JOSÉ
EDUARDO de CARA: La Argentina y el Mundo en 1914
EZEQUIEL
GALLO: Santa Fe cuándo nacieron la Liga del
Sur y el PDP
CARLOS
KELLER SARMIENTO: El concierto de las naciones
después de la Segunda Guerra Mundial.
FELIX
PEÑA: Integración y Globalización
RAFAEL
MARTINEZ RAYMONDA: Transformaciones
progresistas en el gobierno de Luciano Molinas -
NATALIO
BOTANA: El PDP y los partidos programáticos
HORACIO
SANGUINETTI: Requerimientos en materia de
educación
ROBERTO CORTES CONDE: Debates económicos
contemporáneos
GUILLERMO
JAIM ETCHEVERRY: La educación como
factor de movilidad social.
JUAN
J. LLACH: Estrategias del crecimiento en nuestro
país
FELIPE
DE LA BALZE: La Argentina en el contexto
Universal-
ALBERTO
NATALE: El País, nosotros, el siglo que empieza
JOSÉ EDUARDO
DE CARA
“ LA ARGENTINA Y EL MUNDO EN 1914”
Para
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Señoras y Señores que nos acompañan
en la celebración del noventa aniversario
de la fundación del Partido Demócrata
Progresista.
Celebro que las autoridades partidarias, al conmemorar
este significativo aniversario, hayan decidido realizar
esta jornada de meditación y estudio con
la participación de distinguidas personalidades
que nos honran con su presencia y su aporte intelectual.
En esta circunstancia, he de referirme brevemente
a los antecedentes históricos que precedieron
a la fundación del partido, y a la situación
de nuestro país y mundial en 1914.
La República Argentina, que surgió
a la vida de los pueblos en 1810, realizó
en el período de un siglo la epopeya de su
libertad y la formación de un país
en marcha, vigoroso y moderno. Superadas las etapas
iniciales de la heroica guerra de la Independencia,
la anarquía y el despotismo, el país
se encontraba al derrocamiento de Rosas en Caseros,
desorganizado y sumido en la barbarie. La República
era un vasto desierto, poblado por ochocientos mil
habitantes, afincados en poblaciones pequeñas
y aisladas siguiendo el tipo de colonización
urbana realizado por España. Sin caminos
ni medios modernos de comunicación, ni puertos,
su campaña estaba despoblada y asolada por
el indio. Faltaba hacerlo todo, empezando por la
población, el capital y el trabajo. Buenos
Aires, era aún la Gran Aldea de tenida en
el tiempo, maloliente y sucia, aislada del creciente
desarrollo de la época, después de
veinte años de abandono y dictadura. Dictada
la Constitución de 1853, y promulgado el
Código Civil, al amparo del sistema liberal,
se consolido el Estado y se crearon las condiciones
de seguridad jurídica, para un rápido
desarrollo económico, social y cultural.
La libertad, el capital y el trabajo hicieron fluir
en forma ininterrumpida millares de inmigrantes
que encontraron en nuestra tierra seguro amparo,
patria y porvenir para sus hijos. Entre 1857 y l885
ingresaron a nuestro país 2.139.467 inmigrantes
europeos. Este hecho fundamental coincide con la
evolución capitalista de la economía
mundial. La creciente necesidad de materias primas
y la disponibilidad de capitales que buscaban ser
invertidos aseguraron la rápida construcción
de ferrocarriles y telégrafos, la ocupación
del desierto, la consolidación de las fronteras,
la educación popular, la fundación
de pueblos y ciudades, la instalación de
puertos, y las obras de salubridad e higiene que
transformaron la República.
En 1857 el país tenía instalado nueve
kilómetros de vías férreas,
un pequeño ferro carril que partía
de la Plaza del Parque - hoy Lavalle - y llegaba
hasta Floresta, Hacia l914 se habían construido
treinta y cinco mil kilómetros de vías
férreas y la población había
aumentado a siete millones y medios de personas.
Se había combatido el analfabetismo, se habían
creado los Colegios Nacionales, las Escuelas Normales
y las Industriales y de Artes y Oficios. Se había
modernizado el Ejército, fundado el Colegio
Militar de la Nación y la Escuela Naval y
establecido el servicio militar, Capitalizada la
Ciudad de Buenos Aires, se había hecho el
esfuerzo supremo de construir en pocos años
la magnifica ciudad de La Plata, para dotar de Capital
a la Provincia de Buenos Aires.
Diversificada la producción agropecuaria,
el país se haba trasformado en uno de los
mayores exportadores del mundo. Así, la Nación
en marcha pudo celebrar jubilosamente la apoteosis
de su centenario, entre los grandes países
de la tierra. Joaquín González hizo
la síntesis en “El Juicio del Siglo"
y Leopoldo Lugones cantó en la “Oda
a los ganados y las mieses", los fastos de
la Patria.
Era casi un milagro que un país, en un siglo,
hubiera logrado conquistar su propia independencia,
y dado liberta a dos naciones hermanas, vencido
la anarquía, la tiranía, la ignorancia
y la desidia. Se había creado un país
moderno, fundado en las mejores expresiones del
pensamiento libre y en la conducta acrisolada de
hombres patriotas y valientes que habían
enfrentado el exilio, la persecución y la
muerte, para defender la libertad y redimir a los
pueblos. Era el sueño de Sarmiento en el
discurso de la Bandera: una Nación libre,
culta y generosa, abierta a todos los hombres del
mundo.
Esa era, en síntesis la Argentina de l914.
Su Presidente, Roque Sáenz Peña. Bajo
sus auspicios se dictó la ley del sufragio
obligatorio, que permitió una amplia evolución
política democrática, la plena participación
ciudadana en la elección de los gobernantes
y la llegada al gobierno de hombres y partidos de
honda raíz popular. Sáenz Peña
no pudo orientar las nuevas corrientes y transformaciones
derivadas de la ley, pues falleció el 9 de
agosto de l914. El 1° de agosto, había
estallado la Guerra Mundial. Era el fin de una época.
En realidad podemos considerar que el siglo XIX
se prolongó hasta 1914. El inicio de la Primera
Guerra Mundial concluyó con una era de paz
y de esperanza. La humanidad confiaba en que el
nuevo siglo, por el incesante progreso de la ciencia
y de la técnica y de la ilustración,
de los gobernantes llevaría a la humanidad
por la senda del progreso político y social,.
en el cual los países, por medios pacíficos,
solucionarían los conflictos pendientes,
no obstante el poderoso y creciente armamento de
la naciones en pugna, por situaciones coloniales,
competencia comercial y auge nacionalista. Desde
la guerra franco prusiana de 1870 y la posterior
creación del Imperio Alemán, Bismarck
había logrado contener las fuerza irracionales
de la violencia, para tratar de perpetuar en Europa
un sistema de protecciones mutuas y de alianzas,
que impidieran que las Naciones dirimieran los conflictos
por la fuerza.
No es del caso analizar puntualmente los hechos
que llevaron al mundo a la hecatombe. La paz armada
llevaba consigo el riesgo del conflicto, sin que
se midieran las consecuencias del Apocalipsis cercano,
En la primavera y comienzos del verano de l914,
un clima de calma reinaba en Europa. Parecía
evidente que había un ánimo de pacificación,
tanto en Inglaterra como en Alemania, países
que por su poder militar y naval podían contener
cualquier desborde, Tan así fue que ya en
las vísperas de la guerra, unidades navales
inglesas confraternizaban con la armada alemana
en la base de Kiel. El Emperador de Alemania, ligado
por lazos de parentesco con la Corona de Inglaterra,
confraternizo con los marinos británicos
y luego partió en un crucero por los países
nórdicos.
El 28 de Julio de l914, en la capital de Bosnia,
en Sarajevo, que era parte del imperio Austro Húngaro,
antigua porción del territorio de Turquía
ambicionada por Servia, se produjo el asesinato
del Archiduque Francisco Fernando de Habsburgo y
su esposa, herederos de la corona de Austria, por
el terrorista servio Gavrilo Princip. El Gobierno
Austriaco ante asesinato del Archiduque, consideró
que las autoridades Serbias, no era n ajena al hecho.
En consecuencia fu sometida por Austria a un ultimátum,
para concluir con su sometimiento.. Servia, apoyada
por Rusia resistió. Ante la presión
de Austria, El Zar ordenó la movilización
de sus ejércitos, y Alemania procedió
a declarar la guerra a Rusia y Francia países
unidos por pactos defensivos conjuntamente con Inglaterra,
que declaro la guerra a Alemania.
Así quedó conformado el cuadro inicial
de los países que se precipitaron en la hoguera
de la contienda. Nunca se había visto una
conflagración de estas características.
Anteriormente los ejércitos se enfrentaban
en los campos de batalla sin destruir pueblos, ciudades
y seres inocentes. Esta no fue una guerra de ejércitos,
sino de pueblos. Se asolaron vastas regiones y se
destruyeron ciudades y monumentos, tesoros que la
humanidad había logrado a través de
los siglos, sucumbieron destruidos por el fuego
implacable de la artillería y la aviación
Más de treinta millones de hombres, pagaron
con su vida el tremendo desborde de una guerra que
dejó a media Europa en ruinas y su secuela
de mutilados y de miseria.
Al concluir la guerra, el mundo y la sociedad habían
experimentado cambios profundos que gravitarían
sobre el futuro de la humanidad. La intervención
de los Estados Unidos de América aceleró
el fin de la guerra. El tratado de Versalles que
debía llevar a los pueblos a una paz duradera
y definitiva, no fue más que un intervalo
entre dos guerras. Con razón el mariscal
Foch, ante los errores políticos y económicos
en que incurrieron las potencias vencedoras, pudo
decir con acierto: “Este no es el fin de la
guerra. Esta no es la guerra para terminar con todas
las guerras. Esto es nada mas que un armisticio
de veinte años”. Tenía razón,
porque al no cumplirse los catorce puntos propuestos
por el presidente Wilson y establecer la Paz sobre
bases justas, se llevó a los pueblos vencidos
a sanciones económicas imposibles de cumplir,
y al desmembramientos d e antiguas naciones sin
respetar orígenes étnicos e idiomas.
Se había sembrado nuevamente la semilla del
odio, que engendró ideologías políticas
perversas que llevaron al fracaso a la Sociedad
de las Naciones y a la Segunda Guerra mundial, flagelo
de irracionalidad y crueldad sin limites cuyos efectos
aún perduran.
Por supuesto que todos estos acontecimientos y teorías
políticas extremas han gravitado profundamente
en la vida de nuestra República y no se ha
podido impedir que ideologías totalitarias
se introdujeran en el seno de nuestra sociedad con
los resultados conocidos que padecemos.
En este contexto histórico, que acabo brevemente
de reseñar, se produjo la fundación
del Partido Demócrata Progresista, el 14
de Diciembre de 1914 fecha que conmemoramos en esta
jornada de reflexión ciudadana.
El partido surgió bajo los auspicios democráticos
de la Ley Sáez Peña Traía el
bagaje idealista y romántico de la s heroicas
jornadas cívicas del 90 y la bandera Progresista
de la Liga de Sur Sus ilustres fundadores, y sus
miembros a lo largo del tiempo y de los difíciles
acontecimientos y vicisitudes sociales y políticas
vividos en la República, han servido con
lealtad los principios que le dieron origen. En
su manifiesto inicial se había expresado
la voluntad de “realizar los anhelos permanentes
de orden institucional, de progreso económico,
de continuidad en la labor de la cultura morral
e intelectual, fundada a costa de tantos sacrificios
de las generaciones anteriores,” y se afirmaba:
“Estamos convencidos de que a esta persistente
conducta, debe nuestra patria la posición
que ha alcanzado en el conjunto de las naciones
de América y Europa como teatro de concurrencia
de hombres, ideas y capitales, con personalidad
internacional digna de la fe y del crédito
de que actualmente goza por la discreción
y lealtad inalterables de sus políticas externas,
su amor sincero por la paz fundada en la justicia
y en el respeto reciproco, por la honestidad y rectitud
en su conducta financiera, por la potencialidad
del trabajo nacional y la protección efectiva
a la persona y al trabajo del extranjero, y por
una invariable demostración de su anhelo
por consolidar su paz y orden interior, sin excluir
las progresivas expansiones de la libertad civil
y política y de las reformas sociales”.
El Partido Demócrata Progresista es una fuerza
política programática, republicana,
federalista, moderna, moderada y laica, que pretende
la transformación evolutiva y racional de
la sociedad. Ha estado integrada por una legión
de hombres y mujeres formados, según el ideario
republicano de Lisandro de la Torre y su vida ejemplar.
Si bien los verdes laureles del triunfo no han coronado
el esfuerzo desplegado durante tantos años,
podemos decir sin soberbia, que la Democracia Progresista
siempre ha estado al servicio de la razón,
del principio del bien, de la libertad y de los
intereses de la Nación. Pensamos que nuestro
ideario perdura y supera la dura prueba del tiempo
y de los avatares políticos adversos, porque
nadie podrá destruir el ideal de libertad
y progreso que nos convoca.
EZEQUIEL LUIS GALLO
SANTA FE CUANDO NACIERON LA LIGA DEL SUR Y EL PDP
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Quiero empezar por agradecer al doctor Alberto Natale
la gentileza que ha tenido de invitarme a participar
con ustedes en este importante acto.
Debo decir que he acompañado de alguna manera
a la democracia progresista, y antes a la Liga del
Sur, prácticamente desde su fundación,
cincuenta años estudiándola y luego
de los cuarenta años como observador. Reconozco
que siempre la he acompañado con una gran simpatía,
basada fundamentalmente en mi respeto por la importantísima
tarea que ha hecho la democracia progresista en la
defensa de ese gran ejemplo de austeridad republicana
que es nuestro laicismo. A partir de allí ha
nacido mi interés y mi simpatía por
su trayectoria, a cuyos inicios me referiré
a continuación.
Quiero recordar una carta que la señora Elvira
Aldao de Díaz mandó a Lisandro de la
Torre después de los comicios del año
31. En esa carta la señora le dice que no debe
sentirse acongojado o triste por la derrota de la
Alianza porque si bien la Alianza pudo haber perdido
en la elección general ha triunfado en los
dos distritos emblemáticos del progreso argentino:
la ciudad de Buenos Aires y la provincia de Santa
Fe. Y es en consecuencia a uno de esos dos distritos,
a la provincia de Santa Fe, a la que me referiré
a continuación.
Esta historia comienza en realidad con la fundación
de la Liga del Sur, que como ustedes saben fue la
predecesora de lo que luego sería el Partido
Demócrata Progresista. Creo que sería
justo sostener, y que los demócratas progresistas
actuales reconozcan, la influencia que en estos primeros
momentos tuvieron dos personalidades que no provenían
de la democracia cristiana. Me refiero a los doctores
Leandro Alem y Aristóbulo del Valle, que tuvieron
una influencia definitiva en la formación de
las tradiciones que luego darían lugar a la
democracia progresista. Basta recordar aquí
la participación que sobre todo Alem tuvo en
los levantamientos cívicos de 1890 y 1893,
donde tanto la ciudad de Rosario como las colonias
de Santa Fe jugaron un papel decisivo.
Posiblemente hacia mediados del siglo XIX Santa Fe
era una de las provincias argentinas más atrasada.
Basta recordar que para aquella época la ciudad
de Rosario apenas alcanzaba los tres mil habitantes;
la que es hoy la segunda ciudad de la República
apenas llegaba a esas dimensiones tan modestas.
A partir de los años 70 y 80 la provincia comienza
a tener un proceso de crecimiento económico
que la va a dejar cómodamente ubicada en el
segundo lugar de la República, pero un segundo
lugar que, además, tuvo características
muy especiales. Pocos recuerdan que hacia 1880 la
Argentina importaba trigo desde los Estados Unidos
y Chile, porque la producción local no alcanzaba
para satisfacer las necesidades de esa población
escasa que habitaba en aquel momento el territorio
nacional.
A partir de las colonias agrícolas en la región
centro de la provincia, y luego en la región
sur, la Argentina llegó en 1891 es decir, solamente
en once años a convertirse en el tercer exportador
mundial de trigo. Dentro de esa performance, de ese
volumen de exportaciones que alcanza la Argentina
para los primeros años de la década
del 90, más del 50 por ciento de la producción
venía de los campos santafecinos.
En consecuencia, las colonias agrícolas santafecinas
tuvieron un papel central en este proceso de rápido
progreso que caracterizó al país en
aquella época. Progreso que no solamente estaba
referido al trigo, sino que también fue acompañado
por una gran extensión en la producción
de lino y maíz, y finalmente en la producción
de alfalfa. Esto último dio lugar a la aparición
del ganado vacuno quizás más refinado
que ocupa el primer lugar en las exportaciones mundiales.
Pero junto con esto Santa Fe también desarrolló
ferrocarriles a una velocidad enorme y a partir del
gran motor que fue el centro comercial e industrial
de Rosario produjo una diversificación en su
producción económica sin par en el país,
salvo en el caso de la ciudad de Buenos Aires.
Este enorme progreso que tiene la provincia genera
al mismo tiempo un fenómeno social que es casi
inédito en el mundo: la entrada de miles de
inmigrantes extranjeros que se incorporaron a la provincia,
inmigrantes que provenían de distintas regiones
de Italia, España, Francia, Suiza que tuvieron
un papel muy importante en la provincia de Santa Fe
, Gran Bretaña y otras regiones del continente
europeo.
Hacia el año 1895 el 41 por ciento de la población
provincial había nacido en el extranjero, es
decir, eran inmigrantes. Esto contando solamente a
aquellos que efectivamente habían nacido afuera,
porque los hijos de inmigrantes ya eran computados
legalmente como ciudadanos argentinos.
Este gran mundo cosmopolita que se crea en la provincia
de Santa Fe salvo en la ciudad de Buenos Aires, repito
no tuvo igual ni en la Argentina ni en otros países
del mundo. Creo que en algunas regiones pudo haber
sido similar, como en los Estados Unidos, Australia
y Canadá, pero allí no se registraron
estos porcentajes tan altos de participación
de inmigrantes.
Esos inmigrantes hicieron la provincia, como también
hicieron el país. Este país era hijo
de la inmigración que llegó en aquella
época y que nos proveyó de una cantidad
de beneficios, y entre otros, formó a la clase
empresaria, rural y urbana que fundamentó ese
progreso argentino de la época.
Aquí es interesante señalar de qué
manera en primer lugar la Liga del Sur y luego la
Democracia Progresista recogieron este proceso y le
otorgaron valor institucional. Lo hicieron fundamentalmente
a través de dos líneas de acción
que resultaron muy importantes y que en algunos aspectos
no se completaron satisfactoriamente en el resto de
la Argentina.
En primer lugar, la Liga del Sur fue uno de los primeros
partidos políticos que planteó en la
Argentina la importancia de integrar a los inmigrantes
en la vida del país. Ciertamente estos inmigrantes
se habían integrado con bastante facilidad
en la vida económica y social argentina pero
no lo habían hecho de igual manera ni lo hicieron
satisfactoriamente después en la vida institucional.
Es la democracia progresista la que pidió y
obtuvo en algunos casos el voto para los extranjeros,
que era la forma más efectiva de poder integrarlos
definitivamente a la Argentina. En este campo, entre
otras cosas, la provincia de Santa Fe tiene el orgullo
de haber sido pionera.
Ligado al pedido de voto se desarrolló algo
que estaba totalmente conectado con otra alternativa
en la cual Santa Fe, la Liga del Sur y la Democracia
Progresista jugaron un papel central: la importancia
que se le dio al municipio a partir de experiencias
en las colonias agrícolas.
De alguna manera el municipio estuvo siempre marginado,
en este país lamentablemente tan centralista.
En la provincia de Santa Fe comenzó a nacer
desde las primeras épocas de la fundación
de Esperanza, en el centro de la provincia por inmigrantes
suizos, y luego continuada en el resto de la región.
Aquí también la actuación del
Partido Demócrata Progresista fue muy importante
y de alguna manera planteó por primera vez
en el país la discusión de la importancia
que debía tener la vida municipal.
La vida municipal y la integración de los inmigrantes
fueron dos aspiraciones que si bien surgían
espontáneamente en la sociedad argentina y
especialmente en aquella sociedad santafecina, fueron
trasladadas a un proyecto institucional primero por
parte de la Liga del Sur y posteriormente, de la Democracia
Progresista.
Son este tipo de aportes los que dejan estelas en
la Argentina, por más que nosotros no hayamos
sido del todo exitosos en la implementación
de estas ideas. Desde ese punto de vista, la vida
municipal, la integración de los inmigrantes
y la postulación de una política laicista
formaron un trípode que ojalá pueda
asentarse alguna vez definitivamente en la vida de
este país. (Aplausos.)
CARLOS
KÉLLER SARMIENTO
“El concierto de las naciones después
de la segunda guerra mundial”
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En primer lugar quiero agradecer la posibilidad
de hablar ante gente de un partido político
decente e idóneo que si bien todavía
no ha tenido influencia preponderante a nivel nacional,
tengo la esperanza de que los principios que lo
inspiraron, la manera con la cual encaró
la vida política del país pueda ser
una alternativa promisoria para sacar a nuestra
Argentina de donde está en este momento tan
difícil. Es un momento complicado y triste,
encantadoramente inmune a cualquier sentido común
o posibilidad de racionalizar la capacidad de las
personas y de la gente sobre caprichos que pueden
ser adolescentes o no, ideológicos o no,
y que nos han inundado en los últimos años.
Hoy veía con cierta sorpresa que se ha inventado
una especie de nueva América del Sur. Yo
no sabía que ese era un objetivo nacional
ni sé si se ha estudiado bien ni cuál
es, pero sí que un dirigente importante que
aparentemente se ha quedado rezagado en el concierto
de las cosas cotidianas de un partido importante
que gobierna hace mucho ha tenido la idea de crear
esta América del Sur. No lo sabemos bien.
Yo tengo cincuenta y un años de carrera diplomática
y he estudiado las relaciones de la Argentina con
todos los países del mundo. Ahora tenemos
que ver qué va a pasar con estas nuevas iniciativas.
Lo cierto es que la vigencia de personalidades no
perfectamente idóneas y aptas en el ámbito
de la política argentina ha causado problemas
muy grandes en el país. Con lo cual, todo
lo que se pensó en los años que pasaron
creando instrumentos, carreras y disciplinas, preparando
gente para hacer que nuestro país tan lejos
de todo, ahí abajo, en el sur, con una distancia
enorme pueda tener la presencia que debe tener,
considerando su esfuerzo personal y todo lo que
sea la relación o la dependencia con los
objetos, sujetos y acontecimientos importantes.
Conozco al doctor Natale desde hace mucho tiempo
y tuve el honor de trabajar con el doctor Martínez
Raymonda en una época muy linda y muy buena
en que la Argentina todavía habiendo pasado
un gobierno militar tenía gente de primer
nivel representando al país. Esas son las
cosas que uno no olvida y aprende, dándose
cuenta de que eso es lo que uno quiere para sus
hijos y los hijos de sus hijos.
Tengo algunos apuntes respecto del tema específico
del día de hoy, que no es un tema fácil
dado que la interpretación de la Argentina
en los momentos actuales depende mucho de lo que
sucede en el resto del mundo.
He señalado algunos conceptos que tenemos
que tratar de desarrollar o de recordar. En primer
lugar, el ámbito global. La Argentina no
está lejos de todo ni es un instrumento del
deseo individual de regiones, de partes o de gente.
Nosotros pertenecemos a un mundo, América,
donde rigen ciertas condiciones, pero también
hay países protagonistas de primer nivel,
como es el caso entre otros de Alemania, Reino Unido,
Francia e Italia, que han condicionado la historia
de Europa de una manera permanente. Y naturalmente
nosotros no podemos olvidarnos de América.
Tenemos que recordar que Estados Unidos de América
fue un poco el leading case en el mundo de un país
que se hiciera, como el nuestro, en base a la inmigración
y a la coincidencia de valores e ideales y que pretendía
para sus descendientes un lugar razonable para vivir
en paz. Y nuestros abuelos inmigrantes que llegaron
el siglo pasado a la Argentina buscaban en esa Europa
de Metternich, que se derrumbaba, un lugar para
sus familias donde pudieran crecer sus ilusiones
y proyectos, y sobre todo, tierra firme, tierra
libre y fértil para las ideas y para todo
lo que uno quisiera y pudiera plantar en ella.
Quiero decir algunas palabras sobre Europa. El principal
sujeto de lo que sucede en este momento en el mundo
fue naturalmente Alemania, con sus ámbitos
de agresiva reincorporación de tierra bajo
un concepto político que Hitler denominó
“lebensraum“, es decir, espacio vital.
Es cierto que también fueron responsables
de ello los acontecimientos previos, como el Tratado
de Versalles y la sensación de que en dicho
tratado se cometieron agravios innecesarios con
Alemania. También influyó la no reacción
de los garantes sobre un crecimiento potencial cada
vez mayor del señor Hitler, que no solamente
conquistó el poder sino que empezó
por agredir a los países vecinos, primero
con la excusa de recuperar tierras que le habían
sido arrebatadas por el Tratado de Versalles y después
por considerar que toda la cuestión étnica
de Europa debía ser unida. Entonces todos
los germano-parlantes tenían una cuota de
participación en el proyecto de Hitler.
Es cierto que eso no fue tolerado por muchos países,
especialmente por Inglaterra, que había hecho
una apuesta importante sobre lo que ellos habían
construido, su imperio colonial, en función
de otros valores y otros principios. Y además
tenían de su lado la idea de que las naciones,
como estaban constituidas, conformaban prácticamente
un terreno en el que había que trabajar,
no con la reivindicación de viejos espacios.
El nuevo escenario del mundo era entonces Alemania,
Reino Unido, Francia, Italia, España, Estados
Unidos de América y la Unión Soviética.
La creación de la Organización de
las Naciones Unidas surge como consecuencia del
tratado de Versalles, que llega a la conferencia
de Yalta.
El Tratado de Versalles fue un tratado de paz
firmado el 28 de junio de 1919 entre los países
aliados y Alemania en el Salón de los Espejos
del Palacio de Versalles que puso fin oficialmente
a la Primera Guerra Mundial y entró en vigencia
en enero de 1920.
Los países aliados se reunieron en la Conferencia
de Paz de París para acordar los términos
de la paz con Alemania, el antiguo Imperio Austro-Húngaro
dividido en Hungría y Austria y Bulgaria.
Uno de sus resultados fue el llamado Tratado de
Versalles. Las discusiones de los términos
de la paz empiezan en 1919 y fue presentado ante
Alemania como una única alternativa; su rechazo
habría implicado la reanudación de
las hostilidades.
La delegación y el gobierno alemán
consideraron el tratado como un diktat, o sea, un
dictamen impuesto a la fuerza sin un mecanismo de
consulta. Particularmente molestó el principio
incorporado en el tratado sobre la culpa y responsabilidad
de Alemania por la guerra y por los daños
derivados de esa guerra mundial. Lo cierto es que
fue muy difícil cargar con esa culpa durante
el resto del tiempo, pero también es cierto
que los países comenzaron a tener una posición
más flexible con respecto al cumplimiento
estricto del Tratado de Versalles.
El tratado también estableció la creación
de la Sociedad de las Naciones, que fue el antecedente
de las Naciones Unidas y que constituyó el
foro adecuado para tratar las grandes temas internacionales,
que se estimaba que el mundo debía tener
para discutir los grandes problemas políticos
y económicos. Con el tiempo, esto se orientó
hacia una especie de colaboración y foro
de discusión que fue sumamente útil
y que continuó siéndolo con las Naciones
Unidas.
Otros requerimientos exigían a Alemania la
liquidación de sus colonias y otros territorios
y también la estructura de las fronteras
definitivas, las cláusulas para Europa militares,
nacionales y aéreas , la creación
de la Organización Internacional del Trabajo
y previsiones distintas para tratar de asegurar
una cierta jurisdicción en problemas específicos
de todos.
La Conferencia de Yalta se celebró en Crimea,
antigua Unión Soviética, en febrero
de 1945. Se trata de uno de los hechos diplomáticos
más célebres del siglo XX. Durante
la guerra fría se mantuvo la idea de que
en Yalta se había producido una división
del mundo entre las potencias occidentales y la
Unión Soviética. En realidad, no fue
así.
La situación en el momento de la conferencia
favorecía claramente a Rusia. Tras las impresionantes
ofensivas del Ejército Rojo en 1944, las
tropas soviéticas se hallaban a setenta kilómetros
de Berlín y ocupaban prácticamente
toda la Europa central y oriental. Al mismo tiempo,
el mantenimiento del pacto de neutralidad con Japón
permitía a Moscú mantener una posición
de fuerza en todo lo relacionado con las cuestiones
polaca y alemana.
De Gaulle trató que Francia fuera incluida
en la conferencia, pero no tuvo éxito. Roosevelt
se negó a incluir un país que había
sido liberado por anglosajones, que había
tenido un gobierno pro alemán y que su líder
en aquel momento no había sido elegido por
el pueblo.
En esta Conferencia de Yalta se adoptaron cinco
medidas importantes:
• En primer lugar, la desmilitarización
de Alemania y su división en cuatro zonas
de ocupación entre la Unión Soviética,
Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, (incluida
por demanda de Churchill).
• En segundo término, Alemania estaría
sujeta a fuertes reparaciones financieras y perdería
la Prusia Oriental y parte de Pomerania, quedando
su frontera oriental marcada por las líneas
de los ríos Oder y Neisse, que tiempo después
se convertirían en la frontera del mundo
occidental.
