las instituciones fiscales, e instituciones políticas que eran vulneradas y continuarían siéndolo durante mucho tiempo. Dos ingredientes que habían sido la clave del éxito del modelo anterior –la integración al mundo y el respeto por las instituciones fiscales en esta segunda etapa son cambiados por una economía cerrada e instituciones fiscales crecientemente irresponsables, lo que trajo como consecuencia el resultado que ya conocemos.
Algunos se preguntarán por qué en otros países esa misma orientación de política económica tuvo éxito. Esto es una verdad a medias, porque ante todo es preciso aclarar dónde es que resultó exitosa la estrategia de economía cerrada. Tuvo éxito en algunos países de Asia poco tiempo después de que se la estableciera en la Argentina y también en Brasil, aunque en forma parcial porque luego terminó mal. Estos países tenían algo que nuestro país no poseía, esto es, una enorme abundancia de trabajo muy barato sobre el cual basar el modelo de industrialización cerrada.
Esta estrategia de desarrollo también tuvo su momento de éxito en la década del 60. No soy amigo de las imágenes en blanco y negro, donde todo es bueno o todo es malo, porque creo que la realidad presenta matices. Por eso digo que este modelo tuvo buenas épocas durante la década del 60. Pero a la larga terminó bastante mal, en primer lugar por la existencia de una inflación creciente. Nos fuimos acostumbrando a la denominada “inflación latina” -30 por ciento anual- hasta el año 1975. Luego, a partir de ese momento y durante quince años, experimentamos la llamada “megainflación” una inflación superior al 100 por ciento anual y por último conocimos la hiperinflación.
Hay un debate interesante acerca de cuál es la fecha en la que hace crisis esta estrategia o modelo de desarrollo. Hoy está de moda decir que la fecha fatídica es 1976; comparto que fue fatídica desde el punto de vista político, pero el sentido que se le da es económico. Se sostiene que desde 1976 hasta hace dos años se adoptó un modelo que llevó al desastre, pero lo cierto es –como dije antes que la realidad tiene sus matices. Por ejemplo, no podemos olvidar que en 1975 había un gobierno justicialista electo democráticamente y que fue en ese año cuando se inicia la megainflación en la Argentina. El modelo de economía cerrada, de instituciones fiscales irresponsables e instituciones políticas periódicamente vulneradas –todo lo cual indica que no logró ser acompañado por una institucionalidad política, republicana y democrática evidentemente terminó muy mal.
Luego vinieron, y aquí entramos en el tercer capítulo de esta historia tan triste, los intentos por ver cómo se podía hacer para cambiar esa orientación y diseñar una nueva estrategia de crecimiento. Primero se produjo lo intentado durante el proceso militar y luego lo que se inició con la presidencia de Menem, especialmente a partir de 1991. Nuevamente aquí hay una gran polémica acerca de por qué estos dos intentos, tanto uno como otro, terminaron mal. No podemos ignorar que el final de estos intentos correctivos de los defectos que tenía el modelo de economía cerrada también terminaron mal. Hay un síntoma común en los dos casos que entonces se registra como lo principal: la cuestión cambiaria, el problema del tipo de cambio y del atraso cambiario, ya sea durante la tablita en tiempos de Videla y Martínez de Hoz o la convertibilidad en los tiempos de Menem y Cavallo. Entonces, el que mira ese síntoma y se queda con eso dice: “Bueno, la causa por la que terminaron mal estos intentos de abrir la economía fue que al mismo tiempo se siguió una política de atraso cambiario”.
Evidentemente eso tiene su parte de verdad, no podemos ignorarlo, pero siempre el conocimiento nos lleva a tratar de ver qué había detrás del atraso cambiario, por qué se generaron estas situaciones de atraso cambiario. Y allí lo que uno va a encontrar en los últimos treinta años de la historia argentina, incluyendo estas dos experiencias que tuvieron un final tan malo, es que en realidad la Argentina intentó todos los regímenes cambiarios imaginables: la tablita en la época de Martínez de Hoz, la convertibilidad en tiempos de Menem, el cambio fijo, el cambio flotante, el Plan Austral. La Argentina probó en estos treinta años todos los regímenes cambiarios que se han inventado en el mundo, incluso el actual, que es una flotación que en realidad no lo es tanto porque está obviamente bastante manejada por el Banco Central. ¿Recuerdan una propaganda de cuando éramos jóvenes en la que Vittorio Gassman decía “Yo he probado todos los métodos” y recomendaba unas hojas de afeitar? Bueno, la Argentina probó todos los métodos cambiarios y sin embargo todos esos intentos terminaron mal. ¿Cuál es, entonces, el factor común a ellos? No puede ser el régimen cambiario. Lo que uno encuentra es claramente el desmanejo de las finanzas públicas. O sea que todos estos intentos que se suceden desde 1973 hasta la fecha de políticas cambiarias terminan mal porque hay un exceso de gasto público en proporción a la recaudación. Cuando se pudo emitir deuda, como en la época de Videla o en la de Menem, se emitió deuda; cuando no se pudo emitir deuda, se emitió dinero y el resultado fue la megainflación primero y la hiperinflación después. Entonces, creo que de cara al futuro es muy importante entender que si bien es evidente que en estas experiencias correctivas hubo un problema de atraso del tipo de cambio, lo que explica la naturaleza explosiva de los finales de estas experiencias es el desmanejo de las finanzas públicas. Y el problema no es sólo el desequilibrio fiscal, sino también el aumento del gasto público per se, que por su naturaleza genera atraso cambiario cuando es excesivo.
Nosotros vemos que a lo largo de las dos principales estrategias que tuvimos en el siglo XX, lo mismo que en los intentos correctivos que tuvimos en el último cuarto de siglo, aparecen tres protagonistas en los tres casos. Ellos son: la apertura de la economía o integración al mundo, o el cierre de la economía; las instituciones fiscales, o sea, el manejo de las finanzas públicas; y las instituciones políticas. Cabría preguntarse entonces: ¿si estas tres cosas funcionaran bien, todo lo demás se dará por añadidura? ¿Todo lo demás estará garantizado? ¿Son suficientes estas tres condiciones para garantizar un proceso de desarrollo económico con creación de empleo, reducción de las desigualdades sociales, etcétera? Creo que estas son preguntas bastante importantes. Entonces, ahora, en la parte final de mi exposición, voy a tratar de plantear una reflexión, primero, muy breve, acerca de si estas tres cosas son suficientes y alcanzan, y segundo, respecto de cómo estamos parados hoy frente a estos tres requisitos.
Pero antes de eso voy a mencionar otro factor que también es un personaje de esta historia y que no debemos olvidar: las circunstancias externas de la Argentina. Para entender esta muy mala performance económica, social y política de la Argentina en el siglo XX hay que traer a colación este factor externo, que es lo que ocurre después de la Segunda Guerra Mundial con el proteccionismo agroalimentario y los subsidios. Claramente, desde la Segunda Guerra Mundial en adelante la Argentina está discriminada de los mercados internacionales en aquellas producciones en las cuales era más eficiente. Yo no sé qué habría pasado si los mercados del mundo desde la Segunda Guerra Mundial hubieran estado tan abiertos a nuestra producción como lo estaban antes del conflicto bélico. Los argentinos somos tan ingeniosos para crearnos problemas que probablemente igual nos hubiera ido mal, pero no podemos de dejar de registrar este hecho. La Argentina ha tenido una limitación externa muy importante para su crecimiento a partir de la Segunda Guerra Mundial al no haber podido producir y exportar todo lo que hubiera podido en razón de circunstancias internacionales. Por ejemplo, con la misma eficiencia o ineficiencia que hoy tenemos en un contexto de libre comercio mundial, la Argentina hoy en vez de exportar 33 mil millones de dólares podría estar exportando 45 mil o 50 mil millones de dólares. Entonces, los problemas de la Argentina serían de otra naturaleza. Este es un factor que no debe ser olvidado.
En esto hay bandos, como en todo. Están los que miran solamente la responsabilidad interna y los que tratamos de mirar, aparte de las responsabilidades internas de la Argentina, este factor externo. Si no, es muy difícil que a la Argentina le haya ido tan mal.
Dicho esto, volvemos a la pregunta de si estos tres requisitos la integración al mundo, una política fiscal responsable y las instituciones políticas son suficientes. Mi impresión es que no son suficientes, por lo menos por dos razones. Una es lo que podríamos llamar la cuestión social, la cuestión de empleo, la cuestión industrial. Como mínimo, un proceso de integración al mundo conlleva la necesidad de una adaptación para que el país no solamente pueda especializarse en la producción de bienes primarios sino también en la de productos con mayor valor agregado. Entonces, además de estos tres factores que son esenciales, hay algunas otras cosas que el país debe hacer para lograr finalmente encontrar un tercer camino que la vuelva a llevar a una etapa de crecimiento de la economía.
¿Cómo estamos hoy según mi punto de vista que evidentemente puede ser polémico respecto de estos tres requisitos que considero básicos? En primer lugar, desde el punto de vista de las instituciones políticas aunque no es mi especialidad, me atrevo a hacer por lo menos algún comentario creo que los últimos episodios de 2001 y 2002 estuvieron al borde, pero al borde externo, de lo que debe entenderse por un proceso de estricta legalidad constitucional, republicana y democrática. Es decir que sin haber llegado, afortunadamente, a una situación de golpe militar como fue en el pasado, hubo realmente un daño serio a las instituciones.
Y mi punto de vista también es que si bien el hecho de que la Argentina logró mantenerse de manera bastante imperfecta dentro de la legalidad constitucional es un activo, lo que el país todavía tiene que hacer en esta materia es muy importante. Caben aquí cuestiones tan esenciales como la insuficiente seguridad jurídica.