• Además se estableció que un
tribunal internacional juzgaría los crímenes
de guerra, lo que llevó a los juicios de
Nuremberg.
• Polonia iba a ser desplazada hacia el oeste
anexándose a los territorios que Alemania
perdía en el Oriente y cediendo los territorios
que habían quedado bajo el dominio soviético
tras el pacto de no agresión de 1939. Los
comunistas, que integraron un comité que
se llamó de Lublin, constituirían
el núcleo principal del futuro gobierno polaco,
aunque también tendrían presencia
los miembros del gobierno provisional polaco prooccidental
con sede en Londres.
• Con respecto a las Naciones Unidas, cuya
carta había sido ya redactada, se acordó
un compromiso sobre la fórmula de voto en
el futuro Consejo de Seguridad poniendo énfasis
en las variables que hacían preponderante
la figura de los países que habían
ganado la guerra, sobre todo los tres grandes, con
la aprobación de la Declaración sobre
la Europa Liberada, que permitió que la reconstrucción
de Europa se hiciera por medios democráticos,
constituyendo gobiernos democráticos, ampliamente
representativos de los elementos no fascistas de
cada nación.
Posteriormente la violación de estos acuerdos
por parte de los soviéticos llevó
a la división de Europa y dos esferas de
influencia, la zona soviética y la occidental.
En la zona soviética prácticamente
rigió sólo la voluntad de Moscú
y en la zona occidental los países procuraron
establecer razonablemente principios que llevaran
a una especie de continuidad democrática
de cada una de sus comunidades.
En agosto de 1945 se realizó la conferencia
de Potsdam, que iba a definir la suerte del vencido.
Pese a la victoria común sobre el Eje y la
capitulación incondicional de la Wehrmacht,
el ambiente de la conferencia había cambiado
con respecto a Teherán o Yalta, tal como
habían cambiado sus protagonistas. Stalin
seguía, Roosvelt se había muerto y
su sucesor, el presidente Truman, fue el que presidió
la delegación americana. Churchill asombrosamente
perdió las elecciones en Inglaterra y fue
Atlee el hombre que tuvo que negociar en nombre
del Reino Unido.
Austria fue dividida en cuatro zonas, así
como Berlín y Viena, y se definió
el plan denominado de las cuatro D: desnazificación,
desmilitarización, descartelización
(abolición de los grandes carteles económicos
germanos) y democratización. Este plan debería
ser la base de la reconstrucción de Alemania.
Todas las organizaciones nacional socialistas debían
ser disueltas; la administración, depurada;
los criminales de guerra, castigados por un tribunal
en Alemania con sede en Nûremberg; todas las
organizaciones militares y paramilitares, disueltas,
y los ministros de Asuntos Exteriores quedaron encargados
de preparar un tratado de paz definitiva para Alemania.
La Unión Soviética impuso una política
de hechos consumados. Ellos anexaron una serie de
territorios a favor de Polonia, expulsaron diez
millones de alemanes de territorios orientales y
hubo amplios desplazamientos de la población
de toda Europa Oriental. Como siempre, la ley del
más fuerte o del que se cree con mayores
derechos tenía una vigencia cada vez mayor.
Quiero también expresar que en ese año
se produjeron muchas novedades en el ámbito
internacional, sobre todo la creación de
las Naciones Unidas y una división distinta
a la política, o sea que los factores económicos,
regionales, climáticos y estratégicos
tenían vigencia sobre la soberanía
y el territorio nacional.
En este período fue cuando se produjo el
acceso de Hitler al poder; también tuvo lugar
la invasión de Italia a Abisinia, el Anschluss
de Austria –impensable-, la anexión
de Checoslovaquia ( prácticamente su terminación
como nación) y una garantía de Gran
Bretaña a Polonia, que implica pocos meses
más adelante el estallido de la Segunda Guerra
Mundial
Cae Viena y los rusos la dividen en zonas. Muere
Mussolini, muere Hitler, cae Berlín y hay
una rendición incondicional de Alemania.
Lo que sucede después es naturalmente lo
que hemos relatado sobre las conferencias de Yalta
y de Potsdam. En ambas se procura delimitar las
prerrogativas y las posibilidades de una Europa
nueva. Lo que no se puede olvidar nunca es que en
la Argentina, mientras tanto, acaecía un
fenómeno muy importante que todavía
hoy no hemos resuelto: la llegada de Perón
al poder.
Ese acontecimiento fue un cambio total para la Argentina
en lo que era el discurso y los proyectos de los
partidos políticos. Se dio una serie de demagogias
y discursos que fueron muy importantes en ese entonces
porque implicaban la posibilidad de que la gente
pensara que a partir de ese momento existía
la liberación de las clases sociales, pero
en un sentido que cada uno interpretaba de una manera
distinta.
Es cierto que la Argentina estaba un poco condicionada
a la evolución social y que había
un paternalismo muy grande en la sociedad, la cual
se manejaba con valores más familiares que
absolutos.
En cambio, el discurso de esta nueva demagogia era
que había que darle al trabajador todo lo
que quería. En consecuencia, se aumentaron
notablemente los sueldos de los trabajadores y se
abrieron fábricas donde se reclutaban trabajadores.
En cuanto a las fábricas, nunca se sabía
bien si eran necesarias, si se abrían para
que tomaran trabajadores o para que cumplieran una
función y un rol en la vida de cada país.
Lo cierto es que fue un fenómeno que todavía
estamos disfrutando plenamente porque el partido
mayoritario en la Argentina es el partido peronista.
Y no logramos despegarnos de ser peronistas. Todos:
la oposición, el oficialismo, la pequeña
divergencia, la gran divergencia, el kirchnerismo,
todos están dentro del gran peronismo.
Así que miren si no era importante para nosotros
todo eso que vivimos. Creo que no había otra
manera de parar lo que en parte eran sus propias
víctimas, lo cual no se hizo. La primera
víctima del peronismo fue el mismo Perón.
La segunda quiso ser Menem, que no estoy seguro
si lo fue. Duhalde está sobreviviendo a ponchazos;
nadie sabe por qué, pero sigue sobreviviendo.
Y aparecen nuevos pequeños pichones de duches
como el presidente de la Cámara de Diputados,
personajes que están rodeando el entorno,
partidos nuevos desprendidos del justicialismo y
nombrados por éste que pretenden autonomía
y liberalidad. Todo eso es consecuencia de un peronismo
mal entendido, que implicaba beneficio de pocos
y todo el beneficio posible para los otros a costa
de instituciones y de una clase trabajadora.
Además considero que un país debe
tener instituciones que nazcan de sí mismo.
No pueden ser creadas por las instituciones políticas.
Hoy tuve una sorpresa muy linda. Ustedes saben que
los diarios argentinos están sumamente comprometidos
financieramente con el gobierno, con la clase política.
Como tienen deudas enormes tienen miedo de publicar
cosas que nosotros sabemos que existen pero que
se desfiguran delante de talentos literarios como
Mariano Grondona, Morales Solá u otros que
son observadores pseudoimparciales de la realidad;
dicen un poco lo que pueden pero no mucho más.
En cambio, hace unos días en “La Nación”,
en el suplemento "Enfoques", se publicó
un artículo firmado por Esteban Peicovich,
que es un analista, un historiador, un hombre serio
que toda su vida ha dicho claramente lo que pensaba
por eso lo mandaron a un suplemento en el que creo
que ha hecho uno de los diagnósticos más
lúcidos que ha habido en nuestro país.
Hoy curiosamente el diario “La Nación”
me publicó una carta de lectores que presenté
hace un tiempo en donde me refería a ese
artículo que me había conmovido intensamente.
Me rechazaron diez cartas de lectores por cuzquito
ladrador y provocador, pero está bien, las
reglas son las reglas y no hay que morder de la
mano del que nos da de comer. Espero que no dejen
de leer el artículo de Peicovich que les
estoy comentando porque es la única manifestación
libre y fuerte que me pareció lógica
y racional en una Argentina que vive todavía,
a pesar de tener destruidas sus instituciones, a
pesar de estar totalmente fundida varias veces,
a pesar de pensar si van a pagar la deuda o no y
cómo, a pesar del estado de sus calles y
de la increíble poca esperanza que hay en
el mundo sobre nosotros y sobre el momento que estamos
viviendo.
Por eso me he permitido transitar un poco por algunos
caminos que me parecen más lógicos
para un partido como el Demócrata Progresista,
por los noventa años que cumple, y ver si
podemos salir de esto. (Aplausos.)
FÉLIX
PEÑA
“INTEGRACIÓN REGIONAL
Y GLOBALIZACIÓN”
Para
bajar el archivo de esta exposición en su PC
haga click aquí
Agradezco la invitación.
Para mí estar aquí es un honor. Diría,
casi un deber, porque siempre he tenido un gran
respeto y admiración por el Partido Demócrata
Progresista y su trayectoria en la construcción
de una democracia pluralista en la Argentina.
Me une, además, una relación muy antigua
con varios de sus dirigentes actuales. Además
de haber estudiado junto con Alberto Natale, fui
testigo del nacimiento de su vocación demócrata
progresista. Lo que pasó en ese momento fue
que yo me fui para otra opción partidaria.
Pero eso no nos apartó de nuestra común
vocación por la cosa pública y por
la construcción de la democracia en nuestro
país. Además, mi abuelo materno fue
parte del proceso de creación del partido
y fue, luego, senador y convencional de la provincia
de Santa Fe.
De alguna manera, todo esto está muy vinculado
a mis afectos, por lo que agradezco que se me haya
dado la oportunidad de hablar hoy aquí.
Reflexionando sobre cómo comprimir en veinte
minutos un tema tan amplio como el de Integración
Regional y Globalización, fui analizando
los otros temas que se van a tratar en el curso
de esta tarde. De allí surgió una
primera reflexión: si este misma Jornada
se hubiera hecho cuando fue lanzado el Partido Demócrata
Progresista, en los años 10 o en los 20 o
en los 30, todos los demás temas del Programa
podrían haber figurado, pero difícilmente
hubiera figurado el de la integración regional
y la globalización.
Nos encontramos entonces, frente a un tema que es
relativamente nuevo en nuestro debate público,
en el debate sobre la Argentina y el mundo, en el
propio debate sobre la Argentina. Uno podría
decir que el tema de la integración regional
ya ha crecido y que tiene cierta edad, ya que llevamos
cuarenta o cincuenta años hablando de ella.
Y uno también podría decir que globalización
es otro nombre de lo que en aquellos años
se debatía sobre la Argentina y su vinculación
con la principal potencia globalizada del mundo,
que era Gran Bretaña. Pero lo cierto es que
la fuerza y la intensidad que ha adquirido nuestro
tema central – esto es, la relación
entre la idea de integración regional y el
fenómeno de la globalización durante
los últimos años, particularmente
en los más recientes, deriva de la tensión
dialéctica que ellos existe, que incluso
muchas veces lleva a plantearlos, tanto en el debate
público como en la acción política,
como una antinomia: o nos integramos en la región
o nos integramos en el mundo.
Tengo la impresión, sin embargo, de que lo
que aparenta ser una contradicción, una fuente
de demandas contradictorias para nuestro país
y para muchos otros – que son las demandas
originadas en nuestra inserción en la región
que nos rodea y en el mundo no lo es tanto, si es
que tenemos respecto de nuestro país y por
cierto, sería el caso también de los
demás países, aunque nosotros debamos
ocuparnos del nuestro una idea clara de qué
queremos hacer, tanto en el mundo como en la región.
Esto me lleva a recordar lo que un viejo amigo,
ex canciller de Brasil, Celso Lafer, le gusta utilizar
como definición de política exterior:
el arte de la conciliación entre necesidades
internas y posibilidades externas de una nación.
Ahora bien, es muy difícil conciliar posibilidades
externas con necesidades internas, si no se tiene
en claro cuáles son esas necesidades internas.
Pero también se corre el riesgo de que la
definición de necesidades internas de una
nación, se efectúe en función
de un análisis voluntarista de lo que es
el mundo que nos rodea.
Esto último nos puede conducir a serios a
errores de diagnóstico - que por otra parte
hemos cometido muchas veces a través de la
historia y no solamente en una u otra ocasión-.
Si miramos hacia atrás, por lo menos hasta
los años 30, vemos que recurrentemente en
la Argentina hemos cometido errores de diagnóstico,
en particular, sobre lo que valemos en el mundo,
sobre nuestro grado de prescindibilidad –especialmente
en la perspectiva de las potencias centrales- o
sobre las oportunidades que tenemos tanto en la
región como en el mundo.
Esta es la tesis principal que quiero sostener hoy:
es en el plano interno de cada sociedad y en nuestro
caso concreto, en el de nuestra sociedad, donde
se puede terminar de conciliar lo que aparentemente
es contradictorio, esto es las demandas que surgen
de la integración regional con las que se
originan en la globalización. Pero ello es
así, a condición de que tengamos una
idea clara de qué es lo que necesitamos como
país y una idea, más clara aún,
de qué es lo que realmente podemos obtener
en el entorno externo, sea el regional o el global.
Ahora bien, ¿qué es lo que podemos
aprender al respecto, de la experiencia de procesos
de democratización relativamente recientes
- me refiero a las últimas dos o tres décadas
-, sobre todo en el caso de los países europeos
como Grecia, España, Portugal, y ahora los
de Europa Central y del Este? En mi opinión
es, precisamente, el que es una correcta apreciación
de lo que se puede hacer y obtener en el entorno
externo y, al mismo tiempo, una correcta lectura
sobre cuáles son los desafíos que
plantea la inserción del respectivo país
en su región y en el mundo, lo que permite
generar factores que logran cohesionar una sociedad
y, por lo tanto, fortalecer el trabajo conjunto
en función de tales oportunidades y desafíos.
O sea, esa tensión que existe entre lo interno
y lo externo puede ser bien aprovechada para terminar
de definir una agenda de incorporación positiva
del país en el mundo y en su región
que, a su vez, genere efectos de cohesión
nacional, fortaleciendo la posibilidad de construir
una democracia pluralista, asentada en una economía
moderna y competitiva que eleve el grado de bienestar
de la población. Lo que se observa en estos
casos, es que su propia identidad como nación
y su proyecto de vida en común, resultan
fortalecidos con una correcta apreciación
de lo que se necesita del entorno externo y de lo
que efectivamente puede lograrse en él.
Permítanme avanzar ahora, algunas reflexiones
sobre el tema de la globalización primero,
para hablar luego de la integración regional,
siempre en una perspectiva de nuestra Argentina
actual.
Comenzando con el tema de la globalización,
voy a tratar de hacer lo recomendable en estos casos.
Es decir, intentaré rescatar algunos elementos
que son centrales, desde la perspectiva de un país
como la Argentina en su proyección hacia
el futuro. O sea, ¿qué es lo que nos
está diciendo la lectura de lo que está
pasando en el mundo cuando utilizamos la palabra
globalización y qué es lo que ello
significa para la Argentina?
Indudablemente, en esencia significa lo mismo que
para los ciento ochenta países con quienes
competimos en el mundo, y esto ya es un primer dato
a tener en cuenta: el crecimiento demográfico
de la competencia política y económica
global. Esta nueva realidad del mapa de la competencia
global, significa que lo que antes era distante,
ahora es cercano, pero no sólo por razones
del progreso tecnológico aplicado a los movimientos
financieros, al transporte, al flujo de información.
Es mucho más que eso. Se han reducido las
distancias económicas, por cierto, pero también
las ideológicas. Había cantidades
de cosas que hasta hace quince años no se
podían hacer porque el mundo de la guerra
fría estaba dividido en dos compartimentos
estancos. De repente, las distancias se acortaron
y estamos empezando a movernos en un tablero con
protagonistas que están cambiando constantemente
de posición de poder relativo, a veces en
forma medio anárquica, pero sobre todo muy
dinámica.
Entonces, si hay una palabra que surge claramente
cuando uno habla de globalización es “dinamismo”.
El de hoy es un mundo de arenas movedizas. Se observa
una dinámica de cambio de tal intensidad,
que si no se tiene una aptitud mental de cazador
de blanco móvil puede traer serios problemas
para entender la realidad, mucho más si se
comete el error de desarrollar una actitud de dinosaurio,
es decir, quedándose pegado al pasado y,
peor aún, tratando de idealizar y de reconstruir
pasados que ya fueron. A veces uno tiene la sensación
que en nuestras latitudes, hasta el progresismo
tiene una clara dimensión conservadora, por
no decir, reaccionaria en términos históricos.
Predomina la tendencia a intentar recuperar pasados
–para colmo distintos pasados según
los protagonistas- que por lo demás quizás
se han idealizado.
Esa dinámica del mundo de hoy, requiere entender
cuáles son los factores que producen los
cambios. Y requiere, en especial, reflejos rápidos
respecto de cómo moverse para aprovecharlos
y defenderse de aquello que puede producir efectos
negativos, en función de lo que queremos
como sociedad. Estoy asumiendo por cierto, el que
tengamos una cierta idea de qué es lo que
queremos y podemos hacer, considerando a la vez,
nuestras necesidades y preferencias sociales, y
lo que el mundo en el que nos movemos nos permite
aspirar.
Eso plantea demandas muy fuertes de lo que podemos
llamar en líneas generales inteligencia competitiva.
Normalmente se aplica el concepto, a la competencia
de entre las empresas. Pero también se puede
aplicar a la competencia entre países, sea
en el plano del acceso a recursos de poder, sea
en el plano del acceso a recursos de bienestar.
La inteligencia competitiva implica el procesamiento
y la decodificación de la información
sobre lo que está pasando en el mundo y,
fundamentalmente, sobre cuáles son los factores
que están desplazando ventajas competitivas
e importancias relativas, es decir, qué es
lo que está haciendo que allí donde
determinados factores nos hacían relevantes
para los otros países ya no lo sean más.
A veces, por estar muy concentrados en otros temas,
no nos damos cuenta de lo que está ocurriendo
alrededor nuestro y de los desplazamientos de valor
relativo que continuamente se están produciendo
entre las naciones.
La globalización, con su dinámica,
plantea entonces requerimientos fuertes de inteligencia
competitiva. Esto es todo un desafío para
la gente del mundo académico, para los empresarios
y, sobre todo, para aquellos que tienen la responsabilidad
de liderar y de proponer estrategias y formular
políticas públicas.
En este fenómeno llamado globalización,
se observan tres tendencias que se han manifestado
con bastante claridad en los últimos años.
Se siguen presentando hoy y se están manifestando
cada vez en forma más aguda, al tiempo que
nada nos indica que van a dejar de intensificarse
en los próximos diez años. Nos guste
o no la globalización, desde el punto de
vista de nuestro país, ello implica administrar
a nuestro favor esas tendencias. Ese es un gran
desafío que tenemos como sociedad.
La primera tendencia que se está acentuando
dramáticamente en los últimos meses
y días que como cada tendencia y fuerza profunda,
viene de bastante antes pero ahora empieza a aflorar
en toda su magnitud es lo que con un título
periodístico podemos denominar “el
despertar de las ballenas”. George Kennan,
diplomático americano en los años
de la última post-guerra y destacado especialista
en relaciones internacionales, hablaba de monsters
countries, esto es los países monstruos,
enormes. Dos o tres de ellos, de larga tradición
histórica, de repente han despertado. Han
optado por modelos de eficiencia económica
y por pautas de gobernabilidad democrática
o predemocrática. Claramente me estoy refiriendo
a los casos de China, India y, de alguna manera,
a Rusia.
Kim Clark, decano de la Harvard Business School,
decía hace pocos días citado en un
diario algo que es importante retener. El decía
que no nos hemos dado cuenta todavía lo que
significa que 2.500 millones de individuos se incorporen
a la competencia económica global. No es
que no existían, no es que no consumían,
sino que no estaban incorporados plenamente sea
como productores, trabajadores o consumidores a
la competencia económica global.
Ahora bien, si sumamos a China, India y Rusia e
incluimos a algunos otros países como algunos
del Sudeste Asiático, de Europa Central,
incluso del África y de nuestra América
Latina, se trata de unas 2.500 millones de personas.
Es mucha gente que empieza a demandar, no solamente
bienes de consumo final cada vez más sofisticados
y de calidad, sino también insumos para producir
bienes de consumo final. Sólo un ejemplo:
la revista francesa “Express” señalaba
recientemente que en China, en los próximos
años – la estimación es hasta
el 2020 -, se van a construir anualmente 500 millones
de metros cuadrados de viviendas residenciales.
¿Qué significan estos datos –que
se pueden reproducir en muchos otros sectores- en
términos de demanda de insumos y de incorporación
de inteligencia a los procesos productivos de materiales
de construcción y al desarrollo de tecnologías
organizativas? Es un cambio revolucionario, en el
sentido histórico de la palabra. Es un cambio
que nosotros no podemos desconocer ni sobre todo
banalizar ni tomar a la ligera.
Lozano
PDP
Eso lleva a la segunda tendencia profunda, que
está operando hace varios años y que
se acentúa, tornándose hoy cada vez
más fuerte. Me refiero a la internalización
de flujos, comercio, inversión y financiamiento
dentro de grandes redes multinacionales que, hasta
hace unos años, cuando las llamábamos
corporaciones transnacionales o empresas multinacionales
–por ejemplo, en la literatura económica
de los años 70 y 80 , tenían sus casas
centrales en ocho o diez países altamente
industrializados. Hoy se miden por miles y tienen
sus epicentros o sedes centrales cada vez en más
países. En este momento, hay una emergencia
de redes de producción transnacionales con
epicentro en China, incluso muchas de ellas producto
directo de las inversiones de Taiwan en China. Este
es, precisamente, otro elemento del cambio revolucionario
que está ocurriendo en el escenario internacional,
que muchas veces nuestras diplomacias no han terminado
de asimilar: el que Taiwan sea una de las usinas
de capacidad empresaria más significativa
de la China continental.
Esta tendencia ha introducido nuevas palabras código
para entender la realidad internacional, que en
la política de muchos de países se
han transformado en parte del debate electoral,
como se ha observado recientemente en las elecciones
americanas o se observa en la política francesa.
Son ellas, el outsourcing, la tercerización
dentro de la propia red o con terceros, la deslocalización
de facilidades productivas -esto es: levantar una
planta y llevarla a otro lugar, lo que se observa
hoy en muchos países, como por ejemplo, en
México con respecto a China-. Y esto está
produciendo tensiones internas muy fuertes, pero
al mismo tiempo también genera oportunidades
extraordinarias para quienes pueden o saben aprovecharlo.
En el fondo lo que está ocurriendo es la
acentuación de la estrategia de fragmentación
de las cadenas de valor por parte de las redes multinacionales
que operan a escala global y también, regional.
La tercera tendencia profunda y de esta manera haré
puente con el segundo tema de nuestra presentación,
que es el de la integración regional es la
tendencia a los clubes privados de comercio internacional.
Lo que en la literatura, la jerga técnica,
se llama regionalismo preferencial.
Todos los acuerdos de libre comercio, cualquiera
sea su denominación y formato, cualquiera
sea su extensión -bilaterales, plurilaterales,
multilaterales-, todos, son, desde el punto de vista
del club global del comercio internacional esto
es, la Organización Mundial del Comercio
, discriminatorios. Es decir, todos establecen,
sea a través de aranceles diferenciales o
de reglas de origen selectivas, formas de discriminar
con respecto a terceros. Y ello está generando
una suerte de tensión en el sistema internacional
global que se acentúa cuando se empieza a
vincular, como de hecho pasa, la agenda del comercio
global y preferencial y la agenda de seguridad.
Es decir, cuando un país empieza a utilizar
los acuerdos preferenciales como instrumentos tácticos
como decía un especialista americano en estos
temas refiriéndose a la estrategia de los
Estados Unidos después del 11 de septiembre
en función de objetivos estratégicos
en el plano de la seguridad, que son ajenos al comercio
internacional.
Estos clubes preferenciales, que son parte de la
realidad actual, son discriminatorios, difíciles
de disciplinar, pero en todo el mundo se están
construyendo y es muy difícil imaginar que
dejen de existir.
Se podría afirmar que sería deseable
que no existan las tres tendencias profundas que
estoy hoy señalando. Pero lo que sería
una irresponsabilidad, incluso ética, sería
no señalar claramente que vamos a tener que
convivir con ellas. Entonces, debemos ver cómo
vamos a aprovecharlas en función de lo que
puede ser o es nuestra definición de lo que
necesitamos como país, del entorno global
y del regional.Eso me lleva a decir algo que está
más centrado en el segundo componente de
mi intervención, que es la integración
regional, que también se presta a muchos
ejercicios de tipo intelectual y político.
El de la integración regional, es un tema
que, dada la aceptación que tiene en la opinión
pública en general de nuestras latitudes,
se presta mucho a algo que está muy de moda
en todos los países del mundo: la diplomacia
mediática, la diplomacia de efectos especiales,
los anuncios para la prensa del día siguiente
y no necesariamente para penetrar en la realidad.
Esto se observa en todo el mundo y no es algo en
lo cual nosotros tengamos exclusividad. En todas
partes del mundo, se observa constantemente en la
lectura de la prensa – del mundo, de la región
y local – el anuncio de reuniones y acuerdos
que sus protagonistas califican de históricos.
Podríamos decir, que estamos rodeados de
historicidad en la construcción de la integración
regional!
La palabra integración evoca, desde el punto
de vista argentino y de nuestra región, la
idea de construir un barrio de calidad que facilite
la consolidación de la democracia, la transformación
productiva, la cohesión social y la inserción
competitiva de cada uno de nuestros países.
Esto es, un contexto contiguo -un barrio-, dominado
por la lógica de la integración y
no por la lógica de la fragmentación.
Y la historia nos indica que lo que ha predominado
más entre vecinos es la lógica de
la fragmentación que la lógica de
la integración. En su libro “Guerra
Civil”, Hans Magnus Enzensberger, nos recuerda
con razón que, en el fondo, el fenómeno
de la guerra -que muchos de mi generación
hemos conocido como guerras internacionales-, en
la perspectiva de tiempos históricos largos,
se ha manifestado en realidad como guerras civiles
entre vecinos, entre hermanos. Es en los contextos
contiguos donde, a través de la historia,
se han producido más conflictos violentos.
La integración regional, evoca entonces la
idea de construir un barrio de calidad para nuestro
país y para aquellos con los cuales compartimos
una región geográfica y, por ende,
una historia común. Lo que sucede es que
normalmente se comienza por el contexto contiguo,
por los vecinos. En nuestra región –
América del Sur el concepto de vecinos difiere
según sea en que país nos situamos.
Por muchos años, América Latina como
dimensión regional no existió. Si
esta Jornada Académica se hubiera realizado
en los años y décadas siguientes a
la creación del Partido Demócrata
Progresista, se habría hablado de América
del Sur –probablemente, se habría invitado
a Alejandro Bunge para que hablara de la Unión
Sudamericana, y la Unión Sudamericana desde
la perspectiva argentina era el Cono Sur-. Cuando
se creó la Asociación Latinoamericana
de Libre Comercio, la iniciativa original estaba
orientada a organizar el Cono Sur. Cuando Arturo
Frondizi – como presidente electo recorre
Brasil, Chile y Uruguay, con una serie de discursos
muy buenos, lo que plantea es trabajar juntos en
el Sur Americano. Cuando los Presidentes Raúl
Alfonsín y José Sarney lanzan el programa
de integración bilateral entre la Argentina
y el Brasil, la idea básica era generar un
núcleo duro de democracias en el Cono Sur,
que de alguna manera contribuiría a la estabilidad
de América del Sur, además de satisfacer
las demandas internas que teníamos de crear
condiciones apropiadas para iniciar una transición
democrática compleja.
Cuando se creó el Mercado Común del
Sur – el Mercosur , me tocó participar
como negociador. El último día, ya
casi cerrada la instancia negociadora, se discute
el último artículo de lo que sería
el Tratado de Asunción –en realidad,
su artículo primero-. Era el del nombre detallado
de lo que ya estaba instalado como Mercosur, expresión
que entiendo originara el entonces Subsecretario
de Comercio Exterior, Raúl Ochoa, y que había
pegado en la opinión pública. En la
prensa estaba instalada la idea de que tal palabra
se refería al Mercado Común del Cono
Sur. Precisamente el borrador que teníamos
en la mesa de negociación decía “Mercado
Común del Cono Sur”. La delegación
del Brasil -presidida por el actual canciller Celso
Amorío-, nos hizo ver que, desde el punto
de vista de Brasil, la expresión Cono Sur
–tan normal para nosotros- implicaba dejar
de lado todo lo que era el Noreste brasileño.
Pero en el fondo, lo que nos hizo ver era que América
del Sur, en la perspectiva del Brasil- es prácticamente
“toda” América del Sur y no sólo
el Cono Sur, porque se trata precisamente de su
contexto contiguo. Cuando años después,
el Presidente Fernando Henrique Cardoso lanza la
idea de la primera cumbre sudamericana, estaba pensando
legítimamente -desde la óptica brasilera-
en que ciertos temas no podían ser plenamente
resueltos por el Brasil sino a escala sudamericana,
por ejemplo la energía, el transporte, la
infraestructura física. Esto quiere decir
que, al igual que lo que pasa en el espacio europeo,
el espacio sudamericano es la resultante de distintas
ópticas y aproximaciones que, como están
precisamente determinadas por la posición
geográfica de cada miembro del tablero regional,
dan lugar a una concepción multi-espacial
que, por momentos, puede parecer como contradictoria
con la perspectiva más amplia de la América
del Sur en su totalidad. Nosotros, los argentinos,
tendemos naturalmente a verlo más con la
óptica del Cono Sur y es natural que Brasil
–por su posición geográfica-
tienda a verlo atendiendo a todo el espacio sudamericano.