En segundo lugar, con respecto a las instituciones fiscales y la política fiscal en general mi opinión es que hay un hecho indudablemente positivo. Ningún gobierno de una orientación como la que tiene el actual en Argentina en el pasado tuvo un comportamiento fiscal comparativamente tan responsable como éste. Creo que este es un activo que debemos reconocer que existe y en tanto se mantenga es una de las condiciones para que la Argentina pueda salir adelante. Por supuesto que esto es posible en gran medida por el default de la deuda pública y se basa además en impuestos que no son buenos.
El ministro de Economía recientemente dijo en el coloquio de IDEA que no sabía lo que eran los impuestos distorsivos. En realidad es bastante claro lo que son los impuestos distorsivos: son los que repercuten directamente sobre el precio o los costos de la producción y por lo tanto conducen a una mala asignación de los recursos. La Argentina tiene en este momento una recaudación del orden de los 20 mil millones de pesos, o sea, casi un 5 por ciento del producto, en malos impuestos. Vale decir que estamos en una situación fiscal mucho mejor que en otras épocas donde hubo gobiernos con una orientación parecida, pero todavía no podemos considerarla consolidada.
En cuanto al tercer punto, que es el de la economía abierta, reitero que ningún gobierno de una orientación como la actual en el pasado la ha mantenido. Creo que debemos registrar estas dos características, la de un mejor desempeño fiscal y la de haber mantenido la economía abierta. De alguna manera son un ingrediente que nos debe dar algún optimismo respecto de la oportunidad que tiene la Argentina.
Efectivamente creo que la oportunidad que tiene por delante nuestro país para salir adelante en materia económica es realmente importante, significativa, pero es evidente –y aquí vendrá el rol de la oposición- que queda todavía una agenda muy densa de cuestiones pendientes para que esta oportunidad efectivamente se concrete.
Para finalizar, quiero mencionar algunos puntos que a mi juicio deben conformar esta agenda. En primer lugar es evidente que quizás la principal limitante de crecimiento que tiene Argentina es la escasez de capital. Uno por ejemplo lee la estructura de las exportaciones argentinas y observa que hay gran concentración en el complejo oleaginoso, energético, turismo a lo mejor todo eso representa el 40 por ciento de las exportaciones , pero si uno después ve todos los otros capítulos se encontrará con una increíble diversificación de productos que van desde productos químicos bastante sofisticados hasta bienes de capital. Ahora, cuando uno ve las cantidades y lee en el diario que se exportó equipamiento odontológico a la Unión Europea por 500 mil dólares, 1 millón de dólares o 200 mil dólares, observa también que en la Argentina hay una gran cantidad de pequeñas y medianas empresas que no tienen escala para competir en los mercados internacionales. Este para mí es uno de los ejemplos más elocuentes -además del hecho de que los argentinos tienen en el exterior 100 mil millones de dólares- de que la escasez de capital es una traba fundamental del crecimiento. Y aquí creo que la agenda por delante es muy grande; no me parece que se esté haciendo lo suficiente como para crear condiciones atractivas para que esta restricción se levante.
La segunda cuestión se refiere al capital humano, pero no me detendré en este punto porque acaban de escuchar la elocuente exposición de Jaim Etcheverry. Tengo una opinión matizada sobre esto. La Argentina todavía, a pesar de todo, increíblemente conserva algún grado de ventaja, por ejemplo, respecto de Latinoamérica, en materia de educación. Por ejemplo, un chico que a los cinco años se incorpora hoy en el preescolar tiene una esperanza de escolaridad de diecisiete años, es decir que en promedio va a estar hasta los veintidós años en el sistema educativo; es un promedio igual al de los países desarrollados de la OCDE. Pero cuando uno analiza qué y cuánto aprende debemos remitirnos a la brillante exposición de mi colega Jaim Etcheverry. Tenemos pues este segundo punto de la agenda que consiste en tratar de preservar esto poco que nos queda de algo que en el pasado la Argentina sí tuvo como una ventaja competitiva: el capital humano.
El tercer punto lo he mencionado muy al pasar pero me gustaría insistir un poco más sobre el tema. Me refiero a los impuestos distorsivos. La estructura impositiva que hoy tiene la Argentina no es de ninguna manera una estructura amigable para el crecimiento económico sostenido. La Argentina debe tener un programa serio, sostenido en el tiempo y efectivamente realizado para cambiar estos impuestos por gravámenes como los que se cobran en otros países.
También tenemos el punto relacionado con los servicios públicos. La Argentina había pasado de ser un país sin servicios públicos a ser un país con servicios públicos, aunque con muchas deficiencias, con privatizaciones mal realizadas y otras bien hechas, con problemas de falta de competencia, pero en todo caso, con servicios públicos. Y yo creo que esto está entrando nuevamente, en forma gradual, en situación de riesgo. O sea que es un punto de la agenda muy importante.
El quinto punto es el de la inserción externa de la Argentina. Todavía nuestro país no ha resuelto el problema que se le plantea desde la Segunda Guerra Mundial acerca de cuál es su socio en el mundo. Pareció que era el Mercosur, pero ahora de golpe se desinfla y aparece la Comunidad Sudamericana, que es un proyecto alternativo al Mercosur. También aparece la oportunidad de Asia, pero el modo en el que se procesa esta gran oportunidad de relacionarnos con China en realidad deja bastante que desear. La Argentina le reconoce a China el carácter de economía de mercado sin ninguna ventaja tangible a cambio y como prueba de que el Mercosur está muy debilitado ni siquiera se conversó con Brasil para hacerlo conjuntamente, a pesar de que los dos países tomaron la misma decisión.
Es decir que en materia de elegir cuál va a ser nuestro modo de inserción externa, todavía los puntos pendientes de la agenda son muchos y lo mismo sucede en lo que respecta a la promoción comercial externa. Yo soy de los que creen que seguramente el gran socio comercial estratégico de la Argentina para los próximos treinta años salvo que hagamos las cosas muy mal van a ser los países asiáticos: Asia oriental hasta la India. Y aunque es muy lindo hablar de Asia creo esto es algo a conquistar y que no viene llovido del cielo como el maná. Debe existir toda una fuerza de tareas, pública y privada, operando en la región; por ejemplo, los mejores chicos del servicio exterior que hacen el curso de formación deberían estar estudiando los idiomas asiáticos. Es una larga agenda de temas que tampoco veo que se esté realizando cabalmente.
El último punto, y ahora sí termino, es bastante polémico; no todos mis colegas economistas están de acuerdo. Cuando uno ve los países que han tenido éxito a lo largo de toda la historia contemporánea en materia económica observa que han llevado a cabo una estrategia de desarrollo formulada de una manera más o menos explícita. Esto no quiere decir que el gobierno va a ser el que tenga que decidir si producimos, como se dijo alguna vez, acero o caramelos, con la curiosa paradoja de que finalmente dos de las principales empresas exportadoras industriales de la Argentina terminaron siendo, una, productora de acero, y la otra, de caramelos. Es una especie de ironía de la historia, extraordinaria y finísima. No es el gobierno en absoluto el que tiene que definir esto, pero sí es a mi juicio un organismo público privado el que tiene que empujar toda esta agenda. Irlanda, por ejemplo, tiene un consejo de competitividad público privado en el que se han fijado metas. ¿Cuál es su bench marking, o sea, el país al cual ellos quieren parecerse en materia de educación, producción, turismo o servicios? Año a año van monitoreando en qué medida se han alejado o acercado a esos objetivos. Mientras tanto, la Argentina decidió borrarse de algunas de las pruebas internacionales de calidad educativa, no por la actual gestión sino por la anterior durante la presidencia de Duhalde; o sea, hizo todo lo contrario a lo indicado.
¿Por qué creo que tiene que haber una organización de tipo público-privado que se ocupe de esto? Porque si es sólo pública sería sinónimo de burocracia y no serviría, y si es sólo privada tampoco porque habría demasiado lobbying. Debe ser pública y privada porque de lo contrario no se ocuparía correctamente de la cuestión.
La realidad de los gobiernos es que los temas de largo plazo siempre se dejan para la semana que viene y esa semana no llega nunca. Esto ocurre porque los gobiernos están siempre totalmente tapados por la coyuntura y por la agenda que cada semana les fijan los medios.
Ahora bien. ¿Por qué no se crea ese organismo? Porque la instauración de un organismo de ese tipo implica ceder poder. Si se convoca a la sociedad para un emprendimiento de esta naturaleza pero después se le contesta “no” a todo lo que propone, evidentemente a los tres meses ese organismo desaparece. Creo que es un tema muy importante para que sea asumido por la oposición. Es una paradoja que el actual gobierno, cuya orientación es de políticas activas respecto del papel del Estado, no le haya dado un lugar a un organismo público privado que monitoree la marcha del país en cuanto a las estrategias adoptadas y proponga medidas.
Como se ha vencido el plazo de que disponía para hacer uso de la palabra pido disculpas por ello , finalizaré mi exposición con un mensaje de moderado optimismo. Creo que a la Argentina se le ha abierto una gran oportunidad por distintos factores y que la agenda pendiente es muy importante. Advierto que en estos momentos, cuando a veces parecen prevalecer orientaciones un poco hegemónicas, es crucial el papel de la oposición en el sostenimiento permanente de una agenda de esta naturaleza. De lo contrario, corremos el riesgo de perder una nueva oportunidad. (Aplausos.)