Pero yo diría que la dimensión espacial
no es lo más complejo. Lo más complejo
en materia de integración regional, no es
tanto saber si hay voluntad política de trabajar
juntos, como conocer exactamente qué significa
trabajar juntos. Es decir, cuál es la esencia
del fenómeno que, decodificado por un político,
un ciudadano, un empresario, un trabajador europeo,
da lugar al concepto de integración, y que
le permite diferenciarse y tener identidad en un
mundo mundializado o globalizado.
Entiendo que la esencia del fenómeno, en
esta perspectiva metodológica, está
constituida por tres elementos básicos. Hasta
que no lo tengamos totalmente en claro, vamos a
estar confundidos en el debate sobre cómo
trabajar juntos en el ámbito sudamericano
e, incluso, en el más acotado del Mercosur.
Una vez decidido que como naciones, preferimos trabajar
juntos, compartiendo objetivos y esfuerzos, y no
separados; una vez decidido que es más inteligente
trabajar con una óptica de integración
y no con una de fragmentación sobre todo
cuando no hay motivos serios para pelearse , el
primer elemento que define el fenómeno denominado
integración regional - y que lo diferencia
de otros, como puede ser simplemente expandir el
comercio exterior o tener relaciones de buena vecindad-
es una preferencia, especialmente económica,
entre los socios. Es decir, la distinción
entre nosotros y ellos, en el plano de las relaciones
internacionales.
El cómo de la preferencia es algo que se
puede discutir y va a depender mucho de las circunstancias:
puede ser una unión aduanera, una zona de
libre comercio… pero esto no es lo esencial.
Lo esencial es si estamos dispuestos a tener entre
nosotros un trato distinto al que damos a los terceros
y que de alguna manera, además, se corresponda
a una identidad común que no anula, sino
que refuerza, la identidad nacional.
El punto de partida es que cada uno participa de
este tipo de asociación entre naciones, en
función de su interés nacional. Porque
entiende que así le conviene. Es a partir
de lo nacional que vamos a lo regional, para que
lo regional permita fortalecer lo nacional.
Visto de esa manera, la cuestión de las preferencias,
especialmente las económicas, es central.
Si se diluye la preferencia, si da lo mismo ser
socio que no serlo, es obvio que se va a erosionar
el affectio societatis y se va, finalmente, a dejar
de ser un club. En tal caso el club puede ser que
no desaparezca. Pero queda sólo en los papeles.
Por otro lado, siempre hay asimetrías de
dimensión económica, de grado de desarrollo
y aún, de poder relativo entre países
vecinos. El segundo elemento esencial es, entonces,
saber cómo y quién protege las preferencias
económicas que se otorgaron los socios, ya
que sería muy nocivo el que tal protección
dependa solamente de la voluntad nacional de un
socio, por ejemplo el o los de mayor dimensión
o poder relativo. Algo así como que la protección
de las preferencias dependiera del humor de quién
la otorgó, el día que tiene que aceptar
el producto originado en otro socio. En este sentido,
un empresario de Las Parejas, provincia de Santa
Fé, me decía un día cuando
era funcionario público a cargo de estos
temas y le explicaba que el Mercosur era un incentivo
a las transformación productiva, gracias
al acceso asegurado a un mercado de doscientos millones
de consumidores: “¿Cómo quiere
que invierta en aumentar la producción de
maquinaria agrícola, si cada vez que llego
con mi producto y soy competitivo en el mercado
brasileño me sacan del mercado? Además,
ustedes en Buenos Aires se la pasan discutiendo
sobre si el Mercosur existe o no existe”.
Y me encontré con un empresario pequeño
que estaba actuando con una racionalidad económica
impecable. Quizás exageraba algo. Pero en
el fondo me señalaba que no había
correspondencia entre el discurso y la realidad,
porque nadie le decía quién protegía
las preferencias que le habían prometido
y en función de la cual le decíamos
que invirtiera ya, porque había 200 millones
de consumidores al alcance de su mano.
Debemos entender que eso es absolutamente esencial,
que eso es lo más político del Mercosur;
porque ello tiene directa relación con las
inversiones productivas y la creación de
empleo. Al hablar de inversión y de empleo
estamos tocando el núcleo duro de la agenda
política de cualquier país hoy en
día y, en especial, del nuestro.
El tercer elemento es el de la disciplina colectiva.
Esto lo destacaba, hace pocos años, en un
seminario un destacado diplomático europeo
que conocía bien el paño y que había
estado acá y en Brasil. Se encontraban presentes
los cancilleres de entonces de Brasil y de la Argentina
y después de un debate formuló una
sola pregunta: “Quisiera saber cuándo
Argentina y Brasil estarán dispuestos realmente
a someterse a disciplinas colectivas, tal como nosotros
las hemos aceptado en Europa –incluso países
del poder y la dimensión de Alemania y Francia-
y tal como los Estados Unidos las han aceptado en
el marco del NAFTA”.
Fue una pregunta fuerte. Me di cuenta de que ahí
estaba la esencia de la cuestión. Si un grupo
de países crean un club preferencial, particularmente
de naciones desiguales, pero no cumplen con sus
reglas si no les conviene y cada vez que tienen
un problema las dejan de lado, es difícil
que se pueda tornar creíble ese club ante
terceros países, inversores o ciudadanos.
En conclusión, estos tres elementos esenciales
tienen que ver entonces, sobre si tenemos claro
que de eso se trata cuando se afirma la voluntad
de encarar un proceso de integración regional,
para así afirmar la identidad nacional y
navegar mejor en un escenario mundial globalizado.
Se trata de saber, además, si como sociedades
estamos dispuestos a trabajar sobre la base de tales
elementos esenciales. Si es así, habría
que determinar si estamos dispuestos a poner esta
energía colectiva en el espacio que nos rodea
– Sudamérica en función de nuestra
estrategia de inserción en el mundo globalizado,
en el cual no hay casi ninguna tolerancia para inhóspitos
e ineficientes, sobre todo si el inhóspito
e ineficiente tiene un poder relativo bajo.
Muchas gracias.
RAFAEL MARTÍNEZ
RAYMONDA
“TRANSFORMACIONES PROGRESISTAS EN EL GOBIERNO
DE LUCIANO MOLINAS” Para
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El doctor de Cara, correligionario, ha hecho la presentación,
y luego tres distinguidos ciudadanos que no son militantes
de la democracia progresista exaltaron desde su punto
de vista lo que fue el partido en esa etapa de su
fundación y desarrollo. Ellos han hecho una
descripción y análisis con pinceladas
muy lindas que agradezco en nombre del partido.
Me toca la obligación moral y espiritual, magnífica
obligación, de tener que referirme a lo que
fue el Partido Demócrata Progresista.
El espíritu de la fundación nos impulsaba;
hubo vocación, capacidad, decisión,
voluntad y coraje para llevarlo a cabo. Fue una época
difícil; pocas veces se levantó dos
veces al proyecto, al modelo y a la realización
que entonces representaba el gobierno de Luciano Molinas
y su base fundamental, su hoja de ruta, en su gobierno.
Luciano Molinas asumió el gobierno de Santa
Fe el 20 de febrero de 1932. Pero su gobierno fue
pergeñado, concebido, diseñado y orientado
nueve años antes, el 13 de agosto de 1921,
cuando la Asamblea Constituyente de Santa Fe la Convención
Reformadora, para ser más precisos sancionó
la reforma de la Constitución de la provincia.
La simbiosis entre el gobierno de Molinas y la Constitución
del 21 es tal, que son inescindibles. Pocas veces
un gobierno que se había soñado tener
se había pergeñado nueve años
antes y a pesar que parecía haberse frustrado
en su mismo nacimiento. ¿Qué era
esta Constitución del 21? Voy a repasar el
mensaje que Luciano Molinas envía a la Legislatura
acompañando el proyecto de ley poniéndola
en vigencia y en el que dice que la Constitución
del 21 no fue la obra de un partido sino que colaboraron
en ella el Partido Demócrata Progresista, sin
concretar todas sus ilusiones y aspiraciones; lo fue
por la mayoría de los convencionales que la
dictaron y establecieron, miembros de distintas fracciones
del Partido Radical.
Es decir, no era nuestra Constitución pero
habíamos tenido gravitante participación
en ella y se había conformado y diseñado
con un espíritu que pensemos en ochenta y tres
años antes proyectaba una Constitución
progresista y con contenido social, como el mundo
apenas había tenido con la de Weimar en Alemania
y la de México.
Era la tercera Constitución en el mundo que
incorporaba los derechos sociales, la condena de la
tortura, y todo lo que ustedes van a escuchar en esta
brevísima síntesis de lo que presupone
esta monstruosa obra jurídica, política
y social que fue la Constitución del 21.
Tenía una característica muy particular,
sobre todo para los tiempos que corren en que todos
los gobiernos piden más y más poder.
Cuando Luciano Molinas elevaba el mensaje decía:
"Con este acto el Poder Ejecutivo cree dar prueba
fehaciente de la sinceridad de sus promesas y de la
altura de sus propósitos. Voluntariamente se
somete a una Constitución que restringe sus
facultades y le crea controles en el orden político,
administrativo y financiero. La mayor descentralización,
la autonomía legislativa, la independencia
judicial, la extensión del régimen municipal
y la participación creciente del pueblo en
el gobierno se realiza principalmente a expensas del
Poder Ejecutivo." ¡Qué vientos
soplaban entonces, los que hoy ni siquiera es brisa!
Realmente, aquellos hombres venían de gobiernos
centralizantes y con actitudes concentradas. Pero
la Constitución del 21 las descentralizaba
a favor del poder al pueblo. ¿Cómo lo
hacía? Daba autonomía al Poder Legislativo
para autoconvocarse en la iniciación de las
sesiones, en su prórroga y en la convocatoria
a sesiones extraordinarias; creaba la investigación
parlamentaria irrestricta y establecía la inamovilidad
de los jueces. La Constitución anterior a la
del 21, establecía un período a los
camaristas de seis años, y a los jueces por
cuatro años, para luego ser sometidos a nuevo
acuerdo, es decir, todos mansos corderos en la mano
de los Ejecutivos para conseguir la prórroga
de sus mandatos.
Establecía el control de los comicios por juntas
constituidas por los partidos, incluyendo la oposición;
daba el voto a la mujer, ¡en 1921!, en las elecciones
locales, y por supuesto a los extranjeros, como dijo
Ezequiel Gallo en su presentación; se suprimía
el secreto del sumario en materia penal; se creaban
impuestos al latifundio, al ausentismo y al mayor
valor de la tierra libre de mejoras. Con respecto
a este último punto, el latifundio y el ausentismo
se sancionaron por ley inmediatamente, pero respecto
del mayor valor de la tierra libre de mejoras fue
algo apasionante y no sé si hoy, en el año
2004, se puede volver a pensar.
Este mecanismo impositivo generó la riqueza
de la llanura Padana del norte de Italia bajo la égida
de María Teresa, emperatriz de Austria. ¿En
qué consistía? Era muy simple. Se establecía
cuánto ganaba el productor agropecuario, el
chacarero o el propietario en su cosecha. Supongamos
que fueran diez mil de la moneda de ese entonces,
es decir que durante cinco años él iba
a pagar impuestos sobre diez mil, pero todo lo que
produjera de más era libre de impuestos, o
sea que el productor no pagaba a medida que acrecentaba
sus ingresos. En cambio, ahora, con los regímenes
impositivos actuales, al que incrementa sus ingresos
lo agarra la trituradora de las escalas altas y lo
desalienta, y entonces vende en negro y evade. Antes
no tenía que evadir nada, ya tenía fijado
los diez mil y pagaba por ese monto, lo que hacía
de más era de él libre de impuestos;
este sistema hizo la riqueza de la llanura Padana,
el desarrollo agrícola de Australia y de otros
países. Este sistema estaba incluido en esa
Constitución pero no alcanzó el tiempo
para ponerlo en marcha.
En la Constitución de 1921 se establecía
en materia laboral una jornada de ocho horas, el descanso
dominical y la tarde del sábado. Se hizo efectivo
en el ejercicio del gobierno el arbitraje obligatorio
entre patrones y obreros, es decir, el sistema de
conciliación obligatoria que se creó
en el derecho del trabajo argentino recién
después de la década del 40. Todo esto
figuraba en esa Constitución y fue hecho realidad
durante el ejercicio del gobierno de Molinas.
También se incluyó en la Constitución
el voto femenino, se instituyó el habeas corpus,
el recurso de amparo frente a arbitrariedades inconstitucionales
de funcionarios, la inamovilidad del personal y la
protección a las cooperativas sindicales. Ustedes
saben que Santa Fe es la provincia que tuvo el más
fuerte movimiento cooperativo en materia agropecuaria,
de créditos y mutuales financieras. Todo esto
se consiguió y se fomentó desde allí.
Se estableció la protección al trabajo
de mujeres y menores, se creó el Instituto
de Investigación Agrícola; el INTA de
hoy es calcado del concebido treinta años antes.
Este es un hecho que tenemos que remarcar para mostrar
cómo los fundamentalismos y las cerrazones
en materia ideológica y sobre todo en materia
religiosa han generado y están generando permanentes
contrastes y choques en las sociedades mundiales,
incluida la argentina aunque en menor proporción
era que la Constitución de Santa Fe de 1921
establecía la neutralidad religiosa del Estado,
que recién en 1994 lo toma la Constitución
Nacional eliminando la condición religiosa
para ser presidente de la República y modifica
el sistema del juramento. ¿Qué decía
el artículo 6° de la Constitución
de Santa Fe? Luciano Molinas tenía formación
y creencias religiosas. No se trató de un acto
de agnosticismo combatiente sino de filosofía
de vida, del respeto del derecho de los demás.
“La Legislatura no podrá dictar leyes
que restrinjan o protejan culto alguno. Es inviolable
en el territorio de la provincia el derecho que todo
hombre tiene para profesar su culto libre y públicamente,
según los dictados de su conciencia sin más
limitaciones que las impuestas por la moral, las buenas
costumbres y el orden público”. Esto
sucedía en 1921 y la Argentina todavía
hoy sigue con actitudes de fundamentalismo que chocan
y entrecruzan a la sociedad.
Un párrafo aparte merece el tema del manejo
de la deuda externa. Ahora que está de moda
el tema de la deuda externa. Era 1932. Llega Molinas
al gobierno y se encuentra en caja con la fabulosa
suma de 23 mil pesos. La provincia había tenido
veinte años consecutivos de déficit.
Sí, veinte años consecutivos, salvo
1920, que dio un superávit de 39.296 pesos.
Los sueldos de los maestros y de los empleados públicos
tenían tres o cuatro meses de atraso y los
compromisos financieros con el exterior habían
tenido una consolidación en 1918 por 8 millones
de pesos y en 1925 otra por 11 millones de pesos.
Además había un crédito de 5
millones de dólares de corto plazo del Technical
Bank de Nueva York. Todos en mora y en cesación
de pago.-
La situación en la provincia era de falencia
total y absoluta. Había compromisos inmediatos
de sueldos, a una hora o a dos horas de pago por 2
millones de pesos, y tenía 23 mil pesos en
caja.
Planteado el tema, lo analizó, advirtió
la realidad y elevó a la Legislatura un proyecto
que se transformó en la ley 2.185, por la cual
la Legislatura de la provincia lo autoriza a suspender
el pago de los servicios de la deuda externa. Hizo
saber a los bancos, y a algunos particulares acreedores,
esta necesaria pero dramática medida que adoptó,
sin provocar el estallido tipo barra brava del fútbol
para gritar “¡Argentina, Argentina!”
como si fuera un gol de los tiempos recientes, sino
diciendo sensatamente cuál era la realidad
económica y social de la provincia, la voluntad
de pagar en el marco de lo posible, la puesta en marcha
de una negociación que paso por paso y tema
por tema fue sometida a la Legislatura para su análisis,
concesión y autorización.
Cada uno de los acuerdos con los bancos se consolidaba
por una ley de la Legislatura, es decir, a cielo abierto,
con conocimiento popular, y con el respaldo legislativo
fue marcando los hitos. La ley lo autorizaba por tres
años, vencía en julio de 1935, y en
diciembre de 1934 desde Melincué San Urbano,
se la llamaba entonces hizo su anuncio manifestando
que había logrado esto con la contribución
de un banquero argentino que él nombró,
Alejandro Shaw, quien gratuita y voluntariamente había
negociado en nombre de la provincia. No pagó
un centavo de comisión y consiguió 9.400.000
pesos de quita y prórrogas que iban hasta el
año 1973, es decir, cuatro décadas de
prórroga. Lo hizo a cara descubierta, con seriedad,
responsabilidad y soporte legislativo.
En cada emisión de la deuda externa argentina
de los últimos quince años se dictaban
decretos del Poder Ejecutivo Nacional –soslayando
al Congreso Nacional- donde se incluía siempre
una cláusula de este tenor (en el caso era
una deuda de marcos alemanes): “Autorízase
la inclusión en las operaciones referidas ...a
establecer cláusulas que prorroguen la jurisdicción
a favor de los tribunales federales de la ciudad de
Frankfurt del Main en la República Federal
de Alemania, pudiendo extender la prórroga
de jurisdicción a los tribunales estaduales
y federales de la ciudad de Nueva York...” aquí
viene lo importante “...y asimismo se autoriza
renunciar a oponer la defensa de la inmunidad soberana
de la Nación en la documentación que
se firme con los acreedores.”
Si Luciano Molinas hubiera llevado a la Legislatura
un texto de esta naturaleza no habría prosperado,
y si hoy el Presidente de la Argentina llevara esta
iniciativa al Congreso de la Nación por más
que sea un Congreso genuflexo , esta atadura de los
derechos de la Nación Argentina frente a los
acreedores externos no sería aprobada. Con
Luciano Molinas la deuda externa no tendría
estos papelones que estamos haciendo y, seriamente,
sin dudas, estaríamos encauzando por el camino
de la responsabilidad los intereses del Estado argentino.
Cuando pronunció el discurso del 5 de agosto
de 1932 y esta es otra novedad en la historia financiera
argentina , en el cual anunció el pedido de
suspensión de la deuda mediante la cadena de
radio del interior, solicitó al Poder Ejecutivo
Nacional por primera vez, la coparticipación
impositiva, con las provincias.
Se había creado en esos días el impuesto
a los réditos. Por supuesto que era por tiempo
provisorio, aunque ese impuesto ya lleva setenta y
dos años de vida, y además existen los
gravámenes de coparticipación actual
que en aquel entonces no existían.
No había Banco Central. No había prestamista
interior de última instancia. No tenía
un gobierno amigo en el orden nacional. Y los impuestos
federales se cobraban todos para la Nación.
La idea de la coparticipación la lanza la provincia
de Santa Fe en oportunidad de este planteo. Luego
fue evolucionando hasta el día de hoy, pero
todo apuntaba a dar real importancia a los beneficios
concretos y la defensa de los intereses comunes de
toda la provincia de Santa Fe.
En la convocatoria a elecciones en 1931 el partido
llevaba en su programa partidario -lo había
hecho ya en el año 24 después de la
sanción- como primer punto de la plataforma
partidaria la sanción, reincorporación,
vigencia o saneamiento -o como se lo quiera denominar-
de la Constitución de 1921.
El pueblo fue convocado a votar y el partido llevaba
como primer punto de su plataforma la puesta en vigencia
de esta reforma constitucional. Lo dice el mensaje
cuando se pide a la Legislatura que dicte la ley 2.160,
que es la que pone en vigencia la reforma constitucional.
En la elección de renovación del Poder
Ejecutivo de la provincia de 1924 los partidos que
habían apoyado la Constitución del 21
habían sacado más votos que los que
la habían vetado, y en la del 1931 quienes
sostenían y apoyaban legítimamente y
por la voluntad popular el principio, habían
sumado 98 mil votos -la cifra más alta en la
historia de la provincia. Es cierto que desde el punto
de vista de la técnica jurídica y constitucional
no se resuelve por plebiscito, pero tenía el
respaldo de la gente.
Se manda el proyecto, se sanciona, y la provincia
comienza a funcionar. Y se dictan unas 300 leyes,
entre ellas una que en mi relato anterior omití
recordar y que a mi criterio es muy trascendente desde
el punto de vista de lo que es la coparticipación
popular. El régimen de la educación
estaba a cargo del Consejo Nacional de Educación
en la parte pedagógica, pero la administración
de la escuela, la designación de los maestros
y la construcción de los edificios la tenían
los consejos escolares electivos. Llegó a haber
más de 300 consejos escolares electivos de
los pueblos o barrios de las grandes ciudades Rosario,
Santa Fe y las ciudades medianas. Esos consejos tenían
la facultad de imponer y percibir impuestos llegó
a haber un impuesto de 5 centavos a la entrada de
los espectáculos públicos y con ese
y otros recursos construyeron 250 escuelas en el transcurso
de los tres años del gobierno de Luciano Molinas.
Es decir que el pueblo integraba la vida administrativa
de la provincia no de fraseología sino con
una directa y concreta participación en el
manejo y el funcionamiento.
Otro de los grandes logros que también fue
causa de algunos incidentes policiales fue la autonomía
de los municipios, que en los de primera categoría
Santa Fe y Rosario dictaron su propia carta orgánica
municipal.
La Constitución del 21 fue vetada –más
que vetada, desconocida- por el gobernador Mosca.
En el año 1924 el Concejo Deliberante de Rosario,
con mayoría demócrata progresista -no
había llegado aún Molinas- convocó
a una elección para elegir los convencionales
constituyentes para dictar la Carta Orgánica
que prevía la Constitución. Fue un gran
escándalo, la policía llevó presos
a los convencionales elegidos. Era el gobierno continuador
del que la había vetado. Entre los afectados
estuvo el entonces diputado de la Nación Francisco
Correa de la democracia progresista, que plantea en
la Cámara una cuestión de privilegio
de la que deriva el debate sobre la vigencia de la
Constitución del 21, sin perjuicio del más
sonado y trascendente, que después veremos,
de Lisandro de la Torre en 1922.
Todo esto fue conformando un gobierno de trascendencia.
Ya estábamos en vísperas de la elección
para renovar el mandato de Molinas, que vencía
el 20 de febrero de 1936 –cuando se cumplían
los cuatro años y se tenía que convocar
a la ciudadanía de Santa Fe para noviembre
o diciembre de 1935 para la renovación de su
gobierno.
Ya había proclamación definitiva lo
dice el propio de la Torre en algún debate
que luego vamos a ver de él mismo como candidato
a gobernador de la provincia.
Era una arrolladora victoria, absolutamente previsible,
para de la Torre. El partido había ganado todas
las elecciones intermedias. Sobre diecinueve departamentos
había ganado en diecisiete y no había
razón ni posibilidad de que no fuera así.
Además, al Partido Radical se le había
levantado la proscripción que tenía
en el resto del país.
Por otra parte –y esto es una anécdota
menor en 1933 o 1934 hubo una revolución radical
contra el gobierno de Justo. Como en Santa Fe se les
daba libertad, tomaron una comisaría de Luciano
Molinas para hacerle una revolución a Justo
en la ciudad de Buenos Aires. La libertad estaba hasta
para hacer revoluciones por temas ajenos a la propia
provincia.
Así llegaban las cosas y estábamos sobre
un final de gobierno exitoso. Entonces vino lo que
para mí fue el intento de matarlo en su génesis
y la decisión de destruirlo en su ejecución.
Este gobierno había garantizado las libertades
públicas y no había tenido un solo incidente
ni observación en todos los procesos electorales
que, como dije, eran manejados por juntas electorales
constituidas por los partidos y no por los funcionarios
del Poder Judicial o de alguna manera influidos por
el oficialismo. Todo este gobierno había desarrollado
su actividad, había saneado su deuda, estaba
en marcha y con progreso constante y había
logrado la colonización usando los fondos del
impuesto al latifundio, al ausentismo. Los campos
se compraron por licitación pública
y se adjudicaron a las mejoras propuestas. Todo estaba
hecho sin posibilidad alguna de la influencia, clientelismo
o favoritismo político. Para esa provincia
que estaba siendo un peligrosísimo ejemplo
positivo para las demás provincias argentinas,
llegan los episodios que hacen culminar aquel intento
de aborto con uno de ejecución final. ¿Qué
le había pasado a la Constitución del
21? La ley 2.003 de la Legislatura de Santa Fe convoca
al pueblo a la reforma de toda la Constitución,
menos del artículo 4°, que era el que establecía
la sede del gobierno en la ciudad de Santa Fe; o sea
que se convocaba a la reforma total de la Constitución.
Y se fija un plazo de noventa días para el
cumplimiento de sus funciones. Se demora un tiempo
en la iniciación y hecha que fue, la Legislatura,
que tenía que vencer el 1° de junio, prorroga
su mandato por sesenta días más para
terminar su sanción.
Todo esto se desarrolla con la más absoluta
paz y armonía de todos los miembros de la Convención
y con unanimidad para la prórroga. La Convención
estaba constituida, entre otros, por dos ministros
del gobierno del señor Enrique Mosca y diputados
de su partido. Todos votan por unanimidad la prórroga.
En el período en el que se está en vigencia
la prórroga, el gobernador Mosca asiste a actos
oficiales de la Convención Constituyente ceremonias
públicas, actos solemnes de ceremonial , y
también, al fallecer un convencional por el
departamento de San Martín. El gobernador Mosca
dicta el decreto de honores al convencional en ejercicio
por tres días, poniendo luto y la bandera a
media asta por duelo, y presta la policía a
requerimiento de la Convención para conminar
a la concurrencia a algún convencional remiso
a asistir a las sucesiones.
Es decir, se desenvolvía en la más absoluta
y tranquila de las circunstancias y se sanciona el
13 de agosto de 1921, firmando los señores
convencionales.
El 27 de agosto, a raíz de una orden que venía
de Buenos Aires, el señor gobernador, asesorado
por el doctor Montes de Oca un destacado constitucionalista
y desconociendo las funciones de la convención,
dicta un decreto que establece que sus sanciones son
nulas e inexistentes.
Luego se producen los episodios que conté.
El partido hace planteos nuevamente en los años
1924 y 1931 hasta que llega el momento en que la Legislatura
de la Provincia de Santa Fe sanciona la ley 2.160,
que se declara que el plazo de noventa días
fijado a la Convención Constituyente no era
perentorio y que la Constitución reformada
debía ser tenida como ley suprema de la provincia.
Esto suscita un gran debate, y quiero destacar que
los dos discursos que pronunció de la Torre
sobre los poderes de las convenciones constituyentes
han integrado durante años la bibliografía
utilizada por las universidades argentinas para el
dictado de la materia Derecho Constitucional.
¿Por qué el gobernador Mosca declaró
nulas o inexistentes las sanciones de la Convención
Constituyente? Porque ésta había prorrogado
su mandato más allá de los noventa días
fijados por la Legislatura.
En el famoso debate sobre los poderes implícitos
de las convenciones constituyentes Lisandro de la
Torre sostiene que la tradición argentina y
norteamericana no admite ¡cómo iba a
admitirlo! la soberanía absoluta de las convenciones
constituyentes, pero tampoco las despoja de las facultades
implícitas necesarias para asegurar su propia
existencia. ¿Qué son las facultades
implícitas? Respecto de la reforma constitucional
hay dos poderes: el preconstituyente, conformado por
la Legislatura o por el Congreso si hablamos del orden
nacional , y el constituyente, representado por el
órgano encargado de llevar adelante la reforma.
Entre las facultades del poder preconstituyente, que
están incluidas expresamente en la Constitución,
se encuentra la de declarar qué asuntos deben
reformarse, lo que tiene que ser aprobado con los
dos tercios de los votos. La Constitución de
la Provincia de Santa Fe no establecía, y no
establece, la atribución de fijar el término
dentro del cual la convención debe expedirse;
la Constitución Nacional tampoco, pero sí
lo hacen las constituciones de cuatro provincias que
no viene al caso mencionar.
La decisión de fijar la fecha, al no ser una
facultad expresa, se transforma en un acto indicativo
que si no obsta al funcionamiento de la Convención
Constituyente no acarrea problema alguno, pero que
si obsta ésta tiene no sólo el derecho,
sino la obligación de prorrogar el plazo de
sus sesiones para cumplir con su cometido.
En su libro, donde cita una gran cantidad de constituciones,
Lisandro de la Torre se pregunta: si prevalece la
facultad que salva la existencia del cuerpo y el cumplimiento
de la voluntad popular, ¿cede ante la que lo
llevaría al fracaso? Su respuesta es que prevalece
la que sirve para su funcionamiento.
El doctor Montes de Oca, quien lo contradice en sus
argumentos, en una clara alusión a Pascal –un
destacado constitucionalista francés sostiene
que cuando los poderes implícitos o medios
utilizados llegan a ponerse en contradicción
con los poderes implícitos del otro poder,
la elección es que el menos importante ceda
ante el más importante, lo conveniente ante
lo útil y ambos a la salud y la seguridad del
pueblo.
Esto es lo que manifiesta el doctor Montes de Oca,
en trabajo anterior, pero que luego, olvidando ese
argumento, aconseja al gobernador de la provincia
de Santa Fe que anule la Constitución, lo que
finalmente ocurre.
Era una Constitución absolutamente legítima
y funcional; tanto es así que entra en vigencia
con el gobierno de Molinas y lo acompaña exitosamente
en toda su gestión, avanzando hasta llegar,
como lo señalé, a las vísperas
de la renovación gubernativa.