FELIPE De La BALZE
“ LA ARGENTINA EN EL CONTEXTO UNIVERSAL”

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En primer lugar quiero agradecer al Partido Demócrata Progresista por esta invitación. En un país donde las instituciones han declinado, prácticamente se esfumaron o directamente desaparecieron, la perdurabilidad, la fuerza, la resistencia y el hecho de que sus miembros se encuentren en este ámbito al cumplirse noventa años de la fundación del partido indican que hay un sentido, una concepción y una fe en él que realmente genera en mí esperanzas respecto del futuro argentino.
Se me pidió que hable del contexto internacional. Hablar de ese tema en veinte minutos es como hacer un análisis astrológico de cada una de las ciento cincuenta personas que participan en este acto en diez minutos. Por eso concentraré la atención en dos cuestiones que me parecen importantes: la situación en Medio Oriente y el escenario de la economía internacional. Luego haré un comentario sobre la política exterior argentina e intentaré elaborar una conclusión.
Lo más importante que está ocurriendo en el mundo tiene lugar en Medio Oriente. Todos somos conscientes de que los Estados Unidos fueron a Irak hace un año y medio con tres propósitos: encontrar y destruir las armas de destrucción masiva, sacarlo a Saddam Hussein –obviamente un carnicero, un gobernante espantoso desde todo punto de vista e iniciar un proceso de democratización del Medio Oriente.
Las cosas no salieron como estaban previstas particularmente en lo que respecta al último punto, porque no podemos decir que los gobiernos de Medio Oriente son hoy más democráticos que hace dieciocho meses. Si vamos a Arabia Saudita, Egipto, Líbano, Túnez o Marruecos nos encontraremos con que sus gobernantes, que en ningún caso eran democráticos, tienen una posición más dura en cuanto al manejo de sus respectivos países, son menos democráticos que antes y utilizan en mayor medida los servicios de inteligencia para gobernar.
Todos los países que acabo de mencionar son manejados por los servicios de inteligencia. En Siria, Egipto, Arabia Saudita, Túnez y Argelia, por ejemplo, fuera de la estructura formal de gobierno los gobernantes utilizan los servicios de inteligencia para manejar el país.
En los últimos dieciocho meses, los servicios de inteligencia sauditas se han vuelto muchísimo menos tolerantes y más duros que antes de la invasión a Irak. Lo mismo ocurre con Marruecos y Egipto.
Por lo tanto, si medimos la intervención de los Estados Unidos en Medio Oriente en términos de promover la democracia, podemos afirmar que ese objetivo –que por supuesto es muy valioso no sólo no se alcanzó sino que trajo consecuencias que, en cierta forma, desgraciadamente se oponen a ese propósito.
También existía la idea de que la invasión a Irak facilitaría la negociación entre Israel y Palestina. Fundamentalmente hay dos teorías en el mundo respecto de cómo resolver el conflicto israelí palestino. Una de ellas se relaciona con los acuerdos de Oslo, que seguramente habrán visto mencionados en los diarios. La idea de estos acuerdos era lograr la integración entre ambos pueblos y destinar fondos para que los israelíes creen empresas y los palestinos tengan trabajo. Una especie de Mercosur para llevarlo a nuestra dimensión en esa parte del mundo para que el progreso y la integración económicos y el éxito empresario dieran sustento a un acuerdo de paz.


Los acuerdos de Oslo se derrumbaron con las intifadas de los últimos tres años. La idea de que se podía sellar una paz duradera a partir del éxito económico fue, en cierta forma, destruida por los hechos de violencia que han tenido lugar en Israel y Palestina durante los últimos treinta y seis meses.
La segunda teoría, que seguramente todos conocen porque en los diarios se habló de ella, consiste en lo siguiente: si no es posible terminar con la guerra, integrarse y alcanzar el éxito haciendo que quienes ayer eran enemigos hoy trabajen en forma conjunta, el único camino es la separación. La famosa muralla que observamos a través de los diarios no es más que el segundo approach en esa región para resolver el conflicto entre Israel y Palestina. En otras palabras dijeron: si no nos ponemos de acuerdo, no logramos el éxito económico y no somos capaces de integrarnos, separemos los públicos como en un match de box y también a los boxeadores, situándolos en rincones diferentes para minimizar el contacto lo máximo posible, y esperemos que el paso del tiempo y el advenimiento de nuevas generaciones calmen sentimientos tan crueles y cargados de rencor.

Estas han sido las dos soluciones conceptuales al problema de Israel y Palestina en los últimos diez años. La idea era que cuando los Estados Unidos invadiera Irak su poder de negociación iba a ser tan firme y tan sólido que iba a poder imponerle al señor Arafat y al señor Sharon un compromiso político. Eso no sucedió, puede ser que suceda ahora con la muerte de Arafat y con la renuncia presentada antes de ayer del señor Burgatti, que es el segundo líder competidor dentro de los palestinos con una posición más nacionalista, que ha decidido no ser candidato en las elecciones presidenciales que habrá en Palestina el 9 de enero.
Tendrán lugar dos elecciones fundamentales en el Medio Oriente en los próximos 45 días, la primera en Irak, el 31 de enero y la segunda en Palestina, el 9 de enero. Si esas dos elecciones se llevan adelante y si resuelven las cosas desde el punto de vista político, van a crear una geografía política en Medio Oriente muy diferente a la que conocemos hoy en día. Ahora los Estados Unidos han ganado la guerra pero no han ganado la paz.
¿Qué dicen las encuestas? En el Líbano hay una universidad americana de primer nivel llamada American University, allí está el centro de reflexión más importante de Occidente en Medio Oriente y tuve ocasión de estar con su decano hace quince días. Este centro publica mensualmente las encuestas con respecto a la opinión árabe, a la invasión de Irak, al tema de Israel, al punto de vista de los palestinos, etcétera. Las encuestas cubren fundamentalmente Marruecos, Túnez, Egipto, Siria, Líbano, Arabia Saudita e Irak, países muy importantes en el tema internacional.
Hace un año las encuestas preguntaban: “¿Por qué los Estados Unidos han invadido Irak y están allí? Mayoritariamente, el 80 por ciento de las personas que dio su opinión, dijo que Estados Unidos había invadido Irak por dos razones. En primer lugar, por el petróleo y, en segundo término, para apoyar a Israel, que era su aliado estratégico en contra de los árabes. Uno puede estar en acuerdo o en desacuerdo pero son explicaciones concretas y de conflicto de interés.
Las encuestas hechas en los últimos tres meses no dicen más que los Estados Unidos han invadido Irak por el petróleo o para apoyar a Israel, bueno, lo dicen pero en lugar del 80 por ciento esas dos respuestas tienen el 30 por ciento. Más del 60 por ciento de las personas entrevistadas creen que Estados Unidos está en Irak para controlar prácticamente uno podría decir subyugar- a los musulmanes y al Islam. Es muchísimo más grave en los temas de política y en los que afectan a la violencia el conflicto del desprecio que el de los intereses.
El señor y yo podemos discutir si yo le doy o no mi billetera, a mí no me gusta dársela pero si me muestra una pistola se la voy a dar, al final le tendré una gran rabia al señor pero ¿qué vamos a hacer?, me sacó la billetera. Pero que yo le diga al señor o que él me diga a mí que nos despreciamos, que no valemos nada, es muchísimo más grave que un conflicto de interés.
Tuve la ocasión de desayunar con el presidente de Pakistán, que estuvo aquí hace dos semanas, y le hice dos preguntas. La primera era dónde estaba Bin Laden y la segunda, cómo estaba Al Qaeda. Con respecto a Bin Laden me dijo: “Realmente no sabemos dónde está, algunos dicen que está en la en la montaña de Bora Bora, entre Pakistán y Afganistán, otros dicen que está en Iran”. La segunda pregunta era qué estaba pasando con Al Qaeda. El presidente Musharraf me dijo en inglés: “We have killed 70 per cent of the Al Qaeda operatives”. Me lo dijo en ese tono. “Hemos matado o metido en prisión al 70 por ciento de los líderes de Al Qaeda”. Con lo cual desde el punto de vista del objetivo militar de los Estados Unidos después de las Torres Gemelas es obvio que los Estados Unidos han tenido un éxito militar formidable.
Hace un mes, durante un seminario, estuve sentado al lado del general Taylor, jefe de contraterrorismo de los Estados Unidos, le hice la misma pregunta y me contestó lo mismo. “A Al Qaeda lo tenemos liquidado” y le pregunté si había más o menos terrorismo y me contestó: “No, tenemos un problema terrorista cada vez mayor”.

En otras palabras, la intervención de los Estados Unidos en el Medio Oriente si bien tiene razones que pueden ser explicadas y moralmente sostenidas basadas sobre intereses y, sobre todo, sobre el temor de los Estados Unidos después del atentado de las dos torres, desde el punto de vista práctico de la democracia, de la generación de nuevos terroristas o de la resolución del problema político real, en ninguno de esos tres campos esenciales hemos visto todavía resultados positivos.
Ahora bien, ¿cómo nos afecta esto a los argentinos? Hace ocho o diez años nos pusieron bombas en Buenos Aires, cosa que fue terrible. ¿Pero cómo nos afecta hoy en día a los argentinos el hecho de que este tema de Medio Oriente no solamente no esté resuelto sino que esté en plena ebullición y que la potencia más grande del mundo que es nuestra alida tenga problemas militares, estratégicos y políticos de gran magnitud? La respuesta es muy simple: los Estados Unidos están interesados y obsesionados por el problema del Medio Oriente y el resto del mundo no existe. Si nosotros hoy tuviéramos como presidente a Pinocho y Pinocho decidiera que los extranjeros tienen que pintar su pelo de verde, a los Estados Unidos no le importaría.
En otras palabras, ha habido un cambio dramático de las circunstancias que vivíamos los argentinos cuando hacíamos algo y pensábamos en qué iban a decir los estadounidenses. Hoy en día los estadounidenses no dicen nada porque no están interesados en nosotros dado que están obsesivamente interesados por el problema que enfrentan en Medio Oriente y todas sus repercusiones que yo muy sumariamente he tocado.
Eso significa en términos de política que cualquier gobierno que hubiera asumido entre 2001 y 2003 hubiera tenido como tiene el doctor Kirchner hoy en día un margen de autonomía y de juego absolutamente fuera de lo normal, no por mérito propio sino porque las circunstancias lo permiten.
El segundo tema importante que también tiene consecuencias importantes para la Argentina es el de la economía internacional. Como ustedes saben, los Estados Unidos tienen un déficit de cuenta corriente del 6 por ciento. Para aquellos que no son economistas, esto quiere decir en términos muy simples que el país gasta 6 por ciento más de lo que produce, y que para poder financiar lo que gasta y no produce tiene que endeudarse en el exterior, una experiencia que los argentinos hemos practicado alegre y recurrentemente durante los últimos cuarenta años y que ha generado estas extraordinarias deudas externas que todos conocemos que nos han arrodillado ante nosotros mismos y ante el mundo.
Los Estados Unidos tienen un nivel de déficit hoy en día del 6 por ciento, que es un nivel gigantesco. Para financiar ese 6 por ciento de déficit de los Estados Unidos se utiliza hoy en día el 15 por ciento del ahorro mundial. Es decir que de todo lo que se ahorra el mundo, el 15 por ciento es lo necesario para financiar ese 6 por ciento de déficit tienen los Estados Unidos.
Ustedes se preguntarán cómo lo financian. Durante bastante tiempo lo financiaban con inversiones extranjeras que atraían. La economía de mercado no producía, los contratos laborales son muy flexibles, se pueden traer nuevas empresas, se crean miles de nuevas empresas todos los años en Europa y en Japón. En parte fue eso.
Subsiguientemente, fueron préstamos a compañías. En los últimos dieciocho meses una parte giganstesca del financiamiento de la cuenta corriente es provisto por los bancos centrales de tres o cuatro países asiáticos. Ahora bien, ¿qué hacen esos bancos centrales? Hacen lo que (Trasladen) y Martín Redrado han hecho aquí: compran dólares para sostener un tipo de cambio alto. No utilizan el mismo lenguaje, pero hacen exactamente lo mismo que hacemos acá. En la Argentina compramos 40 millones de dólares por día. Los asiáticos conjuntamente están comprando 1.800 millones de dólares por día y la Argentina contribuye con 40 de los 2.000 millones de dólares que los Estados Unidos por día (incluyen) en el mercado internacional. Cada vez que nuestro Banco Central compra dólares está financiando al gobierno de los Estados Unidos, que es el que emite esos dólares. Lo mismo sucede a escala mundial.
¿Cuán sostenible es esta situación? Hay algunos elementos que indican que es muy sostenible, y el fundamental es que de la misma forma en que los señores (Trasladen) y Martín Redrado sostienen que queremos un tipo de cambio alto para exportar, lo mismo piensan los líderes chinos y quieren incorporar a la fuerza de trabajo industrial todos los años veinte o treinta millones de personas.