Aquí es cuando entran a jugar los grandes intereses
políticos, ya que estaba próxima la
renovación de las autoridades del gobierno
nacional y Santa Fe era una pieza clave. En la ciudad
de Buenos Aires no se podía hacer fraude; por
su parte, Entre Ríos y Córdoba estaban
en manos radicales. Entonces, si no se conseguía
el triunfo en Santa Fe iba a ser muy difícil
alcanzar una mayoría en el colegio electoral
a elegirse en 1937.
Apenas iniciado el mandato de Molinas y puesta en
vigencia la Constitución de 1921 –en
virtud de aquella ley sancionada en 1932 , es presentado
en la Cámara de Senadores de la Nación
un proyecto de intervención a la provincia
de Santa Fe; pero queda ahí, en un cajón.
¿Por qué? Por la simple razón
de que era absolutamente inviable que el Congreso
se metiera con las constituciones provinciales.
La Constitución de 1853 establecía que
las constituciones de las provincias debían
ser elevadas al Congreso Nacional para su aprobación;
pero con la reforma del año 1860 –que
se produce cuando la provincia de Buenos Aires se
incorpora a la Confederación no sólo
se elimina esa cláusula sino que se adopta
el criterio contrario, al disponerse que las provincias
dictarán sus propias constituciones y elegirán
a sus gobernadores sin intervención alguna
del poder central. Es decir que el Congreso no podía
juzgar las constituciones locales.
Cuando Francisco Correa fallece en 1934 es reemplazado
por Enzo Bordabehere, elegido por la legislatura de
Santa Fe. En aquel entonces estaba en plena efervescencia
el “debate de las carnes” y Bordabehere,
sentadito en una silla, esperaba que se considerara
su diploma. Con su muerte se cierra el capítulo
del tratamiento del diploma, y la Legislatura de la
Provincia de Santa Fe –constituida de acuerdo
con el régimen de la Constitución de
1921 elige como reemplazante de Bordabehere a Gregorio
Parera.
Cuando Parera presenta su diploma, a los legisladores
oficialistas se les enciende una lucecita y dicen:
no podemos juzgar una Constitución porque nuestra
propia Constitución lo prohíbe. Pero
por otro lado pensaron que, como son los jueces de
los títulos de sus miembros en cuanto a su
validez, si rechazaban el diploma de Parera porque
provenía de una Constitución nula, podían
introducir el debate sobre la Convención Constituyente
de 1921.
Ello ocurrió el 29 de septiembre de 1935, el
anteúltimo día del período de
sesiones ordinarias recordemos que en aquel entonces
éste se extendía desde mayo hasta septiembre
, y cuando, además, ya se había anunciado
que no habría sesiones extraordinarias.
Los senadores de la mayoría pretendían
tratar sobre tablas el diploma de Gregorio Parera.
Advertidos de la situación, no sé si
de la Torre o el propio Parera, éste presenta
ese mismo día su renuncia indeclinable al cargo
de senador electo. Hubo, como decimos los abogados,
sustracción de materia porque el tema central
había desaparecido.
Ante esta situación los senadores oficialistas
comienzan a argumentar que el diploma debía
ser tratado lo mismo, porque un senador no podía
renunciar ante el Senado sino que debía hacerlo
ante la Legislatura que lo designó. La sesión
pasa a un cuarto intermedio en un clima de gran nerviosismo,
mientras Parera envía un telegrama a la Legislatura
de la Provincia de Santa Fe comunicando su renuncia.
El presidente de ese cuerpo, el señor Caraza,
manda un telegrama al Senado informando que había
recibido la renuncia de Parera. Así es como
se les cae el plan que se habían trazado. Para
los estudiosos del tema, este debate se encuentra
en el Diario de Sesiones del Senado de la Nación
de los días 29 y 30 de septiembre de 1935,
tomo II del período de sesiones ordinarias.
Luego que los legisladores advierten que el diploma
de Parera no podía se tratado, pasan a cuarto
intermedio y llega el telegrama de Caraza, a las 22
y 55 del día 29 de septiembre se declara abierta
la sesión con la presentación sobre
tablas de un proyecto de ley por el que se declara
intervenida la provincia de Santa Fe a los efectos
de lo dispuesto en los artículos 5° y 6°
de la Constitución Nacional, aclarándose
además que el gasto correspondiente a dicha
intervención se haría por Tesorería
de la Nación.
Era tan grotesca la situación que en determinado
momento el senador Arancibia Rodríguez fundamenta
la intervención y el presidente del cuerpo
le contesta: “Advierto a los señores
senadores que el proyecto de ley de intervención
a la provincia de Santa Fe acaba de fundarse pero
no está en discusión”. Claro,
no se había abierto el debate, lo habían
presentado media hora antes y entonces hubo una moción
de orden para tratarlo sobre tablas. De la Torre dijo
que hacía cuatro años que existía
esa situación, “¿Se les ocurre
ahora?” Esto es dramáticamente gracioso.
Arancibia Rodríguez dijo: “Insisto, señor
presidente, para evitar que este debate quede frustrado
y este proyecto quede sin efecto, así como
quedó frustrado el propósito del Senado
de tratar el diploma del senador electo por Santa
Fe...”, o sea, Parera. "¡Ah!..."
dice de la Torre “...un proyecto de esta gravedad
que se quiere tratar sobre tablas está demostrando
que la consideración del diploma era un pretexto”.
Y Arancibia Rodríguez dice: “Estoy demostrando
los fines que ha tenido la renuncia del senador electo
por Santa Fe...vamos derecho al asunto, que es de
fondo y que realmente está en discusión,
que es la situación institucional de la provincia
de Santa Fe y no estoy dispuesto a aceptar nada que
se proponga con el fin de hacernos fracasar”.
Y allí comienza el gran debate y de la Torre
los despedaza.
Quiero leer un solo párrafo como expresión
real del dramatismo del debate y lo que estaba en
juego. Es realmente increíble, porque se buscó
la argucia del tratamiento del diploma, y cuando eso
falló, saltó una actitud realmente inicua.
De la Torre dijo: “Santa Fe debe ser avasallada
porque su partido mayoritario me ha proclamado a mí,
candidato a gobernador de la provincia. Santa Fe debe
ser avasallada en revancha del debate sobre la investigación
del comercio de carnes. No bastaba con dejar en pie
todos los vicios revelados en la investigación
más lozanos que nunca. No bastaba con que el
monopolio mantenga su predominio imperturbable en
detrimento de la riqueza del país. No bastaba
que la sangre de un senador por Santa Fe haya manchado
este recinto, cobardemente asesinado. No bastaba con
que se le niegue a la madre del muerto el derecho
de querellar. No bastaba con que la Justicia no se
interese en recibir los testimonios formidables que
yo revelé en esta Cámara. No bastaba
todo eso. Era necesario todavía la venganza”.
Y así se sancionó no todavía,
porque faltaba la última felonía- en
el Senado la ley que declaraba la intervención
de Santa Fe. Pero las sesiones terminaban el 30 de
septiembre, no había prórroga, no se
sabía si iban a obtener en la Cámara
de Diputados la mayoría necesaria y el ministro
del Interior, Leopoldo Melo lo cuenta Molinas en el
mensaje que da con motivo de la intervención-,
le había hecho saber porque además se
cita en el debate- que al asumir Justo -con la firma
de él y del ministro- enviaron una ley reglamentando
las intervenciones diciendo: ”Hay que terminar
con este vicio que ya ha dado 131 intervenciones en
las provincias argentinas”. Y expresa: “Ya
le he dicho a los hombres del partido que intenta
avasallar la autonomía de Santa Fe que no insistan
porque ésta no saldrá”. Pese a
ello, el 3 de octubre, apenas cerradas las sesiones
del Congreso, se dictó el decreto de intervención,
que por supuesto firmó el Ministro Leopoldo
Melo.
Luciano Molinas, en un mensaje por radio, decía:
“El señor comandante de la Tercera Región
Militar ha tomado hoy posesión del gobierno
de la provincia, quedando en este momento allanada
la autonomía. Necesito decir aquí ciudadanos
en esta hora qué pienso de este momento y las
consecuencias que tendrá”. Tanques de
guerra rodearon la Jefatura de Policía de la
ciudad de Rosario, se hizo un paro general, los sectores
obreros pararon, los sectores empresarios cerraron
los comercios, pero no hubo un juez federal que resolviera
revocar, frenar o detener una maniobra de esta naturaleza.
No había existido en la provincia el menor
incidente, no hubo ningún hecho que alterara
la paz constitucional, no estaban dadas las condiciones
del artículo 6° de la Constitución
Nacional, que habla de grave desorden institucional.
Era para juzgar una Constitución que el Congreso
no tiene facultades para juzgar, es decir que había
que abortar el proyecto progresista. Fue lo que primero
se intentó con el veto del 21, y se ejecutó
definitivamente con la intervención del 35,
el final de la obra del Partido Demócrata Progresista
en Santa Fe.
Para finalizar quiero formular una pregunta que para
mí es fundamental, y la voy a expresar tal
cual la pensé esta mañana: ¿importa
hoy, a ochenta y tres años del desconocimiento
espurio de la Constitución de 1921, y a sesenta
y nueve del avasallamiento salvaje de la autonomía
de Santa Fe, que arrasó a un gobierno ejemplar,
ocuparnos de esto? ¡Claro que importa! Importa
porque esta es la prueba concreta de por qué
la Argentina no está como debería estar.
Cuando tenía en sus manos un ejemplo que realmente
iba a contagiar a la República, de progresismo
social, de respeto a las libertades públicas,
de neutralidad religiosa, de paz y progreso, hubo
que abortarlo, no dejarlo nacer. Esos fueron los vientos
que sembraron las tempestades que vinieron después.
E importa porque este partido, malgré lo que
nos ocurrió disculpen la expresión francesa
, a pesar de todo lo que sucedió a lo largo
de estos años tan azarosos de la vida argentina,
sigue sintiendo y sigue empujado por los vientos de
este espíritu para sostener que hay que darle
a la Argentina la coincidencia, el acuerdo, la búsqueda
de las soluciones.
Los argentinos debemos usar todos los recursos que
tenemos para conseguir un programa común de
nacionalidad. Hay que romper con los hegemonismos,
hay que plantarse frente a los crecientes desbordes
de la concentración del poder y usar la razón,
la voluntad, el diálogo y el esfuerzo para
ponerse a buscar caminos comunes.
Se pudo hacer esto hace setenta años. Es realmente
lamentable que el país haya perdido un modelo
de gobierno que hubiera sido no sólo en la
Argentina sino también en América latina
una expresión de progreso y modernidad.
No se puede reconstruir la historia sobre la base
de lo que no pasó, pero sí se puede
tomar de ella la fuerza para seguir luchando. Esa
es la que nos tiene hoy aquí. (Aplausos.)
NATALIO BOTANA
“ EL PDP Y LOS PARTIDOS PROGRAMÁTICOS”
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Agradezco el aplauso anticipado. Espero merecerlo
al final.
Antes de hilvanar las ideas que he preparado para
esta tarde quiero compartir la dicha de estar con
tantos amigos celebrando los noventa años del
Partido Demócrata Progresista.
Es importante recordar, aunque no necesariamente el
recuerdo nos traiga el eco de los éxitos. Muchas
veces el eco de los fracasos sirve de lección
para las nuevas generaciones y para entender lo que
vendrá y, sobre todo, lo que hay que hacer
y lo que se debe hacer. En parte esta es la historia
del Partido Demócrata Progresista.
Les propongo regresar siete u ocho años antes
de 1921, y situarnos entre los años 1913 y
1914 en un lugar de Buenos Aires, no muy lejos de
aquí; tenemos pues que trasladarnos desde la
Plaza de Mayo a la Plaza del Congreso y al Hotel Savoy.
Allí, como ustedes saben, en una reunión
de destacados dirigentes se fundó un partido
político: el Partido Demócrata Progresista.
¿Cuál era el clima de la época
con relación a los partidos políticos?
En realidad la Argentina estaba viviendo una transición
la denomino una primera transición a la democracia
que no había comenzado con Sáenz Peña
sino con el proyecto de reforma electoral del ministro
del Interior de Julio A. Roca, Joaquín V. González.
Fue un proyecto fallido. Si bien no tengo por qué
ocuparme específicamente ahora de este tema,
sí me importa destacar que hay un clima de
cambio muy acentuado en la Argentina del Centenario.
Esta atmósfera impregna muchos campos: desde
las concepciones de reforma social de Joaquín
V. González que luego de su proyecto de reforma
electoral intenta hacer votar por el Congreso el primer
proyecto de código nacional de trabajo hasta
las expresiones de los movimientos de impugnación
algunos con una carga de violencia , anclados en los
conflictos sociales de la época.
El primer centenario, por consiguiente, no sólo
es una época de balance sino también
una época signada por el cambio. La palabra
cambio tenía entonces un sabor propio. Es difícil
encontrar hacia el año 1914 países que
hubiesen experimentado cambios tan profundos como
los de aquella Argentina, que había trazado
un arco de transformación entre 1853 cuando
se sanciona nuestra Constitución Nacional en
Santa Fe y 1914.
Quiero recordarles –no los voy a abrumar con
números el hecho de que entre 1853 y 1900 la
Argentina multiplicó su población por
cuatro, y que entre 1900 y 1930, el gran momento protagónico
de Lisandro de la Torre, la multiplicó de nuevo
por tres. Para darles una idea, los 14 millones de
argentinos de 1947 en el año 2000 tendrían
que haber sido 56 millones. Y no quiero proyectar
y multiplicar los 56 millones por tres porque ya exageraríamos
mucho: estaríamos en 168 millones hacia el
año 2030. Desde luego, se trata de órdenes
de magnitud mucho menores pues la Argentina de 1853
era una comarca pequeña en torno al millón
y medio de habitantes; números más,
números menos.
Un mundo en vertiginoso cambio. Ninguna sociedad que
aumenta su población del modo en que lo hizo
la Argentina es una sociedad estática. Y vale
la pena recordar que la ciudad paradigmática
de ese cambio no es la ciudad de Buenos Aires; es
Rosario, la ciudad del Partido Demócrata Progresista.
En 1853 Rosario era una aldea tradicional. En 1914,
Rosario es una ciudad formidable desde todo punto
de vista y sin oligarquías tradicionales, lo
cual es un dato no menor.
El problema que se plantea en el Centenario no es
tanto el cambio, como tendría que plantearse
y no se plantea en la Argentina actual, próxima
al Segundo Centenario, una Argentina, va de suyo,
estancada y declinante. Lo que se planteaba en aquel
momento —creo yo— era formular respuestas
a la pregunta de cómo encauzar el cambio; qué
hacer, en suma, en lo político, social, cultural
y económico con una sociedad que había
pegado ese fantástico salto hacia delante.
La convocatoria del Partido Demócrata Progresista,
esa convocatoria del Hotel Savoy, rezuma esa voluntad
de otear el horizonte para proponer un rumbo. Y ese
rumbo se centraba en la idea de programa, es decir,
una doctrina o conjunto de ideas ligadas a la acción
y. cono tales, volcadas a la circunstancia pública
para generar determinadas reformas.
Tengo la suerte de hablar luego del doctor Martínez
Raymonda, porque su elocuente exposición sobre
la Constitución santafecina de 1921 me exime
de contarles en qué consistía la idea
programática de los demócratas progresistas.
Yo rescataría dos puntos centrales. El primero
de ellos es la neutralidad del Estado en materia religiosa
y el segundo, el principio federalista de la descentralización.
Fíjense qué interesante. Martínez
Raymonda leyó textualmente el artículo
de la Constitución de 1921 referido a la neutralidad
del Estado. La leyenda dice que los demócratas
progresistas eran unos laicistas de corte francés
que querían imponer a rajatabla una concepción
atea u agnóstica del Estado. Es falso. Ese
primer artículo traduce uno de los conceptos
centrales del pensamiento político del siglo
XVIII inspirado por James Madison, uno de los padres
fundadores de los Estados Unidos, para incorporarlo
al First Amendment de la Constitución de Filadelfia.
Es el concepto de libertad negativa, según
lo designará más tarde Isaiah Berlin,
filósofo del siglo XX. Dice así: el
Estado no protegerá ni beneficiará a
ningún culto en particular, y por consiguiente,
al no beneficiar a ninguno, todos los cultos tienen
equivalente dignidad y equivalente derecho a hacer
conocer sus ideas, creencias y morales. Por lo tanto,
tengamos cuidado con las leyendas porque lo primero
que se impone en la historia es distinguir.
El segundo principio del programa demócrata
progresista en el plano político es, evidentemente,
la descentralización. Aquí hay una filiación
muy interesante, que analizaremos más adelante
y que tiene que ver con los orígenes de de
la Torre. Como es sabido, Lisandro de la Torre es
un político muy próximo a Leandro N.
Alem. La división se produce después,
en la década del 90. Los alemnistas, una vez
muerto su líder, siguen derroteros diferentes:
uno es el del radicalismo participacionista, con Bernardo
de Irigoyen y Francisco Barroetaveña, y el
otro es el de Lisandro de la Torre, quien funda la
Liga del Sur en el sur de la provincia de Santa Fe.
En 1880, con motivo de la federalización de
Buenos Aires, Alem pronunció un discurso magistral
en el cual sostuvo que la victoria del gobierno nacional
sobre Buenos Aires conducía al país
a practicar lo que he llamado en algunos escritos
el “federalismo hegemónico”, es
decir, un federalismo impuesto bajo la férula
del Poder Ejecutivo Nacional. En alguna medida, eso
fue el perfil del roquismo triunfante de la década
del 80 y del roquismo más moderado y consolidado
de la década del 90 del siglo XIX.
Creo que De la Torre fue más lejos que Alem,
porque mientras éste defendía con energía
el principio de autonomía de las provincias
aquél ponía la pica en Flandes al señalar
que el federalismo no se agotaba en la autonomía
de las provincias sino que alcanzaba su plenitud a
través de la autonomía municipal. Por
supuesto, un municipio con capacidad para educar,
para garantizar la propia seguridad mediante policía
propia, etcétera. Este esquema se aproximaba
mucho más a los de Estados Unidos y la Confederación
Helvética que al federalismo argentino, cuyo
legado consiste en el predominio de la provincia sobre
el municipio. En este sentido, el federalismo argentino
retoma en parte los modelos confederativos anteriores
a la Constitución de 1853. En la Argentina
quien manda es el gobernador, y como prueba basta
hacer alguna reflexión sobre las circunstancias
actuales.
Desde luego que había una visión muy
clara de parte de la democracia progresista sobre
qué hacer con la sociedad y la economía.
Martínez Raymonda evocó no podía
no hacerlo la figura de Luciano Molinas, quien a mi
entender es uno de los ejemplos más terminantes
en la Argentina acerca del rigor que deben tener una
política monetaria y un Estado con disciplina
fiscal. Ojalá se le hubiera llevado el apunte
durante las décadas que siguieron al ocaso
de su vida.
A continuación de estas consideraciones me
gustaría destacar una circunstancia que, en
perspectiva histórica, configura un importante
problema.
Lisandro de la Torre, un legislador sobresaliente
elegido poco antes, se reúne con un grupo de
dirigentes en el Hotel Savoy. Me atrevería
a decir que el Hotel Savoy fue, en aquel momento,
el lugar donde se originó el proyecto de una
gran coalición política, porque junto
a De la Torre estaban presentes Joaquín V.
González, Indalecio Gómez, Carlos Ibarguren
y Gustavo Martínez Zuviría, por citar
a los que a mí más me interesa destacar
en esta breve remembranza. Los imagino sentados en
un salón del hotel tal vez en un día
tan cálido como el de hoy y sin refrigeración.
Como puede observarse, en ese encuentro confluyeron
muchas vertientes que después terminarían
dividiéndose. Carlos Ibarguren y Gustavo Martínez
Zuviría se transformarían luego en los
arquetipos de lo que los historiadores denominamos
“nacionalismo católico”. Ibarguren
se destaca a partir de 1930, cuando se produce el
golpe de Estado de Uriburu, y Martínez Zuviría
en los años 1930 y 1940, sobre todo como novelista
popular. Esto planteaba una primera tensión,
una posible primera división importante, porque
a De la Torre lo podríamos situar en las antípodas
de ese pensamiento.
Pero había otro problema, que en mi opinión
es quizás más significativo porque lo
arrastramos tras el carro de nuestros desaciertos
durante prácticamente todo el siglo XX, un
carro que sería conveniente no seguir arrastrando
a lo largo de este siglo. Como dije antes, también
intervinieron en aquella reunión Indalecio
Gómez y Joaquín V. González.
Así como De la Torre provenía del viejo
tronco alemnista y antiyrigoyenista del radicalismo,
tanto Joaquín V. González como Indalecio
Gómez descendían de diversas vertientes
que confluían en torno del roquismo ya normalizado.
Joaquín V. González tenía una
perspectiva laica y estrictamente reformista. Recordemos
su proyecto de reforma de la ley electoral, aquel
sobre código del trabajo y lo que constituyó
su otro gran proyecto: la reforma universitaria a
través de la Universidad Nacional de La Plata.
Por su parte Indalecio Gómez, perteneciente
a la tradición católica, defendía
una concepción mucho más democrática
en comparación con la que más tarde
habrían de sostener Ibarguren y Martínez
Zuviría.
Para Joaquín V. González, tal como lo
expresara en 1902 siendo ministro del Interior en
su discurso ante el Senado con motivo de la reforma
de la ley electoral, lo que necesitaba la sociedad
argentina eran reformas. Creía que, pese a
los cambios, el país no estaba bien; no tenía
buenos hábitos políticos y aunque había
avanzado con éxito en materia educativa, el
tramo que le restaba recorrer estaba plagado de escollos
y dificultades.
Si tuviera que presentar al prototipo del reformista
del Centenario elegiría a Joaquín V.
González. La cabeza de ese hombre era una producción
permanente de arquitectura política. Algunas
veces acertaba y otras no; personalmente creo que
sus proyectos sobre educación patriótica
no fueron todo lo felices y constructivos que debieron
ser, pero ese es otro tema.
Ahora bien, imaginemos el pensamiento de Indalecio
Gómez en aquellos días. Sabemos que
Indalecio Gómez fue, junto con Roque Sáenz
Peña, la gran figura de la llamada “ley
Sáenz Peña”, porque, como se recordará,
él es quien escribió y defendió
como ministro del Interior ante ambas Cámaras
del Congreso el proyecto de ley de reforma electoral.
La teoría de Indalecio Gómez puede resumirse
en el siguiente postulado: la Argentina cuenta con
una sociedad sana, una sociedad que funciona bien
pero que está oprimida por una corteza de corrupción
política debida al fraude y la venalidad electoral.
Entonces, aduce Indalecio Gómez, rompamos esa
corteza y la sociedad argentina espontáneamente
se regenerará y producirá los partidos
orgánicos —palabra típica de aquella
época que necesita.
Este contrapunto entre un pueblo bueno y una política
mala no tiene filiación francesa, como los
autores que solía frecuentar De la Torre, ni
tampoco filiación anglosajona (uno de los autores
relevantes para De la Torre, al igual que para Joaquín
V. González, es John Stuart Mill), sino que
dicho contrapunto tiene una clara filiación
hispánica. Es la idea del regeneracionismo
español, tan de moda en aquella época,
que consiste precisamente en llevar hasta las últimas
consecuencias lo que el concepto de regeneracionismo
supone. Regenerar es poner un tejido que anda mal
nuevamente a punto. Por consiguiente, para el regeneracionismo
argentino todo se circunscribía a volver a
la Constitución de 1853-1860 que había
sido conculcada por las malas prácticas políticas.
En términos de una interpretación whig
de la historia (me refiero a los historiadores británicos
que hicieron una interpretación análoga
en la Inglaterra del siglo XIX), la fórmula
sería: “volvamos a los orígenes
y todo lo demás vendrá por añadidura”.
Esta tesitura no conformaba a De la Torre. Para él
volver a los orígenes significaba tomar el
punto de partida de la Constitución de 1853-1860
para perfeccionarlo. La Constitución de Santa
Fe de 1921, en tal sentido, significaba una línea
de perfeccionamiento.
Como ustedes saben, Indalecio Gómez se alejó
de la actividad pública después de 1914;
terminó su ministerio cuando Roque Sáenz
Peña por razones de salud tuvo que renunciar
a la Presidencia de la República y asumió
su vicepresidente, Victorino de la Plaza. Hubo una
suerte de ocaso de este personaje, de ese salteño
tan interesante y sugestivo.
Pero el regeneracionismo habrá de tener en
aquel momento su punto culminante no dudo un instante
en decir esto en Hipólito Yrigoyen. Creo que
tuvo razón Octavio Amadeo cuando dijo, refiriéndose
al radicalismo yrigoyenista, que era la parte española
de la política argentina.
Hacia 1910 un maestro español del derecho político,
Adolfo Posada, visitó la Argentina y cuando
asistió a los prolegómenos del debate
sobre la reforma electoral advirtió que esas
ideas tenían aire de familia con las reformas
electorales que había hecho votar Antonio Maura
la península en 1907. En aquel período
Antonio Maura creía que liberando el régimen
político español del fraude producido
por el "caciquismo" (llamaban así
al caudillismo electoral) la sociedad se expresaría
lozana, en plenitud.
Yrigoyen trajo a la política argentina un mensaje
parecido. Introdujo en el debate dos cosas estratégicamente
muy importantes. En primer lugar sostuvo que el programa
de la Unión Cívica Radical era la Constitución.
Por consiguiente, había que regenerar la sociedad
argentina volviendo a los orígenes. Los orígenes
no debían ser tocados, estaban allí,
brillaban con luz propia”. En segundo término
y como consecuencia de lo anterior, si el programa
de la Unión Cívica Radical se condensaba
en la Constitución, todas las tendencias, todos
los pensamientos, todas las corrientes de opinión
tenían cabida en su seno. De modo tal que el
partido, merced a una admirable simbiosis estratégica,
se convertía en un movimiento que englobaba
a la Nación entera. El partido era, en definitiva,
la propia Nación.
La pregunta que se deriva de este planteo es interesante:
si el partido es la propia Nación, ¿qué
papel les cabe a los partidos? Porque, por definición,
los partidos son una parte que posteriormente, a través
de coaliciones o simplemente por la regla de la mayoría
que no es una regla permanente sino cambiante estarán
en condiciones de ejercer el gobierno de la Nación.
La posición de De la Torre en 1914 se situó
en las antípodas del movimientismo y coincidió,
aunque con diferentes contenidos programáticos,
con la de Juan B. Justo. Cuando Justo organizó
el Partido Socialista en el año 1896 lo fundó
precisamente como un partido. Pero como se trataba
de un partido socialista añadió un concepto
que De la Torre no compartía: afirmó
que era un partido de clase, que iba a representar,
o pretendía representar, los intereses específicos
de una clase social a través de un programa
mínimo que suponía plena lealtad al
régimen parlamentario.
Ahora bien: lo significativo del caso es que en aquel
momento el éxito no era un atributo propio
de los partidos programáticos. El éxito
estaba a punto de ser alcanzado por aquel partido
con vocación movimientista, generoso e inclusivo.
La conciliación de intereses y el agregado
de valores no se generarían a través
de un sistema político interpartidario sino
a través de un sistema político intrapartidario.
Cualquier cosa que imaginen ustedes con respecto a
la actualidad es pura coincidencia.
A partir de 1914, se abrieron pues dos grandes líneas
en la Argentina: la línea de los partidos programáticos
y la línea de los partidos movimientistas.
Partido programático es aquel que hace al electorado
una oferta programática porque pretende realizar
ese programa en el gobierno. Nosotros, en el tormentoso
decurso del siglo XX hemos tenido partidos programáticos,
que han tenido en general la característica
de que el programa lo realizan desde el gobierno contraviniendo
sistemáticamente lo que han dicho en la campaña
electoral, lo cual es uno de los factores que generan
la brecha de credibilidad que existe entre los argentinos
y su dirigencia.
Aun así habría que preguntarse, sin
embargo, si aquella asamblea fundadora de 1914 en
el Hotel Savoy hizo todo lo que tenía que hacer,
porque poco tiempo después habrá de
surgir otra de las grandes dificultades que desde
entonces padece la política argentina. La política
argentina no practica ni ha perfeccionado lo que Tocqueville
un autor también influyente en De la Torre
llamaba el arte de la asociación voluntaria,
el cual prolongado a un esquema de gobernabilidad
es el arte de la coalición.
El Partido Demócrata Progresista se quebró
desde el inicio, en 1914. Y uno se pregunta qué
habría sido de ese partido si, en una primera
instancia, la candidatura a la presidencia, en las
elecciones de 1916, no hubiese recaído en De
la Torre sino en Joaquín V. González.
Es una pregunta acaso intrascendente, que hacemos
los historiadores, porque mucha capacidad para cambiar
la realidad no tenemos. Es la típica pregunta
de la historia que no fue. Hoy se la llama en los
medios académicos historia virtual.
Lo cierto es que ese conjunto de dirigentes lentamente
se va desagregando y, debido a la impericia para forjar
coaliciones, se produce la gran victoria movimientista
de 1916. Dejemos un poco en la penumbra las fallas
y errores y recordemos ese momento del Primer Centenario
que procuró afianzar la calidad programática
de los partidos. (Aplausos.) HORACIO
SANGUINETTI
“LOS VALORES Y LA TRANSFORMACIÓN
DE LA EDUCACIÓN”
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Nadie discute la evidencia de nuestra caída
en materia educativa. Espasmódicamente, algún
desastroso informe internacional, alguna aterradora
evaluación, sacude la opinión pública
y preocupa a la generalidad.