Para poder incorporar a esos 20 o 30 millones de personas se necesitan salarios muy bajos en dólares y la capacidad de exportar. Con eso sostienen la estabilidad política al costo de comprar con ese superávit que tienen en las cuentas comerciales papeles del gobierno norteamericano y acumularlos.
Hoy en día China tiene un 99% de reservas en dólares, 650, 700 mil millones de dólares; Taiwán tiene 150 mil millones de dólares; Hong Kong 250 mil millones de dólares y podría seguir dando ejemplos. En la medida en que la estabilidad política y el temor al desorden político sean más fuertes que el temor a la devaluación del dólar estos bancos centrales, presionados por su clase política, si quieren mantener la estabilidad política, van a seguir comprando títulos del Tesoro o dólares. Después de todo a ellos no les importa mucho si los dólares se desvalorizan y sí les importa que la estabilidad política de su país se mantenga. Y recuerden ustedes que en China hay 1.300 millones de habitantes, hay todavía 780 millones, casi 800 millones, que viven en zonas rurales y lo único que quieren es ir a la ciudad. ¿Qué tiene que ofrecer en la ciudad el gobierno para que no rompan todo, para contenerlos? Dos cosas: nacionalismo y empleo. Con esas dos cosas políticamente el régimen es comunista todavía ideológicamente pero no en la práctica pueden mantener el control de su país. Una de ellas obliga y requiere que el banco central de China compre todos los días entre 1000 y 1500 millones de dólares, treinta veces más que Argentina. Y no es tanto. Acá compramos 30, 40 millones, si lo multiplicamos por 30 o 35, es lo que compra China todos los días.
¿Qué implicancias tiene esto para nuestro país? Esta es la segunda gran pregunta. Los americanos han decidido reducir su déficit en cuenta corriente porque consideran que el 6 por ciento es demasiado. Ahora, ¿cuánto es razonable? La semana pasada estuve en una conferencia donde estaba, entre varios economistas de primer nivel internacional, Olivier Blanchard, y el consenso era que con un déficit del 3 al 4 por ciento los Estados Unidos funcionan perfectamente.
¿Cómo se pasa del 6 por ciento al 4 por ciento? Bueno, o uno tiene una recesión masiva, al estilo de la que tuvo Argentina en el año 2002, 2003 colapso de la economía, se deja de importar o, si uno es un poco más civilizado y su clase dirigente es un poco más preparada, devalúa ordenadamente, cambia los precios relativos, trata de reducir la demanda por los productos externos y aumentar la demanda por los productos internos, y eso lo hace cambiando los precios relativos y devaluando.
El dólar ya se ha devaluado sustancialmente en los últimos 60 días pero la opinión de los principales economistas con los que e–tuve, como les decía, hace dos semanas es que cada punto de reducción del déficit de la cuenta corriente de los Estados Unidos requiere un 25 por ciento de devaluación del dólar. Ya llevamos una devaluación de 20 a 25 por ciento; si necesitamos un 25 por ciento más se pondrá una presión muy fuerte sobre Europa, Japón, y sobre los países que tienen que revaluar su moneda. ¿Qué opciones tienen esos países? Tienen una sola opción: patalear y gritar.

Los Estados Unidos tienen la capacidad financiera y política para imponer la devaluación de su moneda con muy poco costo para ellos, haciéndole pagar a Europa, Japón y posiblemente a China si es que consiguen presionarlos para que revalúen el yuan, la moneda china, proyecto en el que están embarcados, pero no es tan fácil negociar con China. En este contexto las chances de que los Estados Unidos impongan su agenda internacional al mundo son muy altas. Ya lo hicieron en el año 82, 83. Recordarán la crisis de la deuda. Nos habíamos endeudado alegremente, como ustedes recuerdan, entre el año 76 y el 81, 82. Las tasas de interés eran del 3 por ciento. Pagábamos LIBOR más 3 por ciento, 4 por ciento.

Los Estados Unidos tienen un problema de inflación. El señor Walker se transformó en el mandamás de la economía norteamericana y subió las tasas de interés de ese país del 4 al 15 por ciento. Nuestra deuda se volvió insostenible y explotaron en el aire México, Argentina, etcétera, etcétera.
Pero no es que hubo una acción volitiva en contra de nuestro país. La economía norteamericana es como un elefante en un cuarto: mueve la cola y tira una cosa y hacer caer otra. Y uno puede decir que no le gustan los elefantes, pero sin embargo vive con el elefante y éste existe.
Las consecuencias más importantes para la Argentina consisten en que si este ajuste de la economía americana del dólar se hace de una forma ordenada, como lo quieren hacer los señores Greenspan, Snow y otros, la Argentina se va a volver profundamente competitiva en los próximos dieciocho meses. Si con el tipo de cambio que tenemos ya somos competitivos, imagínense ustedes qué competitivos vamos a ser con el resto del mundo, salvo con los Estados Unidos, si las demás monedas se han revaluado un 30 por ciento respecto del dólar.
La segunda consecuencia –que es la más peligrosa es qué va a pasar con las tasas de interés. Cuando se devalúa una moneda hay que hacerlo perfectamente para que la tasa de interés suba, pero no demasiado. Cualquier error, cualquier crisis fiscal o financiera, cualquier banco que quiebra, genera una subida en las tasas y si las tasas suben la situación de la Argentina cambia dramáticamente. Y ello no se debe a la deuda que estamos pagando con una tasa fija del Fondo Monetario al 5 por ciento y que ahora queremos cancelar.
Lo cierto es que si este escenario sucede lo más grave para la Argentina no es la suba de las tasas desde el punto de vista de la deuda, sino que lo más grave para nuestro país es la suba de las tasas desde el punto de vista de la fuga de capitales. Durante el último año este país no ha tenido fuga sustancial de capitales. Dado el grado de catástrofe institucional que sufrimos en los últimos tres años rompimos todos los contratos, dejamos de pagar la deuda, congelamos los depósitos, cambiamos cuatro presidentes , salieron 5 mil millones de dólares por año, lo cual no es nada. ¿Por qué salieron 5 mil millones de dólares y no 15 mil o 20 mil? Porque las tasas de interés eran del 1 o 2 por ciento. Si las tasas de interés fueran del 6 por ciento, yo les aseguro a ustedes que habría un problema gigantesco de salida de fondos de la Argentina.
No es por casualidad que los campos en Pergamino hoy valgan lo mismo que en el año 1998. Valen eso, en parte porque subió la soja, pero también porque las tasas de interés han estado en el punto más bajo del ciclo histórico de los últimos cincuenta años.
Habiendo hecho estos dos comentarios, que son los temas más importantes de la política internacional, debo decir que los Estados Unidos están inmersos en su propio programa. Como les dije, si todos los argentinos decidiéramos pintarnos de verde y ponernos una pluma, en Washington no habría ningún problema. Una vez que entendamos eso, también vamos a entender que cada vez dependemos más de nosotros mismos y que la responsabilidad de nuestro futuro no está en que nos tiren de las orejas o nos digan que nos estamos portando mal. Si queremos cambiar nuestro futuro, lo tenemos que hacer acá, porque no nos van a llamar la atención; están preocupados por otras cosas.
Con respecto a la política exterior, este gobierno ha sido muy conservador y ha sido un gobierno del statu quo. Yo nunca he visto un gobierno tan conservador como éste en los últimos cincuenta años, salvo los gobiernos militares.
Los grandes lineamientos de política exterior que desarrollaron sucesivamente Alfonsín, Menem y de la Rúa consistieron en no pelearnos más con los Estados Unidos, ser amigos de Europa, tener buena relación e integrarnos con Brasil y los vecinos, y nada de eso ha cambiado. La instrumentación de la política exterior –no los lineamientos ha sido catastrófica.
Permítanme que les dé algunos ejemplos para ilustrar por qué si bien este gobierno ha mantenido la estructura de la política exterior de los últimos veinte años, la instrumentación ha sido negativa y adversa para los intereses nacionales.
En primer lugar, predomina la retórica sobre la realidad. En otras palabras, en política exterior –que es una política muy importante el predominio de la retórica y de los argumentos de la política interna –porque se hace política exterior para hacer política interna hacen que uno realmente desmerezca la política exterior. Cuando uno transforma en el chivo expiatorio de todos los culpables a un país, una persona o una institución del exterior, porque caen bien en La Matanza –no tengo nada en contra de La Matanza y quisiera que la educación fuera mejor para que haya un mejor nivel de conciencia , uno en realidad está superponiendo la retórica sobre el realismo.