Pero esas alarmas no son necesarias para quien esté
cerca de la experiencia escolar. Se pueden diagnosticar
sin esfuerzo tales situaciones, tanto más penosas
porque supimos tener un admirable sistema --y en especial,
una gran escuela media--, que contribuyó a
la unión nacional y a la antigua prosperidad,
de cuyos restos aún sobrevivimos.
Nuestra patria reconoce antecedentes históricos
a los cuales es imperativo regresar para encontrar
el modelo que nos inspire. Imaginemos la Argentina
de 1853, salida de la tiranía, inmersa aún
en la locura fratricida que signó buena parte
de nuestra evolución, acosada por el desierto,
la ignorancia, la barbarie.
Un proyecto nacional se conformó entonces,
el que las generaciones inmediatas, no siempre reconocidas,
llevaron a cabo: consolidación de los elementos
básicos del estado o sea territorio, población,
derecho; y ordenamiento nacional de un maremagnum
de gentes, pasiones e intereses contrapuestos que
distaban de facilitar que se constituyese una nación.
Como herramienta esencial, la educación popular,
inexistente o al menos muy descuidada en los años
previos. Y fue a través de ella, del programa
sarmientino, que el país creció vertiginosamente
hasta lograr un esplendor que prolijamente hemos dilapidado,
pero cuyos reflejos todavía alumbran.
No creo demasiado en las teorías conspirativas,
pero sí en la insidia y la desidia de muchos
que –cualesquiera fuesen sus intenciones--,
han logrado aniquilar una estructura educativa ejemplar.
La familia frecuentemente deserta de su misión
y –llena de exigencias--, le tira el niño
o el joven a la escuela, fuera de lo elemental.
Una legislación penosa, las Leyes Federal de
Educación, la de Educación Superior,
el decreto 1276/96 y en decisiones del fantasmal Consejo
Federal de Educación--, suman desaciertos.
El traspaso --desfinanciado-- de las escuelas a las
provincias –muchas de las cuales no tienen mayor
interés pedagógico--, ha pulverizado
la unidad y la equidad de nuestra enseñanza.
Por diversas razones, atribuibles a las jurisdicciones
mismas, no siempre atentas o interesadas por lo educativo,
tal transferencia fracasó. El Estado nacional,
eje de la política sarmientina, ha quedado
hoy casi inerme para recomponer ese caos.
Todo esto invita a pensar que los poderosos no siempre
privilegian lo educativo y hasta prefieren, en verdad,
la ignorancia de un pueblo que merecería mejor
formación, más cultura, más lucidez.
Los contenidos de los nuevos planes, son asimismo,
desafortunados --por ejemplo, desaparece la Historia
en su autonomía científica--, los profesores
especializados en una asignatura son forzados a dictar
otras; la capacitación docente es falsa; el
maestro está degradado, los directivos desautorizados;
el reunionismo, las planificaciones y los controles
inútiles florecen; cualquier advenedizo puede
ingresar a la universidad si cuenta más de
veinticinco años de edad, aunque carezca de
estudios previos (artículo 7 de la Ley de Educación
Superior, Nº 24.521, que desmorona todo esfuerzo
sistemático); los alumnos en vez de cursar
dos años más, suelen abandonar en 6º
“grado”, y todavía se debaten los
beneficios de los colegios universitarios, que esa
ley denomina así, aunque los define incoherentemente
como de nivel superior “no universitario”
(sic).
Se postula que la escuela debe retener a cualquier
precio, su misión no es en modo alguno pedagógica
sino alimentaria; el alumno promueve a veces por decreto,
es casi imposible aplazarlo en marzo, no debe pasar
al frente para no traumarse, los mecanismos de aprendizaje
de la lecto escritura son, por lo menos... originalísimos.
La especialización prematura --obligatoria
en primer año del polimodal--, el horror al
sentido propedéutico tildado de “enciclopedismo”,
como si el joven no debiera recibir un panorama básico
sí, pero totalizador del conocimiento humano,
y así de seguido, son algunos de los males
post modernos que nos llevan a ese desastre que bien
caracteriza Guillermo Jaim Etcheverry.
Por fin, están las teorías que desarman
la sagrada relación maestro alumno y la ecuación
enseñanza aprendizaje, potenciando sólo
el segundo término y reduciendo el primero
a una mera función auxiliar y supletoria. Para
ellas, enseñar es un acto autoritario. Tampoco
ha sido aprovechada la experiencia de los institutos
que mejor funcionan, tal como el medio centenar de
Colegios de las Universidades nacionales que en general,
funcionan bien. Aunque se los programe experimentales,
jamás se los ha tomado de modelo.
Hay hacia ellos un extendido prejuicio. Por mi parte,
considero mi mayor obra educativa, haber contribuido
a la compleja creación –excepcional--,
del Colegio Nacional de Ushuaia, inspirado en el Nacional
de Buenos Aires, que al cabo de una década
no sólo es en sí mismo, una realidad
fecunda, sino que ha inspirado por emulación,
una mejora evidente de la enseñanza secundaria
en Tierra del Fuego.
Mucho de malo sucede hoy en la escuela argentina.
¡Pero un cambio legislativo y de mentalidad
es posible, necesario! Esa instancia debe habilitarse
cuanto antes, porque si costó tanto tiempo
y tan prolijo esfuerzo, destruir el correcto sistema
que conocimos, reconstruirlo será más
largo y difícil. Algunos pasos para rescatar
los principios fundamentales deben iniciarse ya. Este
es un buen momento. Argentina provee una asombrosa
cantidad de “materia gris”, y aunque los
mejores, desalentados , suelen emigrar, siempre aparecen
detrás, valores equivalentes. ¿Hasta
cuándo?
Hace falta coraje y destreza para desarticular erróneos
hábitos y leyes. Con todo, no es imposible.
Mucha gente de bien ha tomado conciencia de estos
males.
Inclusive, los políticos –o el partido--
que tuviese el valor de promover cambios, recibiría
un buen rédito, un amplio apoyo de cuantos,
aquí y ahora, anhelan una buena educación.
Por eso mismo –por ese anhelo--, aunque racionalmente
seamos pesimistas y escépticos, tenemos, visceralmente,
expectativa.
El país tiene enormes reservas creadoras, que
es necesario reconocer, traer a la superficie, exaltar
y publicar.
Una fuerte vocación masoquista, de exhibir
sólo nuestras lacras, nos lleva a exagerar
nuestra condición de víctimas, destruir
a nuestros próceres so pretexto de hallar la
verdad histórica, crear antihéroes,
imitar arquetipos deleznables, como un futbolista
drogadicto o un boxeador uxoricida. Al menos, es lo
que mucha gente, incluso gente poderosa, hace. Los
“medios” generalmente publican lo feo,
lo estúpido, lucen sin pudor la ignorancia
como una virtud, bromean sobre el maestro. La velocidad
se usa como un inhibidor de la inteligencia en calma.
Éxito, dinero, belleza física de quirófano,
son endiosados. La virtud raramente se muestra, lo
que es correcto no interesa. La grosería y
el lenguaje procaz “visten bien”, causan
hilaridad, están en auge. Cedemos a la presión
de una a-cultura externa que nos trae su música
bárbara, su comida plástica, su violencia,
su ropa desaliñada, sus deplorables hábitos
familiares...
Creo que sin incurrir en narcisismo colectivo –o
sea en un nacionalismo cerril--, debemos restaurar
los valores esenciales que alguna vez honramos: el
saber, la ciencia, la tolerancia, el respeto, el esfuerzo,
la justicia, el trabajo, la solidaridad, la austeridad,
la conducta, el patriotismo, lo institucional. La
estrategia más inmediata para eso es potenciar
la educación, fortalecer al director y al maestro,
apoyar con un impulso real, en lo material y espiritual,
el proceso educativo –sobre lo cual todos coinciden
en el discurso pero poco en los hechos--, limitar
la arrasadora competencia de las “cajas bobas”
–T.V y “jueguitos”--, actuar cada
uno con un mínimo de ética y de grandeza.
Por eso invitamos a vigorizar la escuela, el rigor
obstinado, la autoridad justa. La escuela es un lugar
para aprender, no un mero aguantadero. La autoridad
no es autoritarismo. La severidad y la seriedad resultan
indispensables. ¿Estamos dispuestos a hacerlo,
cada uno en su vitrina y todos en la res-publica?
Si así fuese, hay esperanzas, aunque no será
fácil, ni rápido. Aun si comenzamos
ya, sólo abriremos apenas, un lento proceso
regenerativo que restañe heridas y reponga
los valores que nunca debimos perder. Pero vale la
pena. Amén.
ROBERTO CORTES CONDE
“Debates Económicos Contemporáneos”
Para
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una gran satisfacción y un gran honor para
mí estar en esta reunión del Partido
Demócrata Progresista, no sólo por
la importancia que tuvo en la historia de nuestro
país sino por la tesonera labor que siguen
desarrollando y
cumpliendo los muchos amigos que aqui tengo.
El tema que se plantea es muy importante, y lamentablemente
es difícil resumirlo en esta corta exposición
. Voy a dejar de lado muchas cosas, pero trataré
de apuntar a lo que considero que son los aspectos
más relevantes de la evolución que
sufrió la economía de nuestro país
durante la vigencia del Partido Demócrata
Progresista y los debates que sobre dicha economía
se realizaron en distintos momentos. Ellos no fueron
presentaron en términos teóricos,
y más que sobre economía fueron debates
sobre políticas económicas imbuidos
de las preferencias e influencias políticas
y sobre todo de los intereses concretos de distintos
grupos de presión que se fueron desarrollando
a partir de la Primera Guerra y con mucha más
fuerza a partir de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando en 1914 se creó el Partido Demócrata
Progresista estalla la Primera Guerra Mundial, que
cambia el mundo mucho más que cualquier otro
acontecimiento del siglo XX, y planteando nuevos
problemas, desafíos, ideas y enfoques.
No se puede entender la poderosa intervención
del Estado que se va desarrollando a lo largo del
siglo XX sin tener en cuenta que una economía
de guerra es una economía fundamentalmente
estatista. En estado de guerra todo se subordina
a ella, tal como se la comprende en el siglo XX,
es decir, a la guerra total . Todas las fuerzas
económicas no sólo los soldados y
los ciudadanos tienen que someterse a esos objetivos.
La inflación –que fue otro fenómeno
del siglo XX nunca tuvo la magnitud ni la importancia
que adquirió después de la guerra.
Ello se debió a que en el pasado los ejércitos
eran pequeños, las guerras eran cortas y
el financiamiento limitado, y en general se resolvía
como en la época de Napoleón haciéndole
pagar al derrotado los costos de la guerra. Así
sucedió por última vez con la guerra
franco-prusiana.
Pero la situación cambió y se dislocó
completamente ya que no se pudo hacer cargar al
derrotado con costos de guerra enormes y Alemania
terminó no pagando las reparaciones, lo que
fue recomendado en el famoso libro de Lord Keynes.
Más allá de ello, la Primera Guerra
Mundial dividió al mundo, estalló
la revolución bolchevique y aparecieron fuerzas
totalitarias en reacción al bolchevismo que
cuestionaron a la sociedad liberal a la que estábamos
habituados. Se decía que el mundo liberal
no era posible si se tenía que detener la
amenaza bolchevique. Esto puso límites enormes
al Estado liberal que duraron por lo menos hasta
la Segunda Guerra y que en alguna medida se mantuvieron
durante la guerra fría. Las limitaciones
que se aceptaron para contrarrestar la amenaza bolchevique
hicieron renunciar a principios que habían
sido muy caros y que en nuestro país había
defendido precisamente el Partido Demócrata
Progresista.
En la Argentina la guerra no se vivió como
un conflicto militar, pero afectó profundamente
a la economía en la medida en que por primera
vez se suspendió la caja de conversión
y la convertibilidad, y el Estado tomó activas
disposiciones respecto de la economía
Algunas no hicieron efecto inmediatamente; como
las leyes de redescuento, que se postergaron hasta
1930.
La guerra provocó el primer ataque a las
ideas liberales prevalecientes en aquel entonces
acerca de si era cierto que lo más conveniente
para la Argentina consistía en abrirse al
mundo, integrarse y recibir capitales e inmigrantes
brindándoles garantías constitucionales,
en lugar de tener un país cerrado, más
protectivo y más cuidadoso de lo propio.
Esto, pese a la fuerte recuperación que experimentó
la Argentina en los años 20, tuvo una gran
incidencia en los debates de la época sobre
la necesidad del proteccionismo que promovieron
algunos círculos industriales significativos.
Si a esto agregamos, , la reacción nacionalista
y autoritaria que por esa misma década se
desarrolló en el mundo, podemos advertir
aquella paradoja señalada por Halperín
de que en la época de mayor crecimiento de
la Argentina había cierta desilusión
sobre lo que en ella pasaba.
Por lo tanto, no se sabía si esa desilusión
era parte de un debate importado. Durante la presidencia
de Alvear el país atravesaba una etapa de
extraordinario progreso y, al mismo tiempo, un fenómeno
increíble que defendió el Partido
Demócrata Progresista mediante la valorización
de su moneda se había logrado el mayor aumento
de salarios reales en el mundo occidental.
En esa época se produjo un aumento de salarios
tal que estos quedaron ubicados en un nivel más
alto que los de Gran Bretaña y otros países
europeos. Curiosamente Italia, donde gobernaba el
fascismo, era un país más competitivo
–es lo que luego se conoció como “el
ser competitivo” porque había logrado
mantener los salarios bajos pese a tener un tipo
de cambio alto. Un historiador económico
italiano decía que ese resultado se obtuvo
a partir de un medio conocido por el fascismo: haciendo
bebe aceite de ricino a opositores y sindicalistas.
Obviamente no era un procedimiento democrático
y la Argentina, cuyos gobiernos se habían
caracterizado por respetar las garantías
constitucionales y desde el año 1916 eran
elegidos por la “Ley Sáenz Peña”,
no podían actuar como Italia.
Más adelante, hacia los años 30, hubo
otros países que lograron crecer; por ejemplo,
la Alemania nazi y la Rusia soviética. ¿De
qué modo? Extrayendo recursos mediante ahorro
forzoso. Un país puede crecer si tiene un
sistema suficientemente autoritario como el de Stalin,
que extrajo los excedentes a los campesinos, o como
el de Hitler, que adoptó igual criterio no
sólo con la población local sino con
la de los países ocupados. Pero la Argentina
no era igual.
En definitiva, en los años 30 se produjo
un cambio en todos los planteos económicos.
En nuestro país, el shock ideológico
fue muy grande.
Las crisis que se extendieron entre 1914 y 1917
y desde 1930 hasta 1932 fueron causadas por shocks
externos; la situación del país no
tuvo nada que ver. La Argentina atravesó
muchas crisis como consecuencia de cosas que se
hicieron mal, pero en estos dos casos las causas
fueron externas.
Si el país estaba sometido a fuerzas exteriores
que hacían peligrar su economía, se
tornaba necesario intentar aislarla, separarla.
En el curso de los años 30 esta teoría
fue bastante aceptada por la mayor parte de la sociedad,
que comenzaba a ver que la relación con el
resto del mundo tenía sus ventajas pero también
sus riesgos. Dicha concepción impactó
muy fuerte en la cultura económica argentina,
especialmente después de la Segunda Guerra
Mundial.
Cuando entré a la Facultad de Derecho en
los años 50 pude advertir que la gente todavía
tenía las ideas de los 30, ideas que parecían
indiscutibles. Creían que era mejor aislarse
y que debíamos cuidarnos ya que exponernos
al mundo externo era algo dificilísimo especialmente
porque en los años 30, en virtud de un manejo
prudente pero estatista, dirigista e intervencionista
que comenzó en la época de Uriburu
con el primer plan de reforma económica del
subsecretario Prebisch y continuó con la
reforma cambiaria de Pinedo de 1933, de alguna manera
el país empezó a recuperarse rápidamente.
Si bien en los años 20 los salarios reales
habían subido, evidentemente la devaluación
de 1933 trajo como consecuencia la disminución
de su poder de compra. Esta es una constante de
las devaluaciones. En el debate sobre la reforma
cambiaria de 1933 que tuvo lugar en la Cámara
de Diputados, los legisladores Dickmann del Partido
Socialista y Correa del Partido Demócrata
Progresista alegaron que toda devaluación
era perjudicial para el nivel de vida de los asalariados.
Por su parte, Dickmann le recuerda a Pinedo que
cuando en 1913 se suspendieron los pagos de la Caja
de Conversión lo que implicaba una devaluación
, el doctor Justo le había encomendado representar
al bloque socialista para defender una posición
que era diferente a la que en ese momento tenía
como ministro.
En los años 30 se impone el control de cambios,
una experiencia iniciada por la Alemania totalitaria
que países como Francia y Estados Unidos
se niegan a seguir por considerar que no es democrática.
Sin embargo la Argentina la adopta y el , sistema
continuaría por muchísimos años.
A ello debemos agregar que a partir de la reforma
de 1933 se establecen los tipos diferenciales de
cambio, lo que implicaría un mecanismo importantísimo
para la redistribución de los ingresos. No
sólo se fija un tipo de cambio más
alto sino que éste era más bajo para
los exportadores, que de esa manera cobraban menos
pesos por cada divisa, y distinto para los importadores
para que pudieran comprar más barato.
A partir de entonces el sector exportador, en la
suposición de que estaba recibiendo una renta
de devaluación, tiene que pagar esa diferencia
que al gobierno le servía –en este
punto fueron muy inteligentes para obtener en divisas
los fondos necesarios para pagar la deuda externa.
En este sentido el gobierno fue muy prudente todas
las acciones llevadas adelante por los gobiernos
de la década del 30 estuvieron caracterizadas
por una gran prudencia ; pensó que si tenía
una deuda podía pagarla sacando parte de
sus divisas a los exportadores. Ello permitió
llegar al arreglo de las libras bloqueadas, que
fue parte del vilipendiado pero tan importante convenio
bilateral de pagos conocido como tratado Roca Runciman.
Otro hecho importante está relacionado con
el Banco Central. Con esta institución nos
apartábamos totalmente del régimen
del patrón oro. Sin embargo, nuevamente se
establecieron límites muy precisos y se dispuso
que el redescuento sólo podía efectuarse
en circunstancias de tipo transitorio.
Los años de la Segunda Guerra mundial llevaron
a otro cambio importante. El Banco Central dejó
de esterilizar la entrada de oro y debido a que
la Argentina exportó en los años de
guerra y no pudo importar, existió una importante
creación monetaria sobre la base de dichas
reservas. En momentos previos se mostró cómo
el Banco Central era muy exitoso y aplaudido en
otros lados y cómo podía evitarse
una expansión monetaria exagerada por este
medio, cuando se sabía que, vueltas a la
normalidad, las divisas que entraron había
que gastarlas y que si se gastaban había
que contraer la moneda. Esta era la verdadera política
anticíclica. Sin embargo, el gobierno no
lo hizo y empezó la primera inflación
importante en la Argentina, porque la inflación
de la Primera Guerra Mundial fue menor que la internacional.
La inflación se cuenta como un diferencial
entre la internacional y la del país.
El otro elemento ideológico va a aparecer
en 1943 con el gobierno militar. Yo creo que nunca
la Argentina estuvo más cerca de un proyecto
totalitario que con el del gobierno de 1943, que
luego se derivó hacia un gobierno populista
con Perón. La gente se olvida de algunas
cosas cuando dice que Perón no fue fascista];
efectivamente terminó no siéndolo,
pero el grupo político que toma el poder
en 1943 quería realizar un experimento totalitario
o franquista –diría- para poner al
ejército, armarlo, producir armamento y tener
autarquía y eso pesó mucho también
en las ideas subsiguientes. La diferencia fue Perón.
¿En qué consistió la diferencia?
Los militares estaban preocupados hacia el final
de la guerra porque nuevamente, como pasó
en la Primera Guerra Mundial en Europa, vendría
una irremediable marcha hacia la izquierda. Recuerden
que no sólo la Unión Soviética
fue la segunda potencia que entró en Alemania
sino que los partidos comunistas aprovecharon los
gobiernos de Francia y de Italia –también
estaba el Frente Popular en Chile- y la gente estaba
bastante cansada del gobierno militar. Parecía
que el mundo se iba a la izquierda y los militares
si algo no querían era eso.
La salida de Perón les aseguraba que él
tenía una forma no represiva, que empezó
a usar al principio, con un tipo de paternalismo
populista con el cual iba a dotar a dirigentes sindicales
e iba a asegurar el principio de pleno empleo que
era, fue y siguió siendo en todos los gobiernos
militares el principio básico que se sostuvo.
Además quería aumentar las remuneraciones
reales de los trabajadores. Y por otro lado tenía
un proyecto muy ambicioso de reforma del país,
de industrialización con sustitución
de importaciones, el avance en una serie de áreas:
obras públicas, infraestructura, etcétera.
El problema de Perón o el del populismo consiste
en dos cosas muy simples. En primer lugar, salvo
que exista la magia, no hay lugar en el mundo en
el que se puedan aumentar las remuneraciones reales
de los trabajadores si no se incrementa la productividad.
Las formas en las que el peronismo logró
aumentar los salarios reales tuvo consecuencias
muy negativas, por ejemplo haciendo baratos los
alimentos, pagándole poco a los exportadores,
controlando los precios de los servicios públicos,
provocando el déficit de las empresas públicas
y congelando los alquileres. Esos elementos hacían
que los costos fueran más bajos y se podía
pagar. Los industriales protegidos que no tenían
productividad suficiente para pagar los salarios
nominales correspondientes podían pagar esos
salarios pero el salario real era alto.
Pero esto no duró todo el tiempo. Los déficit
permanentes de las empresas públicas llevaron
a problemas que todos conocemos. El gravamen a los
exportadores provocó el estancamiento de
las exportaciones y, finalmente, las necesidades
de devaluaciónes reiteradas.
El segundo hecho eran los ambiciosos proyectos de
transformación. El problema es cómo
se financiaban. Todo quisiéramos hacer muchas
cosas, el problema es encontrar los recursos para
hacerlo.
No había mercado de capitales en el mundo
después de la guerra y los que había
no eran tampoco proclives a colocarlos en la Argentina
a pesar de que en ese momento tenía muy buenos
antecedentes.
Entonces Perón usó el Banco Central.
Su gran descubrimiento fue que el Banco Central
iba a ser la fuente de todos los proyectos, y que
los redescuentos iban a ser dados de forma irrestricta.
Eso estaba lejos de lo que se había pensado.
Pero qué gran ventaja tenía llamar
al presidente del Banco Central y pedirle que redescuente
el documento que le iba a traer el Banco Nación
o el Banco Provincia, que recibía del IAPI,
para financiar entes privados y públicos,
cuando estos documentos no se pagarían nunca.
Cuando cayó el gobierno de Perón,
el gobierno de la Revolución del 55 tuvo
que colocar un bono en el banco por las pérdidas
que existían por un equivalente al 20 por
ciento del producto bruto, aparte de las otras fuentes
de financiamiento, porque no se financió
y eso es lo que engaña mucho colocando títulos
en el Banco Central; los títulos de la Tesorería
los colocó la Caja de Previsión. Y
eso fue entre el 3 y el 4 por ciento del producto.
Así el déficit no pareció tan
grande; pero si uno lo toma incluyendo todos los
factores es enorme.
Perón llevó al populismo, es decir,
a la creencia generalizada de que los límites
no existían. Si algo no se podía hacer
era porque había gente mala. No era posible
el debate económico racional Esto entró
en una cultura argentina enormemente voluntarista
que en el caso de Perón terminó en
una situación muy difícil.
Además, el otro grave problema con Perón
fue que la Argentina entre 1900 y 1930 había
producido un proceso de inversión enorme.
En varios años de la década de 1900
a 1910 la inversión respecto del PBI fue
de más del 30 por ciento.
En los años de la crisis del 30 la inversión
declinó pero no se paró y en los seis
años de la guerra no hubo inversión.
¿Qué pasó? Cuando todo el mundo
decía que Perón tuvo la gran ventaja
de tener las reservas, la gente pensaba que la Argentina
de golpe se había vuelto rica, y no era cierto.
Lo que pasaba era que la Argentina era pobre; no
podía gastar porque se había ido descapitalizando
durante los años de guerra y para mantener
sus equipos industriales necesitaba urgentemente
la reposición de maquinarias y equipos.
En los dos primeros años del gobierno de
Perón aumentó la inversión
en importaciones de bienes de capital, pero ya en
1948 no se pudo importar más porque se arregló
el pago de la deuda y de los ferrocarriles obsoletos
con Gran Bretaña. Esto nos llevó a
la primera crisis del balance de pagos y a la incapacidad
de importar en los años subsiguientes.
De este modo, a fines de 1955 nos encontramos con
que en realidad el peronismo no es que había
combatido el capital sino que lo había consumido.
Y esto quedó pendiente para que todos los
procesos posteriores se plantearan la necesidad
de enfrentar los problemas que había dejado
el peronismo. Tuvieron poco éxito en hacerlo.
Había grupos de interés, grupos de
presión, que se habían formado en
esos años, que defendían la protección
, los procesos inflacionarios y la devaluación
porque así bajaban los salarios. Es entonces
que en medio de este debate económico, en
realidad hay toda una lucha de intereses que ha
perdurado y ha hecho fracasar los buenos, malos
o medianos proyectos de reforma.
GUILLERMO JAIM ETCHEVERRY
“LA EDUCACIÓN COMO FACTOR DE MOVILIDAD
SOCIAL” Para
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Constituye para mí una particular satisfacción
el acompañarlos en esta circunstancia en la
que se celebran los noventa años de existencia
de un partido político. En momentos en los
que se tiende a desprestigiar la política,
resulta esencial reafirmar la vigencia de esa actividad.
Hoy vivimos en una sociedad en la que se acentúa
la tendencia a la resignación, en la que parecería
que ya no hay nada por hacer, que el destino de las
cosas es inevitable y que poco podemos influir nosotros
en ese destino. Precisamente la política constituye
la reafirmación de que podemos hacerlo, es
una apuesta al futuro. De allí que considere
tan importante esta celebración en la que se
recuerda a quienes se encuentran entre los fundadores
de nuestra nacionalidad y los sostenedores de esta
visión de futuro. Lo que hoy nos falta es,
precisamente, comprometernos con el porvenir. Lo que
va a venir es el resultado de nuestra propia acción,
aunque no lo creamos así o, mejor aún,
aunque traten de convencernos de que no es así,
de que el aparato del poder internacional tomará
las riendas de nuestras actividades bajo el manto
justificador del inevitable progreso científico-tecnológico.
Es preciso advertir que aún queda mucho espacio
para que nosotros, como personas, digamos algo. Es
este decir algo lo que está íntimamente
ligado a la actividad política, que no es sino
una reafirmación de nuestra posibilidad de
torcer el destino de las cosas, de cambiarlo, de influir
en él. Es por esto que considero tan trascendente
esta posibilidad de recordar a un movimiento que ha
tenido tan positiva influencia en el país.
Este recuerdo es muy importante también por
lo que implica como compromiso con el pasado y apuesta
por el futuro. Es reunirnos para demostrar que podemos
y que debemos influir para cambiar el curso de las
cosas. Esta es una de las razones principales por
las que me siento tan honrado por la invitación
a compartir esta celebración.
Me han convocado para reflexionar junto a Ustedes
acerca de la cuestión educativa en la Argentina.
Desde hace tiempo intento llamar la atención
del país sobre este tema porque creo que es
uno de sus problemas centrales. Si no emprendemos,
otra vez, un vigoroso esfuerzo para tratar de educar
mejor a la mayor cantidad de gente posible, comprometeremos
seriamente el futuro de la Argentina.
En estos momentos se está generando, además
de la exclusión – no ya la pobreza, sino
la exclusión, es decir, la imposibilidad de
incorporarse a la sociedad – una exclusión
cultural, que es sumamente grave y peligrosa para
su destino. Quienes trabajan en contacto con jóvenes
delincuentes en el Gran Buenos Aires a menudo señalan
la dificultad que tienen para comunicarse con ellos.
Esto se explica porque ya no enseñamos más
a los jóvenes la manera de comunicarse, lo
que denota nuestro desinterés por educar lo
mejor posible a la mayor cantidad de gente posible,
lo que compromete nuestra posibilidad de desarrollo
futuro. Por esa razón, al igual que a fines
del siglo XIX, debemos encarar un vigoroso esfuerzo
para educar mejor – como acabo de sostener –
a la mayor cantidad de gente posible.
Enseñar y aprender son actividades que implican
un esfuerzo, una concepción que ha ido empalideciendo
rápidamente en el repertorio de ideas que prevalecen
en la Argentina. Aprender algo implica esforzarse.
Cualquiera de nosotros sabe que, cuando quiso aprender
algo, debió hacer un esfuerzo, comprometer
en la tarea a toda su persona. Aunque se cuente con
el interés, el entusiasmo y la ayuda de los
maestros, para aprender algo hay que comprometerse
personalmente. Es esta la idea que está desapareciendo
de nuestra sociedad y, fundamentalmente, de nuestro
sistema educativo. Hoy parecería ser que este
se ha fijado como objetivo el de “entretener”
a los jóvenes, haciéndoles más
fácil, más liviano, más irresponsable,
el tránsito por esa etapa de la vida. Como
se suele decir, la educación busca “contenerlos”.