Está superponiendo, en materia de política exterior, el populismo respecto de los intereses del país porque hay costos.
Recuerdo que cuando nos integramos con Chile, lo que constituye una de las historias más exitosas de los últimos diez años porque rompimos con décadas de enfrentamientos y suspicacias, una de las cosas que me decía la derecha chilena –que es la dueña de los fundos y, por lo tanto, proteccionista en temas agropecuarios y no quiere que el maíz, el trigo y nuestros productos lácteos compitan con ellos , era que su país no debía confiar en el nuestro ni comprarnos electricidad o gas porque en algún momento se los íbamos a cortar.
¿Qué hizo este gobierno? Cortarlos, cuando en realidad la solución era muy simple. El mundo se presentaba difícil; no había gas ni electricidad pero nos salvaron la lluvia y otros elementos externos. Lo que debió haber hecho el gobierno es tratar a Chile como si fuera el mercado nacional. Es decir que si se racionaba a los argentinos había que hacer lo propio con los chilenos, y si se racionaba a las industrias de nuestro país también había que racionar a las chilenas.
En lugar de adoptar ese criterio con Uruguay y Chile, lo que hubiera sido consistente con el exitoso esfuerzo integrador de los últimos treinta años, los tratamos como extranjeros. Si bien es un pequeño detalle, en mi opinión habla en forma muy clara de los tipos de errores que ha cometido este gobierno.
Otro error también muy importante ha sido no distinguir lo esencial de lo secundario, a lo que debemos agregar que utilizar la retórica y el populismo como argumentos es manipulación. Acusar al Fondo Monetario Internacional de todos nuestros males es fácil. Los funcionarios del FMI son unos burócratas de primera, siguen instrucciones, son competentes pero están limitados y cometen errores. Culparlos es muy fácil, pero si hacemos una lista de nuestros males y los comparamos con los causados por los funcionarios del Fondo Monetario Internacional ellos irían al purgatorio y nosotros siete veces al infierno, lo que por supuesto no quiere decir que esté bien ir al purgatorio.
Tomemos un ejemplo reciente para reflejar la confusión que existe en ciertos temas de política exterior. Decidimos tener más autonomía en nuestra política financiera externa y sostenemos que es malo estar endeudado, lo cual me parece muy bien porque un país sin deuda y con buenas reservas puede sostener su autonomía nacional, defender sus decisiones y ser más independiente. ¿Pero ustedes qué creen? ¿Que la discusión sobre nuestra autonomía hay que comenzarla con el rey de España o en el Parlamento argentino?
Lo pregunto en serio, porque si piensan como yo que tendríamos que aprender a no caer en forma recurrente en estas crisis de la deuda externa –como ocurre ignominiosamente cada diez años desde la década del 70 , coincidirán en que el tema debe ser discutido abiertamente.
¿Alguien cree que si no le pagamos al Fondo Monetario Internacional pero sí al Banco Mundial se terminaron las condiciones? ¿Alguien cree que si se le paga al Fondo Monetario Internacional y no al Club de París se acabaron los condicionamientos? Se anunció que había treinta grandes inversores chinos pero no se dijo quiénes eran y tampoco se dieron los nombres de los presidentes de las compañías, cuando se estaba hablando de empresas que tienen cinco veces el tamaño de las de Pérez Companc. Nos dijeron que había treinta inversores, pero nada más.
La política exterior de este gobierno no está mal en sus lineamientos, pero en su instrumentación... Posiblemente sea menos mala que la política que está aplicando en comisarías y en los ámbitos de la Justicia y la educación. Obviamente, es grotescamente mala.
Además no es transparente. ¿Qué es esto de discutir nuestra autonomía nacional con el rey de España? No me parecería mal si primero debatimos el tema entre nosotros y decidimos qué queremos hacer; si reducimos las reservas, si las aumentamos, si queremos achicar la deuda con determinada institución y por qué, etcétera.
Hay que realizar una discusión abierta durante un mes, por ejemplo, a través de los diarios o en el Parlamento. En lugar de eso, una delegación secreta viaja a España. ¿Lo hace para negociar nuestra futura independencia económica? ¿Cuántos de ustedes, y les pido que levanten la mano, creen en eso? No veo ninguna mano levantada.
Como conclusión quiero decir que la Argentina tiene un ciclo recurrente al que llamo el ciclo del avestruz. Ustedes conocen al avestruz, un animal que cuando ve el peligro esconde la cabeza y espera que todo pase. Voy a dar ejemplos.
Entre los años 1977 y 1979 la economía creció rápidamente. Se restableció la gobernabilidad, habíamos sufrido un caos total durante 1975 y a comienzos de 1976, se produjo una confusión generalizada, luchas civiles, caos en las calles, etcétera, y el gobierno que restableció la gobernabilidad, más o menos pero lo hizo, y produjo crecimiento económico, podrá gustarnos o no, en ese momento fue visto como legítimo por grandes segmentos de la población.
El ex presidente Menem entre los años 1990 y 1995 generó tasas de crecimiento económico sensacionales; el país creció un promedio del 8 por ciento y también fue gobernable. Ahora bien, todos sabíamos que había un “podrido en Dinamarca” total, como había existido antes por otras razones. En otras palabras, ¿tanto temor le tenemos los argentinos a no crecer y a no tener un país gobernable que estamos dispuestos a poner la cabeza debajo de la tierra, olvidarnos de todos los aspectos institucionales, de todos los criterios de buen gobierno, liberalismo político, libertad, respeto de la ley, etcétera, porque alguien nos ofrece crecimiento económico y un poquito más de gobernabilidad?
¿Les parece a ustedes que la situación actual es tan diferente a la de 1976-1980 o a la de 1991-1995?
Agradezco mucho la invitación. (Aplausos.)


ALBERTO NATALE
“EL PAÍS, NOSOTROS, EL SIGLO QUE EMPIEZA”

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Para no perturbar la puntualidad llevamos apenas diez minutos de atraso luego de la hora prevista voy a ser lo más breve posible.
¿Qué nos pasa a los argentinos en este largo, larguísimo presente de tantas décadas? Lo he referido muchas veces, tratando de encontrar la causa madre de los conflictos que han determinado las postergaciones tan prolongadas de nuestro país.
Por supuesto que antes tenemos que ubicarnos un poco en el contexto global, en el mundo en que vivimos y en ciertas realidades contemporáneas. Es decir, ¿asistimos al fin de la historia, como proclamó Fukuyama, tantas veces mencionado, aunque me parece que muchas menos leído? No, no asistimos al fin de la historia, no se agotó el debate ideológico, sigue habiendo contradicciones y factores de confrontación, no hay una ideología plana. Evidentemente, el mundo después de la caída del muro es muy distinto al mundo de la guerra fría, pero no sólo en la estrategia de las relaciones internacionales sino también en lo que hace a la vigencia y a la supervivencia de ciertas ideas, principios y esquemas que son justamente esos que nosotros hemos abrazado hace mucho tiempo.

¿Estamos asistiendo al choque de las civilizaciones, como vaticinó una década atrás Huntington? Si uno mirara lo que son los conceptos más ponderables del momento actual que describía con tanta precisión Felipe de la Balze recién, podría creer que eso es cierto. Sin embargo, la naturaleza humana, tan bien pergeñada por Alberdi, en El crimen de la guerra nos hace pensar que esto es otro capítulo más de ese afán salvaje del ser humano nunca desterrado de la confrontación por la confrontación en sí.
¿Por dónde pasa el tablero de la política mundial? Zbigniew Brzezinski, uno de los hombres más talentosos por lo menos desde mi punto de vista en el análisis de las políticas internacionales, en un libro de hace seis o siete años analiza toda la política mundial. El punto más austral de su referencia es el golfo de México. Ni siquiera nos menciona; todo pasa por esa vuelta enorme del hemisferio norte que termina estrechándose en el mar de Bering.
¿Se agotó el conflicto entre las izquierdas y las derechas? Recuerdo cuando leía sobre este tema un libro de Norberto Bobbio, unos de los pensadores más lúcidos que ha tenido Europa en los últimos tiempos, que venía del socialismo, que hacía esfuerzos intelectuales realmente impresionantes para lograr demostrar que todavía había factores de bifurcación y diferenciación. Sin embargo, desde mi punto de vista, el éxito intelectual de Bobbio para encontrar disimilitudes absolutas no llegaba a mayores.
Felipe González, socialista, llevó a España a la OTAN y luego propició la política de apertura y de privatización. Chirac en Francia confrontó la política sobre IRAK mientras que Tony Blair y el laborismo apoyan a los Estados Unidos. Y Schroeder desde el socialismo intentó reformas previsionales que fueron rechazadas por el grueso de los alemanes porque quería dar marcha atrás con una serie de conquistas que se habían hecho. Y en España el debate reciente entre Rodríguez Zapatero y Aznar salvo en cuanto a la adjudicación de imputaciones por el atentado del 11 de marzo no parece que llegara más allá que el matrimonio de los homosexuales.
Es decir que el mundo está lleno de ejemplos donde factores que tradicionalmente determinaron la discusión ideológica entre nosotros han desaparecido. Sin embargo, en la Argentina del siglo XXI algunos sectores políticos siguen discutiendo las cuestiones que se discutían en los años 60 y 70.
En 1914, al comenzar la guerra, fuimos neutrales. Francisco Correa, diputado nacional demócrata progresista, reclamaba en aquel momento en la Cámara de Diputados: “Rompamos relaciones diplomáticas con Alemania. No estoy pidiendo que le declaremos la guerra." Simplemente hablaba de romper relaciones diplomáticas. La República Argentina fue neutral en la Primera Guerra Mundial.
En la década del 30 reafirmamos nuestras relaciones especialmente comerciales con Gran Bretaña sin advertir que quien estaba surgiendo, desplazando a los británicos del liderazgo mundial, era Estados Unidos.
Llegamos a la Segunda Guerra Mundial y no se ocultaban las simpatías por el Eje que había en muchos ámbitos del pensamiento argentino. Nos transformamos en una Nación poco confiable, en un país que despertaba sospechas por doquier, y entramos al siglo XXI peleándonos con todo el mundo y siendo realmente una Nación increíble para todos quienes querían seguir creyendo en la Nación Argentina.