Seguramente habrán advertido el predominio
de esta concepción de contener a los jóvenes
en la escuela, en detrimento del énfasis previo
en la educación. Esto encierra un grave peligro:
la escuela está dejando de ser un lugar de
educación para transformarse en un sitio de
entretenimiento entre las personas más favorecidas
y de asistencia social entre aquellos más necesitados.
Es cierto que, felizmente, la escuela ha sido el único
brazo del Estado que llegó a todos lados porque
se encuentra en la frontera de la sociedad y se aproxima
a la intimidad de las casas. Es loable que la institución
cumpla esa función de asistencia social, pero
no se debe olvidar que la mejor función asistencial
que presta la escuela es precisamente la de enseñar,
es decir, lograr que niños y jóvenes
adquieran las herramientas intelectuales que les permitan
comprender el mundo para intentar cambiarlo. Deberíamos
intentar reconquistar esta visión de la escuela
como constructora de la persona.
En la actualidad se hace frecuente referencia a la
formación para el trabajo. Parecería
ser que el único tipo de educación que
tiene sentido es aquel que apunta a que la gente logre
hacer algo de inmediato. Es esta una visión
muy limitada de la educación. La educación
debería proponerse formar personas que, además,
puedan trabajar, tener un empleo. No hay que olvidar
que el objetivo central de la educación es
dar a cada persona una visión de sus propias
posibilidades. Esto es lo que debe dejar en cada ser
humano: una idea de lo que es capaz de ser. Si bien
es esta la misión más trascendente de
la educación, en los últimos tiempos
este concepto también ha caído en desgracia.
Es necesario realizar un esfuerzo para reconquistar
esa dimensión de la educación.
Detrás de esta crisis se esconden numerosos
signos que se vinculan con algunas de las grandes
tendencias que se insinúan en la sociedad actual.
Una de ellas, ya mencionada, es el horror al esfuerzo,
una idea claramente contemporánea. Hoy todo
debe ser fácil, liviano.
A ella debemos agregar otra que, a mi juicio, se encuentra
en el centro de esta cuestión: es la sensación
de que vivimos en un presente permanente. El mundo
parece comenzar con la incorporación de cada
nueva generación. No proporcionamos a los jóvenes
la dimensión histórica de su existencia,
no les mostramos que están involucrados en
un tránsito durante el que se heredan cosas
y se dejan otras para quienes siguen. No les explicamos
que, precisamente porque tenemos un pasado, la tarea
que hacemos hoy tiene trascendencia porque impactará
en el futuro. Tampoco les decimos que si hoy no valoramos
lo que es pasado, en el futuro no se apreciará
lo que hagamos hoy porque nadie lo considerará
como pasado valioso. Esa percepción de la dimensión
del tiempo tiene estrecha relación con la crisis
que estamos atravesando.
Vivimos también en un mundo deslumbrado por
los avances tecnológicos. Pero no debemos olvidar
que, aunque dichos avances sean asombrosos, no constituyen
la única dimensión de lo humano. Es
preciso advertir que, por ejemplo, el ser humano,
es capaz de desarrollar otras acciones además
de hacer aparatos muy eficientes. Se sigue necesitando
mayor capacidad intelectual para escribir un poema
que para programar una videocasetera. Si bien no piensan
así ni sus padres ni sus abuelos, el hecho
de que los chicos estén familiarizados con
un mundo tecnológico, no significa que tengan
mayores habilidades intelectuales que las que tenían
los chicos de épocas anteriores. No se debería
perder de vista esta dimensión.
Dentro de la transmisión cultural – no
otra cosa es la educación – existen aspectos
vinculados con lo permanente. No necesariamente todo
lo que se debe transmitir está en la frontera
del conocimiento ya que hay cosas que pertenecen a
lo permanente. Esta es la dimensión que se
está perdiendo, la que está ligada a
la trascendencia de lo humano, una perspectiva que
estamos transmitiendo cada vez menos a nuestros chicos
y jóvenes.
Detengámonos en este último término:
“transmitiendo”. La educación está
íntimamente relacionada con la transmisión:
en última instancia se trata de pasar a otros
una herencia que, a su vez, otros nos transmitieron.
Los jóvenes tienen derecho a incorporar esa
herencia cultural por la única razón
de ser humanos.
En este aspecto estamos en falta porque cada vez enseñamos
menos y tenemos menor confianza en la importancia
que la transmisión de esa herencia tiene en
la formación de los jóvenes. Deberíamos
regresar a los principios básicos para lo que
es preciso reconocer que los jóvenes no lo
saben todo, como habitualmente pensamos y sostenemos.
Posiblemente posean otro tipo de conocimiento, pero
es mucho lo que ignoran y lo que nosotros estamos
en condiciones de enseñarles.
A propósito de esta cuestión, recurro
a menudo al relato de una anécdota. En Viena,
Austria, vivía un profesor de violín
muy apreciado como maestro por los violinistas de
la época. En una ocasión, un joven instrumentista
peregrina desde Alemania hasta Viena para ser escuchado
por el profesor con la intención de ser admitido
en su clase. Cuando el joven termina su ejecución,
el profesor dice: “Disculpe pero no lo tomaré
como alumno”. Los discípulos del profesor,
que habían presenciado la prueba, se extrañan:
“¡Pero cómo, si es uno de los mejores
violinistas que hemos escuchado, un talento pocas
veces visto!” Entonces el profesor responde
dice: “Sí, pero para ser alumno le falta
algo. Le falta inexperiencia.”
Asumir que los jóvenes ya poseen la experiencia
anula toda posibilidad de educarlos. Si pensamos que
ya lo saben todo, que no tenemos nada para enseñarles
o si renegamos de nuestras diferencias generacionales
– hoy todos queremos ser jóvenes y más
que padres o maestros queremos transformarnos en los
amigos canosos de nuestros hijos o alumnos –
dejando de dar testimonio de que existe otra realidad,
estaremos comprometiendo seriamente la posibilidad
de que se desarrollen intelectualmente.
Por otro lado, hoy la juventud es considerada como
una categoría cerrada en sí misma. Se
habla de “los jóvenes”, cuando
en realidad se trata de una etapa evolutiva dentro
de un proceso que conduce a la formación de
la persona. Los jóvenes no son un grupo en
sí mismo, algo que está terminado, sino
que constituyen una etapa de tránsito. Esta
visión es esencial para la educación
porque si carecemos de ella nos será muy difícil
educar a alguien ya que siempre pensaremos que estamos
frente a un grupo que tiene sus propias leyes cuya
violación no se justifica.
Por el contrario, no solo se justifica sino que se
debe entrar en ese mundo – muchas veces construido
artificialmente como resultado de intereses comerciales
– ya que algún día los jóvenes
nos reclamarán por haberles ocultado las posibilidades
de ser que da la educación. Por eso debemos
encarar el esfuerzo de volver a enseñar, prestigiando
la actividad de enseñar. Significativamente,
en Francia se ha constituido un grupo de profesores
bajo el título “Osar enseñar”,
porque hoy hace falta valor para intentar enseñar
algo.
En realidad, esta visión del mundo cuyos rasgos
centrales hemos sobrevolado – velocidad, novedad,
utilidad, liviandad – ha sido acompañada
por el desarrollo de una pedagogía que tiende
a no enseñar prácticamente nada, lo
que resulta sumamente preocupante. Las consignas en
el campo educativo no hacen más que repetir
lo que siempre se hizo, como la idea de “aprender
a aprender”, propósito de la educación
que no resulta en absoluto novedoso.
A este respecto resulta ilustrativo un breve escrito
que define muy bien lo que está pasando. Se
titula Jesús y la educación y dice así:
“En aquel tiempo Jesús llegó
a la montaña, se sentó sobre una piedra
y dejó que sus discípulos y seguidores
se acercaran. Dijo: 'En verdad os digo bienaventurados
los que tengan hambre de sed y justicia porque serán
saciados; bienaventurados los misericordiosos porque
tendrán misericordia; bienaventurados los perseguidos
a causa de la justicia porque de ellos es el Reino
de los Cielos'. Fue entonces que Pedro lo interrumpió
para decirle: '¿Tenemos que aprender eso de
memoria?' Y Andrés dijo: '¿Tenemos que
escribirlo?' Y Santiago dijo: '¿Nos vas a evaluar
por esto?' Y Marcos dijo: 'Hoy no traje papiro.' Y
Tomás dijo: '¿Tenemos que hacer una
monografía?' Y Juan dijo: '¿Y esto para
qué sirve?'
Entonces, uno de los tantos fariseos presentes pidió
ver la planificación de Jesús y ante
el asombro del Maestro le inquirió en estos
términos: '¿Cuál es el nombre
del proyecto áulico? ¿Cuáles
son las expectativas de logro? ¿Tiene el abordaje
del área en forma globalizada? ¿Ha seleccionado
y jerarquizado los contenidos? ¿Cuáles
son las estrategias? ¿Responde a las necesidades
del grupo para asegurar la significatividad del proceso
educativo? ¿Ha proporcionado espacios de encuentro
a fin de coordinar acciones transversales? ¿Cuáles
son los contenidos conceptuales? ¿Cuáles
los procedimentales? ¿Cuáles los actitudinales?'
Entonces, a Jesús se le llenaron los ojos de
lágrimas, los elevó al Cielo y allí
fue cuando en verdad dijo: 'Padre, ¿por qué
me has abandonado?'”.
Este párrafo enfatiza el punto que me proponía
señalar: la idea de la tecnificación
exagerada y, en mi opinión, vacua, de no pocos
aspectos de la docencia actual. Hoy se presta una
gran atención a la técnica docente y
muchos de nuestros docentes son expertos en metodología
aunque a veces ignoran lo que enseñan. Es muy
difícil transmitir algún conocimiento
significativo cuando se carece de ese conocimiento.
Es preciso poner un nuevo énfasis en la tarea
del docente, humilde pero que sigue siendo siempre
igualmente trascendente.
Hoy lo que hace el docente interesa poco. En general
los docentes son vistos como los cuidadores de la
gran guardería en la que se está convirtiendo
la escuela, pero valoramos poco la actividad intelectual
así como el capital cultural que los docentes
llevan al aula. Esto claramente se está manifestando
en los pobres resultados que obtenemos de nuestro
esfuerzo educativo. Esto se manifiesta en todos los
niveles: no solamente en las escuelas de los lugares
más desfavorecidos – a las que obviamente
afecta dramáticamente – sino que también
se advierte en los establecimientos escolares a los
que tienen acceso muchos chicos y jóvenes de
grupos medianamente acomodados e instruidos.
Resulta esencial desarrollar un nuevo interés
por el logro académico y para ello debemos
volver a instalar su importancia en la discusión
pública. La Argentina no privilegia el logro
académico. La tendencia que se observa en general
entre los padres luego de un año en el que
no hubo clases – obviamente en estos temas es
muy difícil hacer afirmaciones globales –
no es reclamar la recuperación del conocimiento
perdido sino conseguir que por un decreto los chicos
aprueben el curso. Es esta una clara demostración
de lo que intento decir con palabras más elaboradas:
en realidad la educación importa poco. Debemos
reconocer que, más allá de lo que decimos
en los discursos o en nuestras intervenciones públicas,
en los hechos concretos no es un tema que preocupe,
ni individual ni socialmente.
A este respecto resultan ilustrativas algunas comparaciones
presupuestarias, por ejemplo, en el área de
las universidades. Una sola universidad del Brasil,
la de San Pablo, cuenta con un presupuesto que equivale
al 75 por ciento del presupuesto total de las treinta
y ocho universidades argentinas. No es preciso ir
más lejos para poner en evidencia la dimensión
de la importancia que las respectivas sociedades adjudican
a la educación. Más allá de los
discursos, hay que mirar esos indicadores que señalan
claramente lo que está sucediendo.
Volviendo a las cifras presupuestarias, nuestra universidad,
que cuenta con alrededor de 290 mil estudiantes activos,
según el censo que acabamos de realizar y más
de 60 mil estudiantes que se han inscripto para iniciar
sus estudios, cuenta con un presupuesto anual de 125
millones de dólares. La Universidad de San
Pablo tiene un presupuesto anual de 600 millones de
dólares, con una cantidad de estudiantes cuatro
veces menor. Por su parte, la Universidad Nacional
Autónoma de México, recibe 1.500 millones
de dólares y es equivalente en tamaño
a la nuestra. Aquí se revela la progresión
de nuestro retraso: 120, 600 y 1.500, un ejemplo de
nuestro desinterés. Es cierto que el dinero
se podría gastar mejor, pero para gastarlo
hay que tenerlo. Cuando alcanzamos niveles en los
que las instituciones educativas se mantienen con
el subsidio que hacen los docentes, en realidad más
que instituciones educativas son redes solidarias.
Es muy difícil que un esfuerzo educativo serio
se base solamente en la solidaridad.
Es la educación una cuestión sumamente
compleja en la que influyen numerosos factores de
muy diversa índole. Pero es posible concluir
que debemos hacer un esfuerzo por volver a fortalecer
el interés social en la educación, sobre
todo, volver a creer y a generar en la gente la convicción
de que la importancia de la educación reside
en el hecho de que tiene que ver con el desarrollo
intelectual de las personas y no se limita a preparar
para el trabajo. Con un intelecto desarrollado, lógicamente
resultará más fácil trabajar.
El punto central reside en que hemos perdido nuestra
fe en esas ideas básicas lo que nos ha llevado
a la situación en la que nos encontramos. Contemplemos,
por ejemplo, los edificios que nuestros pioneros construían
para dedicar a la educación. Hoy ni siquiera
podemos mantener esos edificios y, lo que es peor,
ni nos interesa mantenerlos. Este es el reflejo de
la decadencia que, a diferencia de otros países,
vive la Argentina.
Venimos de un pasado en el que, alguna vez, hemos
contado con una dirigencia preocupada por estas cuestiones.
Deberíamos hacer hoy un esfuerzo para volver
a generar esa preocupación. Lo que hagamos
hoy en el terreno educativo determinará lo
que mañana será el país. Si no
hacemos ese esfuerzo, dentro de veinte o treinta años
– algunos opinan que tal vez antes – resultará
difícil vivir en esta sociedad ya que no nos
bastarán los perros, los policías, los
custodios, los muros.
Debemos hacer un esfuerzo para resolver ahora este
problema. Lo ilustra una frase de Sarmiento, quien
en 1848, dirigiéndose a la sociedad de su época,
decía: "Si no los queréis educar
por caridad, al menos hacedlo por miedo”. Se
trata de una frase con profundas resonancias en el
siglo XXI. Lamentablemente hoy, como clase dirigente
que somos, también deberíamos preocuparnos,
si no por caridad, al menos por miedo, para dejar
un país en el que se pueda vivir. Este es nuestro
nuevo desafío. Se trata de una propuesta sencilla
de encarar, ya que deberíamos volver a centrar
la educación en los aspectos básicos,
elementales, esos que hoy se ignoran.
El problema más grave hoy no es el problema
del desconocimiento de la física cuántica
por parte de nuestros estudiantes. El problema de
hoy es la comprensión de lo que se lee. Ustedes
saben que casi la mitad de los jóvenes que
concluyen la escuela media enfrentan graves dificultades
para comprender lo que leen porque ya nadie les enseña
a hacerlo, se trata de algo que ha caído en
un total desprestigio. Hoy se enseñan muchas
otras cosas, pero los elementos básicos para
acceder al conocimiento cada vez son menos cultivados.
Antes se sentaba a los chicos y se les enseñaba
su lengua, pero esta hoy ya no se enseña más,
se actúa. Esa es la razón por la cual
tenemos la lengua pública que caracteriza a
esta época cuando ha desaparecido la distinción
entre lengua pública y lengua privada. Hoy
se enseñorea la grosería no ya por el
afán de provocar sino porque se desconoce la
lengua porque no se la enseña más. Quienes
actúan en escuelas bilingües coinciden
en señalar que los chicos manejan mejor la
estructura de la segunda lengua que la de la propia,
porque aquella la estudian, mientras que la de la
propia no se estudia más.
Hay que volver a confiar en que la matemática
no sólo sirve para hacer operaciones sino que
desarrolla mecanismos intelectuales que tienen que
ver con la abstracción, con la capacidad de
razonamiento. Por eso hay que insistir en estos temas,
hoy un tanto olvidados.
Insensiblemente nos van convenciendo que el conocimiento
no sirve para nada. A pesar de que declaramos y declamamos
permanentemente que vivimos en la sociedad del saber
y del conocimiento, cada vez hacemos menos esfuerzo
para que nuestros chicos participen de ese saber y
de ese conocimiento. Pero para participar hay que
saber algo, y ese saber algo implica hacer el esfuerzo
de aprenderlo. Hoy, deslumbrados por las máquinas,
decimos: "¿Para qué, si está
todo en la computadora? Si uno necesita algo va y
lo busca." Es cierto, antes el conocimiento estaba
en los libros y a nadie se le ocurría decir
que no había que adquirirlo porque estaba en
esos libros. Los chicos merecen que hagamos el esfuerzo
de volver a imponer la idea de que es preciso atesorar
un capital cultural.
Al concluir las reflexiones sobre el estado de la
educación, habitualmente señalo que
cuando los ecologistas se refieren al estado en que
está el mundo, muestran las imágenes
de la lluvia ácida, de los ríos contaminados,
de los bosques destruidos, y para impactar a la audiencia
la interrogan: "¿Qué mundo dejaremos
a nuestros hijos?" Al referirse a la educación,
esa pregunta se puede reformular diciendo: “De
continuar así, ¿a qué niños
dejaremos este mundo?”. JUAN
J. LLACH
“ESTRATEGIAS DE CRECIMIENTO EN NUESTRO PAÍS”
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Es para mí un honor que me hayan invitado
a participar en este nonagésimo aniversario
del Partido Demócrata Progresista. Realmente
me siento muy honrado y es un gusto estar con ustedes
compartiendo esta sucesión de exposiciones.
El lugar que me ha tocado no es tan cómodo,
porque después de la exposición de
mi colega Guillermo Jaim Etcheverry va a ser muy
difícil emularlo, sobre todo siendo un tema
tan apasionante el que él ha tratado. El
asunto al que me voy a referir yo es un poco más
aburrido: el crecimiento y desarrollo económico
en la Argentina, que evidentemente no representa
una historia de éxito.
Lamentablemente, si uno mira el siglo XX, la Argentina
es el país que peor desempeño económico
ha tenido. Es muy difícil encontrar otro
país comparable al que le haya ido tan mal
en materia económica a lo largo del siglo
XX.
Lo que voy a hacer en primer término es recorrer
muy rápidamente dos grandes momentos. Podemos
partir el siglo XX en dos mitades poco menos que
iguales, con las dos grandes estrategias de desarrollo
que tuvo la Argentina a lo largo de ese siglo. Y
voy a terminar compartiendo con ustedes la pregunta
sobre cuál es la tercera opción posible
para el desarrollo en la Argentina y si dicha opción
es la que estamos viviendo en este momento. Vamos
a razonar un poco sobre el presente y, lo que es
más difícil, a tratar de avizorar
un poco el futuro.
La primera estrategia de desarrollo que tuvo la
Argentina es muy conocida. Simbólicamente
su fecha de inicio se ubica en 1880 por supuesto,
no comenzó un día determinado y yo
diría que se extiende hasta la Segunda Guerra
Mundial.
¿Cuáles fueron las características
centrales de esa estrategia? La primera fue la integración
al mundo. Esto es lo más notorio y distintivo,
ya que la Argentina se integra al mundo y a la globalización
de entonces, porque no es como algunos creen que
ella comenzó a partir de 1990. La globalización
ha sido el estado normal de la humanidad, pero como
hubo una gran excepción en el período
de entreguerras y más adelante, cuando los
grandes bloques se encerraron, se habla de la globalización
como algo nuevo, pero en realidad es algo muy viejo.
Lo más distintivo de esta etapa fue entonces
la integración de la economía argentina
al mundo, produciendo lo que podía producir
más o menos eficientemente, que eran principalmente
bienes agropecuarios con algún grado de industrialización.
Una segunda característica fue que a lo largo
de ese período no desde el comienzo la Argentina
supo construir instituciones políticas republicanas
y gradualmente democráticas.
La tercera característica es que las instituciones
fiscales se manejaron razonablemente. No fue un
período en el que nuestro país incurrió
en déficit excesivos o en un endeudamiento
fenomenal. El primer default de la Argentina moderna
tuvo lugar en 1890, ¡y vaya crisis que hubo!
Entonces, como puede observarse, también
en este aspecto encontramos excepciones. A partir
de ese momento, de la crisis del 90, la Argentina
tiene instituciones fiscales más o menos
responsables.
Incluso podríamos decir que este camino de
desarrollo tuvo una virtud, y es que cuando se produce
la crisis mundial del 30 supo dirigirse hacia un
modelo donde había más lugar para
la industria manufacturera. En realidad ese modelo
ya había empezado a funcionar en la década
del 20 porque en la presidencia de Alvear, con el
establecimiento del arancel Herrera Vegas se produce
una señal de industrialización. Algunos
sostienen que Alvear fue el primer desarrollista,
y algo de verdad hay en esa afirmación. Durante
la década del 30 este proceso se acentúa.
Como dije antes, el modelo tenía aptitud
para adecuarse a los tiempos que corrían.
¿Cuál fue la gran falencia de esta
etapa? Mi opinión personal es que radicó
en el quiebre de las instituciones políticas.
No estuvo en los factores económicos sino
en el quiebre de las instituciones políticas.
Claro que podemos polemizar eternamente respecto
de esta cuestión. Hay quienes piensan que
todos los males de la Argentina empezaron con el
peronismo pero, aunque esto fuera cierto, también
deberíamos preguntarnos cuáles fueron
las razones por las que surgió el peronismo.
A mi juicio, reitero, el año 1930 es significativo
para la Argentina no tanto o no sólo por
la crisis mundial que fue importantísima
y empezó en 1929 sino por el quiebre de la
institucionalidad política. Es un hecho que
marcó a fuego el resto de la historia de
nuestro país de prácticamente todo
el siglo XX. Pienso que aquel modelo, aquella estrategia
de desarrollo, falló no por razones económicas
o sociales sino por cuestiones políticas.
Aquí es donde aparece la segunda estrategia:
la industrialización sustitutiva de importaciones
para el mercado interno. Fíjense ustedes
que en el medio de ambas estrategias hay algo muy
interesante, que es lo que ocurre mientras se desarrolla
la Segunda Guerra Mundial. Había una gran
discusión acerca de qué haría
la Argentina después de la guerra; casi cinco
años estuvo el país debatiendo qué
haría cuando llegara ese momento. Esta discusión
se origina centralmente en el puntapié inicial
que da Federico Pinedo en 1940 cuando presenta ante
el Senado de la Nación su plan de reactivación
económica. Creía que el país
había cometido un error al mirar solamente
al sector agropecuario y que había que darle
un papel a la industria manufacturera orientándola
hacia la exportación. Además, su opinión
era que había que formar una especie de Mercosur;
claro que no habló de Mercosur, pero sí
de lograr la integración con Chile y Brasil.
Es decir que el proyecto del “Mercosur”
ya estaba en aquel momento, a lo que se sumaba la
idea de un plan de obras públicas de tipo
keynesiano tendiente a reactivar una economía
que había sido golpeada por todos los problemas
suscitados por el transporte de cosechas.
¿Por qué es interesante el plan Pinedo
y por qué me da una parte de la razón
cuando digo que la clave del fracaso de esta estrategia
está en el plano político y no en
el económico? El plan Pinedo tampoco fracasó
por motivos económicos; fracasó por
razones políticas. Una vez aprobado por el
Senado, donde el oficialismo tenía la mayoría,
Pinedo advirtió que en la Cámara de
Diputados no ocurriría lo mismo. Entonces
decide tomar un avión hacia Mar del Plata
–miren qué moderno para aquella época
para encontrarse con Alvear y tratar de negociar
políticamente. Esto trae como consecuencia
una gran reacción dentro del conservadorismo,
sobre todo de la provincia de Buenos Aires, y al
poco tiempo renuncia Pinedo y también Cantilo,
el ministro de Relaciones Exteriores. Este giro
del gobierno, ahora encabezado por Castillo, tiene
un doble significado. Por un lado, se empuja a la
Argentina hacia la neutralidad –con una simpatía
no tan neutral y, por el otro, se la encamina hacia
una economía cerrada.
Durante cinco años se siguió discutiendo
sobre el tema. Cuando surge el peronismo, el propio
Perón tenía dudas. En sus primeros
escritos manifiesta que no se podían mantener
todas las industrias artificiales que se habían
creado durante la guerra y que era preciso elegir
a aquellas que eran eficientes para poder exportar.
Sin embargo después, con su política
hacia los sindicatos, los aumentos salariales, etcétera,
decide cerrar la economía, lo que evidentemente
le dio un muy mal resultado a la Argentina.
Esta segunda etapa del desarrollo económico
argentino, con esta nueva orientación, se
caracterizó por el establecimiento de un
modelo de economía cerrada que gradualmente
dejó de respetar a las instituciones fiscales,
e instituciones políticas que eran vulneradas
y continuarían siéndolo durante mucho
tiempo. Dos ingredientes que habían sido
la clave del éxito del modelo anterior –la
integración al mundo y el respeto por las
instituciones fiscales en esta segunda etapa son
cambiados por una economía cerrada e instituciones
fiscales crecientemente irresponsables, lo que trajo
como consecuencia el resultado que ya conocemos.
Algunos se preguntarán por qué en
otros países esa misma orientación
de política económica tuvo éxito.
Esto es una verdad a medias, porque ante todo es
preciso aclarar dónde es que resultó
exitosa la estrategia de economía cerrada.
Tuvo éxito en algunos países de Asia
poco tiempo después de que se la estableciera
en la Argentina y también en Brasil, aunque
en forma parcial porque luego terminó mal.
Estos países tenían algo que nuestro
país no poseía, esto es, una enorme
abundancia de trabajo muy barato sobre el cual basar
el modelo de industrialización cerrada.
Esta estrategia de desarrollo también tuvo
su momento de éxito en la década del
60. No soy amigo de las imágenes en blanco
y negro, donde todo es bueno o todo es malo, porque
creo que la realidad presenta matices. Por eso digo
que este modelo tuvo buenas épocas durante
la década del 60. Pero a la larga terminó
bastante mal, en primer lugar por la existencia
de una inflación creciente. Nos fuimos acostumbrando
a la denominada “inflación latina”
-30 por ciento anual- hasta el año 1975.
Luego, a partir de ese momento y durante quince
años, experimentamos la llamada “megainflación”
una inflación superior al 100 por ciento
anual y por último conocimos la hiperinflación.
Hay un debate interesante acerca de cuál
es la fecha en la que hace crisis esta estrategia
o modelo de desarrollo. Hoy está de moda
decir que la fecha fatídica es 1976; comparto
que fue fatídica desde el punto de vista
político, pero el sentido que se le da es
económico. Se sostiene que desde 1976 hasta
hace dos años se adoptó un modelo
que llevó al desastre, pero lo cierto es
–como dije antes que la realidad tiene sus
matices. Por ejemplo, no podemos olvidar que en
1975 había un gobierno justicialista electo
democráticamente y que fue en ese año
cuando se inicia la megainflación en la Argentina.
El modelo de economía cerrada, de instituciones
fiscales irresponsables e instituciones políticas
periódicamente vulneradas –todo lo
cual indica que no logró ser acompañado
por una institucionalidad política, republicana
y democrática evidentemente terminó
muy mal.
Luego vinieron, y aquí entramos en el tercer
capítulo de esta historia tan triste, los
intentos por ver cómo se podía hacer
para cambiar esa orientación y diseñar
una nueva estrategia de crecimiento. Primero se
produjo lo intentado durante el proceso militar
y luego lo que se inició con la presidencia
de Menem, especialmente a partir de 1991. Nuevamente
aquí hay una gran polémica acerca
de por qué estos dos intentos, tanto uno
como otro, terminaron mal. No podemos ignorar que
el final de estos intentos correctivos de los defectos
que tenía el modelo de economía cerrada
también terminaron mal. Hay un síntoma
común en los dos casos que entonces se registra
como lo principal: la cuestión cambiaria,
el problema del tipo de cambio y del atraso cambiario,
ya sea durante la tablita en tiempos de Videla y
Martínez de Hoz o la convertibilidad en los
tiempos de Menem y Cavallo. Entonces, el que mira
ese síntoma y se queda con eso dice: “Bueno,
la causa por la que terminaron mal estos intentos
de abrir la economía fue que al mismo tiempo
se siguió una política de atraso cambiario”.
Evidentemente eso tiene su parte de verdad, no podemos
ignorarlo, pero siempre el conocimiento nos lleva
a tratar de ver qué había detrás
del atraso cambiario, por qué se generaron
estas situaciones de atraso cambiario. Y allí
lo que uno va a encontrar en los últimos
treinta años de la historia argentina, incluyendo
estas dos experiencias que tuvieron un final tan
malo, es que en realidad la Argentina intentó
todos los regímenes cambiarios imaginables:
la tablita en la época de Martínez
de Hoz, la convertibilidad en tiempos de Menem,
el cambio fijo, el cambio flotante, el Plan Austral.
La Argentina probó en estos treinta años
todos los regímenes cambiarios que se han
inventado en el mundo, incluso el actual, que es
una flotación que en realidad no lo es tanto
porque está obviamente bastante manejada
por el Banco Central. ¿Recuerdan una propaganda
de cuando éramos jóvenes en la que
Vittorio Gassman decía “Yo he probado
todos los métodos” y recomendaba unas
hojas de afeitar? Bueno, la Argentina probó
todos los métodos cambiarios y sin embargo
todos esos intentos terminaron mal. ¿Cuál
es, entonces, el factor común a ellos? No
puede ser el régimen cambiario. Lo que uno
encuentra es claramente el desmanejo de las finanzas
públicas. O sea que todos estos intentos
que se suceden desde 1973 hasta la fecha de políticas
cambiarias terminan mal porque hay un exceso de
gasto público en proporción a la recaudación.
Cuando se pudo emitir deuda, como en la época
de Videla o en la de Menem, se emitió deuda;
cuando no se pudo emitir deuda, se emitió
dinero y el resultado fue la megainflación
primero y la hiperinflación después.
Entonces, creo que de cara al futuro es muy importante
entender que si bien es evidente que en estas experiencias
correctivas hubo un problema de atraso del tipo
de cambio, lo que explica la naturaleza explosiva
de los finales de estas experiencias es el desmanejo
de las finanzas públicas. Y el problema no
es sólo el desequilibrio fiscal, sino también
el aumento del gasto público per se, que
por su naturaleza genera atraso cambiario cuando
es excesivo.
Nosotros vemos que a lo largo de las dos principales
estrategias que tuvimos en el siglo XX, lo mismo
que en los intentos correctivos que tuvimos en el
último cuarto de siglo, aparecen tres protagonistas
en los tres casos. Ellos son: la apertura de la
economía o integración al mundo, o
el cierre de la economía; las instituciones
fiscales, o sea, el manejo de las finanzas públicas;
y las instituciones políticas. Cabría
preguntarse entonces: ¿si estas tres cosas
funcionaran bien, todo lo demás se dará
por añadidura? ¿Todo lo demás
estará garantizado? ¿Son suficientes
estas tres condiciones para garantizar un proceso
de desarrollo económico con creación
de empleo, reducción de las desigualdades
sociales, etcétera? Creo que estas son preguntas
bastante importantes. Entonces, ahora, en la parte
final de mi exposición, voy a tratar de plantear
una reflexión, primero, muy breve, acerca
de si estas tres cosas son suficientes y alcanzan,
y segundo, respecto de cómo estamos parados
hoy frente a estos tres requisitos.
Pero antes de eso voy a mencionar otro factor que
también es un personaje de esta historia
y que no debemos olvidar: las circunstancias externas
de la Argentina. Para entender esta muy mala performance
económica, social y política de la
Argentina en el siglo XX hay que traer a colación
este factor externo, que es lo que ocurre después
de la Segunda Guerra Mundial con el proteccionismo
agroalimentario y los subsidios. Claramente, desde
la Segunda Guerra Mundial en adelante la Argentina
está discriminada de los mercados internacionales
en aquellas producciones en las cuales era más
eficiente. Yo no sé qué habría
pasado si los mercados del mundo desde la Segunda
Guerra Mundial hubieran estado tan abiertos a nuestra
producción como lo estaban antes del conflicto
bélico. Los argentinos somos tan ingeniosos
para crearnos problemas que probablemente igual
nos hubiera ido mal, pero no podemos de dejar de
registrar este hecho. La Argentina ha tenido una
limitación externa muy importante para su
crecimiento a partir de la Segunda Guerra Mundial
al no haber podido producir y exportar todo lo que
hubiera podido en razón de circunstancias
internacionales. Por ejemplo, con la misma eficiencia
o ineficiencia que hoy tenemos en un contexto de
libre comercio mundial, la Argentina hoy en vez
de exportar 33 mil millones de dólares podría
estar exportando 45 mil o 50 mil millones de dólares.
Entonces, los problemas de la Argentina serían
de otra naturaleza. Este es un factor que no debe
ser olvidado.
En esto hay bandos, como en todo. Están los
que miran solamente la responsabilidad interna y
los que tratamos de mirar, aparte de las responsabilidades
internas de la Argentina, este factor externo. Si
no, es muy difícil que a la Argentina le
haya ido tan mal.
Dicho esto, volvemos a la pregunta de si estos tres
requisitos la integración al mundo, una política
fiscal responsable y las instituciones políticas
son suficientes. Mi impresión es que no son
suficientes, por lo menos por dos razones. Una es
lo que podríamos llamar la cuestión
social, la cuestión de empleo, la cuestión
industrial. Como mínimo, un proceso de integración
al mundo conlleva la necesidad de una adaptación
para que el país no solamente pueda especializarse
en la producción de bienes primarios sino
también en la de productos con mayor valor
agregado. Entonces, además de estos tres
factores que son esenciales, hay algunas otras cosas
que el país debe hacer para lograr finalmente
encontrar un tercer camino que la vuelva a llevar
a una etapa de crecimiento de la economía.
¿Cómo estamos hoy según mi
punto de vista que evidentemente puede ser polémico
respecto de estos tres requisitos que considero
básicos? En primer lugar, desde el punto
de vista de las instituciones políticas aunque
no es mi especialidad, me atrevo a hacer por lo
menos algún comentario creo que los últimos
episodios de 2001 y 2002 estuvieron al borde, pero
al borde externo, de lo que debe entenderse por
un proceso de estricta legalidad constitucional,
republicana y democrática. Es decir que sin
haber llegado, afortunadamente, a una situación
de golpe militar como fue en el pasado, hubo realmente
un daño serio a las instituciones.
Y mi punto de vista también es que si bien
el hecho de que la Argentina logró mantenerse
de manera bastante imperfecta dentro de la legalidad
constitucional es un activo, lo que el país
todavía tiene que hacer en esta materia es
muy importante. Caben aquí cuestiones tan
esenciales como la insuficiente seguridad jurídica.
En segundo lugar, con respecto a las instituciones
fiscales y la política fiscal en general
mi opinión es que hay un hecho indudablemente
positivo. Ningún gobierno de una orientación
como la que tiene el actual en Argentina en el pasado
tuvo un comportamiento fiscal comparativamente tan
responsable como éste. Creo que este es un
activo que debemos reconocer que existe y en tanto
se mantenga es una de las condiciones para que la
Argentina pueda salir adelante. Por supuesto que
esto es posible en gran medida por el default de
la deuda pública y se basa además
en impuestos que no son buenos.
El ministro de Economía recientemente dijo
en el coloquio de IDEA que no sabía lo que
eran los impuestos distorsivos. En realidad es bastante
claro lo que son los impuestos distorsivos: son
los que repercuten directamente sobre el precio
o los costos de la producción y por lo tanto
conducen a una mala asignación de los recursos.
La Argentina tiene en este momento una recaudación
del orden de los 20 mil millones de pesos, o sea,
casi un 5 por ciento del producto, en malos impuestos.
Vale decir que estamos en una situación fiscal
mucho mejor que en otras épocas donde hubo
gobiernos con una orientación parecida, pero
todavía no podemos considerarla consolidada.
En cuanto al tercer punto, que es el de la economía
abierta, reitero que ningún gobierno de una
orientación como la actual en el pasado la
ha mantenido. Creo que debemos registrar estas dos
características, la de un mejor desempeño
fiscal y la de haber mantenido la economía
abierta. De alguna manera son un ingrediente que
nos debe dar algún optimismo respecto de
la oportunidad que tiene la Argentina.
Efectivamente creo que la oportunidad que tiene
por delante nuestro país para salir adelante
en materia económica es realmente importante,
significativa, pero es evidente –y aquí
vendrá el rol de la oposición- que
queda todavía una agenda muy densa de cuestiones
pendientes para que esta oportunidad efectivamente
se concrete.
Para finalizar, quiero mencionar algunos puntos
que a mi juicio deben conformar esta agenda. En
primer lugar es evidente que quizás la principal
limitante de crecimiento que tiene Argentina es
la escasez de capital. Uno por ejemplo lee la estructura
de las exportaciones argentinas y observa que hay
gran concentración en el complejo oleaginoso,
energético, turismo a lo mejor todo eso representa
el 40 por ciento de las exportaciones , pero si
uno después ve todos los otros capítulos
se encontrará con una increíble diversificación
de productos que van desde productos químicos
bastante sofisticados hasta bienes de capital. Ahora,
cuando uno ve las cantidades y lee en el diario
que se exportó equipamiento odontológico
a la Unión Europea por 500 mil dólares,
1 millón de dólares o 200 mil dólares,
observa también que en la Argentina hay una
gran cantidad de pequeñas y medianas empresas
que no tienen escala para competir en los mercados
internacionales. Este para mí es uno de los
ejemplos más elocuentes -además del
hecho de que los argentinos tienen en el exterior
100 mil millones de dólares- de que la escasez
de capital es una traba fundamental del crecimiento.
Y aquí creo que la agenda por delante es
muy grande; no me parece que se esté haciendo
lo suficiente como para crear condiciones atractivas
para que esta restricción se levante.
La segunda cuestión se refiere al capital
humano, pero no me detendré en este punto
porque acaban de escuchar la elocuente exposición
de Jaim Etcheverry. Tengo una opinión matizada
sobre esto. La Argentina todavía, a pesar
de todo, increíblemente conserva algún
grado de ventaja, por ejemplo, respecto de Latinoamérica,
en materia de educación. Por ejemplo, un
chico que a los cinco años se incorpora hoy
en el preescolar tiene una esperanza de escolaridad
de diecisiete años, es decir que en promedio
va a estar hasta los veintidós años
en el sistema educativo; es un promedio igual al
de los países desarrollados de la OCDE. Pero
cuando uno analiza qué y cuánto aprende
debemos remitirnos a la brillante exposición
de mi colega Jaim Etcheverry. Tenemos pues este
segundo punto de la agenda que consiste en tratar
de preservar esto poco que nos queda de algo que
en el pasado la Argentina sí tuvo como una
ventaja competitiva: el capital humano.
El tercer punto lo he mencionado muy al pasar pero
me gustaría insistir un poco más sobre
el tema. Me refiero a los impuestos distorsivos.
La estructura impositiva que hoy tiene la Argentina
no es de ninguna manera una estructura amigable
para el crecimiento económico sostenido.
La Argentina debe tener un programa serio, sostenido
en el tiempo y efectivamente realizado para cambiar
estos impuestos por gravámenes como los que
se cobran en otros países.
También tenemos el punto relacionado con
los servicios públicos. La Argentina había
pasado de ser un país sin servicios públicos
a ser un país con servicios públicos,
aunque con muchas deficiencias, con privatizaciones
mal realizadas y otras bien hechas, con problemas
de falta de competencia, pero en todo caso, con
servicios públicos. Y yo creo que esto está
entrando nuevamente, en forma gradual, en situación
de riesgo. O sea que es un punto de la agenda muy
importante.
El quinto punto es el de la inserción externa
de la Argentina. Todavía nuestro país
no ha resuelto el problema que se le plantea desde
la Segunda Guerra Mundial acerca de cuál
es su socio en el mundo. Pareció que era
el Mercosur, pero ahora de golpe se desinfla y aparece
la Comunidad Sudamericana, que es un proyecto alternativo
al Mercosur. También aparece la oportunidad
de Asia, pero el modo en el que se procesa esta
gran oportunidad de relacionarnos con China en realidad
deja bastante que desear. La Argentina le reconoce
a China el carácter de economía de
mercado sin ninguna ventaja tangible a cambio y
como prueba de que el Mercosur está muy debilitado
ni siquiera se conversó con Brasil para hacerlo
conjuntamente, a pesar de que los dos países
tomaron la misma decisión.
Es decir que en materia de elegir cuál va
a ser nuestro modo de inserción externa,
todavía los puntos pendientes de la agenda
son muchos y lo mismo sucede en lo que respecta
a la promoción comercial externa. Yo soy
de los que creen que seguramente el gran socio comercial
estratégico de la Argentina para los próximos
treinta años salvo que hagamos las cosas
muy mal van a ser los países asiáticos:
Asia oriental hasta la India. Y aunque es muy lindo
hablar de Asia creo esto es algo a conquistar y
que no viene llovido del cielo como el maná.
Debe existir toda una fuerza de tareas, pública
y privada, operando en la región; por ejemplo,
los mejores chicos del servicio exterior que hacen
el curso de formación deberían estar
estudiando los idiomas asiáticos. Es una
larga agenda de temas que tampoco veo que se esté
realizando cabalmente.
El último punto, y ahora sí termino,
es bastante polémico; no todos mis colegas
economistas están de acuerdo. Cuando uno
ve los países que han tenido éxito
a lo largo de toda la historia contemporánea
en materia económica observa que han llevado
a cabo una estrategia de desarrollo formulada de
una manera más o menos explícita.
Esto no quiere decir que el gobierno va a ser el
que tenga que decidir si producimos, como se dijo
alguna vez, acero o caramelos, con la curiosa paradoja
de que finalmente dos de las principales empresas
exportadoras industriales de la Argentina terminaron
siendo, una, productora de acero, y la otra, de
caramelos. Es una especie de ironía de la
historia, extraordinaria y finísima. No es
el gobierno en absoluto el que tiene que definir
esto, pero sí es a mi juicio un organismo
público privado el que tiene que empujar
toda esta agenda. Irlanda, por ejemplo, tiene un
consejo de competitividad público privado
en el que se han fijado metas. ¿Cuál
es su bench marking, o sea, el país al cual
ellos quieren parecerse en materia de educación,
producción, turismo o servicios? Año
a año van monitoreando en qué medida
se han alejado o acercado a esos objetivos. Mientras
tanto, la Argentina decidió borrarse de algunas
de las pruebas internacionales de calidad educativa,
no por la actual gestión sino por la anterior
durante la presidencia de Duhalde; o sea, hizo todo
lo contrario a lo indicado.
¿Por qué creo que tiene que haber
una organización de tipo público-privado
que se ocupe de esto? Porque si es sólo pública
sería sinónimo de burocracia y no
serviría, y si es sólo privada tampoco
porque habría demasiado lobbying. Debe ser
pública y privada porque de lo contrario
no se ocuparía correctamente de la cuestión.
La realidad de los gobiernos es que los temas de
largo plazo siempre se dejan para la semana que
viene y esa semana no llega nunca. Esto ocurre porque
los gobiernos están siempre totalmente tapados
por la coyuntura y por la agenda que cada semana
les fijan los medios.
Ahora bien. ¿Por qué no se crea ese
organismo? Porque la instauración de un organismo
de ese tipo implica ceder poder. Si se convoca a
la sociedad para un emprendimiento de esta naturaleza
pero después se le contesta “no”
a todo lo que propone, evidentemente a los tres
meses ese organismo desaparece. Creo que es un tema
muy importante para que sea asumido por la oposición.
Es una paradoja que el actual gobierno, cuya orientación
es de políticas activas respecto del papel
del Estado, no le haya dado un lugar a un organismo
público privado que monitoree la marcha del
país en cuanto a las estrategias adoptadas
y proponga medidas.
Como se ha vencido el plazo de que disponía
para hacer uso de la palabra pido disculpas por
ello , finalizaré mi exposición con
un mensaje de moderado optimismo. Creo que a la
Argentina se le ha abierto una gran oportunidad
por distintos factores y que la agenda pendiente
es muy importante. Advierto que en estos momentos,
cuando a veces parecen prevalecer orientaciones
un poco hegemónicas, es crucial el papel
de la oposición en el sostenimiento permanente
de una agenda de esta naturaleza. De lo contrario,
corremos el riesgo de perder una nueva oportunidad.
(Aplausos.)
FELIPE De La BALZE
“ LA ARGENTINA EN EL CONTEXTO UNIVERSAL”
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En primer lugar quiero agradecer al Partido Demócrata
Progresista por esta invitación. En un país
donde las instituciones han declinado, prácticamente
se esfumaron o directamente desaparecieron, la perdurabilidad,
la fuerza, la resistencia y el hecho de que sus
miembros se encuentren en este ámbito al
cumplirse noventa años de la fundación
del partido indican que hay un sentido, una concepción
y una fe en él que realmente genera en mí
esperanzas respecto del futuro argentino.
Se me pidió que hable del contexto internacional.
Hablar de ese tema en veinte minutos es como hacer
un análisis astrológico de cada una
de las ciento cincuenta personas que participan
en este acto en diez minutos. Por eso concentraré
la atención en dos cuestiones que me parecen
importantes: la situación en Medio Oriente
y el escenario de la economía internacional.
Luego haré un comentario sobre la política
exterior argentina e intentaré elaborar una
conclusión.
Lo más importante que está ocurriendo
en el mundo tiene lugar en Medio Oriente. Todos
somos conscientes de que los Estados Unidos fueron
a Irak hace un año y medio con tres propósitos:
encontrar y destruir las armas de destrucción
masiva, sacarlo a Saddam Hussein –obviamente
un carnicero, un gobernante espantoso desde todo
punto de vista e iniciar un proceso de democratización
del Medio Oriente.
Las cosas no salieron como estaban previstas particularmente
en lo que respecta al último punto, porque
no podemos decir que los gobiernos de Medio Oriente
son hoy más democráticos que hace
dieciocho meses. Si vamos a Arabia Saudita, Egipto,
Líbano, Túnez o Marruecos nos encontraremos
con que sus gobernantes, que en ningún caso
eran democráticos, tienen una posición
más dura en cuanto al manejo de sus respectivos
países, son menos democráticos que
antes y utilizan en mayor medida los servicios de
inteligencia para gobernar.
Todos los países que acabo de mencionar son
manejados por los servicios de inteligencia. En
Siria, Egipto, Arabia Saudita, Túnez y Argelia,
por ejemplo, fuera de la estructura formal de gobierno
los gobernantes utilizan los servicios de inteligencia
para manejar el país.
En los últimos dieciocho meses, los servicios
de inteligencia sauditas se han vuelto muchísimo
menos tolerantes y más duros que antes de
la invasión a Irak. Lo mismo ocurre con Marruecos
y Egipto.
Por lo tanto, si medimos la intervención
de los Estados Unidos en Medio Oriente en términos
de promover la democracia, podemos afirmar que ese
objetivo –que por supuesto es muy valioso
no sólo no se alcanzó sino que trajo
consecuencias que, en cierta forma, desgraciadamente
se oponen a ese propósito.
También existía la idea de que la
invasión a Irak facilitaría la negociación
entre Israel y Palestina. Fundamentalmente hay dos
teorías en el mundo respecto de cómo
resolver el conflicto israelí palestino.
Una de ellas se relaciona con los acuerdos de Oslo,
que seguramente habrán visto mencionados
en los diarios. La idea de estos acuerdos era lograr
la integración entre ambos pueblos y destinar
fondos para que los israelíes creen empresas
y los palestinos tengan trabajo. Una especie de
Mercosur para llevarlo a nuestra dimensión
en esa parte del mundo para que el progreso y la
integración económicos y el éxito
empresario dieran sustento a un acuerdo de paz.
Los acuerdos de Oslo se derrumbaron con las intifadas
de los últimos tres años. La idea
de que se podía sellar una paz duradera a
partir del éxito económico fue, en
cierta forma, destruida por los hechos de violencia
que han tenido lugar en Israel y Palestina durante
los últimos treinta y seis meses.
La segunda teoría, que seguramente todos
conocen porque en los diarios se habló de
ella, consiste en lo siguiente: si no es posible
terminar con la guerra, integrarse y alcanzar el
éxito haciendo que quienes ayer eran enemigos
hoy trabajen en forma conjunta, el único
camino es la separación. La famosa muralla
que observamos a través de los diarios no
es más que el segundo approach en esa región
para resolver el conflicto entre Israel y Palestina.
En otras palabras dijeron: si no nos ponemos de
acuerdo, no logramos el éxito económico
y no somos capaces de integrarnos, separemos los
públicos como en un match de box y también
a los boxeadores, situándolos en rincones
diferentes para minimizar el contacto lo máximo
posible, y esperemos que el paso del tiempo y el
advenimiento de nuevas generaciones calmen sentimientos
tan crueles y cargados de rencor.
Estas han sido las dos soluciones conceptuales
al problema de Israel y Palestina en los últimos
diez años. La idea era que cuando los Estados
Unidos invadiera Irak su poder de negociación
iba a ser tan firme y tan sólido que iba
a poder imponerle al señor Arafat y al señor
Sharon un compromiso político. Eso no sucedió,
puede ser que suceda ahora con la muerte de Arafat
y con la renuncia presentada antes de ayer del señor
Burgatti, que es el segundo líder competidor
dentro de los palestinos con una posición
más nacionalista, que ha decidido no ser
candidato en las elecciones presidenciales que habrá
en Palestina el 9 de enero.
Tendrán lugar dos elecciones fundamentales
en el Medio Oriente en los próximos 45 días,
la primera en Irak, el 31 de enero y la segunda
en Palestina, el 9 de enero. Si esas dos elecciones
se llevan adelante y si resuelven las cosas desde
el punto de vista político, van a crear una
geografía política en Medio Oriente
muy diferente a la que conocemos hoy en día.
Ahora los Estados Unidos han ganado la guerra pero
no han ganado la paz.
¿Qué dicen las encuestas? En el Líbano
hay una universidad americana de primer nivel llamada
American University, allí está el
centro de reflexión más importante
de Occidente en Medio Oriente y tuve ocasión
de estar con su decano hace quince días.
Este centro publica mensualmente las encuestas con
respecto a la opinión árabe, a la
invasión de Irak, al tema de Israel, al punto
de vista de los palestinos, etcétera. Las
encuestas cubren fundamentalmente Marruecos, Túnez,
Egipto, Siria, Líbano, Arabia Saudita e Irak,
países muy importantes en el tema internacional.
Hace un año las encuestas preguntaban: “¿Por
qué los Estados Unidos han invadido Irak
y están allí? Mayoritariamente, el
80 por ciento de las personas que dio su opinión,
dijo que Estados Unidos había invadido Irak
por dos razones. En primer lugar, por el petróleo
y, en segundo término, para apoyar a Israel,
que era su aliado estratégico en contra de
los árabes. Uno puede estar en acuerdo o
en desacuerdo pero son explicaciones concretas y
de conflicto de interés.
Las encuestas hechas en los últimos tres
meses no dicen más que los Estados Unidos
han invadido Irak por el petróleo o para
apoyar a Israel, bueno, lo dicen pero en lugar del
80 por ciento esas dos respuestas tienen el 30 por
ciento. Más del 60 por ciento de las personas
entrevistadas creen que Estados Unidos está
en Irak para controlar prácticamente uno
podría decir subyugar- a los musulmanes y
al Islam. Es muchísimo más grave en
los temas de política y en los que afectan
a la violencia el conflicto del desprecio que el
de los intereses.
El señor y yo podemos discutir si yo le doy
o no mi billetera, a mí no me gusta dársela
pero si me muestra una pistola se la voy a dar,
al final le tendré una gran rabia al señor
pero ¿qué vamos a hacer?, me sacó
la billetera. Pero que yo le diga al señor
o que él me diga a mí que nos despreciamos,
que no valemos nada, es muchísimo más
grave que un conflicto de interés.
Tuve la ocasión de desayunar con el presidente
de Pakistán, que estuvo aquí hace
dos semanas, y le hice dos preguntas. La primera
era dónde estaba Bin Laden y la segunda,
cómo estaba Al Qaeda. Con respecto a Bin
Laden me dijo: “Realmente no sabemos dónde
está, algunos dicen que está en la
en la montaña de Bora Bora, entre Pakistán
y Afganistán, otros dicen que está
en Iran”. La segunda pregunta era qué
estaba pasando con Al Qaeda. El presidente Musharraf
me dijo en inglés: “We have killed
70 per cent of the Al Qaeda operatives”. Me
lo dijo en ese tono. “Hemos matado o metido
en prisión al 70 por ciento de los líderes
de Al Qaeda”. Con lo cual desde el punto de
vista del objetivo militar de los Estados Unidos
después de las Torres Gemelas es obvio que
los Estados Unidos han tenido un éxito militar
formidable.
Hace un mes, durante un seminario, estuve sentado
al lado del general Taylor, jefe de contraterrorismo
de los Estados Unidos, le hice la misma pregunta
y me contestó lo mismo. “A Al Qaeda
lo tenemos liquidado” y le pregunté
si había más o menos terrorismo y
me contestó: “No, tenemos un problema
terrorista cada vez mayor”.
En otras palabras, la intervención de los
Estados Unidos en el Medio Oriente si bien tiene
razones que pueden ser explicadas y moralmente sostenidas
basadas sobre intereses y, sobre todo, sobre el
temor de los Estados Unidos después del atentado
de las dos torres, desde el punto de vista práctico
de la democracia, de la generación de nuevos
terroristas o de la resolución del problema
político real, en ninguno de esos tres campos
esenciales hemos visto todavía resultados
positivos.
Ahora bien, ¿cómo nos afecta esto
a los argentinos? Hace ocho o diez años nos
pusieron bombas en Buenos Aires, cosa que fue terrible.
¿Pero cómo nos afecta hoy en día
a los argentinos el hecho de que este tema de Medio
Oriente no solamente no esté resuelto sino
que esté en plena ebullición y que
la potencia más grande del mundo que es nuestra
alida tenga problemas militares, estratégicos
y políticos de gran magnitud? La respuesta
es muy simple: los Estados Unidos están interesados
y obsesionados por el problema del Medio Oriente
y el resto del mundo no existe. Si nosotros hoy
tuviéramos como presidente a Pinocho y Pinocho
decidiera que los extranjeros tienen que pintar
su pelo de verde, a los Estados Unidos no le importaría.
En otras palabras, ha habido un cambio dramático
de las circunstancias que vivíamos los argentinos
cuando hacíamos algo y pensábamos
en qué iban a decir los estadounidenses.
Hoy en día los estadounidenses no dicen nada
porque no están interesados en nosotros dado
que están obsesivamente interesados por el
problema que enfrentan en Medio Oriente y todas
sus repercusiones que yo muy sumariamente he tocado.
Eso significa en términos de política
que cualquier gobierno que hubiera asumido entre
2001 y 2003 hubiera tenido como tiene el doctor
Kirchner hoy en día un margen de autonomía
y de juego absolutamente fuera de lo normal, no
por mérito propio sino porque las circunstancias
lo permiten.
El segundo tema importante que también tiene
consecuencias importantes para la Argentina es el
de la economía internacional. Como ustedes
saben, los Estados Unidos tienen un déficit
de cuenta corriente del 6 por ciento. Para aquellos
que no son economistas, esto quiere decir en términos
muy simples que el país gasta 6 por ciento
más de lo que produce, y que para poder financiar
lo que gasta y no produce tiene que endeudarse en
el exterior, una experiencia que los argentinos
hemos practicado alegre y recurrentemente durante
los últimos cuarenta años y que ha
generado estas extraordinarias deudas externas que
todos conocemos que nos han arrodillado ante nosotros
mismos y ante el mundo.
Los Estados Unidos tienen un nivel de déficit
hoy en día del 6 por ciento, que es un nivel
gigantesco. Para financiar ese 6 por ciento de déficit
de los Estados Unidos se utiliza hoy en día
el 15 por ciento del ahorro mundial. Es decir que
de todo lo que se ahorra el mundo, el 15 por ciento
es lo necesario para financiar ese 6 por ciento
de déficit tienen los Estados Unidos.
Ustedes se preguntarán cómo lo financian.
Durante bastante tiempo lo financiaban con inversiones
extranjeras que atraían. La economía
de mercado no producía, los contratos laborales
son muy flexibles, se pueden traer nuevas empresas,
se crean miles de nuevas empresas todos los años
en Europa y en Japón. En parte fue eso.
Subsiguientemente, fueron préstamos a compañías.
En los últimos dieciocho meses una parte
giganstesca del financiamiento de la cuenta corriente
es provisto por los bancos centrales de tres o cuatro
países asiáticos. Ahora bien, ¿qué
hacen esos bancos centrales? Hacen lo que (Trasladen)
y Martín Redrado han hecho aquí: compran
dólares para sostener un tipo de cambio alto.
No utilizan el mismo lenguaje, pero hacen exactamente
lo mismo que hacemos acá. En la Argentina
compramos 40 millones de dólares por día.
Los asiáticos conjuntamente están
comprando 1.800 millones de dólares por día
y la Argentina contribuye con 40 de los 2.000 millones
de dólares que los Estados Unidos por día
(incluyen) en el mercado internacional. Cada vez
que nuestro Banco Central compra dólares
está financiando al gobierno de los Estados
Unidos, que es el que emite esos dólares.
Lo mismo sucede a escala mundial.
¿Cuán sostenible es esta situación?
Hay algunos elementos que indican que es muy sostenible,
y el fundamental es que de la misma forma en que
los señores (Trasladen) y Martín Redrado
sostienen que queremos un tipo de cambio alto para
exportar, lo mismo piensan los líderes chinos
y quieren incorporar a la fuerza de trabajo industrial
todos los años veinte o treinta millones
de personas.
Para poder incorporar a esos 20 o 30 millones
de personas se necesitan salarios muy bajos en dólares
y la capacidad de exportar. Con eso sostienen la
estabilidad política al costo de comprar
con ese superávit que tienen en las cuentas
comerciales papeles del gobierno norteamericano
y acumularlos.