Creo que en esto han influido muchos factores, pero la causa principal de todos nuestros males es que hemos tenido una mala política. Esta mala política es la que impidió tener decisiones acordes con las posibilidades y realidades de nuestra sociedad.
Ayer hablaba con un diplomático español casualmente nos referíamos a esto y él me decía que en todos los países del mundo el nivel de la dirigencia política estaba un poco por debajo de los niveles intelectuales. Me decía que le llamaba la atención la situación de la Argentina, porque es un país donde hay médicos, arquitectos, abogados, pensadores, escritores muy prestigiosos, y lo decía con mucha prudencia. Yo le decía que el desnivel entre el mundo intelectual y el mundo político era mucho más grande, y el me decía que sí, y esta es la realidad.
Ahora bien, esta realidad responde a muchas causas. Hemos tenido una ruptura a principios del siglo XX entre lo que podríamos llamar la inteligencia, el mundo de la cultura, y el mundo de la política. ¿Quiénes eran los hacedores políticos después de la organización nacional? Los grandes intelectuales de la Argentina: Sarmiento, con una obra de sesenta volúmenes; Mitre, traduciendo La divina comedia y escribiendo la historia de San Martín y Belgrano; Alberdi, con toda la influencia de su pensamiento.
Los hombres de la cultura durante toda esta larga sesión se han mencionado innumerables nombres, que están en el recuerdo de cada uno de nosotros eran los hacedores de la política argentina. Por los años 14 o 16, cuando se funda nuestro Partido, se produjo un disloque, una ruptura. Aparece el movimientismo, que es el gran factor negativo de la política nacional. No fuimos capaces de fundar un sistema de partidos con capacidad de gobernar o de ser oposición, partidos que estuvieran asentados sobre bases programáticas, sobre ideas comunes, con cosmovisiones que marcaran tendencias precisas. Lo decía Natalio Botana con mucha precisión cuando se refería a la génesis de los dos movimientos, uno en el poder a partir del 16 y otro a partir del 46: permitieron aglutinar pensamientos muy dispares y confluyeron en impedir un sistema de alternancias políticas racionales y no sólo emocionales.
Pensemos en todas las alternancias políticas que hemos vivido y advertiremos que todas fueron traumáticas en estos últimos veinte años de democracia y por supuesto en todas las décadas anteriores, cuando la democracia anduvo a los tumbos para mantener su estabilidad.
Si retrocedemos en el tiempo veremos que cada cambio, cada tránsito de uno a otro gobierno, realmente fue un tránsito de convulsión. Esto nos ha causado muchos problemas, porque la recurrencia de gobiernos civiles y militares que tenía sus causas, sus razones, que superamos en 1983 no pudo ser sustituida por un sistema que lograra eficacia y diera respuestas adecuadas desde 1983 hasta el día de hoy.
Entonces creo que el debate ideológico está muy acotado. Aquella vieja discusión de izquierda y derecha ya parece no tener vigencia, por lo menos en los términos en que se planteaba. ¿Qué es ser de derecha o ser de izquierda? ¿Tener un dólar caro con salarios bajos es ser de izquierda? Yo diría que no. ¿Subsidiar los servicios públicos para que todos los habitantes del país paguen parte del costo a los usuarios de esos servicios públicos? Los más pobres son también parte del país y pagan impuestos como todos. Entonces, ¿de izquierda o de derecha? Como decíamos en la Cámara en alguna oportunidad, ¿había que dejar que el gas natural fuera barato para los que vivimos en las ciudades centrales o zonas o provincias centrales a costa de que pagaran caro el gas envasado los pobres que viven en las zonas marginales de las ciudades centrales o los pobres que viven en las provincias periféricas del país? ¿Qué es de izquierda y qué es de derecha?
Entonces, uno se pregunta qué hacer. ¿Estamos ante una transición en el sistema de partidos en la Argentina? Yo creo que sí. Así como se agotó la dialéctica dominante hasta el año 16 con el advenimiento del radicalismo, y la dialéctica dominante en el año 46 con el advenimiento del peronismo, ahora está surgiendo una transición en el sistema de partidos que en este momento nos coloca en un régimen hegemónico, podríamos decir, de partido dominante, porque ha quedado un gran actor solo en escena. Pero hay muchos otros actores que no dejan ese espacio vacío.
Creo que estamos en un momento de transición. No sé qué puede pasar con el partido hegemónico. Si miramos la historia de la Argentina debemos preguntarnos qué pasó en el 28, cuando el radicalismo era hegemónico: se fracturó. ¿Qué pasó en el 57, cuando merced a las proscripciones el radicalismo era hegemónico? Se dividió en la Unión Cívica Radical del Pueblo y la Unión Cívica Radical Intransigente. ¿Qué pasó con el justicialismo el año pasado, cuando su posición era hegemónica? Se dividió en tres facciones. Son todos antecedentes históricos de la Argentina que podrán ocurrir o no, pero hoy evidentemente hay una fuerza en el centro de la escena que no necesariamente tiene que ser la última ni la única.
Tenemos un sistema de partidos que no está integrado y que está demandando una conformación racional para que podamos funcionar como lo hacen las naciones que actúan bien en el mundo.
Creo que nuestra misión es ayudar a construir una alternativa política que cubra el espacio que falta en el sistema de partidos de la República Argentina, con la misma racionalidad, modernidad y espíritu que en 1914 tuvieron nuestros fundadores y, por supuesto, con el mismo espíritu moderno que tenían ellos pero pensando que estamos en el siglo XXI y no creyendo que sobrevivimos los restos del siglo XX.
Para ello hacen falta algunos presupuestos esenciales. En primer lugar, la educación. No pudo venir hoy Horacio Sanguinetti, pero Guillermo Jaim Etcheverry nos dio una brillante conferencia, así como también Juan José Llach en su análisis económico hizo insinuaciones sobre este tema. Pero, ¿por qué invitamos a varios expositores para hacer referencia a la educación? No lo hicimos en vano, sino porque estamos convencidos de que este es el tema principal.
No voy a repetir las cosas que han dicho ellos, pero sí quiero remarcar que en la coincidencia de un programa común la educación tiene que estar arriba de todos los objetivos. En esto nos estamos jugando el futuro como país; de lo contrario, la brecha social va a ser cada vez más grande, la exclusión social va a ser cada vez mayor y tendremos millones y millones de argentinos que no van a tener otro destino que la delincuencia, la prostitución o cosas que se les parezcan.
Si en la sociedad contemporánea no elevamos todos los niveles educativos, si no producimos una profunda revolución en materia educacional, como se hizo en otros tiempos en la Argentina, desgraciadamente nos vamos a consumir muy pronto la herencia que todavía, con algunos jirones, nos va quedando.
La economía moderna no debe dar lugar a demasiadas discusiones. Podemos discutir el tipo de cambio, pero ya ni siquiera el orden arancelario dentro de la Organización Mundial de Comercio admite muchas variantes. Por favor, no recreemos los debates de los años 60 y 70 porque entonces estaremos volviendo a la Argentina que creíamos superada.
Reestablecer la integración del mundo de la política con el mundo del pensamiento y de la cultura es esencial y de alguna manera fue lo que quisimos hacer cuando decidimos realizar este seminario para que la gente del pensamiento, de la cultura y de la intelectualidad se allegara a nuestra casa para transmitirnos su pensamiento, porque los dirigentes políticos no podemos estar marginados del pensamiento.

Si consideramos las tres aptitudes del ser humano marcadas por Aristóteles –el saber, el crear y el hacer , podemos decir que la política es el hacer. Pero el hacer sin saber y sin crear se traduce en política vana.
“No hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria”, decía Lenin, y no se equivocaba. No hay acción política sin una teoría política que la sustente, y creo que en ese sentido la República Argentina tiene un gran vacío que debemos llenar.
¿Cómo lo logramos? Primero, alcanzando un acuerdo respecto de algunos temas que aquí se mencionaron y sobre los que existen coincidencias. Segundo, sin actitudes hegemónicas y sin pretender predominar sobre el otro, hacer nuestro aporte a la causa común. A veces los argentinos nos equivocamos porque nos precipitamos; hablamos del 2005 y, como algo muy especial, del 2007.
Miremos algunos ejemplos que nos rodean. ¿Acaso el partido del presidente Fox en México llegó al poder en dos o tres años? No; tardó cuarenta años en hacerlo. ¿Acaso el Frente Amplio, que acaba de llegar al poder en Uruguay de la mano de Tabaré Vázquez, no estuvo décadas tratando de elaborar una propuesta? ¿Acaso los chilenos no hicieron prolongados esfuerzos después de Pinochet para construir lo que hoy aflora como un sistema bipartidista muy claro? ¿Acaso a los brasileros no les llevó tiempo alcanzar su situación actual?
Si analizamos la política mundial advertiremos que muchos países tuvieron su etapa de transición. Francia la experimentó en 1957, cuando con el advenimiento de De Gaulle el sistema de partidos de la Cuarta República cambió por uno nuevo. Italia, después del proceso conocido como mani pulite, terminó con sus fuerzas tradicionales. España, después de Franco, y Portugal, luego de Salazar, también experimentaron cambios en sus sistemas de partidos.
La Argentina también está modificando su sistema de partidos, y si no vemos esto somos ciegos. Tenemos la responsabilidad de constituir una nueva alternativa política que sea moderna, progresista y transformadora. Observo que en este acto están presentes muchos dirigentes de distintos partidos políticos, a quienes agradezco que nos acompañen. Lo veo a Ricardo López Murphy, quien fuera nuestro candidato a presidente de la República, y también a Mauricio Macri, quien se postuló como candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires también en representación del Partido Demócrata Progresista. ¡Veo a tanta gente que piensa parecido, que está convencida de que esto no es para el 2005 y tampoco para el 2007 sino para más adelante! ¡Ojalá fuera para el 2005! ¡Ojalá pudiéramos llegar al 2007! Pero si no es para el 2005 y tampoco para el 2007 será para el 2009, el 2011 o el 2013. Algún día será.
Eso es lo que tenemos que empezar a construir sobre la base de algunas ideas que brotan en todos nosotros, de un gran desinterés personal y de una gran ilusión hacia la que todos debemos confluir. Separados no haremos nada, pero unidos podremos hacer mucho. Por eso la Democracia Progresista, fiel al anhelo de sus fundadores, a noventa años de su creación continúa pensando lo mismo. Ayudemos a construir una alternativa política en la Argentina que contribuya no sólo al propio mejoramiento sino también al mejoramiento general de nuestro país, que es lo que más nos importa.
Muchísimas gracias por habernos acompañado y felicidades a todos para el año que comienza. (Aplausos prolongados.)

 

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