Hoy en día China tiene un 99% de reservas
en dólares, 650, 700 mil millones de dólares;
Taiwán tiene 150 mil millones de dólares;
Hong Kong 250 mil millones de dólares y podría
seguir dando ejemplos. En la medida en que la estabilidad
política y el temor al desorden político
sean más fuertes que el temor a la devaluación
del dólar estos bancos centrales, presionados
por su clase política, si quieren mantener
la estabilidad política, van a seguir comprando
títulos del Tesoro o dólares. Después
de todo a ellos no les importa mucho si los dólares
se desvalorizan y sí les importa que la estabilidad
política de su país se mantenga. Y
recuerden ustedes que en China hay 1.300 millones
de habitantes, hay todavía 780 millones,
casi 800 millones, que viven en zonas rurales y
lo único que quieren es ir a la ciudad. ¿Qué
tiene que ofrecer en la ciudad el gobierno para
que no rompan todo, para contenerlos? Dos cosas:
nacionalismo y empleo. Con esas dos cosas políticamente
el régimen es comunista todavía ideológicamente
pero no en la práctica pueden mantener el
control de su país. Una de ellas obliga y
requiere que el banco central de China compre todos
los días entre 1000 y 1500 millones de dólares,
treinta veces más que Argentina. Y no es
tanto. Acá compramos 30, 40 millones, si
lo multiplicamos por 30 o 35, es lo que compra China
todos los días.
¿Qué implicancias tiene esto para
nuestro país? Esta es la segunda gran pregunta.
Los americanos han decidido reducir su déficit
en cuenta corriente porque consideran que el 6 por
ciento es demasiado. Ahora, ¿cuánto
es razonable? La semana pasada estuve en una conferencia
donde estaba, entre varios economistas de primer
nivel internacional, Olivier Blanchard, y el consenso
era que con un déficit del 3 al 4 por ciento
los Estados Unidos funcionan perfectamente.
¿Cómo se pasa del 6 por ciento al
4 por ciento? Bueno, o uno tiene una recesión
masiva, al estilo de la que tuvo Argentina en el
año 2002, 2003 colapso de la economía,
se deja de importar o, si uno es un poco más
civilizado y su clase dirigente es un poco más
preparada, devalúa ordenadamente, cambia
los precios relativos, trata de reducir la demanda
por los productos externos y aumentar la demanda
por los productos internos, y eso lo hace cambiando
los precios relativos y devaluando.
El dólar ya se ha devaluado sustancialmente
en los últimos 60 días pero la opinión
de los principales economistas con los que e–tuve,
como les decía, hace dos semanas es que cada
punto de reducción del déficit de
la cuenta corriente de los Estados Unidos requiere
un 25 por ciento de devaluación del dólar.
Ya llevamos una devaluación de 20 a 25 por
ciento; si necesitamos un 25 por ciento más
se pondrá una presión muy fuerte sobre
Europa, Japón, y sobre los países
que tienen que revaluar su moneda. ¿Qué
opciones tienen esos países? Tienen una sola
opción: patalear y gritar.
Los Estados Unidos tienen la capacidad financiera
y política para imponer la devaluación
de su moneda con muy poco costo para ellos, haciéndole
pagar a Europa, Japón y posiblemente a China
si es que consiguen presionarlos para que revalúen
el yuan, la moneda china, proyecto en el que están
embarcados, pero no es tan fácil negociar
con China. En este contexto las chances de que los
Estados Unidos impongan su agenda internacional
al mundo son muy altas. Ya lo hicieron en el año
82, 83. Recordarán la crisis de la deuda.
Nos habíamos endeudado alegremente, como
ustedes recuerdan, entre el año 76 y el 81,
82. Las tasas de interés eran del 3 por ciento.
Pagábamos LIBOR más 3 por ciento,
4 por ciento.
Los Estados Unidos tienen un problema de inflación.
El señor Walker se transformó en el
mandamás de la economía norteamericana
y subió las tasas de interés de ese
país del 4 al 15 por ciento. Nuestra deuda
se volvió insostenible y explotaron en el
aire México, Argentina, etcétera,
etcétera.
Pero no es que hubo una acción volitiva en
contra de nuestro país. La economía
norteamericana es como un elefante en un cuarto:
mueve la cola y tira una cosa y hacer caer otra.
Y uno puede decir que no le gustan los elefantes,
pero sin embargo vive con el elefante y éste
existe.
Las consecuencias más importantes para la
Argentina consisten en que si este ajuste de la
economía americana del dólar se hace
de una forma ordenada, como lo quieren hacer los
señores Greenspan, Snow y otros, la Argentina
se va a volver profundamente competitiva en los
próximos dieciocho meses. Si con el tipo
de cambio que tenemos ya somos competitivos, imagínense
ustedes qué competitivos vamos a ser con
el resto del mundo, salvo con los Estados Unidos,
si las demás monedas se han revaluado un
30 por ciento respecto del dólar.
La segunda consecuencia –que es la más
peligrosa es qué va a pasar con las tasas
de interés. Cuando se devalúa una
moneda hay que hacerlo perfectamente para que la
tasa de interés suba, pero no demasiado.
Cualquier error, cualquier crisis fiscal o financiera,
cualquier banco que quiebra, genera una subida en
las tasas y si las tasas suben la situación
de la Argentina cambia dramáticamente. Y
ello no se debe a la deuda que estamos pagando con
una tasa fija del Fondo Monetario al 5 por ciento
y que ahora queremos cancelar.
Lo cierto es que si este escenario sucede lo más
grave para la Argentina no es la suba de las tasas
desde el punto de vista de la deuda, sino que lo
más grave para nuestro país es la
suba de las tasas desde el punto de vista de la
fuga de capitales. Durante el último año
este país no ha tenido fuga sustancial de
capitales. Dado el grado de catástrofe institucional
que sufrimos en los últimos tres años
rompimos todos los contratos, dejamos de pagar la
deuda, congelamos los depósitos, cambiamos
cuatro presidentes , salieron 5 mil millones de
dólares por año, lo cual no es nada.
¿Por qué salieron 5 mil millones de
dólares y no 15 mil o 20 mil? Porque las
tasas de interés eran del 1 o 2 por ciento.
Si las tasas de interés fueran del 6 por
ciento, yo les aseguro a ustedes que habría
un problema gigantesco de salida de fondos de la
Argentina.
No es por casualidad que los campos en Pergamino
hoy valgan lo mismo que en el año 1998. Valen
eso, en parte porque subió la soja, pero
también porque las tasas de interés
han estado en el punto más bajo del ciclo
histórico de los últimos cincuenta
años.
Habiendo hecho estos dos comentarios, que son los
temas más importantes de la política
internacional, debo decir que los Estados Unidos
están inmersos en su propio programa. Como
les dije, si todos los argentinos decidiéramos
pintarnos de verde y ponernos una pluma, en Washington
no habría ningún problema. Una vez
que entendamos eso, también vamos a entender
que cada vez dependemos más de nosotros mismos
y que la responsabilidad de nuestro futuro no está
en que nos tiren de las orejas o nos digan que nos
estamos portando mal. Si queremos cambiar nuestro
futuro, lo tenemos que hacer acá, porque
no nos van a llamar la atención; están
preocupados por otras cosas.
Con respecto a la política exterior, este
gobierno ha sido muy conservador y ha sido un gobierno
del statu quo. Yo nunca he visto un gobierno tan
conservador como éste en los últimos
cincuenta años, salvo los gobiernos militares.
Los grandes lineamientos de política exterior
que desarrollaron sucesivamente Alfonsín,
Menem y de la Rúa consistieron en no pelearnos
más con los Estados Unidos, ser amigos de
Europa, tener buena relación e integrarnos
con Brasil y los vecinos, y nada de eso ha cambiado.
La instrumentación de la política
exterior –no los lineamientos ha sido catastrófica.
Permítanme que les dé algunos ejemplos
para ilustrar por qué si bien este gobierno
ha mantenido la estructura de la política
exterior de los últimos veinte años,
la instrumentación ha sido negativa y adversa
para los intereses nacionales.
En primer lugar, predomina la retórica sobre
la realidad. En otras palabras, en política
exterior –que es una política muy importante
el predominio de la retórica y de los argumentos
de la política interna –porque se hace
política exterior para hacer política
interna hacen que uno realmente desmerezca la política
exterior. Cuando uno transforma en el chivo expiatorio
de todos los culpables a un país, una persona
o una institución del exterior, porque caen
bien en La Matanza –no tengo nada en contra
de La Matanza y quisiera que la educación
fuera mejor para que haya un mejor nivel de conciencia
, uno en realidad está superponiendo la retórica
sobre el realismo.
Está superponiendo, en materia de política
exterior, el populismo respecto de los intereses
del país porque hay costos.
Recuerdo que cuando nos integramos con Chile, lo
que constituye una de las historias más exitosas
de los últimos diez años porque rompimos
con décadas de enfrentamientos y suspicacias,
una de las cosas que me decía la derecha
chilena –que es la dueña de los fundos
y, por lo tanto, proteccionista en temas agropecuarios
y no quiere que el maíz, el trigo y nuestros
productos lácteos compitan con ellos , era
que su país no debía confiar en el
nuestro ni comprarnos electricidad o gas porque
en algún momento se los íbamos a cortar.
¿Qué hizo este gobierno? Cortarlos,
cuando en realidad la solución era muy simple.
El mundo se presentaba difícil; no había
gas ni electricidad pero nos salvaron la lluvia
y otros elementos externos. Lo que debió
haber hecho el gobierno es tratar a Chile como si
fuera el mercado nacional. Es decir que si se racionaba
a los argentinos había que hacer lo propio
con los chilenos, y si se racionaba a las industrias
de nuestro país también había
que racionar a las chilenas.
En lugar de adoptar ese criterio con Uruguay y Chile,
lo que hubiera sido consistente con el exitoso esfuerzo
integrador de los últimos treinta años,
los tratamos como extranjeros. Si bien es un pequeño
detalle, en mi opinión habla en forma muy
clara de los tipos de errores que ha cometido este
gobierno.
Otro error también muy importante ha sido
no distinguir lo esencial de lo secundario, a lo
que debemos agregar que utilizar la retórica
y el populismo como argumentos es manipulación.
Acusar al Fondo Monetario Internacional de todos
nuestros males es fácil. Los funcionarios
del FMI son unos burócratas de primera, siguen
instrucciones, son competentes pero están
limitados y cometen errores. Culparlos es muy fácil,
pero si hacemos una lista de nuestros males y los
comparamos con los causados por los funcionarios
del Fondo Monetario Internacional ellos irían
al purgatorio y nosotros siete veces al infierno,
lo que por supuesto no quiere decir que esté
bien ir al purgatorio.
Tomemos un ejemplo reciente para reflejar la confusión
que existe en ciertos temas de política exterior.
Decidimos tener más autonomía en nuestra
política financiera externa y sostenemos
que es malo estar endeudado, lo cual me parece muy
bien porque un país sin deuda y con buenas
reservas puede sostener su autonomía nacional,
defender sus decisiones y ser más independiente.
¿Pero ustedes qué creen? ¿Que
la discusión sobre nuestra autonomía
hay que comenzarla con el rey de España o
en el Parlamento argentino?
Lo pregunto en serio, porque si piensan como yo
que tendríamos que aprender a no caer en
forma recurrente en estas crisis de la deuda externa
–como ocurre ignominiosamente cada diez años
desde la década del 70 , coincidirán
en que el tema debe ser discutido abiertamente.
¿Alguien cree que si no le pagamos al Fondo
Monetario Internacional pero sí al Banco
Mundial se terminaron las condiciones? ¿Alguien
cree que si se le paga al Fondo Monetario Internacional
y no al Club de París se acabaron los condicionamientos?
Se anunció que había treinta grandes
inversores chinos pero no se dijo quiénes
eran y tampoco se dieron los nombres de los presidentes
de las compañías, cuando se estaba
hablando de empresas que tienen cinco veces el tamaño
de las de Pérez Companc. Nos dijeron que
había treinta inversores, pero nada más.
La política exterior de este gobierno no
está mal en sus lineamientos, pero en su
instrumentación... Posiblemente sea menos
mala que la política que está aplicando
en comisarías y en los ámbitos de
la Justicia y la educación. Obviamente, es
grotescamente mala.
Además no es transparente. ¿Qué
es esto de discutir nuestra autonomía nacional
con el rey de España? No me parecería
mal si primero debatimos el tema entre nosotros
y decidimos qué queremos hacer; si reducimos
las reservas, si las aumentamos, si queremos achicar
la deuda con determinada institución y por
qué, etcétera.
Hay que realizar una discusión abierta durante
un mes, por ejemplo, a través de los diarios
o en el Parlamento. En lugar de eso, una delegación
secreta viaja a España. ¿Lo hace para
negociar nuestra futura independencia económica?
¿Cuántos de ustedes, y les pido que
levanten la mano, creen en eso? No veo ninguna mano
levantada.
Como conclusión quiero decir que la Argentina
tiene un ciclo recurrente al que llamo el ciclo
del avestruz. Ustedes conocen al avestruz, un animal
que cuando ve el peligro esconde la cabeza y espera
que todo pase. Voy a dar ejemplos.
Entre los años 1977 y 1979 la economía
creció rápidamente. Se restableció
la gobernabilidad, habíamos sufrido un caos
total durante 1975 y a comienzos de 1976, se produjo
una confusión generalizada, luchas civiles,
caos en las calles, etcétera, y el gobierno
que restableció la gobernabilidad, más
o menos pero lo hizo, y produjo crecimiento económico,
podrá gustarnos o no, en ese momento fue
visto como legítimo por grandes segmentos
de la población.
El ex presidente Menem entre los años 1990
y 1995 generó tasas de crecimiento económico
sensacionales; el país creció un promedio
del 8 por ciento y también fue gobernable.
Ahora bien, todos sabíamos que había
un “podrido en Dinamarca” total, como
había existido antes por otras razones. En
otras palabras, ¿tanto temor le tenemos los
argentinos a no crecer y a no tener un país
gobernable que estamos dispuestos a poner la cabeza
debajo de la tierra, olvidarnos de todos los aspectos
institucionales, de todos los criterios de buen
gobierno, liberalismo político, libertad,
respeto de la ley, etcétera, porque alguien
nos ofrece crecimiento económico y un poquito
más de gobernabilidad?
¿Les parece a ustedes que la situación
actual es tan diferente a la de 1976-1980 o a la
de 1991-1995?
Agradezco mucho la invitación. (Aplausos.)
ALBERTO NATALE
“EL PAÍS, NOSOTROS, EL SIGLO QUE EMPIEZA”
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Para no perturbar la puntualidad llevamos apenas diez
minutos de atraso luego de la hora prevista voy a
ser lo más breve posible. ¿Qué
nos pasa a los argentinos en este largo, larguísimo
presente de tantas décadas? Lo he referido
muchas veces, tratando de encontrar la causa madre
de los conflictos que han determinado las postergaciones
tan prolongadas de nuestro país.
Por supuesto que antes tenemos que ubicarnos un poco
en el contexto global, en el mundo en que vivimos
y en ciertas realidades contemporáneas. Es
decir, ¿asistimos al fin de la historia, como
proclamó Fukuyama, tantas veces mencionado,
aunque me parece que muchas menos leído? No,
no asistimos al fin de la historia, no se agotó
el debate ideológico, sigue habiendo contradicciones
y factores de confrontación, no hay una ideología
plana. Evidentemente, el mundo después de la
caída del muro es muy distinto al mundo de
la guerra fría, pero no sólo en la estrategia
de las relaciones internacionales sino también
en lo que hace a la vigencia y a la supervivencia
de ciertas ideas, principios y esquemas que son justamente
esos que nosotros hemos abrazado hace mucho tiempo.
¿Estamos asistiendo al choque de las civilizaciones,
como vaticinó una década atrás
Huntington? Si uno mirara lo que son los conceptos
más ponderables del momento actual que describía
con tanta precisión Felipe de la Balze recién,
podría creer que eso es cierto. Sin embargo,
la naturaleza humana, tan bien pergeñada
por Alberdi, en El crimen de la guerra nos hace
pensar que esto es otro capítulo más
de ese afán salvaje del ser humano nunca
desterrado de la confrontación por la confrontación
en sí.
¿Por dónde pasa el tablero de la política
mundial? Zbigniew Brzezinski, uno de los hombres
más talentosos por lo menos desde mi punto
de vista en el análisis de las políticas
internacionales, en un libro de hace seis o siete
años analiza toda la política mundial.
El punto más austral de su referencia es
el golfo de México. Ni siquiera nos menciona;
todo pasa por esa vuelta enorme del hemisferio norte
que termina estrechándose en el mar de Bering.
¿Se agotó el conflicto entre las izquierdas
y las derechas? Recuerdo cuando leía sobre
este tema un libro de Norberto Bobbio, unos de los
pensadores más lúcidos que ha tenido
Europa en los últimos tiempos, que venía
del socialismo, que hacía esfuerzos intelectuales
realmente impresionantes para lograr demostrar que
todavía había factores de bifurcación
y diferenciación. Sin embargo, desde mi punto
de vista, el éxito intelectual de Bobbio
para encontrar disimilitudes absolutas no llegaba
a mayores.
Felipe González, socialista, llevó
a España a la OTAN y luego propició
la política de apertura y de privatización.
Chirac en Francia confrontó la política
sobre IRAK mientras que Tony Blair y el laborismo
apoyan a los Estados Unidos. Y Schroeder desde el
socialismo intentó reformas previsionales
que fueron rechazadas por el grueso de los alemanes
porque quería dar marcha atrás con
una serie de conquistas que se habían hecho.
Y en España el debate reciente entre Rodríguez
Zapatero y Aznar salvo en cuanto a la adjudicación
de imputaciones por el atentado del 11 de marzo
no parece que llegara más allá que
el matrimonio de los homosexuales.
Es decir que el mundo está lleno de ejemplos
donde factores que tradicionalmente determinaron
la discusión ideológica entre nosotros
han desaparecido. Sin embargo, en la Argentina del
siglo XXI algunos sectores políticos siguen
discutiendo las cuestiones que se discutían
en los años 60 y 70.
En 1914, al comenzar la guerra, fuimos neutrales.
Francisco Correa, diputado nacional demócrata
progresista, reclamaba en aquel momento en la Cámara
de Diputados: “Rompamos relaciones diplomáticas
con Alemania. No estoy pidiendo que le declaremos
la guerra." Simplemente hablaba de romper relaciones
diplomáticas. La República Argentina
fue neutral en la Primera Guerra Mundial.
En la década del 30 reafirmamos nuestras
relaciones especialmente comerciales con Gran Bretaña
sin advertir que quien estaba surgiendo, desplazando
a los británicos del liderazgo mundial, era
Estados Unidos.
Llegamos a la Segunda Guerra Mundial y no se ocultaban
las simpatías por el Eje que había
en muchos ámbitos del pensamiento argentino.
Nos transformamos en una Nación poco confiable,
en un país que despertaba sospechas por doquier,
y entramos al siglo XXI peleándonos con todo
el mundo y siendo realmente una Nación increíble
para todos quienes querían seguir creyendo
en la Nación Argentina.
Creo que en esto han influido muchos factores,
pero la causa principal de todos nuestros males
es que hemos tenido una mala política. Esta
mala política es la que impidió tener
decisiones acordes con las posibilidades y realidades
de nuestra sociedad.
Ayer hablaba con un diplomático español
casualmente nos referíamos a esto y él
me decía que en todos los países del
mundo el nivel de la dirigencia política
estaba un poco por debajo de los niveles intelectuales.
Me decía que le llamaba la atención
la situación de la Argentina, porque es un
país donde hay médicos, arquitectos,
abogados, pensadores, escritores muy prestigiosos,
y lo decía con mucha prudencia. Yo le decía
que el desnivel entre el mundo intelectual y el
mundo político era mucho más grande,
y el me decía que sí, y esta es la
realidad.
Ahora bien, esta realidad responde a muchas causas.
Hemos tenido una ruptura a principios del siglo
XX entre lo que podríamos llamar la inteligencia,
el mundo de la cultura, y el mundo de la política.
¿Quiénes eran los hacedores políticos
después de la organización nacional?
Los grandes intelectuales de la Argentina: Sarmiento,
con una obra de sesenta volúmenes; Mitre,
traduciendo La divina comedia y escribiendo la historia
de San Martín y Belgrano; Alberdi, con toda
la influencia de su pensamiento.
Los hombres de la cultura durante toda esta larga
sesión se han mencionado innumerables nombres,
que están en el recuerdo de cada uno de nosotros
eran los hacedores de la política argentina.
Por los años 14 o 16, cuando se funda nuestro
Partido, se produjo un disloque, una ruptura. Aparece
el movimientismo, que es el gran factor negativo
de la política nacional. No fuimos capaces
de fundar un sistema de partidos con capacidad de
gobernar o de ser oposición, partidos que
estuvieran asentados sobre bases programáticas,
sobre ideas comunes, con cosmovisiones que marcaran
tendencias precisas. Lo decía Natalio Botana
con mucha precisión cuando se refería
a la génesis de los dos movimientos, uno
en el poder a partir del 16 y otro a partir del
46: permitieron aglutinar pensamientos muy dispares
y confluyeron en impedir un sistema de alternancias
políticas racionales y no sólo emocionales.
Pensemos en todas las alternancias políticas
que hemos vivido y advertiremos que todas fueron
traumáticas en estos últimos veinte
años de democracia y por supuesto en todas
las décadas anteriores, cuando la democracia
anduvo a los tumbos para mantener su estabilidad.
Si retrocedemos en el tiempo veremos que cada cambio,
cada tránsito de uno a otro gobierno, realmente
fue un tránsito de convulsión. Esto
nos ha causado muchos problemas, porque la recurrencia
de gobiernos civiles y militares que tenía
sus causas, sus razones, que superamos en 1983 no
pudo ser sustituida por un sistema que lograra eficacia
y diera respuestas adecuadas desde 1983 hasta el
día de hoy.
Entonces creo que el debate ideológico está
muy acotado. Aquella vieja discusión de izquierda
y derecha ya parece no tener vigencia, por lo menos
en los términos en que se planteaba. ¿Qué
es ser de derecha o ser de izquierda? ¿Tener
un dólar caro con salarios bajos es ser de
izquierda? Yo diría que no. ¿Subsidiar
los servicios públicos para que todos los
habitantes del país paguen parte del costo
a los usuarios de esos servicios públicos?
Los más pobres son también parte del
país y pagan impuestos como todos. Entonces,
¿de izquierda o de derecha? Como decíamos
en la Cámara en alguna oportunidad, ¿había
que dejar que el gas natural fuera barato para los
que vivimos en las ciudades centrales o zonas o
provincias centrales a costa de que pagaran caro
el gas envasado los pobres que viven en las zonas
marginales de las ciudades centrales o los pobres
que viven en las provincias periféricas del
país? ¿Qué es de izquierda
y qué es de derecha?
Entonces, uno se pregunta qué hacer. ¿Estamos
ante una transición en el sistema de partidos
en la Argentina? Yo creo que sí. Así
como se agotó la dialéctica dominante
hasta el año 16 con el advenimiento del radicalismo,
y la dialéctica dominante en el año
46 con el advenimiento del peronismo, ahora está
surgiendo una transición en el sistema de
partidos que en este momento nos coloca en un régimen
hegemónico, podríamos decir, de partido
dominante, porque ha quedado un gran actor solo
en escena. Pero hay muchos otros actores que no
dejan ese espacio vacío.
Creo que estamos en un momento de transición.
No sé qué puede pasar con el partido
hegemónico. Si miramos la historia de la
Argentina debemos preguntarnos qué pasó
en el 28, cuando el radicalismo era hegemónico:
se fracturó. ¿Qué pasó
en el 57, cuando merced a las proscripciones el
radicalismo era hegemónico? Se dividió
en la Unión Cívica Radical del Pueblo
y la Unión Cívica Radical Intransigente.
¿Qué pasó con el justicialismo
el año pasado, cuando su posición
era hegemónica? Se dividió en tres
facciones. Son todos antecedentes históricos
de la Argentina que podrán ocurrir o no,
pero hoy evidentemente hay una fuerza en el centro
de la escena que no necesariamente tiene que ser
la última ni la única.
Tenemos un sistema de partidos que no está
integrado y que está demandando una conformación
racional para que podamos funcionar como lo hacen
las naciones que actúan bien en el mundo.
Creo que nuestra misión es ayudar a construir
una alternativa política que cubra el espacio
que falta en el sistema de partidos de la República
Argentina, con la misma racionalidad, modernidad
y espíritu que en 1914 tuvieron nuestros
fundadores y, por supuesto, con el mismo espíritu
moderno que tenían ellos pero pensando que
estamos en el siglo XXI y no creyendo que sobrevivimos
los restos del siglo XX.
Para ello hacen falta algunos presupuestos esenciales.
En primer lugar, la educación. No pudo venir
hoy Horacio Sanguinetti, pero Guillermo Jaim Etcheverry
nos dio una brillante conferencia, así como
también Juan José Llach en su análisis
económico hizo insinuaciones sobre este tema.
Pero, ¿por qué invitamos a varios
expositores para hacer referencia a la educación?
No lo hicimos en vano, sino porque estamos convencidos
de que este es el tema principal.
No voy a repetir las cosas que han dicho ellos,
pero sí quiero remarcar que en la coincidencia
de un programa común la educación
tiene que estar arriba de todos los objetivos. En
esto nos estamos jugando el futuro como país;
de lo contrario, la brecha social va a ser cada
vez más grande, la exclusión social
va a ser cada vez mayor y tendremos millones y millones
de argentinos que no van a tener otro destino que
la delincuencia, la prostitución o cosas
que se les parezcan.
Si en la sociedad contemporánea no elevamos
todos los niveles educativos, si no producimos una
profunda revolución en materia educacional,
como se hizo en otros tiempos en la Argentina, desgraciadamente
nos vamos a consumir muy pronto la herencia que
todavía, con algunos jirones, nos va quedando.
La economía moderna no debe dar lugar a demasiadas
discusiones. Podemos discutir el tipo de cambio,
pero ya ni siquiera el orden arancelario dentro
de la Organización Mundial de Comercio admite
muchas variantes. Por favor, no recreemos los debates
de los años 60 y 70 porque entonces estaremos
volviendo a la Argentina que creíamos superada.
Reestablecer la integración del mundo de
la política con el mundo del pensamiento
y de la cultura es esencial y de alguna manera fue
lo que quisimos hacer cuando decidimos realizar
este seminario para que la gente del pensamiento,
de la cultura y de la intelectualidad se allegara
a nuestra casa para transmitirnos su pensamiento,
porque los dirigentes políticos no podemos
estar marginados del pensamiento.
Si consideramos las tres aptitudes del ser humano
marcadas por Aristóteles –el saber,
el crear y el hacer , podemos decir que la política
es el hacer. Pero el hacer sin saber y sin crear
se traduce en política vana.
“No hay acción revolucionaria sin teoría
revolucionaria”, decía Lenin, y no
se equivocaba. No hay acción política
sin una teoría política que la sustente,
y creo que en ese sentido la República Argentina
tiene un gran vacío que debemos llenar.
¿Cómo lo logramos? Primero, alcanzando
un acuerdo respecto de algunos temas que aquí
se mencionaron y sobre los que existen coincidencias.
Segundo, sin actitudes hegemónicas y sin
pretender predominar sobre el otro, hacer nuestro
aporte a la causa común. A veces los argentinos
nos equivocamos porque nos precipitamos; hablamos
del 2005 y, como algo muy especial, del 2007.
Miremos algunos ejemplos que nos rodean. ¿Acaso
el partido del presidente Fox en México llegó
al poder en dos o tres años? No; tardó
cuarenta años en hacerlo. ¿Acaso el
Frente Amplio, que acaba de llegar al poder en Uruguay
de la mano de Tabaré Vázquez, no estuvo
décadas tratando de elaborar una propuesta?
¿Acaso los chilenos no hicieron prolongados
esfuerzos después de Pinochet para construir
lo que hoy aflora como un sistema bipartidista muy
claro? ¿Acaso a los brasileros no les llevó
tiempo alcanzar su situación actual?
Si analizamos la política mundial advertiremos
que muchos países tuvieron su etapa de transición.
Francia la experimentó en 1957, cuando con
el advenimiento de De Gaulle el sistema de partidos
de la Cuarta República cambió por
uno nuevo. Italia, después del proceso conocido
como mani pulite, terminó con sus fuerzas
tradicionales. España, después de
Franco, y Portugal, luego de Salazar, también
experimentaron cambios en sus sistemas de partidos.
La Argentina también está modificando
su sistema de partidos, y si no vemos esto somos
ciegos. Tenemos la responsabilidad de constituir
una nueva alternativa política que sea moderna,
progresista y transformadora. Observo que en este
acto están presentes muchos dirigentes de
distintos partidos políticos, a quienes agradezco
que nos acompañen. Lo veo a Ricardo López
Murphy, quien fuera nuestro candidato a presidente
de la República, y también a Mauricio
Macri, quien se postuló como candidato a
jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires también
en representación del Partido Demócrata
Progresista. ¡Veo a tanta gente que piensa
parecido, que está convencida de que esto
no es para el 2005 y tampoco para el 2007 sino para
más adelante! ¡Ojalá fuera para
el 2005! ¡Ojalá pudiéramos llegar
al 2007! Pero si no es para el 2005 y tampoco para
el 2007 será para el 2009, el 2011 o el 2013.
Algún día será.
Eso es lo que tenemos que empezar a construir sobre
la base de algunas ideas que brotan en todos nosotros,
de un gran desinterés personal y de una gran
ilusión hacia la que todos debemos confluir.
Separados no haremos nada, pero unidos podremos
hacer mucho. Por eso la Democracia Progresista,
fiel al anhelo de sus fundadores, a noventa años
de su creación continúa pensando lo
mismo. Ayudemos a construir una alternativa política
en la Argentina que contribuya no sólo al
propio mejoramiento sino también al mejoramiento
general de nuestro país, que es lo que más
nos importa.
Muchísimas gracias por habernos acompañado
y felicidades a todos para el año que comienza.
(Aplausos prolongados.)
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